24
Un arma de doble filo
Sage
No hay ni un solo día en el calendario que no sea un mal día para alguien.
El veinticuatro de junio puede ser tu cumpleaños, el día más feliz de tu vida, y, sin embargo, en algún lugar al otro lado del mundo, quizá alguien esté siendo asesinado.
Te comprometes o te casas un diez de octubre y piensas que no puede existir un día más especial que ese, pero, en tu misma calle, tres casas abajo, una niña perdió a sus padres en un accidente de coche en esa misma fecha.
El mejor día de tu vida siempre será el peor de otra persona.
Nunca me había parado a pensarlo, y creo que casi nadie lo hace, hasta que le toca vivirlo en sus propias carnes.
El veintinueve de abril parecía que iba a ser un día soleado como otro cualquiera, de esos en los que me pasaba la mayor parte del tiempo metida en el instituto, sin prestar mucha atención a la fecha, y acabó convirtiéndose en un día que no olvidaré jamás.
Hoy, la grieta que me atraviesa el alma escuece un poco más. Los lazos deshilachados que me envuelven el corazón buscan desesperadamente a mi otra mitad, y mi mente me recuerda, con una insistencia dolorosa, que la persona con la que vine al mundo ya no está.
Cuando fui a su tumba esta mañana, vi que alguien ya le había dejado peonías, sus favoritas, pero decidí colocar al lado las que yo le había comprado, porque ella se merece todas las flores del mundo.
Quise sentarme y quedarme a charlar con ella para contarle cómo me iba la vida; sin embargo, todo estaba cargado de tanta negatividad que no quise abrumarla con mis problemas, lo cual parece un poco absurdo en retrospectiva, teniendo en cuenta que me encontraba ante una lápida.
Quise quedarme allí, cerrar los ojos e imaginarme que estábamos debajo de las mantas, charlando de nuestras cosas, riéndonos y soñando con lo que haríamos en el futuro.
Quise aferrarme a esa conexión que teníamos cuando aún vivía, pero no pude sentirla.
Allí solo había una lápida con su nombre grabado. La esencia de Rose había desaparecido.
Entonces, me planteé la posibilidad de que tal vez estuviera defectuosa. Si no era capaz de sentirme cerca de ella en el cementerio, ¿a dónde debía acudir? ¿Acaso nuestro vínculo se había perdido para siempre?
Así me he pasado todo el día: buscándola constantemente pese a saber que no voy a volver a encontrarla nunca.
Al abrir la puerta del cuarto, compruebo con alivio que mi compañera está en clase, lo que significa que puedo acurrucarme en la cama y llorar sin tener que darle explicaciones a nadie, así que me quito los zapatos de cualquier manera y procedo a meterme debajo de las mantas.
Me giro hacia la pared y dejo salir una bocanada de aire temblorosa.
Las lágrimas me resbalan lentamente por las mejillas y aterrizan sobre las sábanas blancas.
En mi interior se ha desatado un torbellino de emociones que se arremolinan entre sí como los trazos desordenados de un niño pintando con los dedos.
Culpa. Tristeza. Ira.
Sin embargo, lo que más me pesa es no sentirme digna de seguir viviendo.
Yo siempre había sido la gemela desastrosa, cruel y amargada que cargaba con todo. Rose habría sabido aprovechar su futuro mejor que yo. Sus sueños eran más prometedores y factibles que los míos.
El mundo se detuvo cuando murió; en cambio, si hubiera sido yo, habría seguido girando.
«Debería haber sido yo».
Eso fue lo que le grité a mi padre después de ver aquel vídeo en el que escogía sin vacilar a Rosemary en vez de a mí.
«Debería haber sido yo», repetí una y otra vez sin parar.
Y, como eligió condenar a muerte a la hermana equivocada, decidí que no iba a permitir que me convirtiera a mí en su fuente de ingresos. Él me la había arrebatado, de modo que era justo que yo le quitara su único sustento.
Al principio, pensé en matarlo sin más, pero quería que sufriera, que experimentara el mismo dolor que me había causado a mí y que viviera hasta el último de sus días aislado, pasando hambre y en la ruina.
Así que me planté delante de él en el salón e hice lo que me llevó a que me encerraran.
Le brindé la excusa perfecta para mandarme lejos y mantenerme callada, pero la verdad es que no esperaba sobrevivir a aquello.
Había leído que, si se hacía de cierta forma, era un método infalible para quitarse de en medio.
Al pensar en ese momento, las cicatrices verticales que me recorren las muñecas comienzan a palpitarme. Los médicos fueron capaces de coserme los cortes antes de atarme a una camilla, de modo que ahora cargo con ellas como recuerdo de que ni siquiera logré morir como quería.
La ausencia de Rose me parecía tan injusta que no soportaba seguir con vida, y menos en un mundo en el que mi padre se sentía con el derecho a firmar la sentencia de muerte de una de sus hijas.
Tras darme cuenta de que lo único que tenía algún valor para él era el dinero, pasé una gran parte de mi encierro ideando un plan de huida para hacerle pagar por todas las atrocidades que había cometido.
Sin embargo, comprendí enseguida que ni siquiera mi suicidio le habría impedido seguir perpetrando monstruosidades con tal de mantenerse en lo más alto de la jerarquía de Ponderosa Springs.
Llegué a la conclusión de que la única manera de pararle los pies era matarlo, y aún espero con impaciencia ese día.
Un sollozo empieza a gestarse en mi pecho, se esparce como si fuera un veneno y lo siento desgarrándome la garganta a medida que va creciendo. Me cubro la boca con la mano y noto cómo me tiembla todo el cuerpo mientras las lágrimas me brotan de los ojos cada vez más deprisa.
De pronto, me doy cuenta de la cruda realidad, esa que tanto me negaba a aceptar: ahora soy mayor que mi hermana gemela.
Las entrañas se me revuelven al pensar que ya han pasado trescientos sesenta y cinco días sin ella, lo que significa que se ha perdido un cumpleaños, una Navidad y mil recuerdos que nunca podrá llegar a crear.
Cuando ella murió, yo también lo hice, pero, al parecer, mi cuerpo se quedó vagando en este plano.
—¿Sage?
Me doy la vuelta en la cama y miro hacia la puerta.
Lyra y Briar están de pie justo debajo del umbral, sosteniendo entre las manos una bolsa llena de chuches y un par de carcasas de películas.
—Dijiste que te gustaba Dieciséis velas , ¿verdad? Aunque no nos acordábamos de si preferías los Skittles ácidos o los normales, así que hemos traído de los dos tipos —dice Lyra, agitando la bolsa en el aire.
—¿Cómo habéis entrado aquí?
Briar se saca una horquilla del bolsillo y la alza para que la vea.
—Estas cerraduras se abren en un segundo y… —Se mete la mano por dentro de la camisa de cuadros y saca también un porro—. Esto se lo mangué a Rook el otro día.
A pesar de que no estoy de humor para ello, se me escapa una pequeña sonrisa.
—Ahora entiendo de dónde viene lo de ladronzuela —comento.
Se encoge de hombros.
—Mis dotes para el hurto resultan bastante útiles en un sitio como este.
Me paso la mano por debajo de la nariz para limpiarme los mocos y las lágrimas. Ambas parecen haber entrado en mi cuarto con la esperanza de levantarme el ánimo o, al menos, concederme un instante de alivio en medio del dolor.
Saben qué día es hoy.
—Gracias, de verdad, pero no me apetece mucho el plan. Pensaba que estaríais con los chicos.
—Han ido a Portland a pasar el fin de semana en la cabaña de los padres de Silas. Necesitaban estar un tiempo a solas con él, así que se nos ocurrió que… —responde Briar, alargando las últimas palabras mientras busca el apoyo de Lyra con la mirada.
—Se nos ocurrió que podríamos hacer lo mismo por ti —termina de decir ella.
—Es que… —comienzo a balbucear, intentando no llorar más y odiándome a mí misma por mostrarme tan vulnerable—. No sé si quiero compañía ahora mismo. No creo que haya nada que pueda hacerme sentir mejor hoy.
Supongo que por eso me gusta actuar. Sobre el escenario puedo volcar mis emociones en un personaje y nadie las cuestiona porque todo el mundo piensa que forman parte del guion. Puedo permitirme ser frágil, amable y sensible y dejar a un lado esta versión mía que siempre se muestra mordaz y amarga.
—El objetivo no es hacer que te sientas mejor —contesta Lyra, adentrándose en mi cuarto—, sino estar contigo para que no pases por esto sola y el dolor sea más llevadero. No sé lo que es perder a una gemela, pero sí perdí a mi madre.
Al fijarme en sus ojos, no percibo lástima ni compasión, sino el entendimiento de quien ha experimentado un dolor parecido.
—Por mucho que queramos, nadie nos las va a traer de vuelta, pero eso no significa que tengas que aislarte.
Podemos hablar de ella o sentarnos aquí en silencio sin más.
Lo que te apetezca. Yo no tuve a nadie a mi lado cuando murió mi madre y me niego a permitir que tú te enfrentes a esto sola. Para eso nos tienes a nosotras.
La amistad siempre había sido un concepto extraño para alguien como yo.
De pequeña me enseñaron que las relaciones que debías mantener cerca eran solo aquellas que te aportaban algún beneficio, sin importar lo bien o mal que te cayeran, y, a cambio, la gente se acostumbró a tratarme como a un peón solo por lo que podía ofrecerles.
Nadie se ha acercado nunca a mí o ha buscado mi amistad simplemente por ser yo misma.
Lo único que les interesaba era mi estatus, mi apellido y mi dinero.
Ahora lo he perdido todo y, sin embargo, estas dos chicas han escogido ser amigas mías, pese a lo que la gente vaya a decir de ellas al verlas conmigo.
Por una vez en mi vida, han sabido apreciarme más allá de mi reputación, igual que hacía Rosemary, y han elegido permanecer a mi lado por quien soy.
—¿Decís que habéis traído Dieciséis velas ? —pregunto en voz baja.
Briar sonríe.
—¡Y también No puedes comprar mi amor !