24 #2
Al final, decidimos que la mejor opción es trasladar la sesión de cine a su cuarto, que está al final del pasillo, porque mi compañera puede entrar en cualquier momento y echarnos. Pero, en ese instante, me permito hacer algo insólito en mí: las dejo estar ahí y acompañarme a su manera.
Juntamos las camas de Briar y Lyra entre todas, colocamos la tele en mitad de la habitación y abrimos la ventana.
Luego, nos lanzamos sobre los colchones, ponemos la primera peli y nos encendemos el porro que Briar le ha mangado a Rook.
Llevo sin fumar desde la última vez que quedé con él, hace más de un año, así que la maría me da un subidón brutal.
Me llevo a la boca más comida de la que he probado en meses y me río con ganas, como cuando era una niña.
Nos reímos de lo filosófica que se pone Lyra estando colocada. Empieza hablando de bichos, por supuesto, de cómo su existencia influye en la nuestra, y acaba hilando el tema con la creación del ser humano y la religión.
Estos momentos me sirven para descubrir un montón de cosas sobre ambas: la forma en la que ven el mundo, lo que opinan sobre ciertos aspectos de la vida y lo que les apasiona de verdad.
Me resulta extraño que estemos logrando construir un oasis de luz en medio de toda la oscuridad y el caos que impregna este día.
A veces me asalta la culpa y trata de imponerse con ferocidad.
¿Cómo voy a disfrutar de un día como este, sabiendo todo lo que representa?
Pero, entonces, pienso en Rosemary. Ella no habría querido que me encerrara en mi habitación y la llorara; querría que fuera feliz, aunque ella ya no estuviera.
Si hubiera sido al revés, yo tampoco habría querido verla sufrir. Me habría gustado que se rodeara de gente que la hiciera reír, amar y disfrutar de la vida, incluso en el aniversario de mi muerte.
—Oye —dice Briar mientras se tumba bocabajo y se mete un trozo de chocolate en la boca—. No tienes por qué contármelo, pero necesito saberlo. ¿Qué rollo os traéis Van Doren y tú?
Estoy colocada, y la última persona de la que me apetece hablar ahora mismo es él.
Me trago el puñado de Skittles con el que me había llenado los carrillos y le echo un vistazo con naturalidad, como si no pasara nada.
—¿A qué te refieres?
Levanta ambas cejas ante mi respuesta.
—Venga ya. No nací ayer, Sage.
—El discursito que te dio en el asiento trasero del coche después del Guantelete parecía bastante acalorado, por lo que yo pude ver —añade Lyra, haciendo girar el rabito de su cereza en el aire.
—Solo… —empiezo a titubear—. Solo intentaba apartarme de Silas. Le estaba diciendo unas cosas horribles. Si no me hubiera parado él los pies, seguro que habrían acabado interviniendo Alistair o Thatcher.
No quiero mentirles, pero tampoco sé cómo explicar lo que pasó entre Rook y yo. Nunca he hablado de lo nuestro en voz alta con nadie, así que no tendría ni idea de por dónde empezar.
Se quedan observándose la una a la otra durante un instante, hasta que Briar rompe el silencio.
—Te mira como si sufriera físicamente al hacerlo. No creo que sea consciente de ello, pero se nota que le duele el simple hecho de mirarte.
Por fuera puede parecer dolor. Uno arraigado en lo más profundo de su ser. Hubo un tiempo en que me miraba con anhelo y necesidad, con deseo y pasión; sin embargo, en este momento, solo queda rencor.
—No es dolor —les aseguro—. Es asco. Rook me odia, así que eso es lo único que siente por mí ahora.
—¿Ahora? O sea, que existió un antes.
Exhalo con fuerza, me paso las manos por el pelo y las entrelazo en la nuca mientras fijo los ojos en la cama y me planteo la posibilidad de contárselo. Dudo que vayan a irse de la lengua. Además, la única persona a la que estoy protegiendo a estas alturas es a Rook.
Incluso después de todas las cosas que ha dicho, sigo cubriéndole las espaldas al mismísimo diablo, guardando nuestro secreto para que sus amigos no sientan que los ha traicionado. A pesar de lo mucho que me ha machacado por ocultarle la verdad, he dejado de ser yo la que está mintiendo.
—El año pasado, antes de que Rosie muriera, Rook y yo…
—Me detengo por un instante, sin tener ni idea de cómo continuar la frase.
¿Follamos? ¿Nos obsesionamos el uno con el otro bajo los efectos de la hierba que fumábamos?
—. Estuvimos liándonos un par de meses. Se suponía que iba a ser solo un rollo secreto de una noche, pero se nos fue de las manos.
No esperaba que acabase convirtiéndose en…
—¿Amor? —me interrumpe Lyra, con las pupilas oscuras y dilatadas.
No sé si podría llamarlo así, aunque creo que, en realidad, es lo más parecido al amor que he sentido en mi vida.
Cuando la oscuridad amenaza con apoderarse de mi cabeza, revivo los momentos que compartimos, pienso en todas las cosas que nunca llegamos a hacer y me imagino cómo habría sido mi futuro si hubiera permanecido a su lado.
—Ni siquiera estoy segura de que fuera eso —respondo, encogiéndome de hombros—. Lo único que tenía claro era que quería estar con él de todas las formas posibles, pero en aquel entonces era la novia de Easton o, mejor dicho, su prometida.
—Perdona, ¿en serio accediste a pasar toda una vida junto a Easton Sinclair? —pregunta Briar con cara de asco, lo que me arranca una risita.
—No de manera voluntaria. Fue idea de su padre, y mi familia se mostró de acuerdo para que Stephen Sinclair continuara haciéndose cargo de nuestras facturas y financiando a mi padre. Planeaba irme después de la graduación. No pensaba llegar a la boda. Iba a contárselo a Rook y fugarme con él, pero…
De pronto, se me viene a la mente su rostro, su voz y el aroma que desprendía. Lo recuerdo todo como si acabara de pasar.
—Pero Easton se enteró y amenazó con casarse con Rose en mi lugar.
Me advirtió que si no le ponía fin a lo mío con Rook se encargaría de hundir a mi hermana.
Tuve que tomar una decisión. No podía permitir que le pasara lo mismo a ella, y menos cuando su futuro era mucho más prometedor que el mío.
No habría podido adaptarse nunca a una vida como esa.
Así que decidí apartar a Rook para poder salvar a Rosie y, al final, acabé perdiéndolos a ambos.
Las dos se quedan sentadas en silencio, intentando procesar lo que acabo de confesarles. Siento que me he quitado un peso de encima al pronunciarlo todo en voz alta.
—¿Y sigue sin saber la verdad? —interviene Briar al cabo de unos segundos.
Niego con la cabeza.
—Tienes que contárselo, Sage. No puedes dejar que te odie por una mentira.
¿Acaso valdría la pena a estas alturas? Después de todas las cosas que le dije y lo que pasó, ¿de verdad serviría de algo?
Además, dudo que me crea. Pondría en tela de juicio cualquier palabra que saliera de mi boca, incluso aunque me limitara a describirle el color del cielo.
Una relación sin confianza está condenada al fracaso.
Lo que habíamos construido en aquellos meses quedó reducido a cenizas y no creo que podamos recuperarlo.
Nuestros caminos nunca deberían haberse cruzado. Somos igual de orgullosos y testarudos, como dos llamas compitiendo por ver cuál de las dos arde más alto. No estábamos destinados a durar.
Lo quise enseguida. Con demasiada intensidad. No habría sido sano; jamás podría haber funcionado, por más que mi corazón se empeñe en convencerme de lo contrario.
Quizá solo debíamos ser dos amantes desventurados que lograron escapar con vida antes de que Shakespeare pudiera concederles un final trágico.
Rozo con los dedos la cicatriz que llevo en la clavícula y que ahora se ha convertido en un recordatorio, un obsequio de un tiempo pasado.
—Es mejor que no lo sepa. El daño ya es irreparable. Sería una pérdida de tiempo.
—La verdad es que me cuesta creer que lo único que sienta hacia ti sea hostilidad. Rook es… —Lyra agita los brazos en el aire, tratando de dar con una forma de explicarlo—. Pasa de todo lo que no le despierta ningún interés. Sin embargo, cada vez que estáis cerca, solo tiene ojos para ti.
Aspiro una bocanada de aire y me abrazo las rodillas contra el pecho mientras recuerdo la conversación que tuve con Rosie justo antes de dejarme consumir por su fuego.
«Rook Van Doren no gasta energía en lo que no le interesa. Si le llamas la atención, te lo hace saber a toda costa. Y yo diría que tú le has llamado la atención».
Tal vez mi hermana sospechó desde el principio que acabaría pasando algo entre nosotros, pero nunca se atrevió a insinuarme nada por miedo a que se lo negara o me enfadara con ella.
—Eso es porque no confía en mí. Cree que voy a poneros en peligro a todos en cualquier momento, así que siente la necesidad de vigilarme. Para él no soy nada más que una carga.
De pronto, me vibra el móvil y la pantalla se ilumina para indicarme que me ha llegado un mensaje. Al abrirlo, me encuentro con lo último que me apetecía leer hoy.
Pip, reúnete conmigo en la iglesia de San Gabriel mañana al mediodía. Y más te vale traerme noticias esta vez.
—Entonces, ¿ya está? ¿Ni siquiera vas a plantearte hablar con él?
Apago la pantalla del móvil mientras me muerdo el interior de la mejilla, con el estómago revuelto por los nervios. En ese instante, una brisa fría se cuela por la ventana y me recorre la piel hasta calarme los huesos.
—No. Lo nuestro murió aquel día y él no parece dispuesto a revivirlo —respondo, levantándome del borde de la cama—. ¿Me prestáis una sudadera?
Espero que con eso baste para cambiar de tema. El día de hoy me ha agotado emocionalmente, y seguir hablando de Rook solo contribuye a recordarme todo lo que he perdido y jamás recuperaré.
—Sí, coge una de las mías. Las de Briar son de Alistair, y nadie quiere ir oliendo por ahí a su colonia —dice Lyra—. Bueno, salvo tú, claro —añade, dirigiéndose a Briar con una sonrisa.
Me acerco entre risas a la diminuta puerta del armario de Lyra.
Veo que se encuentra entornada y, al abrirla del todo, me doy de bruces con los montones de ropa que tiene apilados al fondo y que impiden que la puerta se cierre con normalidad.
Todo está tan desordenado que, de pronto, me sorprendo a mí misma pensando que no me importaría llevar una sudadera de Alistair con tal de no rebuscar en este desastre.
No sé si se debe a que voy colocada o me parece gracioso sin más, pero no dejo de imaginarme que aquí es donde guarda los especímenes vivos que no quiere que descubramos. Se me escapa una risita tonta solo de pensarlo.
Me pongo de puntillas para alcanzar la sudadera morada que he localizado en lo alto del estante, pero, cuando tiro de la manga, arrastro también un par de objetos pesados que impactan en el suelo con un gran estruendo.
—Mierda, Lyra, lo siento —me disculpo mientras me agacho para asegurarme de no haber roto nada.
Intento recolocar rápidamente la ropa y la caja que se han caído para dejarlo todo donde estaba.
La caja de zapatos mediana se encuentra de lado frente a mí.
Al principio, supongo que contendrá recuerdos de su madre o incluso de momentos felices que ha vivido hasta ahora en la universidad, pero, luego, mis ojos se posan en un caro jersey de punto color crema que da la impresión de ser demasiado grande para Lyra.
También hay un bote de gel de ducha para hombres de Armani medio gastado, varias notas escritas a mano que no coinciden con la caligrafía ilegible de mi amiga, fotografías espontáneas y la pieza más incriminatoria del rompecabezas: un gemelo diseñado con la forma de las letras «T. P.».
—No es… —dice, levantándose de golpe con la cara blanca como la cal—. No es lo que parece.
Cojo un pañuelo de un blanco níveo con una mancha roja en el centro.
—Entonces, ¿no tienes cosas de Thatcher metidas en una caja dentro de tu armario?
Lyra siempre se ha mostrado como la chica tímida, la friki de los bichos a la que le encanta pasar desapercibida; sin embargo, ahora empiezo a pensar que esa es la imagen que busca venderle al resto.
—Espera… —responde con un hilo de voz—. Puedo explicarlo.