Las verdades que quemamos (Hollow Boys 2) 21
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Justicia poética

Rook

Sabía que tenerla de vuelta solo nos traería problemas.

Estaba claro que no haría nada más que distraernos y ponernos en peligro. Sage siempre ha sido imprevisible. Un veneno que se extiende de forma silenciosa y te corrompe antes de que puedas darte cuenta de que estás infectado.

—Alistair, espera. Alistair, por favor. Estoy bien —suplica Briar.

Pero no logra detenerlo. La sangre le gotea de las manos y tiene los nudillos abiertos y en carne viva. Al tío que está recibiendo el impacto de su ira se le va a quedar una marca permanente en la cara.

Sage está sentada en el suelo con una chaqueta envuelta alrededor de los hombros para intentar combatir el frío. El pelo mojado le roza la barbilla cuando alza la vista hacia el huracán desbocado que avanza en su dirección.

Alistair agarra a Sage con fuerza por la parte delantera de la chaqueta y la estampa de forma brusca contra el lateral de su coche.

—¿En qué coño estabas pensando? —gruñe, zarandeándola con furia mientras habla—. No eres más que una egoísta de mierda. Casi acaba muerta por tu culpa.

El azul de sus ojos ha adoptado el mismo tono apagado que ahora le adorna los labios. Imagino que seguirá aturdida por la falta de oxígeno y la hipotermia que ha estado a punto de darle. No creo que entienda siquiera por qué tiene a una bestia rabiosa rugiéndole en las narices.

Cuando Ali descubrió que Briar no estaba en su dormitorio como le había dicho, se le encendieron todas las alarmas.

Después de todo lo que pasó el semestre pasado y de que su hermano Dorian la secuestrara, se puso en lo peor.

Alistair nunca siente miedo. Nunca. Excepto cuando se trata de perder a Briar.

Eso es lo único que de verdad teme en la vida.

Ni siquiera la muerte está por encima de ella.

Por suerte, Silas le había instalado un rastreador en el móvil para que Alistair pudiera estar tranquilo, así que, en cuanto vio su ubicación, no hubo fuerza capaz de impedirle que fuera a buscarla.

Llegamos justo después de que Briar recibiera un palazo de hockey en la parte trasera de las piernas y un derechazo en la boca. La escena nos impactó muchísimo a ambos. Iba a abalanzarme sobre alguno de los cabrones que se habían atrevido a golpearla, cuando mi atención se desvió a otro sitio.

Hacia una chica con las alas rotas.

Se cayó al agua tan deprisa y con tanta violencia que, por un segundo, dudé de mis propios ojos.

Me quedé observando, con el puño apretado, esperando a que volviera a emerger a la superficie, pero, al ver que no salía, me lancé tras ella.

Cuando salimos del agua, tenía la piel pálida y la mirada quebrada, como si hubiera aceptado que iba a morir ahogada. La simple idea hizo que me cabreara. No podía permitir que muriera. Al menos, no sin luchar.

En ese momento, solo fui capaz de ver a la chica que fingía ser cuando estaba conmigo, debajo de mí, a mi alrededor, y no a quien era en realidad.

Así que me aferré a los recuerdos de lo que habíamos vivido, aunque todo hubiese sido una farsa, y cedí a la tentación de volver a seguirla como un tonto.

Igual que cedí cuando me enteré de que la habían internado en el Monarch y conduje hasta allí solo para asegurarme de que era cierto. Que se encontraba a salvo y no había muerto.

Soy patético.

A pesar de que me ha mostrado todas y cada una de sus asquerosas verdades, sigo empeñado en no desprenderme de todas aquellas bonitas y venenosas mentiras.

Y, joder, me odio con todas mis fuerzas por ello.

—Lo siento. N-no esperaba que…

—¿El qué? ¿Que le dieran una paliza a mi novia mientras tú estabas ocupada ganando el juego?

—¡Alistair! —grita Briar, agarrándolo por la chaqueta de cuero—. ¡Suéltala! Ha sido culpa mía. Fui yo la que quiso venir, no Sage.

La mandíbula de Alistair se tensa y los músculos se le contraen un par de veces. Sus ojos oscuros se clavan en el azul vacío de los de Sage.

—Si vuelves a ponerla en peligro otra vez, te mataré.

Mis pies comienzan a moverse en su dirección antes de que pueda darme cuenta de lo que estoy haciendo.

No es una amenaza cualquiera: Alistair nunca dice nada que no esté dispuesto a cumplir, y no me gusta nada lo que sus palabras han despertado en mí. El respeto que normalmente siento hacia él en este instante se ha transformado en hostilidad. Me coloco a su lado y le pongo una mano en el pecho.

—Tranquilízate. Briar está bien. Céntrate en tu chica.

Mi amigo me mira y ladea la cabeza con desconfianza; sin embargo, me mantengo firme y sigo sosteniendo la mano contra su pecho con firmeza para que capte el mensaje y la suelte.

Entonces, le lanza una última mirada furiosa a Sage y la libera de su agarre.

Acto seguido, se aleja del coche, va directo hacia Briar y le acuna el rostro entre las manos.

Su cuerpo desprende tanta ira que casi puedo ver el humo que le sale por las orejas, pero se calma un poco al verla.

Levanta su pulgar ensangrentado y lo pasa con cuidado por el labio inferior hinchado de su novia.

—No he acabado contigo, ladronzuela.

Ella asiente aceptando su enfado, le rodea la cintura con el brazo y se acurruca contra él. La oigo susurrar un «lo siento» y luego su voz se desvanece hasta convertirse en un murmullo que solo ellos pueden escuchar.

Me giro hacia Sage, que está apoyada contra el coche, mirando fijamente al suelo, y me meto las manos en los bolsillos de los vaqueros empapados.

Al menos la rabia que me quema por dentro me impide sentir el frío.

Rezo en silencio para que la tela mojada impida que mis dedos se muevan por sí solos y cometan alguna estupidez, como, por ejemplo, tocarla.

La desesperación con la que se ha aferrado a mí en el agua, como si fuese a morirse si la soltaba, ha provocado que se me vaya la puta cabeza. Los meses de celibato que he soportado no son nada comparados con el dolor que me ha atravesado el pecho en ese momento.

Lo único que tengo que hacer es seguir recordándome a mí mismo y al tonto de mi corazón que todo esto es solo un espejismo. Mientras yo me dedicaba a follármela, conocerla y respirar su esencia, ella ya estaba comprometida con otro tío. Lo nuestro había sido un simple experimento.

«Para ella no fuiste nada más que un juego, Rook. Eso es todo».

—Veo que os habéis divertido sin nosotros —dice Thatcher, que cierra de golpe la puerta del copiloto del coche de Silas y se dirige hacia nosotros.

—¿Qué ha pasado? —pregunta Silas.

Mira primero a Briar y luego se queda un buen rato contemplando a Sage. Más del necesario. Encontrárnosla de nuevo cara a cara ha sido duro para mí, pero sé que a Silas también le ha afectado, aunque de un modo totalmente diferente.

Sage y Rosemary eran gemelas, así que es lógico que guarden cierto parecido, pero teniendo en cuenta que una de ellas lleva muerta un año, sus similitudes se ha vuelto aún más evidentes.

—Han participado en el Guantelete. Sage se ha caído a la piscina de olas y han pegado a Briar —les resumo, con los dientes apretados de la rabia al pensar en lo tontas que han sido exponiéndose a un peligro así.

Todos los años hay gente que acaba en el hospital por culpa del Guantelete. No es un juego apto para novatos. Nosotros lo sabemos mejor que nadie. Normalmente somos los que repartimos los golpes.

—¿Y a ti? —inquiere Thatcher dirigiéndose a Lyra, que está sentada en el suelo con la cabeza apoyada en las rodillas. Al oírlo, se sobresalta, como si su voz la hubiera traído de vuelta a la realidad. Mi amigo la atraviesa con la mirada antes de continuar—: ¿Qué te ha pasado?

—Nada. Eh… E-estoy bien —responde tartamudeando.

La observa fijamente durante un segundo; luego, asiente brevemente con la cabeza y chasquea la lengua.

—¿Hemos ganado por lo menos?

—Thatcher, cállate la puta boca.

—Sí —contestan Briar y Alistair al mismo tiempo, demostrando una vez más por qué hacen tan buena pareja.

—Bien —responde mi amigo. Thatcher se acerca a Briar y se inclina sobre ella.

Extiende la mano, le agarra la barbilla con frialdad y le gira la cabeza, primero hacia la izquierda y, después, hacia la derecha—.

Ponte un poco de hielo y seguro que sobrevives…

desgraciadamente —añade, por si acaso estaba siendo demasiado amable.

Su conversación pasa a un segundo plano en cuanto veo a Silas avanzando hacia Sage. Se queda de pie a su lado, contemplándola durante un instante demasiado largo, y empieza a quitarse la sudadera. Una vez la tiene en sus manos, se detiene.

—Levanta los brazos —gruñe.

Cuando por fin alza la vista hacia él, se me revuelven las entrañas. ¿Por qué está mirándola de esa forma? Sé que probablemente esté tratando de ayudarla porque es la hermana de Rose, pero ¿por qué cojones tiene que mirarla así?

Me pone de los nervios y no puedo evitar enfurecerme.

Conmigo. Con ella. Con él.

—No la quiero —responde con unos ojos completamente inexpresivos.

—Te vas a congelar. Póntela —insiste, presionándole la sudadera contra el pecho, pero ella ni siquiera se inmuta.

Me limito a observarlos. No soy capaz de pronunciar ni una sola palabra mientras presencio cómo mi mejor amigo habla con ella más de lo que ha hablado con nadie en todo un año.

Los celos me corroen por dentro.

Tenerla de vuelta no solo está destrozándome la vida de nuevo; también está provocando que me ponga en contra de mis propios amigos. Por su culpa, me he enfadado con Alistair, le he mentido a Thatcher y, ahora, siento celos de Silas.

Me da envidia que compartan un vínculo que nunca alcanzaré a comprender, pero ¿qué voy a hacerle? Tampoco puedo mearme encima de ella para marcar territorio como si fuera un perro.

Sage Donahue nunca ha sido mía.

No tengo derecho a decirles nada, pero eso no quita que me muera de ganas de hacerlo.