20 #3
—Soy agnóstica. —Se encoge de hombros—. No me parece bien nombrar solo a uno.
Justo cuando nos disponemos a ir hacia la bandera, un silbido agudo corta el aire, seguido de una luz roja brillante que vuela por el cielo y aterriza frente a nosotras. La bengala suelta chispas y un humo que me arde en los ojos.
El grupo de chicos de antes emerge de las sombras, cada uno desde una dirección distinta, hasta formar un círculo a nuestro alrededor.
Una vez nos han acorralado, encienden otras dos bengalas y nos las lanzan.
El humo que despiden es tan fuerte que, por más que intento cubrirme la nariz con el brazo, acaba provocándome un ataque de tos.
—Estaba deseando volver a encontrarme con vosotras esta noche —dice uno de ellos, haciendo girar un palo de hockey de forma amenazante—. Os lo advertimos, chicas.
Hemos estado a punto de tocar la victoria con los dedos; sin embargo, ahora nuestro objetivo parece inalcanzable.
—¿Qué hacemos? —pregunta Lyra con voz nerviosa al ver que se acercan cada vez más a nosotras.
Odio no saber qué responderle. Son tres, al igual que nosotras, pero ellos van armados. No nos queda otra que salir corriendo.
—Tenemos que separarnos y correr —contesta Briar entre toses—. Sage, ve a por la bandera. Lyra, echa a correr hacia el lado contrario.
—¿Y tú qué? —la interpelo, inquieta.
—No te preocupes por mí. Vete.
Es un movimiento arriesgado y no me gusta nada. Podrían pillarnos incluso antes de que nos diera tiempo a alejarnos. En realidad, podrían atraparnos en cualquier momento, pero tenemos que asumir ese riesgo. Tenemos que hacer algo.
Las tres tomamos aire a la vez. El mundo da la impresión de haberse detenido mientras los depredadores se ciernen sobre nosotras.
Salgo corriendo por el hueco que hay entre dos de ellos y Lyra hace lo mismo en la dirección opuesta.
Mis pies me impulsan a continuar avanzando a medida que golpeo el suelo con las botas y abandono todo rastro de lógica.
Me entrego a la oleada de adrenalina que me sacude todo el cuerpo y me concentro en llegar hasta la bandera para acabar con esto de una vez por todas.
Para ganar.
Cuando he conseguido alejarme unos cuantos metros, me doy la vuelta y alcanzo a ver a Briar, que, al parecer, no se ha movido del sitio para hacer de cebo.
El tío del palo de hockey lo alza y le golpea la parte trasera de las piernas con el extremo romo.
Su grito de dolor provoca que me detenga en seco y me den ganas de volver corriendo hacia ella.
Observo cómo se desploma de rodillas y el pelo rubio se le balancea delante la cara.
—Sage, ¡sigue! —grita desde el suelo.
La idea de llegar hasta la bandera y ponerle fin a todo me brinda el chute de motivación que necesitaba. Uno de los otros chicos se dirige hacia mí, pero echo a correr de nuevo.
—¡No dejes que se haga con la bandera! —le ordena a voces alguien de su equipo.
Muevo los brazos con energía para forzar a mis piernas a ir más rápido y así poder ignorar el ardor que siento en los pulmones.
Subo corriendo por el lateral de la piscina y salto por encima de la verja que conduce a la zona reservada exclusivamente a los empleados.
Oigo sus pasos acercándose cada vez más y sus manos aferrándose a la verja para trepar por ella.
Echo un vistazo a lo que me rodea, intentando decidir qué hacer a continuación.
—¿A dónde piensas ir ahora, nena? —murmura en un tono sombrío.
—Arriba —digo con un hilo de voz.
Me agarro al muro y me impulso para subirme en él. Hay suficiente espacio para poner ambos pies, pero solo en esta zona, de modo que voy a tener que avanzar de lado, dándole la espalda a la piscina de olas que se encuentra debajo y sin nada a lo que sujetarme.
Alterno la mirada entre el hombre a punto de acorralarme y la piscina llena de fango.
El agua está oscura, negra como el carbón, y tiene trozos de hielo flotando en la superficie.
O me dejo vencer y acabo en el hospital, o sigo huyendo y me arriesgo a caerme en la piscina.
Aunque no hay tanta altura como para que la caída me mate, mi miedo al agua lo empeora todo.
Un escalofrío me recorre los brazos en cuanto coloco el pie derecho en el borde y presiono las manos y el rostro contra el letrero.
El frío que lo impregna me quema la piel, pero no me atrevo a moverme más deprisa.
La fuerza con la que sopla el viento me obliga a inclinarme aún más sobre el letrero para no resbalarme.
La garganta se me ha quedado tan seca que me es imposible respirar o tragar saliva.
El otro pie se me tambalea, pero también logro apoyarlo y, en un abrir y cerrar de ojos, estoy desplazándome de lado, con los talones colgando sobre el borde mientras trato de mantener el equilibrio con los dedos de los pies.
«No te caigas. No te caigas. No te caigas».
Me voy acercando poco a poco al centro, donde se encuentra colgada la bandera, ondeando al viento frenéticamente.
El corazón me martillea en el pecho con cada paso que doy. Noto el insoportable peso que ha recaído sobre mis hombros e intento no pensar en Briar ni en Lyra para poder seguir avanzando por puro instinto.
Cuando llego al centro del letrero, alzo la vista y veo la tela anaranjada encima, a escasos centímetros de mí. Tengo la línea de meta justo delante; la victoria está tan cerca que casi puedo saborearla. Un hormigueo me recorre los dedos de las manos al ponerme de puntillas.
Las imágenes llegan a mi mente con lentitud. Me da la sensación de que mis movimientos no son lo suficientemente veloces, como si estuviera yendo a cámara lenta.
Agarro la tela con la mano y siento su tacto en la palma. La arranco de su sitio y la aprieto contra mi pecho igual que si sostuviera a un bebé recién nacido.
Lo he conseguido. Hemos ganado.
—¡Joder! —grita alguien.
Apenas un segundo después, una mano golpea el letrero, haciéndolo vibrar. El temblor provoca que pierda el equilibrio y me caiga sin remedio hacia atrás. Agito los brazos en el aire, buscando desesperadamente algo a lo que aferrarme.
Pero no encuentro nada.
Y la caída, a diferencia de lo que nos muestran en el cine, es rápida. Me estampo con fuerza contra el agua helada, como una estrella que se precipita desde el cielo a mil kilómetros por hora, y ardo viva al tocarla.
Mi espalda impacta contra unos cuantos bloques sólidos de hielo antes de que el agua me engulla como una bestia hambrienta.
Las manos gélidas de la muerte se enroscan a mi alrededor y me abrazan con anhelo mientras el frío me sacude cada vez con más violencia, infiltrándose en mi piel, calándome los huesos y abriéndose paso hasta el rincón más recóndito de mi cuerpo.
No hay nada más que oscuridad. Incluso cuando abro los ojos bajo el agua, lo único que veo es una negrura tan espesa como la tinta.
Quiero nadar hacia la superficie, librarme del dolor punzante que me atraviesa los pulmones, pero las extremidades no me responden. Por más que intento luchar y moverme, mi cerebro ha dejado de funcionar y mi cuerpo no tiene ni idea de qué hacer. He perdido toda la sensibilidad.
Me he quedado petrificada y soy incapaz de salvarme.
El miedo se ha apoderado de cada fibra de mi ser. Tengo miedo a morir y no poder hacer nada para evitarlo; miedo a no saber lo que me espera, a lo desconocido.
De pronto, oigo la música de Rosie.
Son las canciones que solía ponerse en su habitación cuando estaba trabajando en alguna escultura. Me pregunto si esto fue lo que sintió justo antes de morir.
Me gustaría creer que no tuvo miedo, aunque, en el fondo, sé que lo tuvo, y la simple idea hace que se me salten las lágrimas.
Probablemente murió creyendo que apareceríamos en cualquier momento para rescatarla, pero ni siquiera éramos conscientes de que había desaparecido hasta que fue demasiado tarde.
Murió sola y asustada.
Dejó este mundo de un modo completamente opuesto a como había vivido.
Ella era la valiente de las dos, la que siempre estaba rodeada de felicidad y gente que la quería. Y, sin embargo, ahora moriremos de la misma forma.
Solas y sin nadie que nos salve.
Me está entrando demasiada agua por la nariz y por la boca, pero me reconforta pensar que voy a verla de nuevo. De pronto, empiezo a percibir unos destellos, todo se vuelve borroso y me sumo en una especie de éxtasis. Estoy perdiendo el conocimiento, alejándome cada vez más de mi propio ser.
Me entrego por fin al dolor, al agua que sabía que tarde o temprano me alcanzaría.
Una repentina calidez me envuelve todo el cuerpo y siento que ha llegado mi hora. Me estoy muriendo.
Pero, entonces, vuelvo a encontrarme de golpe con el aire implacable de la noche. Al notar cómo me azota la piel, una descarga de energía me recorre de pies a cabeza y me entran ganas de toser con fuerza.
Los jadeos y el frío cortante hacen que no pueda dejar de temblar.
No sé si estoy feliz de seguir viva o simplemente desconcertada.
Me aferro con desesperación a lo que sea que me esté sosteniendo en este instante porque su agarre parece estar apartándome de las garras de la muerte e insuflándome vida.
—No vas a morirte —sentencia una voz—. Al menos, no tan fácilmente.
A pesar de tener los sentidos nublados y estar empapada, puedo distinguir su aroma a cannabis y humo. A gasolina y cuero viejo. Siento la firmeza de su cuerpo bajo mis dedos y la calidez que desprende a través de las capas de ropa húmeda que nos cubren a ambos.
Abro los ojos de par en par y, entre la niebla que me empaña la vista, lo distingo a él.
Es Rook.
Tiene el pelo mojado pegado a la cara, las mejillas sonrosadas y la mandíbula apretada mientras intenta controlar los temblores que le sacuden el cuerpo.
Aunque parece estar hecho pedazos, luce una belleza sin igual.
Pero hasta Lucifer fue considerado alguna vez el ángel más hermoso de todos.