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Pesadilla de una noche de verano
Sage
Por alguna razón, creía que, cuando las temperaturas empezaran a subir, este lugar me parecería un poco menos siniestro; sin embargo, cuanto más tiempo paso aquí, más extraño me resulta todo: los crujidos que se oyen en las paredes por la noche, las sombras que se forman en los pasillos al ponerse el sol…
Es difícil no pensar que este sitio está encantado o que alberga pasadizos secretos que conducen a la sala de reuniones de algún culto.
Atravieso el área común por el césped húmedo y cuidado donde los estudiantes se reúnen entre clases o a la hora del almuerzo. Mis ojos se posan en el árbol talado que se encuentra justo en el centro, aquel que cortaron después de que saliera ardiendo misteriosamente el semestre pasado.
Una vez vuelvo a pisar el camino de adoquines, pongo rumbo al teatro. El único rincón de este sitio que llegué a considerar un hogar.
Llevo un par de días sufriendo ataques de pánico más intensos y las pesadillas se han vuelto aún peores. Ahora que sé lo que se siente de verdad al ahogarse, mi mente se ha encargado de usarlo en mi contra haciendo que todo dé la impresión de ser mucho más real que antes.
Tardé unos minutos en mirar de nuevo a la cara a Briar y a Lyra y, aunque Briar asegura que está bien e insiste en eximirme de toda culpa, no puedo evitar sentirme responsable cada vez que veo de refilón el moratón amarillento que le han dejado.
Por más que lo intente, no logro borrar esa noche de mi memoria.
—Justo la chica de la que te estaba hablando —dice una voz en cuanto cruzo la puerta del edificio—. Finn, te presento a Sage Donahue, la hija de Frank. Sage, este es Finn, mi compañero.
Cain avanza hacia mí hasta colocarse a mi lado, mucho más cerca de lo que me gustaría, y me aprieto el guion contra el pecho.
—Encantado de conocerte —responde, extendiéndome la mano—. Lamento lo de tu hermana.
Al estrechársela, me pregunto si le molestará que lo hayan emparejado con un detective más joven, como pasa en todas las series de polis. El bigote blanco que lleva le roza la parte superior del labio y se le curva en las comisuras, dándole un ligero aire al señor del Monopoly.
Tiene la presencia de alguien que lleva mucho recorrido a sus espaldas, pero sigue siendo bueno en lo suyo.
¿Será consciente de la falta de ética profesional de su compañero?
¿Sabrá que no solo está vinculado a una red de trata, sino que también es un pedófilo?
Y, si estuviera al tanto de todo, ¿seguiría trabajando con él?
¿O es igual de corrupto que el hombre que se encuentra de pie a su lado?
—Gracias. Lo mismo digo —contesto de manera escueta, porque no estoy segura de cuánto le habrá contado su compañero.
—Imagino que vas de camino a clase, pero quería darte mi tarjeta. —Se mete la mano en el bolsillo de la chaqueta—. Por si ves o escuchas algo que pueda ayudarnos en la investigación sobre la muerte de Greg West y la desaparición de Chris Crawford.
Cojo la tarjeta blanca y echo un vistazo a las palabras impresas en ella mientras me muerdo la lengua para intentar callarme lo que pienso, pero me es imposible contenerme.
—Tono marfil discreto, grosor refinado… Hasta tiene una marca de agua —comento, girando la tarjeta entre los dedos antes de guardarla—. Paul Allen estaría orgulloso.
A primera vista, Finn da la impresión de ser un hombre profesional y serio; sin embargo, ahora que está sonriendo, ya no parece un personaje salido de Miami Vice , sino más bien un abuelete entrañable.
—¿Te gusta American Psycho ?
Asiento con la cabeza.
—El cine en general. Las libertades que se tomaron respecto al libro eran necesarias, y eso casi nunca pasa en las adaptaciones.
Es una comedia estilizada con una sátira muy adelantada a su tiempo, ambientada en una Manhattan realista, llena de codicia y puñaladas por la espalda —explico, moviendo las manos en el aire—.
Por no hablar de lo bien que encarnó Christian Bale el papel de Patrick Bateman.
—Chica lista.
Me encojo de hombros.
—Solo veo muchas pelis. Te avisaré si me entero de algo —le miento.
—Gracias, Sage —contesta.
Me giro hacia Cain y le hago un gesto con la cabeza para despedirme, pero me agarra del antebrazo.
—Antes de que te vayas, Pip —comienza a decir y, aunque mi primer impulso es apartarme de él, me quedo clavada en el sitio—. Tu padre me ha contado que no lo has llamado desde que empezaste las clases. Sé que estás ocupada, pero te echa de menos. Dale un toque cuando puedas, ¿de acuerdo?
Reprimo las ganas de poner los ojos en blanco.
—Sí, luego lo hago.
Me zafo de su agarre y, una vez entro al teatro, apoyo la espalda contra la puerta. Inhalo por la nariz y exhalo por la boca varias veces mientras trato de calmarme y poner en orden mis ideas.
Este es el único momento que tengo para mí en todo el día, así que no pienso dejar que esa escoria me lo arruine.
He estado yendo a clases de teatro, pero hace meses que no piso uno de verdad, y sentarse delante de una mesa llena de apuntes sobre dramaturgia no es nada emocionante en comparación con la experiencia de llevar el texto a escena.
Enderezo los hombros y camino en silencio por el pasillo, entre las filas de asientos de madera.
Los techos altos están decorados con diseños complejos, pensados para transportar el sonido hasta el fondo del auditorio.
Cuando llego a las escaleras laterales del escenario, me dispongo a subirlas, acompañada por el eco de mis pasos.
La iluminación es tan tenue que apenas alcanzo a ver más allá de las primeras filas desde donde me encuentro, pero no pasa nada.
Lo importante para mí no son los focos ni el teatro en sí, sino la sensación del suelo de vinilo bajo mis zapatos, la manera en la que mi voz hace vibrar la madera cuando me meto de lleno en el personaje y la libertad que me invade al entregarme por completo a la historia y sumergirme en un mundo completamente distinto, alejado de la realidad.
Lanzo mi bolso a un lado y me quito la chaqueta, quedándome solo con un vestido negro de cuello festoneado que combina a la perfección con las botas de ante rojas que llevo puestas.
Hubo un tiempo en el que me encantaban. Me las compró Rosie en uno de nuestros cumpleaños porque sabía que el rojo era mi color favorito.
Siempre acertaba con los regalos. A veces ni siquiera era necesario que alguien le hablara de sus gustos; tenía un talento especial para fijarse en los pequeños detalles que hacían felices al resto y recordarlos.
Me coloco en el centro del escenario, muevo los dedos dentro de las botas y ladeo la cabeza hacia la derecha y hacia la izquierda. Cuando termino de calentar, le echo un vistazo al guion para ver en qué escena dejé mi lectura de anoche.
Sueño de una noche de verano .
Shakespeare.
El rey del teatro. Ese referente a quien todo el mundo aspira a igualar y superar en el ámbito de la dramaturgia.
Releo las escenas unas cuantas veces con la intención de interiorizar la estructura y capturar la esencia del personaje.
Cierro los ojos, me desprendo de mi ser y me reconstruyo a partir de los pedacitos que rescato de Hermia, la chica que ama con todo su corazón a Lisandro, pese a los deseos de su padre de verla casada con otro.
Me pongo en su piel y dejo que me envuelva ese dolor que le atenaza el pecho al haber encontrado a un hombre que considera perfecto para ella y al que no se le permite desear.
Siento la punzada de un anhelo que va más allá de lo físico y de lo material.
El desconsuelo de un alma que busca desesperadamente a su mitad.
Cuando vuelvo a abrir los ojos, ya no soy la gemela trastornada, sino Hermia.
Dime, amor mío, ¿a qué se debe la palidez de tus mejillas? ¿Cómo es que sus rosas se marchitan tan pronto?
Oigo la voz de Lisandro en mi cabeza, interpretando su papel, aunque su cuerpo parece más una figura difusa que un ser de carne y hueso.
—Tal vez se deba a la falta de lluvia; si bien podría yo regarlas de sobra con la tempestad que vierten mis ojos.
Al principio, es inevitable pensar que ambos podrían expresar lo que sienten sin tanta floritura, pero, una vez te acostumbras a leer este tipo de obras, descubres que el poder del lenguaje reside precisamente en lo que se esconde tras cada palabra.
¡Ay de mí! Según cuanto he podido leer o escuchar, ya fuera en cuentos o historias, el camino del amor verdadero jamás se encuentra exento de temporales. Lo obstaculiza el linaje…
—¡Qué infortunio! Ser noble y no poder amar al modesto. —Alzo las manos con dramatismo y una sonrisa pícara en el rostro mientras parloteamos sobre los requisitos que se le imponen al amor, cuando, en realidad, lo único que nunca debería regirse por reglas es el corazón.
O la desproporción de edades.
—¡Qué crueldad! Ser vieja y no poder comprometerse con un joven.
O el sometimiento a la elección de otros que bien dicen quererte.
—¡Qué infierno! Elegir el amor con los ojos de otro.
A lo largo de la escena, siguen profundizando en la rapidez con la que puede destruirse el amor por culpa de las expectativas de aquellos que te rodean y en la obligación de casarse con alguien que el resto del mundo considere adecuado para ti, aunque en realidad no lo sea.
Es la historia de dos amantes condenados a la tragedia. Aunque se hallen en otro tiempo y en otro lugar, el dolor de desear lo que no podrás tener jamás sigue siendo el mismo.
Conozco tan bien ese sentimiento que mi propio dolor empieza a filtrarse a través de Hermia e impregna la actuación.
Si me amas, escápate sigilosamente de la casa de tu padre mañana por la noche y, en el bosque, a una legua de la ciudad, donde una vez te encontré con Elena para festejar mayo, allí te estaré aguardando.