23 #2
—Escucha. —McKay me pone la mano en el hombro justo cuando paso una pierna por encima de la moto para subirme—.
No nos importa si fuiste tú el causante del incendio o no.
No vamos a por ti. Eres un buen chico y tienes un futuro prometedor por delante.
Hemos visto que has sacado todo sobresalientes en tu primer semestre, y eso es todo un logro en Hollow Heights.
Bajo la vista hacia su mano, me paso la lengua por el interior de la mejilla y luego vuelvo a mirarlo a la cara.
—No eres tú el que nos interesa, sino Thatcher Pierson.
Aprieto los dientes con tanta fuerza que la cerilla que sostenía entre los labios acaba partiéndose en dos.
¿Thatcher?
Si quieren ir a por mí, perfecto. Me da igual que me presionen todo lo que quieran, sobre todo sabiendo que no tienen ninguna prueba en mi contra, pero no pienso permitir que vayan a por mis amigos. Estaría dispuesto a cargar con toda la culpa yo solo antes de que les pasara algo a ellos.
—¿Y a quién no? —digo, sacudiendo el hombro para quitarme su mano de encima—. Mira, te propongo una cosa: ¿qué tal si os vais tú y el viejales de tu compañero a tomar por culo?
Giro la llave en el contacto y enciendo el motor, pero Breck se apresura a inclinarse sobre mí y pulsa el interruptor de apagado. Al verlo, se me tensa la mandíbula.
—Déjate de tonterías, chaval. No tenemos ningún inconveniente en meterte en la cárcel por aquel incendio, pero te estamos ofreciendo una alternativa. Un testigo ha asegurado que Thatcher estuvo implicado en el asesinato de Greg West. Solo queremos saber la verdad.
¿Un testigo?
¿De un crimen cometido en mitad de la nada?
Y una mierda.
Si eso fuera cierto, nos habrían delatado a todos y no se habrían limitado a preguntar por Thatcher, lo que me hace pensar que están dando palos de ciego con la esperanza de atinar en algún momento.
Han encontrado un cuerpo despedazado y han decidido ir directos a por el tipo cuyo padre es conocido por esa clase de delitos para comprobar si es cierto eso de que de tal palo tal astilla.
«Espera. Un momento».
De pronto, todo cobra sentido.
Aunque he tardado en reconocerlos más de lo que me habría gustad o, son los mismos hombres que vi hablando con Sage frente al teatro el otro día.
¿Un testigo? Más bien una puta soplona.
La que es mentirosa lo es para toda la vida.
—¿Quieres la verdad? —digo, asintiendo con la cabeza—. Si vuelves a tocarme o te acercas a mi moto, pienso romperte las putas manos. No tienes pruebas contra mí ni contra nadie. Si tan seguro estás de que el incendio lo provoqué yo, adelante. —Extiendo las manos—. Arréstame.
Se produce un silencio tan absoluto que se podría oír un alfiler caer. Los dos se quedan mirándome petrificados, intentando encontrar otro modo de sacarme información.
—Lo suponía. No tengo nada más que deciros. La próxima vez que queráis algo de mí, hablad con mi abogado.
Giro de nuevo la llave y, con un par de movimientos de muñeca, revoluciono el motor para calentarlo. Acto seguido, salgo del aparcamiento y los dejo atrás.
Mi mente va a mil por hora y la ira me hierve en las venas.
Sabía que no deberíamos haber confiado en ella. Traté de convencer a Silas para que no la incluyera en ninguno de nuestros planes, pero, aun así, insistió en hacerlo.
Acelero la moto en cuanto salgo de Hollow Heights.
Mi prioridad ahora mismo es asegurarme de que Silas se encuentra bien.
Ya me encargaré después de Sage.
No creo en el cielo ni en el infierno.
Viniendo de un tío al que todo el mundo considera fruto de la veneración a Satanás, puede parecer un poco extraño, pero creo que, una vez que morimos, no nos espera nada más allá.
Dejamos de existir y empezamos a descomponernos hasta fundirnos con la naturaleza.
No hay condena eterna ni puertas celestiales, solo oscuridad.
Sin embargo, mi madre no opinaba igual. Me llevaba al cementerio cada festivo y cada cumpleaños para que les presentara mis respetos a unos abuelos que ni siquiera llegué a conocer.
Según ella, visitar sus tumbas era una forma de demostrarles a nuestros difuntos que seguíamos pensando en ellos desde el mundo de los vivos.
Al obligarme a ir con ella, buscaba transmitir su legado, con la esperanza de que algún día yo hiciera lo mismo con mis hijos y, así, mantuviera vivo su recuerdo sin importar el tiempo que pasara.
Le entristecería saber que no he vuelto a visitar a mis abuelos desde que murió. Solo voy a verla a ella y a Rosie.
Mi madre descansa en el cementerio familiar de mi padre, pero a Rose la enterraron en el cementerio local de Ponderosa Springs. Allí donde dejan que todos los cuerpos de este pueblo se pudran.
Los zapatos se me hunden en el suelo mojado y la humedad del ambiente me empapa los pulmones. La niebla se arremolina entre las colinas y arropa las tumbas olvidadas como si fuera una manta de lana.
A esta hora del día, justo antes del anochecer, apenas hay visitantes. En mi opinión, es el mejor momento para venir. Cuando el sol comienza a ponerse, parece que los vivos se retiran y los muertos se despiertan poco a poco.
Silas se encuentra de espaldas a mí, apoyado contra su lápida, con un ramo de peonías al lado. Una oleada de alivio me recorre el cuerpo en cuanto me fijo en cómo le suben y bajan los hombros. Está vivo.
No obstante, aunque la preocupación se ha disipado, sigo sintiendo un pellizco en el corazón al verlo sufrir de esta manera.
—A veces estás aquí conmigo —lo escucho susurrar con la voz quebrada—.
Puedo sentirte y percibir tu aroma en la brisa.
Te oigo reírte y me doy la vuelta esperando encontrarte, pero nunca estás ahí.
Al menos, no de la forma en la que me gustaría que estuvieras.
Algunas noches te veo y hablamos, aunque sé que no eres tú de verdad, que solo es un producto de mi imaginación.
Trago saliva con nerviosismo, consciente de que este no es el momento idóneo para preguntarle si se ha tomado la medicación, pero no pienso permitir que esta enfermedad acabe con él, y menos cuando sé que el tratamiento adecuado puede garantizarle una vida larga y plena.
—Los monstruos que habitan en mí se alimentan de mi dolor, cariño.
Por eso no paran de mostrarme visiones tuyas.
Cada día que estoy aquí sin ti se hacen más fuertes.
Están intentando liberarse. —Se aprieta las sienes con las manos—.
Y ya no sé cómo detenerlos. Así que necesito que vuelvas, ¿vale?
Por favor, cariño. Necesito que me salves.
Baja la cabeza y se le sacuden los hombros como si hubiera roto a llorar.
Entonces, me acerco a él, me dejo caer sobre el suelo mojado y permito que la humedad me cale la tela de los vaqueros. No le hace falta alzar la vista para saber que estoy a su lado. Siente mi presencia.
Cuando dirijo la mirada hacia su lápida, los ojos empiezan a arderme.
Rosemary Paige Donahue
Hija, amiga y hermana
La han limpiado hace poco; el resplandor del mármol blanco destaca entre las lápidas desgastadas que se encuentran a su alrededor. Una pequeña muestra de toda la luz que irradiaba al resto del mundo cuando aún vivía.
Me cuesta creer que haya pasado un año desde que nos dejó.
Hemos colmado nuestras vidas de caos para huir del dolor de su ausencia, y hoy nos hemos visto obligados a detenernos y recordar a la persona que hemos perdido.
He arrancado las vendas con las que había tapado aquella herida y me he encontrado con que sigue estando en carne viva. No ha sanado en absoluto, es un corte profundo que se ha infectado y aún me atraviesa el alma.
Me resulta imposible concentrarme en otra cosa que no sea el dolor. No puedo pensar ni siquiera en Frank ni en Sage, solo en esta melancolía que me oprime el pecho y me roba el aire.
Siempre he tenido claro que la muerte es inevitable, un rito de paso, pero uno suele asociarla a la vejez. Morir tan joven es una tragedia cruel y retorcida. El luto que nace de una pérdida así es de una naturaleza completamente distinta.
Silas levanta la cabeza hacia el cielo y veo las lágrimas que le surcan el rostro.
—¡Rose, vuelve! —implora, con un alarido que me provoca escalofríos, como si ese sonido desgarrador proviniera de lo más profundo de su corazón—. ¿Por qué no me llevaste contigo? —solloza—. Te habría seguido.
Le paso un brazo por encima de los hombros y lo atraigo hacia mí para estrecharlo en un abrazo.
Cada grito que brota de su garganta impacta contra mi pecho y noto cómo le tiembla el cuerpo sin cesar.
Es lo único que puedo hacer. Absorber su dolor y ofrecerle mi apoyo mientras revive la misma pesadilla que lo atormenta desde hace un año.
Una de la que ninguno de nosotros ha logrado despertar aún.
Recuerdo la desolación que me invadió cuando ayudé a Alistair a separarlo de su cuerpo, cuando lo vi llevarla en brazos por última vez hasta la ambulancia.
A partir de ese momento, todo fue a peor.
Me quedé sentado frente a la puerta de su cuarto, tratando desesperadamente de captar el sonido de su respiración o cualquier indicio de que seguía con vida. Estuve días enteros limitándome a esperar con impotencia a que la muerte lo reclamara.
Cuando no pude soportarlo más, eché la puerta abajo, llevándome por delante las bisagras en el proceso, y me lo encontré tirado en el suelo bocarriba.
Menos la puerta rota, todo lo demás estaba intacto.
Había llegado y se había tendido allí con una de las chaquetas de Rosie apretada contra el pecho.
Ni siquiera se había quitado la ropa que llevaba aquel día.
No hacía más que murmurar, de todo y de nada, como si estuviera enzarzado en una conversación consigo mismo.
Lo obligué a ducharse, le di de comer y le metí las medicinas por la garganta a la fuerza. Estuve así durante semanas, hasta que volvió a ser capaz de valerse por sí solo, y volvería a hacerlo una y mil veces más sin dudarlo.
Siempre cuidaré de él y de los chicos. Ya he perdido a suficientes personas importantes en mi vida. No pienso perder a ninguna más.
—¿Cuánto tiempo llevas aquí? —pregunto cuando han dejado de temblarle los hombros.
—Desde que te fuiste a clase. Quería ver el amanecer con ella, pero llegué tarde. —Traga saliva—. Siempre llego demasiado tarde.
—Silas, sabes que nunca te mentiría, así que no voy a decir que vaya a resultarte fácil en algún momento, pero te puedo asegurar que, con el tiempo, acabarás sanando esa herida. Y, aunque siga doliendo, no te consumirá tanto como ahora.
—Eso sería incluso peor —responde, alzando la cabeza para mirarme—. El tiempo no cura nada. Solo te ayuda a olvidar, y ella no merece ser olvidada. Dentro de diez años, su olor y su sonrisa no vivirán nada más que en mi memoria, y se merece mucho más que convertirse en un simple recuerdo, Rook.
Así es el duelo. Un arma de doble filo.
—Lo sé. Y siempre significará más para nosotros, pero lo superaremos juntos. Lograremos salir adelante.
El silencio se asienta a nuestro alrededor.
Una brisa nos envuelve y contemplo cómo uno de los pétalos de las peonías se eleva con el viento.
Va flotando en el aire, dejándose llevar por la corriente, como si volara con sus propias alas.
Y creo que esa es la manera de Rosie de decirnos que todo irá bien y que ella está en paz.