Las verdades que quemamos (Hollow Boys 2) 21 #2
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—¿Para qué? ¿Para que puedas salvarme y sentirte mejor contigo mismo?

—responde con frialdad, sin un ápice de emoción en su voz.

Ya tardaba en aparecer la zorra despiadada con la que tan familiarizado estaba.

Esa que no duda en tirarte al suelo de una patada justo después de haberte ayudado a levantarte—.

¿Para que puedas compensar el hecho de no haber estado ahí para Rose?

—Solo estoy intentando asegurarme de que no mueras —responde.

—Ah, ¿sí? ¿Y por qué no hiciste lo mismo por mi hermana?

Soy muy consciente de lo poco que controla sus palabras cuando se deja dominar por la rabia y del daño que es capaz de causar con esa lengua viperina. No pienso permitir que su voz se le clave también a él como una daga afilada. No se lo merece.

—Sage, para —le advierto mientras acorto la distancia que nos separa y me coloco justo detrás de ellos.

—No —responde, y sigue hablándole a Silas—. Tendrías que haber estado allí, pero la dejaste volver sola a casa desde la biblioteca.

No creo que a mi amigo le haga falta que le recuerden algo que nunca ha olvidado. Sin embargo, cuando Sage sufre, necesita hacer que todos los que la rodean también sufran.

—¡Tendrías que haber estado allí! —grita, hundiéndole un dedo en el pecho, pero él permanece rígido como una estatua y deja que toda la ira que está vertiendo sobre él rebote contra su coraza—.

¡Tendríamos que haberla protegido! —prosigue, y de sus ojos brota la primera lágrima que se ha permitido derramar esta noche, destapando una herida que nadie es capaz de curar.

Si alguien puede entender cómo se siente es Silas.

Al fin y al cabo, han perdido a la misma persona.

No les costaría encontrar un punto de unión en su dolor y comprender las emociones que los desbordan, algo que yo nunca podré hacer por ninguno de los dos.

Sobre todo, por Silas. Aunque yo también conocía a Rose de cerca, el vínculo que nos unía no era tan fuerte como el que compartía con él, así que ninguna ayuda que le pueda ofrecer será nunca suficiente.

Por muchas veces al día que le pregunte cómo se encuentra, jamás conseguiré aliviar el dolor que lo atormenta. Lo único que puedo hacer por él es asegurarme de que obtenga su venganza.

—¡Y ahora está muerta! Murió completamente sola, Silas. ¿Por qué no la protegiste? ¿Por qué no fuimos capaces de salvarla?

Esas últimas palabras salen disparadas de su boca como si fueran balas, atraviesan el metal de la coraza que Silas había construido a su alrededor y logran abrirse paso hasta sus huesos.

Por la forma en la que se encoge al escucharla, sé que no se trata solo de una herida emocional, sino también de un dolor físico que le recorre todo el cuerpo.

Cierra los ojos durante un instante y, cuando vuelve a abrirlos, extiende la mano para tocar a Sage.

—Rosie, yo…

—¿Qué? —lo interrumpe, visiblemente afectada por el nombre que Silas acaba de pronunciar—. ¿Me has llamado Rosie?

De pronto, se me encienden todas las alarmas y el pánico se propaga por cada fibra de mi ser.

Intento convencerme de que tan solo ha sido un desliz.

Ha estado tomándose la medicación todos los días.

Yo mismo me he asegurado de ello. Quiero creer con todas mis fuerzas que no es más que una coincidencia; sin embargo, con su diagnóstico, es difícil dejar pasar algo así, sobre todo, cuando soy plenamente consciente de sus síntomas y he aprendido a reconocer las señales que indican que está empeorando.

—Ya basta —digo, interponiéndome entre ambos, aunque no sé muy bien a quién de los dos estoy protegiendo.

Lo único que tengo claro es que Sage está empeñada en herir a alguien y prefiero que sea a mí, no a Silas. Nunca permitiría que le hiciera daño a Silas.

—Que te den —escupe, alzando la vista hacia mí—. Que os den a todos. Os creéis que merecéis vengaros más que yo. Como si ella no significara nada para mí. ¡Como si no fuera mi puta gemela!

—No tiene nada que ver con eso. Sabemos que no lo merecemos, pero también sabemos que no confiamos una mierda en ti —replico, sin dejarme avasallar por su arrebato de ira.

Si quiere ser desagradable, perfecto, nosotros también podemos serlo.

—No, eres tú —me hunde el dedo índice en el pecho— el que no confía en mí, Rook, lo cual resulta bastante irónico, teniendo en cuenta que les has estado mintiendo a tus amigos durante todo este tiempo.

Clava sus ojos en los míos a modo de advertencia para recordarme que, si no voy con cuidado, no dudará en airear nuestro secreto en este mismo instante, aunque lo cierto es que, viniendo de ella, no me sorprende en absoluto.

No le importa a cuántas personas tenga que llevarse por delante, siempre y cuando consiga hacer trizas a su objetivo.

Ha vuelto aquí para destrozarme la vida, pero no pienso caer en sus redes de nuevo. Esta vez, no me conformaré con reducir a cenizas una casa del lago; iré a por sus propios huesos.

Resoplo por la nariz y tenso la mandíbula.

—Sabía que salvarte iba a ser una puta pérdida de tiempo. Tendría que haber dejado que te ahogaras.

—Si tan claro lo tenías, ¿por qué me has salvado entonces?

¿Eh? —Levanta el rostro hacia mí con desdén y aprieta los puños a los costados—.

Para ser un tío que basa toda su personalidad en actuar como el villano, te encanta hacerte el héroe, ¿no?

Porque eso es lo tuyo: salvar a los desvalidos para colgarte la medallita, ¿verdad, Rook?

—¿Acaso te parezco un puto héroe?

La agarro de la cintura con ambas manos, le presiono la piel con firmeza y, acto seguido, la alzo para echármela sobre un hombro, de modo que se queda colgando del revés a lo largo de mi espalda, como si fuera un saco de patatas.

—Se acabó —digo mientras forcejea conmigo para liberarse, tal y como intuía que haría.

Ya va siendo hora de que aprenda que todo lo que suelta por esa boquita de piñón tiene consecuencias. Permito que me golpee la espalda y me deje en carne viva las heridas que se esconden debajo de la camiseta.

Cuando llegamos a su coche, la sujeto con un brazo, utilizo el otro para abrir la puerta de un tirón y la lanzo bruscamente en el asiento trasero.

Se queda tumbada sobre el tapizado mullido y el pecho le sube y baja al tiempo que gesta un torbellino de emociones en su interior, pero estoy dispuesto a que me arrolle con su ira, con su brote de locura y con todo lo que quiera atacarme.

Coloco ambas manos en el marco de la puerta para apoyarme, luchando desesperadamente por apartar de mi mente el recuerdo de la última vez que la vi así: tumbada sobre el asiento trasero, desnuda, mientras me fumaba un porro y ella me miraba con unos ojos que me pedían a gritos que la hiciera mía.

Ahora, en cambio, solo me gritan que me vaya a tomar por culo. A decir verdad, no sabría decir qué mirada me gusta más.

Reacciona con la rapidez propia de una fiera, se incorpora sobre las rodillas y me presiona el pecho con las palmas, empleando toda la fuerza que le queda para que me quite de la puerta.

—¡Déjame salir de una puta vez! —grita, cada vez más alterada al ver que permanezco inmóvil ante ella.

Eso es. Sácalo todo, Sage. Hazme daño.

—No —respondo con voz ronca, empeorando aún más las cosas.

Bajo la vista hacia los mechones mojados de su pelo y me quedo mirando cómo se balancean de un lado a otro al compás de sus movimientos.

Al percatarse de que los empujones no sirven de nada, impacta con firmeza sus diminutos puños contra mi pecho en un intento desesperado por apartarme de la puerta.

Sin embargo, lo único que consigue es agotar todas sus fuerzas y avivar mis ganas de sentir dolor.

Estos golpecitos no son nada comparado con lo que necesito para saciar mi hambre.

—¿Eso es todo lo que sabes hacer? Veo que eres de ladrar mucho y morder poco, ¿no? —la provoco—. Venga, pégame de verdad.

Digo exactamente lo mismo que le habría dicho a Alistair antes de nuestros entrenamientos de boxeo para alimentar su ira y que me golpee con más violencia.

Mis palabras producen el efecto deseado y la impulsan a estrellarme los puños en el estómago varias veces seguidas, hasta que logra arrancarme el aire de los pulmones. Pero, aun así, sigue sin ser suficiente para hacer que me mueva.

—¡Pégame! —le grito en la cara, dejándome llevar por todo el veneno y las emociones a las que todavía no me he enfrentado.

Aunque me esforcé por enterrarlas en lo más profundo de mi ser cuando dimos por terminado lo nuestro, su presencia ha provocado que vuelvan a resurgir todas, despertando en mí unas ganas indomables de destruirla y hacer que se cuestione quién es en realidad, tal y como ella hizo conmigo.

—¡Que me pegues, joder!

Entonces, estalla por fin y me lanza un puñetazo directo a la mandíbula, partiéndome el labio en el proceso y volviéndome la cabeza hacia la derecha por la fuerza del impacto. El sabor metálico y ácido de la sangre me impregna enseguida la boca y el corte del labio empieza a palpitarme del dolor.

Giro la cabeza de nuevo hacia ella y la veo con los ojos abiertos de par en par y llenos de lágrimas mientras se tapa la boca con las manos. Está sorprendida de haber sido capaz de hacer algo así, de haber llegado hasta ese extremo.

Si se escoge el momento adecuado, la motivación correcta y las emociones precisas, todo el mundo puede acabar haciendo cosas despreciables.

—Pero ¿a ti qué te pasa? —susurra—. ¿Por qué me has dejado pegarte?

No me esperaba que esa pregunta consiguiera atravesarme la garganta como una cuchilla y reducir a cenizas cada rincón de mi alma hasta dejarme completamente desnudo ante ella.

Me pasan muchas cosas. Sin embargo, ahora mismo, solo hay una que me esté tocando las narices.

Le agarro un mechón de pelo de la nuca y tiro de su rostro hacia el mío. Nuestras frentes se chocan con fuerza y nos quedamos tan pegados el uno al otro que no me queda más remedio que inhalar su esencia por primera vez desde hace meses.