Las verdades que quemamos (Hollow Boys 2) 22 #3
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«De hecho, en este preciso instante, es justo lo que pareces», pienso.

—Ahora te entiendo —murmuro—. Te conozco mejor.

Refuerza su agarre con ira y cierne su cuerpo sobre el mío, abriéndose paso entre mis piernas.

Aprieto los muslos de forma instintiva, pero el calor que irradia es suficiente para hacer que mis partes íntimas empiecen a palpitar.

La luz se refleja en su Zippo y, acto seguido, una llama de un naranja vibrante brota de él.

Al verla, se me tensa todo el cuerpo. Rook es tan impulsivo que resulta imposible adivinar lo que se le pasa por la cabeza.

—¿Crees que no soy capaz de matarte? —pregunta de manera retórica mientras sigue deslizándome la mano izquierda por el muslo y me sube el vestido hasta dejar al descubierto las bragas rojas que llevo debajo; la delicada tela de encaje es lo único que lo separa de la humedad de mi entrepierna—.

¿Que no te quemaría viva si detecto el más mínimo indicio de traición por tu parte?

—Yo…

—Esta vez no dudaré en enterrarte en el fondo de mi memoria y dejar que te pudras en el olvido para siempre, Sage —añade, pronunciando cada palabra con determinación.

Me aparto de él, o al menos eso intento, pero, de pronto, mueve la mano hacia arriba y me separa el elástico de las bragas de la cadera.

Está tan cerca que su aroma me envuelve por completo.

Y, Dios, sus ojos… El fuego abrasador e irresistible que se refleja en ellos se mantiene fijo en la preocupación que desprenden los míos, dejándome clavada en el sitio.

¿Qué me está haciendo?

Mi cuerpo, que solo ha conocido placer con él, quiere entregarse por completo; sin embargo, mi mente, que sabe hasta dónde estaría dispuesto a llegar por venganza, no confía en él.

—¿Qué estás…?

El corazón se me sube a la garganta cuando veo que acerca la llama ardiente del Zippo a la tela y la roza brevemente. El calor del fuego me quema la delicada piel de la cadera, pero el aire fresco calma de inmediato la zona en cuanto la llama se aleja de mi cuerpo.

—Si nos traicionas o pones en peligro a mis amigos, te destruiré. Tal y como debí haber hecho hace un año. La última vez permití que salieras ilesa. No pienso volver a cometer el mismo error.

Deseo que termine y se aparte de mí. Me mata respirar su mismo aire, sentir su sabor en la lengua y, aun así, no poder tocarlo, pero también he perdido la cuenta de todas las noches en vela que he pasado soñando con volver a tenerlo así de cerca.

—Yo… —comienzo a balbucear mientras desplaza los dedos al otro lado de mi cadera y me cuela uno por debajo de las bragas para juguetear con el elástico—. Ya no soy la misma persona de antes. Cambié allí dentro. Fue…

De repente, suelta la tela y esta restalla contra mi piel como si fuera un látigo. En respuesta, me muerdo el labio inferior con fuerza para reprimir el gemido que amenaza con escaparse de mi boca.

—Ahórrate el cuentito lacrimógeno. A nadie le importa una mierda que encerraran a la pobrecita de Sage en un loquero. Bienvenida al club de los que cargan con sus propias heridas.

Esas palabras me golpean con más fiereza que sus actos.

Sé perfectamente lo que está haciendo. Está jugando conmigo, atrayéndome hacia él para luego dejarme caer de bruces contra el suelo, pero no me importa.

Estoy dispuesta a conformarme con cualquier castigo que quiera imponerme, aunque al final acabe yéndose enfadado igualmente.

No hay nada que pueda compararse al modo en que me respira con furia sobre los labios y vuelve a deslizar los dedos sobre mis bragas, rozándome la piel lo justo para encenderme y robarme el aliento.

Por más que Rook piense que no me conoce y que le mentí en todo, jamás pude ocultarle las reacciones de mi cuerpo.

El efecto que provoca en mí es sincero. Pero tampoco soy la clase de chica que se limita a agachar la cabeza sin más.

Cuando se trata de él, mi instinto de lucha siempre aparece para enfrentarse a sus demonios.

—No tienes ni puta idea de las cosas por las que tuve que pasar en ese sitio, Van Doren. No te atrevas a insinuarme que aquello fue un camino de rosas mientras tú estabas disfrutando de tu libertad y follándote a la primera que se te cruzaba por ahí para intentar olvidarte de mí.

Vuelve a acercarme el Zippo a un lateral de la cadera hasta que su calor comienza a quemarme de verdad. Presiona con ira su frente contra la mía y se pasa la lengua por los dientes.

—¿Quién es la que está celosa ahora?

La tela de ambos lados de las bragas cede ante la llama y se queda colgando sobre el escenario, dejando mi sexo al descubierto y a escasos centímetros de él. Tengo el clítoris tan sensible que un escalofrío me recorre todo el cuerpo en cuanto noto cómo el aire me acaricia la zona.

—Ah, ¿sí? ¿Lloraste mucho allí dentro? —pregunta—. ¿Te dio miedo verte rodeada de locos, atrapada en un lugar en el que no debías estar, FT? ¿Lo pasaste muy mal?

Veo que ahora ha decidido tratarme con condescendencia y comportarse como un capullo paternalista. Aprieto los dientes y alzo un poco la cabeza hasta que mi nariz roza la suya. Entonces, desliza la mano entre mis muslos, agarra las bragas destrozadas y tira de ellas.

—Apuesto a que estabas deseando salir. Que rogabas sin parar que te sacaran de allí y, cuando fracasabas en tus intentos de huida, te tumbabas entre aquellas cuatro paredes blancas, con la vista fija en el techo, recordando todas esas veces en las que tenías mi polla bien adentro, ¿a que sí?

Al mover el cuerpo, roza mis partes íntimas e intento ahogar un gemido, pero no lo consigo. Un pequeño quejido de deseo se escapa de entre mis labios y arqueo las caderas, desesperada por frotarme contra él y liberar un poco de tensión.

Tira de nuevo de los restos de tela de mis bragas y desgarra el encaje, pero se niega a soltarlas, como si fuera una especie de vínculo perturbador que nos mantiene atados a ambos.

—Sí. Estoy seguro de que sí. Apuesto a que incluso te metías unos dedos entre esas piernas paliduchas que tienes y te corrías pensando en cómo te pasaba la lengua por el coño.

La vulgaridad con la que habla parece poesía cuando sale de su boca. Sus palabras me acarician todo el cuerpo y me envuelven en un manto de pasión, como un afrodisíaco. Todo en él resulta embriagador, desde su mirada desafiante hasta la calidez de su aroma.

Es la lujuria personificada. Basta con mirarlo para tener la certeza de que va a saber cómo follarte y darte un orgasmo de los de verdad.

Al levantar las caderas por instinto, noto cómo me arranca las bragas de un movimiento rápido. Es entonces cuando decide apartarse de mí de golpe, dejándome otra vez con una sensación de vacío.

Coge el porro que había colocado junto a mí, vuelve a encenderlo, se lo lleva a los labios y, por último, se guarda el Zippo en el bolsillo.

—Bien —dice, dándole una calada—. Me alegra que no se te haya olvidado y que hayas pensado en ello, porque eso es lo único que vas a conseguir de mí, Sage.

Suelta el humo por la boca y me mira fijamente mientras se aleja por el pasillo.

—Recuerdos.

Cuando lo veo salir por la puerta, empiezo a respirar de nuevo.

Al mirar a mi alrededor me percato de que no hay ni rastro de mis bragas rotas por ningún lado.