Las verdades que quemamos (Hollow Boys 2) 20 #2
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Nos agarramos del brazo y dejamos atrás a Easton y a sus perritos falderos. Trato de no pensar en que, en realidad, formamos parte del mismo equipo y que, por lo tanto, quizá nos toque trabajar codo con codo con ellos en algún momento de la noche.

Esto es el comienzo de algo nuevo, algo bueno.

Me siento como si hubiera conseguido avivar un fuego que llevaba mucho tiempo apagado.

Noto una conexión auténtica entre las tres, y me da vergüenza admitir que es la primera vez que tengo amigas de verdad.

Cuantos más días paso junto a ellas, más anhelo que nuestro vínculo dure para siempre.

Es extraño lo normales que han sido las cosas y lo fácil que me ha parecido todo en estas últimas semanas.

Hemos ido andando a clase juntas, hemos organizado sesiones de estudio y hemos visto pelis por la noche.

Incluso me he apuntado a una clase de teatro, una pasión que creía haber perdido cuando me encerraron en aquel sitio, pero que resultó haber estado esperándome todo este tiempo.

Me he convertido en un miembro más de su Sociedad de las Lobas Solitarias y me encanta.

Me limito a seguir viviendo, existiendo, y trato de no sentirme culpable por disfrutar del proceso. He dejado de temer que los demás descubran mis secretos porque básicamente, a estas alturas, se ha aireado hasta el último detalle.

No pasa ni un solo día sin que piense en lo mucho que le habría gustado todo esto a Rose. En lo realizada que se habría sentido en la universidad y rodeada de estas chicas. Se habrían llevado de maravilla. Pero, por desgracia, hay un montón de cosas que ya nunca llegará a conocer.

Easton, Cain y mi padre se han encargado de destrozar todo lo bueno que había en mi vida, y no voy a permitir que me arrebaten nada más.

La música resuena por todo el parque al mismo tiempo que algunas atracciones van iluminándose, como si despertaran de su letargo invernal. La emoción se apodera de todos nosotros en cuanto recordamos por qué estamos aquí.

Hemos venido a ganar.

La simple idea provoca que se me dispare la adrenalina. Los nervios me revolotean en el estómago mientras intento adivinar a qué juego nos enfrentaremos. Aunque soy consciente de que West Trinity jugará sucio, estoy preparada para lo que sea.

A pesar de que hay algunas zonas del parque alumbradas, la oscuridad aún predomina en la mayor parte del terreno.

Sin agua corriente en invierno, este sitio parece desierto y tenebroso, lo que contribuye a crear el ambiente perfecto para este juego infame y traicionero al que no podemos resistirnos a jugar año tras año.

El viento aúlla como si fuera una sirena, los árboles se alzan imponentes sobre nosotros y la niebla está comenzando a asentarse.

En verano, este parque se llena de lugareños que buscan divertirse en familia con sus hijos, pero ahora da la impresión de no ser nada más que otro rincón abandonado de Ponderosa Springs. Un fantasma más de los que suelen morar por este pueblo.

Llegamos juntas hasta donde se encuentra el resto del grupo, que se ha reunido alrededor de un pequeño escenario de madera sobre el que a veces se representan espectáculos acuáticos para los más pequeños.

Esta noche, sin embargo, será el punto de partida y el lugar donde descubriremos qué es lo que nos espera.

Nos quedamos cerca de la parte trasera y, cuando el sonido de unas botas reemplaza a la música, observamos cómo cuatro figuras encapuchadas suben al escenario. Permanecen inmóviles, con la mirada al frente, mientras una de ellas sostiene una antorcha en la mano derecha.

Nos contemplan desde lo alto, esperando. Entonces, todo el mundo comienza a bajar la voz hasta que nos sumimos en un silencio sepulcral. Al fijarme en las máscaras antigás que les ocultan el rostro, la sangre empieza a circularme más deprisa y los latidos del corazón me retumban en los oídos.

—Os damos la bienvenida al Guantelete —dice uno de ellos con una voz nítida que no resulta estridente ni desagradable, sino más bien opaca y amenazante; da a entender sin palabras que, aunque podamos pasárnoslo bien, el juego que están a punto de presentarnos no será fácil.

La inquietud me recorre las venas mientras echo un vistazo a los rivales y a los compañeros que nos rodean. Algunos llevan mochilas y, pese a que desconozco lo que han metido dentro, de pronto siento que no estoy lo suficientemente preparada.

Como cuando decides ponerte a la cola para entrar en una casa del terror porque hay mucha gente antes que tú y crees que va a ser una experiencia divertida; pero, al llegar tu turno, te das cuenta de que, en realidad, todo resulta mucho más aterrador de lo que pensabas.

Una de las figuras prende una cerilla y el chisporroteo de la llama resuena entre la multitud antes de que encienda la antorcha y la alce en el aire con determinación.

—Tal y como dicta la tradición, Ponderosa Springs ha elegido el lugar, así que ahora West Trinity debe revelar el juego que ha escogido —dice.

—Este año jugaremos a capturar la bandera —interviene otra voz de las que se encuentran sobre el escenario.

—¡Sííí, vamos!

—¡De puta madre!

Los gritos y los vítores resuenan por todas partes. El ambiente está cargado de una energía electrizante que nos sacude a todos igual que si nos estuviéramos aferrando con las manos desnudas a un cable de alta tensión.

Miro a Briar y a Lyra.

—No parece tan difícil, ¿no?

—Está chupado —coincide Briar.

—Las banderas ya están escondidas en vuestras áreas designadas.

Podéis actuar como un solo bloque o de manera independiente, pero el objetivo sigue siendo el mismo: conseguir la bandera del otro equipo antes de que ellos se hagan con la vuestra.

West Trinity comenzará en el norte y Ponderosa Springs, en el sur.

Cuando lleguéis al lugar de salida que se os ha indicado, una sirena marcará el comienzo del juego.

Hay quince hectáreas de atracciones acuáticas rodeadas de pinos y todo ello forma parte del terreno de juego. Las banderas podrían estar en cualquier parte.

Es un espacio demasiado amplio. Casi inabarcable.

—Todo está permitido. No hay reglas ni limitaciones —anuncian—. El ganador se lo lleva todo. Como siempre, intentad no morir en el intento.

—Chicas —dice Lyra entre jadeos mientras se agarra un lado del cuerpo y se encorva ligeramente, tratando de recuperar el aliento—. No puedo respirar.

Le chisto en voz baja para que no haga ruido, con una fina capa de sudor pegada a la frente y el pecho resentido de tanto aspirar aire frío.

Estamos escondidas detrás de esa atracción en la que si aciertas con la pelota en el punto clave hundes en un tanque de agua al que se haya ofrecido voluntario.

Llevamos veinte minutos en su territorio y todavía no hemos dado con la bandera.

De pronto, un silbido agudo me atraviesa los oídos y veo otra bengala caer a escasos metros delante de nosotras.

El humo que libera provoca que me piquen los ojos. Al parecer, han traído un arsenal entero para impedir que ganemos: granadas de humo, bengalas y todo tipo de trampas. Hasta he presenciado cómo rociaban a un tío con gas pimienta.

Me duele el cuerpo entero de correr.

Hemos acordado quedarnos agazapadas e intentar no hacer ruido para que no nos vean.

Como no contamos con la suficiente fuerza ni armas para enfrentarnos a ellos, nos pareció que ir a por su bandera era mejor opción que buscar la nuestra y protegerla, de modo que nos hemos ido abriendo paso por el parque sorteando a los jugadores de West Trinity.

—Todas las atracciones cubiertas están cerradas, así que no pueden haberla escondido dentro. Debe de estar en algún punto elevado —susurra Briar.

—El único sitio alto que hay en esta zona es la torre de caída libre. Está un poco más adelante, pero todo lo demás se encuentra a ras de suelo.

—Vamos para allá entonces. Tenemos que darnos prisa. Dudo que Easton y su pandilla logren contener a West Trinity por mucho más tiempo.

Tras echarle un último vistazo rápido a los alrededores, salimos de nuestro escondite, avanzando despacio y en silencio. Se oyen gritos y otros ruidos inquietantes a lo lejos. Cada crujido o aullido del viento provoca que mis sentidos se pongan en alerta.

La adrenalina se sobrepone al miedo y me impulsa a seguir moviéndome incluso cuando mi parte racional empieza a sucumbir al pánico. Somos tres chicas solas en el territorio de unos enemigos que están dispuestos a llegar hasta donde sea necesario para derrotarnos.

Procuro apartar ese pensamiento y dejarme guiar únicamente por la sed de victoria.

Mi aliento forma nubes de vaho frente a mí y las capas de ropa que llevo puestas solo hacen que sude aún más. La torre ya está a la vista; las serpenteantes escaleras de madera que desembocan en un tobogán gigante destacan entre el resto de las atracciones.

Tienen que haber puesto la bandera allí.

—Ey —murmura Briar—. ¿Qué es eso?

Señala a nuestra izquierda, hacia la piscina de olas artificiales.

Probablemente sea el único lugar del parque que aún tiene agua en esta época del año; aunque, ahora, como es lógico, está estancada.

Desde fuera, el tanque es enorme, pero luego se va estrechando según se aproxima al muro de hormigón que retiene el agua y guarda la maquinaria que genera las olas.

Apenas queda agua en la parte menos profunda; se ha acumulado casi toda en lo más hondo, donde se ve turbia y oscura.

Es entonces cuando me fijo en el enorme cartel que se encuentra sobre el saliente del muro de hormigón y que indica el nombre de la atracción. Encima de él, hay una pancarta con cintas que ondean al viento y una bandera de color naranja atada en el centro.

—Joder, la hemos encontrado —digo, respirando hondo con una sonrisa en los labios, demasiado orgullosa de nuestro logro como para darme cuenta de cualquier peligro que se avecine.

—Gracias a los dioses —responde Lyra, sin aliento.

—¿Dioses? —Me río.