23
El espinazo del diablo
Rook
—Vamos, Silas. Cógelo.
El móvil sigue llamando hasta que vuelve a saltar el contestador avisándome de que su buzón de voz está lleno.
—Mierda.
Al mirar la ristra de mensajes que le he enviado y que siguen sin respuesta, el pánico empieza a revolverme las entrañas.
Cuando fui a la residencia después de clase y no lo vi en nuestro cuarto, supe de inmediato que algo iba mal.
Hay gente que acostumbra a ignorar a sus amigos alguna que otra vez, pero él siempre me dice a dónde va porque es consciente de lo que pasa cuando la incertidumbre me corroe por dentro y me quedo mucho tiempo a solas con mi mente.
Alistair y Thatcher tampoco han tenido noticias suyas en todo el día y, con el aniversario de la muerte de Rose a la vuelta de la esquina, estoy seguro de que anda haciendo algo que no debería.
Algo de lo que quizá él no se arrepienta, pero que para mí significaría la ruina.
Pese a que entiendo que no quiera vivir sin ella, no puedo dejar que se quite de en medio de esta forma. No pienso permitirlo. Aunque eso me convierta en un puto egoísta.
Me pongo la gorra del revés, sostengo el casco bajo el brazo y me dirijo a toda prisa hacia la moto. Al acercarme, veo que, junto a ella, hay dos hombres que no deberían estar ahí, inspeccionándola. Odio que la gente toque mi moto.
—¿Qué cojones se os ha perdido? —les suelto, harto del mundo.
Preocupado por Silas.
Furioso por lo de Sage.
Estos gilipollas están a punto de pagar los platos rotos de mi ira.
Ambos se giran en mi dirección. Uno es significativamente mayor que el otro, lleva un bigote blanco de putero y un traje gris apagado de la talla equivocada.
Supongo que, con la mierda de sueldos que da el gobierno, no puede permitirse otro mejor.
A juzgar por la seriedad de su rostro, no creo que vaya a agradarle mucho mi actitud, pero eso solo hace que me entren aún más ganas de provocarlo.
El otro parece tener la edad de mi padre, quizá un poco menos, y va con una pistola en la cintura. El típico chico de una fraternidad pero crecidito y armado, qué encantador. Aunque, sinceramente, le tendría más miedo a un niño pequeño hambriento que a él.
—Solo estábamos echándole un vistazo a tus ruedas —responde el joven—. Soy el detective McKay, y este es mi compañero, el detective Breck.
Se mete la mano en la chaqueta y saca una placa reluciente que tiene las siglas « FBI » grabadas en grande en la parte superior.
He cometido muchas ilegalidades en estos últimos años, así que se me ocurren un montón de motivos por los que pueden estar aquí, pero, si tuviera que apostar por alguno, diría que Easton no ha sabido mantener el pico cerrado.
Después de quemarle un lado de la cara, se puso a llorar y a gritarnos que pensaba contárselo a su padre y que todos acabaríamos pudriéndonos en la cárcel, pero Alistair le advirtió que, si lo hacía, todo el pueblo se enteraría de la aventura de su madre con el cabeza de familia de los Caldwell.
Un secreto que ignoraba por completo que supiéramos y que, de salir a la luz, arruinaría para siempre la reputación del decano Sinclair.
Al fin y al cabo, la gente no permitiría que un hombre que ni siquiera era capaz de controlar a su esposa estuviera a cargo de las grandes mentes del futuro de este país.
Perdería el puesto, la fortuna, el privilegio.
Todo su legado terminaría convirtiéndose en un amasijo inservible, tal y como le había pasado a la mejilla de Easton, y eso era lo último que le convenía.
Pero, al parecer, no había sido suficiente para asustarlo.
—O sea, ¿que una placa os da derecho a registrar mi propiedad sin una orden? —pregunto con una ceja levantada.
Haberse criado con un padre abogado tiene sus ventajas. Lo admito. Aunque no compensan ni de coña lo que pasa de puertas para adentro.
—No sabía que estudiaras Derecho. ¿Has decidido seguir los pasos de tu viejo?
Tenso la mandíbula mientras observo a McKay, intentando descifrar si lo que acaba de soltarme es una pulla. Dudo que sepa algo de la relación que mantengo con mi padre, pero la forma en la que me está mirando me da a entender que no se trata de un mero comentario inocente.
No estoy de humor para perder el tiempo jugando a este rollo de poli bueno y poli malo. Si piensan arrestarme, que se den prisa.
—Si tenéis algo que preguntarme, os sugiero que lo hagáis ya.
—¿Te gusta el fuego, Rook? —dice el detective Breck, el mayor de los dos, dirigiéndose a mí por primera vez.
Puedo sentir sus ojos fijos en mí, así que me vuelvo hacia él y le sostengo la mirada para brindarle justo lo que busca: un desafío. Si cree que va a lograr intimidarme, está muy equivocado. Arqueo una ceja y con la lengua desplazo hacia la comisura izquierda la cerilla que tengo entre los labios.
—El descubrimiento del fuego nos permitió evolucionar como especie. Sé reconocer cuando algo merece cierta… admiración.
—Me parece que lo tuyo va más allá de la simple admiración. —Se lleva la mano al interior de la chaqueta del traje y saca una bolsita hermética—. ¿Podrías explicarnos qué hacía esto en la iglesia de San Gabriel?
Al observar el contenido, veo el que solía ser mi Zippo favorito. El fuego ha transformado el metal reluciente en una mancha carbonizada, la rueda se ha fundido por completo y la tapa está suelta. Sin embargo, aún se distinguen levemente mis iniciales, « RVD », grabadas en la parte frontal.
—Anda, así que ahí estaba —respondo con sarcasmo—. Llevo toda la vida yendo a ese sitio. Se me habrá caído del bolsillo en algún momento.
Me fijo detenidamente el grabado.
« RVD » .
Daría cualquier cosa por escuchar a Rose llamarme así, aunque solo fuera una vez más.
Quemé aquella iglesia tras su muerte porque fue donde se celebró su funeral antes de darle sagrada sepultura.
Lo hicieron ignorando los deseos de Rosie, que siempre había querido que la incineraran y repartieran sus cenizas entre quienes la amaban.
El párroco insistió en que la cremación condenaría su alma y el pedazo de mierda de su padre, que fue el culpable de que hubiera muerto, decidió entonces que el lugar de reposo eterno de su hija sería bajo tierra.
Ninguna de las personas que se agolparon en los bancos de la iglesia fingiendo llorar a moco tendido la conocía.
Ni siquiera la soportaban. Toda esa gente acudió a la misa sin tener ni idea de lo especial que era Rosie porque la mitad no había cruzado ni una sola palabra con ella.
En cambio, a sus amigos de verdad, los que sabían de sus sueños y sus miedos, no les permitieron entrar.
Nos prohibieron asistir tanto al funeral como al entierro y le arrebataron la oportunidad de despedirse de ella al hombre que la amaba más que a su propia vida.
Empiezo a apretar los puños inconscientemente al volver a sentir todo el dolor y la amargura que inundaron cada rincón de mi ser aquel día. Si pudiera, no dudaría en prenderle fuego de nuevo a la iglesia. Lo único que lamento es que no hubiera ardido todo el pueblo con ella.
Permanecí allí de pie, contemplando con los vellos de punta cómo los cimientos cedían poco a poco ante la ferocidad de las llamas mientras me deleitaba en su ardiente aroma y su calor, como un niño de acampada refugiándose del frío ante una fogata.
Observé cada recuerdo que tenía con Rose danzando en el humo como un holograma. Y, al desvanecerse el humo, se la llevó también consigo.
Por eso, cuando las llamas alcanzaron su punto más álgido, lancé el mechero dentro y dejé que ardiera. Así, no tendría que ver mis iniciales y acordarme de que, a partir de ese instante, nadie volvería a llamarme por ellas.
—Entonces, ¿se te cayó sin más? ¿Seguro que no está relacionado con el incendio que tuvo lugar allí hace un año?
—¿Ahora os dedicáis a investigar incendios en el FBI?
Al parecer, no han venido a buscarme por lo de Easton, pero, aun así, dudo que les preocupe de verdad aquel incendio. Están intentando que muerda el anzuelo.
—La mayoría de los tipos como tú habría usado gasolina —comenta Breck, eligiendo las palabras precisas para lograr sacarme de quicio.
Quiere que sea impulsivo, que me vaya de la lengua. Porque, por mucho que me pese admitirlo, los pirómanos somos bastante predecibles en nuestra imprevisibilidad.
—¿Los tipos como yo? —contesto, dándole la reacción que espera.
—Niños con traumas maternos que culpan al mundo de todas sus desgracias y lidian con ello prendiéndole fuego. ¿Cuántos años tenías cuando murió tu madre? ¿Seis? ¿Siete? ¿Empezaste a sentir esos impulsos antes o después de su muerte?
Respeto a los hombres que son capaces de decir lo que piensan sin miedo a las consecuencias. Esbozo una sonrisita de suficiencia al verlo tan seguro de sí mismo, como si creyera en serio que me tiene calado.
Mi fascinación por el fuego es algo que viene de lejos. De pequeño, siempre me sentaba lo más cerca posible de la chimenea o me entretenía jugando con cerillas. Nací con ese anhelo; la muerte de mi madre no hizo más que confirmármelo.
Sin embargo, el único detalle que parece estar pasando por alto es que nadie entiende las llamas tan bien como yo.
—Vaya, ¿esas conclusiones las has sacado tú solito?
Breck me fulmina con la mirada, seguramente molesto por mi indiferencia y mi actitud desafiante.
—La provocación de incendios conlleva una pena de tres años de cárcel, listillo. Imagino que ya lo sabes.
Suelto un suspiro, me saco el casco de debajo del brazo y me lo pongo. Acto seguido, me acerco más a mi moto y a ellos, que no se han apartado aún de su lado.
Cuanto más me entretenga aquí con sus tonterías, más probabilidades hay de que no encuentre a Silas a tiempo.
—Menos mal que no he hecho nada entonces.