21 #3
—Tú —respondo entre dientes, y detesto el regusto que me deja esa verdad en la lengua—. Tú eres lo que me pasa. Que hayas vuelto. Que te pasees por el campus. Que te presentes en el acantilado. Que simplemente existas.
Mi aliento le roza la cara y le arranca un jadeo. La proximidad de nuestras bocas genera una tensión palpable entre ambos.
—No voy a consentir que sigas haciendo esto, Sage.
Se acabó —digo con firmeza—. Si quieres estar triste y llorar a tu hermana, adelante, pero no tienes derecho a ir causando estragos a tu alrededor.
No tienes derecho a herir a Silas ni a nadie solo porque estés enfadada y dolida.
Nosotros también la hemos perdido, igual que tú.
No le doy tiempo para responder. Quiero que asimile lo que acabo de decirle y que reflexione sobre ello, así, la próxima vez que eche de menos a Rose, no lo pagará con quien no se lo merece.
Yo sé lo que se siente al estar al otro lado y recibir los golpes de una persona que te culpa de su duelo.
Sé lo que es convertirse en el chivo expiatorio y el saco de boxeo personal de alguien que ha perdido una mitad de sí mismo.
Me niego a permitir que se convierta en mi padre, porque ella es mucho mejor que él.
Al soltarla, se desploma en el asiento y, entonces, le dejo un poco de espacio. Cuando dirijo la mirada hacia abajo, veo que está jugueteando nerviosa con la sudadera de Silas sobre su regazo.
—Y no vas a ponerte esta mierda —añado en un ataque de celos, arrancándole la prenda de las manos antes de cerrarle la puerta de golpe.
Estoy cabreado, tengo frío y me muero de ganas de largarme de este sitio. Necesito alejarme de ella, de los arrebatos de locura que me dan estando a su lado y de la forma en que me hace sentir. Una vez me he apartado de su coche, tomo una profunda bocanada de aire y me froto la nuca con brusquedad.
Quiero liberar esta rabia que me carcome por dentro, entrenar con Alistair, dar una vuelta en moto, que Thatcher me corte. Lo que sea que me permita sacármela de la cabeza, aunque solo sea por un instante.
Briar y Lyra se despiden de nosotros, se montan en el coche con Sage y regresan a la residencia, dejándonos solos para que procesemos todo lo que acaba de pasar.
—¿A qué coño ha venido eso, Van Doren? —exige saber Alistair mientras arranco la moto para que el motor vaya desprendiéndose del frío que impregna el ambiente.
—Estaba protegiendo a Silas. ¿Tú qué crees? —replico a la defensiva, porque lo último que me apetece esta noche es tener que lidiar también con su actitud.
—No necesito que me protejas —dice Silas.
—Ah, ¿no? ¿Y tampoco te hace falta que me asegure de que te tomas la medicación? ¿O te parece bien ir llamando por ahí a la gente por el nombre de tu novia muerta? —respondo, clavando los ojos en él al mismo tiempo que le lanzo la sudadera.
¿Acaso no se da cuenta de que desde que murió Rose no he hecho nada más que cuidarlo? ¿Velar por él? ¿Pasar cada segundo que estoy despierto comprobando que se encuentra bien y sigue con vida?
—Tranquilizaos todos —interviene Thatcher—. Ha sido una noche larga, así que vamos a tomárnoslo con calma, ¿de acuerdo?
Lleva razón. Como siempre. Es la única voz que nos infunde un mínimo de cordura cuando empezamos a perder los estribos.
Cada vez que estoy cerca de ella o se menciona su nombre, todas mis emociones se intensifican y me resulta imposible controlarme.
Por más que intente desterrarla de mi vida, siempre se las arregla para volver a colarse en ella y convertirme en alguien que ni siquiera reconozco.
Alguien que se enfada con sus amigos por atreverse a mirarla de cierta manera o amenazarla.
Se suponía que iba a divertirme corrompiendo a la animadora guapa, pero, al final, fui yo el que acabó saliendo perjudicado. Menuda mierda de sentimientos y menuda mierda de todo.
—Toma. —Alistair me lanza un paquete de cigarrillos—. Nos vendrá bien a todos.
Saco uno y me lo llevo a los labios antes de pasarle el resto de la cajetilla a Silas. Luego, lo enciendo con mi Zippo e inhalo el humo con la esperanza de que me ayude a aliviar el estrés.
—Seis minutos —comenta Thatcher—. Cada cigarrillo os quita seis minutos de vida, ¿lo sabíais?
No puedo evitar soltar una risita.
—Entonces estamos seis minutos más cerca de nuestro objetivo.
De mi boca salen anillos de humo que se arremolinan en la oscuridad de la noche y, de pronto, me noto ligeramente mareado por el subidón de nicotina.
En momentos como este, me acuerdo de cuando teníamos catorce años y nos poníamos a fumar en el acantilado mientras planeábamos todo lo que haríamos para desatar el caos en Ponderosa Springs antes de largarnos para siempre.
¿Cómo cojones hemos acabado así?
Ahora estamos aún más atormentados que antes y vamos cavando un poco más nuestra tumba con cada día que pasa.
—Llegáis un poco tarde para jugar, chicos. Era lo único que se os daba bien, y mirad, hemos podido ganar sin vosotros. Parece que hasta este pueblo os está diciendo que ya va siendo hora de que os vayáis a tomar por culo a otro sitio.
Justo cuando empiezo a pensar que los ánimos por fin se han calmado, llega el rey de los gilipollas a echarle aún más leña al fuego.
El que me faltaba para coronar la noche.
Nuestras rencillas se remontan a la primaria y, sí, ya de niño era igual de insufrible que de adolescente.
Echo un vistazo por encima del hombro y veo a Easton irrumpiendo en el aparcamiento como si fuera el puto dueño. Siempre camina con esos aires de superioridad, como si todo el suelo que pisa le perteneciera.
La prepotencia que se gasta el amigo huele a kilómetros de distancia.
—Según tengo entendido, habéis ganado gracias a una chica.
¿Ya no tienes suficiente con el apoyo de tu papaíto y ahora también necesitas que otros libren tus batallas?
Si lo que buscas es dar la imagen de un completo inútil, lo estás bordando, Sinclair —responde Thatcher, recostándose contra el coche de Silas y metiéndose las manos en los bolsillos de su pantalón de vestir.
Easton le lanza una mirada cargada de desprecio, nada contento con el hecho de que alguien haya osado herirle el ego.
—Cierto. Se me ha olvidado preguntároslo: ¿cómo está Sage? ¿Hemos tenido suerte y nos ha bendecido ahogándose en la piscina de olas? ¿O es cierto lo que he oído y Rook se ha lanzado al agua para salvar a la damisela en apuros?
En ese preciso instante, comienza a apoderarse de mis manos un hormigueo que me incita a cometer una imprudencia y dar rienda suelta a mi ira.
Noto cómo brota en mi interior y va tomando el control de todo mi cuerpo un impulso irrefrenable de hacerle trizas la columna o grabar sus gritos mientras lo quemo vivo para ponérmelos de tono de llamada.
La maldad que me atribuyeron de pequeño empieza a fundirse con mi temperamento inestable, dando lugar a una combinación aterradora. Como si me hubiera convertido en pura dinamita aguardando pacientemente a que la mecha se prenda.
Él no es el objetivo principal de nuestra venganza, nunca lo ha sido, pero, de una forma u otra, siempre acaba metiendo las narices donde no lo llaman y soltando mierda sobre lo que no debería.
Me quedo mirándolo, intentando descifrar si sabe lo mío con Sage.
Si los chicos se enteraran de un secreto como ese por boca de un capullo integral como él, perderían toda su confianza en mí, tal y como me advirtió Thatcher, lo que significa que solo tengo dos opciones: o se lo cuento lo antes posible o sigo rezando para que aquellos que lo saben mantengan el pico cerrado.
El problema de Ponderosa Springs es que no hay forma de lograr que un puto secreto permanezca bajo tierra durante mucho tiempo. Todo termina saliendo a la luz tarde o temprano.
—Qué solito te veo esta noche, East. ¿No te has traído a ninguno de tus perritos falderos para que te cubra las espaldas?
—pregunto, sin entender cómo puede adentrarse tan tranquilo en la boca de unos lobos que llevan meses hambrientos y están deseosos de hincarle el diente a cualquiera que se interponga en su camino.
Aunque solo sea un pijito imbécil con zapatillas de lona.
—¿Sabes? A diferencia de ti, a mí no me hace falta llevarme a mis amigos a todos lados como si fuéramos un grupito de chicas yendo al baño —dice.
Acto seguido, pasa junto a nosotros y pulsa el botón del mando para abrir su coche, que resulta estar aparcado cerca de mi moto, pero, antes de largarse, decide soltar otra de sus frasecitas de mierda para rematar—.
Pronto me encargaré de limpiar este pueblo de basura como vosotros, igual que hicimos con la zorrita de vuestra novia, Rose.
El hormigueo que sentía en la mano se transforma de pronto en un temblor intenso que se me extiende hasta los dedos de los pies. Aprieto el cigarrillo entre los dientes y me tamborileo el muslo con el pulgar a un ritmo frenético. Mis impulsos están empezando a dominarme por completo.
Al escucharlo pronunciar su nombre e insinuar que ha tenido algo que ver con su muerte, se me olvida de golpe nuestro plan de esperar antes de seguir impartiendo justicia. No voy a poder contenerme por mucho más tiempo.
Silas avanza hacia él en silencio, cargando sobre los hombros el peso de todos sus asuntos pendientes y la culpa que lo corroe por dentro. Lo sigo de cerca, no porque necesite refuerzos, sino porque quiero deleitarme en el festín que va a darse con su carne.
Una vez lo alcanza, se quedan frente a frente.
—Si descubro que has estado implicado en algo de lo que le pasó a Rose, haré que me supliques de rodillas que te mate.
La garganta de Easton sube y baja al tragar, pero, a pesar de su visible nerviosismo, todavía no parece estar dispuesto a retirarse.
—Se os va toda la puta fuerza por la boca.
Decís mucho, pero nunca hacéis nada. ¿Cuándo vais a cumplir alguna de vuestras amenazas vacías?
—Acerca su cara a la de Silas, provocando que se prenda en mi interior una chispa que no habrá forma de apagar hasta que mi cuerpo obtenga la violencia que ansía—.
Además, si hubiera estado implicado de alguna forma en la muerte de Rosie —prosigue, susurrando—, al menos habría catado primero el producto para asegurarme de que valiese la pena el riesgo.
Esas palabras bastan para hacerme estallar del todo.
De pronto, un instinto primario se apodera de mí.
Sin pararme a pensar en las consecuencias de mis actos, agarro a Easton por la nuca como si fuera un conejo atrapado en una trampa.
Siento los latidos desbocados de su corazón palpitando bajo las yemas de mis dedos.
Lo único que logro ver en este momento son unas llamas anaranjadas que arden con fiereza y una oscuridad hipnótica que me incita a adentrarme en ella.
Entonces, reproduzco en mi mente cada una de las mierdas que nos ha soltado y todo lo que nos ha hecho a mis amigos y a mí a lo largo de todos estos años.
Lo cruel que ha sido con Rose, sus comentarios de gilipollas, las veces que ha manoseado a Sage delante de mí.
Todo contribuye a avivar el fuego que se ha adueñado de hasta el último rincón de mi ser.
Ahora, el mundo lo verá tal y como es en realidad. Será igual de desagradable por fuera que por dentro. Se acabó lo de esconderse tras su imagen de chico de oro.
Ha llegado la hora de que Easton reciba su merecido.
—¿Qué cojones estás haciendo? —grita, con una voz tan estridente que sería capaz de resquebrajar un cristal, mientras intenta zafarse de mi agarre, pero me mantengo firme.
—Cumpliendo todas esas putas amenazas vacías.
Le hundo la rodilla en el estómago y se dobla por la cintura mientras suelta un gruñido de dolor, aunque no me he ensañado aún con él; solo he aplicado la fuerza justa para que me dé la ventaja que necesito.
Se aferra a mi antebrazo y me clava las uñas en un intento patético de defenderse. Tiro de él hacia mi moto o, mejor dicho, lo llevo a rastras los escasos centímetros que nos separan de ella. Le gusta dárselas de duro, pero no es más que un blandengue.
—Rook.
No sé muy bien quién dice mi nombre, pero ya es demasiado tarde para convencerme de que pare. No habrá forma de detenerme hasta que Easton obtenga su castigo. Hasta que queden satisfechos los deseos del diablo que habita en mí y sacie su sed de venganza.
Le estampo el lado izquierdo de la cara contra un lateral del tubo de escape de mi moto y me aseguro de que se quede bien pegada al metal abrasador. Una oleada de placer me recorre el cuerpo al verlo forcejear y gritar de desesperación.
El olor me invita a respirar hondo. Alzo la cabeza al cielo y cierro los ojos, disfrutando de esta sensación de poder.
Los músculos y los tejidos desprenden una fragancia única al abrasarse.
El humo del tubo de escape se mezcla con el olor del pelo chamuscado, dando lugar a ese aroma a azufre que despide la piel cuando se funde.
Puedo oír el chisporroteo de la carne justo por debajo de sus alaridos de agonía mientras implora entre balbuceos una piedad que no va a serle concedida. Al menos, no esta noche.
Lo sostengo unos segundos más en la misma posición. Cuando por fin lo suelto, los pies le fallan y cae sobre el asfalto con un golpe seco. Contemplo cómo se le despega la cara del tubo de escape y me doy cuenta de que algunos trozos de carne se han quedado adheridos al metal reluciente.
Tengo que acordarme de limpiarlo luego.
Se toca la cara con las manos temblorosas para evaluar la gravedad de la herida.
Su piel me recuerda al plástico derretido.
Los tejidos achicharrados burbujean y supuran un líquido amarillento por la grasa disuelta.
Una gran quemadura de tercer grado le cubre toda la mejilla. El daño es irreversible.
Llevará esa cicatriz para siempre, como un recordatorio de la podredumbre que esconde bajo la superficie. Cada vez que la vea, sabrá que no existen las putas amenazas vacías.
Y, de repente, esa simple idea hace que el temblor que había tomado el control de mis manos desaparezca.