Las verdades que quemamos (Hollow Boys 2) 25 #2
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Y, por primera vez en mi vida, quiero que pare el dolor. Necesito que pare, joder.

«No, no, no», me repito a mí mismo sin cesar.

—Porque no eres más que un maldito veneno traicionero. Mira dónde he acabado por confiar en ti.

«No permitas que vuelva a jugar contigo, Rook. No te dejes engañar por sus trucos. Es solo el efecto de la dulce ponzoña con la que te infectó y que aún te corre por las venas».

La agarro del cuello con una mano y tiro de ella para acercarla a mí bruscamente. Su aroma me inunda las fosas nasales y me provoca un cosquilleo en la nariz. Al presionar mi cintura contra la suya, siento su frágil cuerpo cediendo ante mí y la polla me presiona los vaqueros.

Hubo un tiempo en que me parecía un ser celestial entre mis brazos. Un ángel que se había alejado demasiado de su hogar y había caído en las fauces de algo siniestro.

Sin embargo, ahora solo me sabe a pecado. Uno primitivo, ardiente y mortal del que llevo privándome un año entero. He estado resistiendo la tentación y castigándome precisamente por lo que la vida me ha puesto delante de las narices en este instante. No sé cómo voy a ser capaz de contenerme.

—Nunca te he mentido, Rook. Al menos, no de la forma en la que tú te crees —dice entre jadeos, luchando por respirar pese a mi agarre—. Quería que me tuvieras…

—Al lugar más bajo, sombrío y alejado de la luz del cielo —la interrumpo, apretándole el cuello con los dedos para que se calle—. Ahí es donde van los putos traidores. ¿Lo sabías? Ahí es donde pienso mandarte yo.

No quiero escuchar más excusas ni mentiras. Ahora le toca sufrir a ella. Ha llegado mi turno de hacerle pagar por todo.

—Las zorras traidoras como tú merecen ser castigadas —gruño mientras alzo la otra mano hasta su rostro y le estrujo las mejillas, obligándola a fruncir los labios.

—Para ser un hombre al que llaman Lucifer, hablas como un puto santurrón. ¿No deberías premiar el pecado? —bromea, con una voz espesa y pegajosa que me recuerda al jarabe para la tos y me deja un regusto amargo en la garganta.

Se resiste y lucha contra mí tal y como quiero que haga. Así, cuando consiga destrozarla, será aún más satisfactorio verla hecha pedazos.

Mi cinturón se hunde en la tierna piel de su vientre cuando le deslizo la mano que me queda libre hasta el culo y se lo agarro con fuerza, provocando que la minifalda vaquera se le suba.

Entonces, le cuelo los dedos entre los muslos y los dejo suspendidos a milímetros de su coño por encima de las bragas.

El calor que desprende me debilita las rodillas.

—No, Sage, este es mi infierno, mi reino, y soy yo quien pone las reglas, así que solo premio a las putitas que se portan bien.

Jadea y abre la boca, justo como esperaba que hiciera. Le escupo directamente sobre la lengua y me sirvo de la mano con la que le estoy sosteniendo la cara para cerrarle la mandíbula y obligarla a tragarse mi saliva.

Nuestros labios se encuentran con violencia y el deseo me retuerce las entrañas mientras nos devoramos con dientes y lengua. Su puto veneno me sabe tan dulce que resulta embriagador. Se aferra a mí y mueve su boca contra la mía para responder a mi hambre voraz.

Vuelco toda mi ira en ese beso, ofreciéndole redención y condena al mismo tiempo. Le muerdo el labio inferior con ansia y tiro de él ligeramente a la vez que saco la mano de entre sus muslos y me limpio en ella la humedad que me impregna los dedos.

—Das pena. Mira lo mojada que estás. ¿Cuánto tiempo llevas fantaseando con tenerme así ante ti?

Las mejillas se le enrojecen por una mezcla de placer y vergüenza.

Mi mano desciende desde su rostro hasta el escote de su camiseta, se aferra a la tela y tira de ella hacia abajo. El sonido de la prenda al desgarrarse inunda el aire y me quedo contemplando los pechos carnosos que se le desbordan por encima del sujetador negro.

Dejo caer la cabeza hacia delante y tomo una bocanada profunda de aire para impregnarme los pulmones de su aroma. Le recorro lentamente el canalillo con la lengua y, al llegar a la cicatriz que le atraviesa la clavícula, la que yo tengo a juego comienza a palpitar.

Tras un año privándome de los placeres de la carne, solo puedo pensar en darme un festín con el fruto prohibido que está deshaciéndose en mis manos en este momento. A estas alturas, mi autocontrol ha desaparecido por completo.

Le doy la vuelta y la aprisiono contra el confesionario, de modo que no le queda más remedio que aferrarse a la madera que separan ambas cabinas; entonces, aprovecho para levantarle la falda con las dos manos hasta dejarle todo el culo al aire.

—Rook… —susurra con un hilo de voz.

—Estamos en un confesionario, Sage. Eso no es lo que se dice —respondo entre dientes, mientras le subo la mano por la espalda, le agarro unos cuantos mechones de pelo corto y tiro de ellos hacia mí para que se arquee contra mi polla—. ¿O es que has caído tan bajo que ya ni siquiera te acuerdas?

Le aprieto firmemente el culo con la otra mano y le concedo tan solo unos instantes antes de retirarla para darle un azote. La palma me escuece del impacto y, al bajar la vista, me encuentro con su pálida piel enrojecida.

El gritito de sorpresa que se le escapa me reverbera en la ingle y me impulsa a frotarme contra ella con más intensidad.

—Respóndeme.

—Vete al infierno. Da igual lo que diga, tienes tantas ganas de follarme que estás quedando como un tonto —gruñe, y esbozo una sonrisita de suficiencia, aunque no pueda verme.

Me desea tanto que ni siquiera es capaz de pensar con claridad, pero nunca se da por vencida sin oponer un poco de resistencia, lo cual hace que todo sea aún más divertido.

Conozco su cuerpo y cada recoveco de su coño a la perfección. Sé lo que la enciende y lo que la lleva al límite. Puede fingir todo lo que quiera, así solo conseguirá que su rendición resulte mucho más placentera.

—Ya vivo en el infierno, FT. ¿No te acuerdas? —murmuro—. Tú te encargaste de que acabara allí.

Vuelvo a azotarla con ímpetu y ella se estremece ante el golpe. Intenta huir del castigo, pero la sujeto del pelo para impedir que se aleje de mí. Seguiré sometiéndola a este dolor hasta que lo considere oportuno.

Me he pasado un año entero flagelándome por su culpa. Ahora le toca a ella sufrir lo mismo en sus carnes.

—Ni se te ocurra moverte a menos que yo te lo diga.

Le propino un azote.

Y luego otro.

Y otro más.

Su cuerpo se queda temblando entre mis brazos y se me hace la boca agua al ver su culo respingón hinchado y enrojecido por los azotes. Alzo la mano con la intención de estamparle la palma de nuevo contra las nalgas, pero me detengo al oírla hablar.

—P-pe… —tartamudea con voz empalagosa y errática—. Perdóname porque he pecado.

Le acaricio la zona dolorida trazando círculos lentos y suaves.

—Mmm, así me gusta. Como una putita obediente.

Cuando le deslizo los dedos entre los muslos, descubro que tiene las bragas completamente empapadas por mi culpa, como si estuviera pidiéndome a gritos que se las arrancase. Le aparto la tela a un lado y le masajeo el clítoris con la yema de los dedos.

Gime con fuerza y restriega las caderas contra mi mano. Sigo avanzando y me abro paso lentamente con dos dedos entre sus estrechas paredes. Los saco y los meto repetidas veces, curvándolos en su interior para rozar ese punto sensible que nadie sabe tocar como yo.

Al contemplar su figura inclinada sobre un confesionario entre los restos de una iglesia carbonizada, me doy cuenta de que nunca ha sido Eva.

Ella no se ha limitado a dejarse tentar por el fruto prohibido del jardín del Edén.

Siempre ha sido mi Lilith. La razón por la que caí en desgracia y descendí desde los cielos hasta los abismos del infierno, condenado a vivir una eternidad en las llamas.

—Confiesa —le exijo entre dientes mientras me afano en desabrocharme el cinturón y la cremallera con la mano que me queda libre—. Dime lo que ya sé. Que te encanta ser mi puta.

—Rook, por favor. Necesito…

—Ya sé lo que necesitas, pero primero vas a tener que obedecerme.

Disminuyo el ritmo con el que muevo los dedos con la intención de seguir dándole placer, pero no el suficiente para que pueda desinhibirse por completo.

Me saco la polla de los pantalones y empiezo a tocarme detrás de ella para torturarla.

El líquido preseminal que me rebosa de la punta le aterriza en el culo.

—Me encanta ser tu puta —gimotea—. Quiero que me folles, que me destroces, que me uses.

Ya no puedo contenerme más.

Sustituyo los dedos por mi miembro y la penetro sin previo aviso. Los dos gemimos al unísono mientras me deslizo por la suavidad de sus paredes hasta el fondo y noto cómo se contrae a mi alrededor, envolviéndome en su interior cálido y estrecho.

—Parece que tu coño está hecho a mi medida.

Cuando arquea la espalda para recibirme mejor, aumento la velocidad y el aire se llena del sonido de mis acometidas. Extiendo las manos y le agarro ambos brazos, manteniendo los míos rectos para penetrarla con más fuerza.

Sus quejidos y gimoteos avivan mi deseo. Contemplo cómo se le sacude el culo con la intensidad de mis embestidas. Cada vez que me impulso dentro de ella, su esencia se propaga por todo mi cuerpo y me despierta todos los sentidos.

Es tan adictiva como un chute de adrenalina.

—Rook, me… —Intenta articular una frase coherente entre gemidos, pero sé de sobra lo que quiere decirme.

Desde este ángulo, las bolas frías de mis piercings no dejan de rozarle el punto G.

—Lo sé. Compórtate como una puta obediente y córrete en mi polla.

Entonces, estalla y se desmorona sobre mí. Su coño se contrae a mi alrededor y se niega a soltarme mientras me empapa todo el miembro con sus fluidos.

Me introduzco aún más en ella, pese a que está temblando entre mis brazos y sollozando por la sobrecarga de placer. El sudor me perla la frente a medida que continúo persiguiendo el clímax.