Las verdades que quemamos (Hollow Boys 2) 22 #2
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22 #2

Lisandro traza un plan para que huyamos juntos y así podamos ser libres y estar juntos el resto de nuestras vidas, lejos de las expectativas que todo el mundo ha posado sobre nosotros y de mi padre, que ansía verme desposada con Demetrio, un hombre que me ofrecerá riquezas y estatus.

Un hombre al que mi alma se rehúsa a amar.

De pronto, abandono este escenario y me transporto a un auditorio distinto: el de mi instituto.

Rook vuelca sobre mí su ira tras descubrir mi compromiso con Easton.

Sus palabras se me vuelven a clavar como cuchillas mientras me suplica que le diga que no es más que una farsa.

Que tan solo se trata de un malentendido.

Revivo cada sentimiento como si todo estuviera pasando por primera vez.

Solo que, en esta ocasión, es diferente. En vez de desgarrarle el corazón con mis crueles mentiras, le digo la verdad que tanto ansiaba compartir con él: que me forzaron a comprometerme para proteger a mi hermana, aunque todo fue en vano.

—Buen Lisandro mío, te juro por el arco más poderoso de Cupido, por su mejor flecha de punta dorada, por la pureza de las palomas de Venus, por aquello que enlaza las almas y hace florecer los amores y por el fuego en el que ardió la reina de Cartago…

Me detengo por un instante. La escena parece tan intensa y real que me está dejando sin aliento. Sacudo la cabeza y respiro hondo.

—… cuando vio al falso troyano con las velas al viento, por todas las promesas que los hombres han vulnerado y que superan en número a las que las mujeres pronuncian en su vida, te juro que en ese mismo lugar que me has señalado…

—Hago una pausa de nuevo al notar que la voz se me está quebrando—. Ma-mañana mismo me veré contigo.

Hermia promete acudir a su encuentro para fugarse con él. Sus palabras son las mismas que hubiera deseado decirle a Rook. Me duele no haber podido confesarle cómo me sentía en realidad en ese instante y no haberme atrevido a desnudar mi alma ante la suya cuando más falta hacía.

Dicen que nunca llegas a comprender realmente cuánto te importa alguien hasta que desaparece de tu vida. Y, cuando él se fue, se llevó mi esencia consigo. Lo único que llenó ese vacío fue el humo que quedó tras prenderle fuego a lo nuestro.

Esa versión de mí que siempre había querido ser le pertenecía por completo, y era consciente de que jamás volvería a recuperarla.

Al pensar en él y volver mentalmente a ese momento, todos mis sentidos se agudizan. Puedo percibir de nuevo su aroma y el olor dulce y ácido de la maría que siempre lo acompaña.

De pronto, oigo el sonido de una palmada estruendosa que me saca de mis pensamientos y me devuelve de golpe a la realidad.

—Me alegra ver que todavía sabes cómo mentir. —Su voz hace que me estremezca—. Perdón, actuar.

Entrecierro los ojos para buscar su rostro entre los asientos y entonces diviso su sombra al fondo, avanzando por el pasillo hasta acercarse a la luz.

El estómago me da un vuelco en cuanto me percato del corte que le adorna el labio.

Esta vez, no había sido obra de Alistair ni de su padre, sino mía.

Se lo había hecho yo mientras me ahogaba en la autocompasión y la ira.

Pagué mi rabia con él y con Silas. Le di un puñetazo, y él no hizo nada para detenerme.

El humo del porro que sostiene entre los labios se le arremolina alrededor de la cabeza cuando se detiene frente al escenario para mirarme.

El pelo le ha crecido tanto que me dan ganas de medírselo con los dedos.

A pesar de que lo lleva cuidadosamente recogido detrás de las orejas, aún conserva cierto aire rebelde.

—¿Qué quieres de nosotros?

Claro y directo al grano.

Tonta de mí por pensar que había venido por otra razón.

—Ya te lo he dicho. Quiero ayudaros a acabar con Frank. Haré todo lo que necesitéis. Cuando me asegure de que ha dejado de respirar, me largaré de aquí y no tendréis que aguantarme más —respondo con sinceridad.

—¿Y esperas que te crea?

—Silas lo ha hecho.

Esas palabras provocan que guarde silencio durante un instante.

Después del Guantelete, Silas se presentó en mi residencia para hablar conmigo y me disculpé por todo lo que le había soltado sobre Rose.

Sé que lo que pasó no fue su culpa, pero, por muy egoísta que pareciera, necesitaba culpar a alguien en ese momento.

Luego, me dijo que, ya que estaba metida en todo esto, aunque no le gustaba la idea, prefería dejarme ayudarlos antes que permitir que actuara por mi cuenta y acabaran matándome por ello.

Porque no cabe duda de que la especialidad de la gente a la que nos enfrentamos es quitarse de en medio a mujeres inocentes.

Aceptó mis condiciones y me permitió participar en sus próximos movimientos, pero me dejó muy claro que, una vez que Frank estuviera muerto, tenía que marcharme. No quiere verme por aquí, y a mí tampoco me apetece quedarme.

Estoy segura de que a Thatcher y Alistair no les hizo nada de gracia que me incluyera en sus planes, pero, aun así, apoyaron la decisión de su amigo. En cambio, Rook no parece dispuesto a dar su brazo a torcer.

—La culpa le está nublando el juicio —responde con firmeza al fin—. Silas no sabe que eres una sucia traidora y una mentirosa. No te conoce ni de lejos tan bien como yo.

Soy consciente de que jamás voy a poder hacer nada para arreglar lo nuestro ni enmendar el daño que le he causado, pero, por mucho que le repugne mi mera presencia, me he cansado de fingir que lo odio.

Aunque sigo enfadada porque no compartió conmigo ni la mitad de lo que yo le confié a él, no lo odio.

Nunca podría hacerlo. Me pasé mucho tiempo pensando que odiarlo sería más fácil; así llevaría su fuego conmigo y no tendría que lamentarme por haberlo perdido.

Pero ya no me quedan fuerzas para seguir engañándome.

Además, ahora que formamos parte del mismo equipo, no me gustaría que nos pasáramos el día discutiendo; sobre todo, teniendo en cuenta que todavía está empeñado en ocultarles a sus amigos lo que hubo entre nosotros.

Suelto un suspiro profundo, camino hasta el borde del escenario y me siento ahí con los pies colgando. Entonces, me froto los muslos con las palmas para intentar calmarme y procedo a abordar el problema de frente.

—¿Qué quieres que te diga Rook? ¿Qué palabras hacen falta para que esto sea lo menos doloroso posible?

Se saca el porro de la boca y se humedece los labios resecos con la lengua.

—Lo nuestro siempre será doloroso, Sage —responde, abrasándome con la mirada—. Aunque podrías empezar contándome quién era ese con el que estabas hablando antes de entrar en el teatro.

Se me escapa una risita y niego con la cabeza.

—¿Me estabas espiando? —pregunto con una ceja arqueada.

—No, simplemente ha dado la casualidad de que pasaba por aquí.

Pero me parece sospechoso que te hayan sacado por arte de magia de un psiquiátrico en el que tu propio padre te había internado.

—Exhala un anillo de humo en mi dirección y ladea la cabeza—.

Y, encima, te veo hablando tan tranquila con dos pavos que tienen toda la pinta de ser del FBI.

Me planteo la posibilidad de confesárselo todo en este mismo instante, pero no me creería. De hecho, me da la impresión de que la verdad tendría menos credibilidad que la mentira que estoy a punto de soltar. Rook Van Doren no volverá a confiar en mi palabra.

Nunca.

—Son amigos de mi padre. Me parece que forman parte del consejo de aquí. Nos cruzamos y me saludaron, ¿vale? ¿Se me permite saludar a la gente? ¿O es que estás celoso?

No debería ser tan borde con él, y menos sabiendo por qué lo pregunta, pero no puedo evitarlo. Tengo que comprobar si esta teoría irracional que me impulsa a pensar que su interrogatorio viene motivado por los celos es cierta.

Se pasa la lengua por el interior de la mejilla y respira hondo por la nariz mientras se acerca un poco más a mí, hasta que me roza las rodillas con el cuerpo.

—¿Celoso? ¿Por qué? ¿Por una chica a la que me follaba hace tiempo? Si ese fuera el caso, tendría que estar celoso de casi todos los tíos del campus.

A través de la neblina del humo, veo el fuego infernal de sus ojos.

Vivos y abrasadores, como siempre.

La idea de que haya mirado a otras chicas con esos ojos y se haya acostado con ellas hace que sus comentarios me duelan aún más. Solo de pensar en unas manos que no son las mías tocándolo y recorriéndole la cicatriz de la clavícula me dan ganas de vomitar.

Me pregunto si les contará la verdad de cómo se la hizo. Si les dirá que hay una chica a la que una vez quiso con una cicatriz idéntica. Si admitirá que en su momento creyó que éramos almas gemelas y trató de forzar al destino para que nos diera la razón.

—Bueno, si eso es todo, puedes irte. Ya he respondido a tu pregunta.

Apoyo las manos en el suelo, lista para levantarme y recoger mis cosas, pero me detiene.

Me agarra un muslo con la mano, enredando los dedos en mi vestido y clavándomelos en la piel.

Se me escapa un grito ahogado al notar su dedo corazón rozándome la parte interna del muslo por debajo de la tela.

Peligrosamente cerca de una zona que no toca desde hace casi un año.

—Me iré cuando me dé la gana, y tú no vas a moverte de aquí hasta que yo te lo diga, ¿entendido? —Aprieta la mandíbula y deja el porro medio consumido a mi lado—. He venido a avisarte de que no pienso quitarte el ojo de encima.

—¿Tienes la costumbre de seguir de cerca a todas las chicas a las que te has follado?

—Solo a las que suponen una amenaza para mi familia.

Un dolor indescriptible me atraviesa el pecho al darme cuenta de que le hice tanto daño que me ve capaz de poner en riesgo la vida de sus amigos. Los chicos son la única familia que ha tenido. Y yo represento un peligro para ellos.

—Rook…

—Pirómano, ¿o es que ya se te ha olvidado? —me interrumpe, recorriéndome lentamente el cuerpo con los ojos—. Así solías llamarme cuando pensabas que era un psicópata con traumas maternos que iba a matarte.