25
Perdóname, padre
Rook
En el folklore occidental, se dice que un cruce de caminos puede servir para invocar a demonios o al mismísimo diablo, dependiendo del trato que quieras hacer.
Se les llama mediante algún objeto ritual que, según cuentan, ha de enterrarse en el centro de una intersección.
Una vez aparece la entidad conjurada, esta te concederá cualquier deseo que tu corazón anhele; sin embargo, una vez pase el tiempo acordado, los sabuesos del infierno emergerán de las entrañas del inframundo para reclamar tu alma como pago.
A mí me habían invocado hacía un tiempo para obtener venganza. Cumplí mi parte del trato y permití que esa persona con la que había sellado el pacto se marchara impune, pero ya ha llegado la hora de cobrar lo que me pertenece.
Me apoyo contra un pino y aguardo pacientemente. El leve chisporroteo de mi cigarrillo al consumirse es el único sonido que rompe el silencio que reina alrededor.
Llevo un año entero flagelándome por haber confiado en alguien como ella, intentando extirparla de mi cuerpo como si se tratara de un parásito empeñado en devorarme por dentro, y todo ha sido en vano.
La única solución es curar el origen de la infección. Erradicar el virus desde la raíz.
Y por eso mismo estoy aquí, en el cruce de caminos frente a la iglesia de San Gabriel, con los ojos clavados en la luna trasera del coche de Sage, que se encuentra aparcado junto a un sedán negro.
Cuando eligió negociar con agentes del FBI y convertirse en mi peor enemiga, desató una bestia completamente desconocida para mí hasta entonces.
Tras dejar a Silas en el cementerio, traté de serenarme y concederle el beneficio de la duda. Tal vez eran de verdad amigos de su padre y ella ignoraba lo que tramaban.
Una vez más, mi corazón se enfrentó a mi instinto y me convencí a mí mismo de que todo aquello no había sido nada más que un malentendido. Logró volver a poner mi mundo patas arriba y hacer que depositara en ella una confianza que no se merecía.
No obstante, por mucho que intentes engañarte, cuando alguien te muestra su verdadera cara, no te queda más remedio que aceptar la realidad. Y hoy Sage está exhibiendo con orgullo la suya.
No la estaba espiando; de hecho, tenía pensado enfrentarme a ella cara a cara, pero, al verla salir sola de la residencia, decidí seguirla. Conduje tras ella a cierta distancia y me mantuve a la velocidad justa para no perder de vista sus luces traseras.
Cuando se detuvo al lado de los restos de la iglesia calcinada, había otro vehículo allí esperándola. En ese momento, comprendí por fin a qué había estado jugando todo este tiempo, por qué había vuelto y cuál había sido su plan desde el principio.
Tras media hora aquí fuera, empiezo a impacientarme, pero, de pronto, distingo al detective McKay tras las puertas quemadas de la iglesia donde han estado charlando. Donde ella le ha ventilado todos nuestros planes como la buena soplona que es.
Un hormigueo me recorre las manos y la boca se me hace agua ante la idea de vengarme. Me oculto entre los árboles mientras se sube al coche, gira la llave y sale marcha atrás del aparcamiento.
Permanezco en mi escondite hasta estar seguro de que no va a regresar; entonces, tiro al suelo la colilla de mi cigarrillo, la piso y me dirijo hacia la iglesia, satisfecho de ver que Sage sigue dentro del edificio que yo mismo incendié en su día.
Una sensación extraña se apodera de mí al darme cuenta de que, esta vez, no estoy temblando de la furia ni cediendo a un impulso. Contra todo pronóstico, me encuentro bastante sereno, como si mi cuerpo supiera exactamente a qué hemos venido y de qué asuntos tenemos que encargarnos.
La puerta chirría al abrirse y deja pasar un rayo de sol que ilumina lo que queda del interior de la iglesia. Hay ceniza y hollín pegados al suelo, bancos carbonizados y decoraciones destrozadas. Todo está tal y como había querido verlo siempre.
El vivo retrato del infierno.
En cuanto piso suelo sagrado, noto cómo me chisporrotean las plantas de los pies a través de los zapatos. Me gusta la sensación de adentrarme en un lugar donde sé que no soy bienvenido solo porque me apetece. Quizá sea ese el motivo por el que siempre me siento más cómodo rodeado de caos.
Sage se encuentra en la parte delantera, con las manos apoyadas en uno de los pocos bancos que quedan y la cabeza metida entre los hombros. Desde esta distancia, casi da la impresión de estar rezando.
—Eres consciente de que Dios no atiende las plegarias de quienes hacen tratos con el diablo, ¿no? —grito.
Se estremece como si mis palabras la hubieran herido y se gira para mirarme de frente. Pierde todo el color del rostro al percatarse de que su peor pesadilla se ha hecho realidad: la he sorprendido en pleno acto. Ya no tiene escapatoria.
—¿Qué haces aquí? —pregunta con el ceño fruncido.
Camino despacio hacia el interior, contemplando los estragos que mis llamas le han causado a este recinto sagrado. El mismo en el que nació el rumor de mi linaje demoníaco. El primer lugar que me convirtió en un monstruo.
—Te advertí que te estaría vigilando, Sage. Y menos mal que no he faltado a mi promesa. —Me río con crueldad—. Si no, me habría perdido tu cita con el detective McKay. ¿Desde cuándo tiene papaíto amigos en el FBI ?
El pánico la inunda por completo. La red de mentiras que había tejido se desmorona a su alrededor y trata de rescatar desesperadamente algún hilo al que aferrarse, urdir otra excusa que pueda librarla de esta situación.
—Rook, deja que te lo explique. No estaba…
—¿Que no estabas qué? —escupo, arqueando el labio superior de la rabia que me provoca que tenga el puto descaro de mentirme a la cara después de haberla pillado con las manos en la masa—. ¿Me vas a decir que no acabas de largarle todos nuestros planes a un agente del FBI ?
Mis pisadas van retumbando en el suelo a medida que avanzo, alimentando aún más la ira que me consume.
—No, no es eso. Ya sé que lo parece, pero no es así. Mi padre vino a verme al psiquiátrico con Cain, o sea, el detective McKay, e intentaron ofrecerme un trato.
—Así fue cómo conseguiste que te dejaran salir, ¿no? ¿Qué les prometiste? ¿Espiarnos, ganarte nuestra confianza y después apuñalarnos por la espalda para meternos a todos en la cárcel antes de que pudiéramos clavar la cabeza de tu padre en una pica?
Voy acortando la distancia que nos separa mientras ella sacude la cabeza de un lado a otro con rapidez y retrocede a cada paso que doy en su dirección. El miedo que reflejan sus ojos provoca que se me haga la boca agua.
Da igual. Puede apartarse de mí todo lo que quiera o incluso echar a correr si le da la gana. No le servirá de una mierda porque ya la tengo atrapada entre mis garras. Y ni de coña pienso permitir que se me escape.
—¡No! —responde con un grito—. O sea, sí, eso es lo que me pidieron, pero no iba a hacerlo. Solo quería que me soltasen para poder ayudaros a llegar hasta mi padre. Mi plan era jugársela a ellos, no a vosotros. Necesitaba que confiaran en mí lo justo para sacarme de allí. Eso es todo.
Me muerdo el labio inferior y sonrío con sorna.
—Es lo que mejor se te da, ¿no? Hacer que la gente confíe en ti.
Su espalda choca con la parte delantera del confesionario. La robusta madera de la que está construido logró resistir el calor del fuego, de modo que la mayor parte de la estructura ha permanecido intacta. Casi puedo percibir los latidos acelerados de su corazón martilleándole en el pecho.
—No te estoy mintiendo. Te juro que esa es la verdad.
Cain trabaja con un grupo llamado Aureola.
Sus componentes son las personas a las que mi padre debía dinero.
Se dedican a secuestrar a chicas de Ponderosa Springs para venderlas.
—Alza las manos en señal de rendición, como si así pudiera aplacarme—.
Solo quiero detener a mi padre. Una vez lo consiga, prometo marcharme.
Te estoy diciendo la verdad, igual que aquella primera noche en la casa del lago.
Siempre te he entregado todas y cada una de mis verdades.
Una avalancha de preguntas se arremolina en mi cabeza.
No sé qué cojones es eso de Aureola ni si ambos agentes del FBI estarán metidos en el ajo.
Ni siquiera tengo claro que pueda creerme algo de lo que me ha contado.
Intento procesar toda la información que acaba de soltarme, comprender la implicación de sus palabras, pero me es imposible.
La sangre me hierve a tal temperatura que siento que se me va a fundir la piel en cualquier momento.
La rabia está empezando a nublarme la vista.
Llevo un año esperando para devolverle todo el dolor que me ha infligido y hacerle pagar por su traición, pero no dejan de asaltarme destellos de la chica destrozada por su pasado que conocí en aquel muelle.
Mi corazón trata de aferrarse a cada recuerdo suyo que cruza mi mente a toda velocidad y vuelvo a transportarme a esos instantes en los que me permití ser lo suficientemente estúpido como para confiar en ella.
Pero me niego a caer de nuevo en su trampa.
La acorralo contra el confesionario y estampo la palma de la mano en la madera con tanta fuerza que me arde del impacto.
—Solo. Sabes. Mentir —gruño, mostrando los dientes como un lobo rabioso y hambriento.
Me empuja el pecho con las manos mientras sacude la cabeza frenéticamente.
—¡Por eso no quería contártelo, imbécil! Da igual lo que te diga, no vas a creerme nunca.
El azul de sus ojos me está llevando al borde del colapso. Brilla como el fuego más abrasador, igual que lo hacía cuando estábamos juntos. Cuando pensaba que lo nuestro era algo especial y confiaba ciegamente en todas las palabras que salían de su boca.
El resplandor que emite es tan bello que mirarlo me resulta más doloroso que los cortes de Thatcher, los golpes de Alistair o los comentarios de mi padre. Duele tanto que me impide respirar. Con cada bocanada de aire que aspiro siento mil agujas atravesándome la garganta.