20
El Guantelete
Sage
—Alistair me va a matar.
No me molesto en llevarle la contraria. Como descubra que no le ha dicho a dónde iba de verdad, igual nos aniquila a las tres.
—No pasa nada. Que él haya decidido rajarse no significa que nosotras tengamos que perdernos la diversión.
Según Briar, los Hollow Boys no pensaban participar en el juego de este año, así que le echó cara al asunto y le dijo a su novio que iba a pasar toda la noche en su cuarto con Lyra. Por su bien y por el mío, espero que no se entere nunca de la mentira que le ha soltado.
—¿Estáis seguras de que queréis que nos metamos en esto? —pregunta Lyra—. El año pasado hubo gente que acabó en el hospital.
—Tranquila. Es solo un juego. ¿Qué nos va a pasar?
Dejo que las palabras de Briar se queden flotando en el aire.
No sé muy bien qué responderle, porque soy consciente de que, en cuanto se extienda el rumor de que los chicos no han querido jugar este año, la gente de los páramos se volverá aún más despiadada en su afán por conseguir la victoria.
El viento helado que me azota el rostro hace que me estremezca. Aunque el calendario marca el inicio de la primavera, dudo que nazca alguna flor con este clima. La nieve dejó de caer hace unas semanas, pero el frío parece estar dispuesto a quedarse un tiempo más.
La primavera suele traer consigo colores vivos y un sol radiante; en cambio, aquí solo nos regala otra tonalidad de gris.
Voy caminando en medio de Briar y Lyra, las tres ataviadas con botas, gorros y cualquier prenda que pueda ayudarnos a combatir el frío.
Lyra incluso lleva una bufanda de color rojo oscuro.
No tenemos ni idea de hasta qué hora durará el juego, pero sabemos que las temperaturas seguirán descendiendo a medida que avance la noche.
Observamos cómo varias personas se agolpan delante de nosotras para colarse por las puertas de seguridad desactivadas que, en condiciones normales, nos escanearían en busca de objetos ilegales; sin embargo, esta noche, no son más que otro obstáculo.
Tras cruzarlas, apoyo las manos en el metal frío del torniquete que se encuentra más adelante y me impulso por encima de los barrotes para llegar al otro lado, dispuesta a seguir a la pequeña multitud hacia el interior del parque.
De pronto, un grupo de chavales alborotados que están saltando y empujándose los unos a los otros para pasar me golpea con fuerza en el costado.
—Mirad por dónde vais, gilipollas —siseo entre dientes.
Uno de ellos se gira en mi dirección y esboza una sonrisita mientras me recorre lentamente el cuerpo de arriba abajo con la mirada.
—Ese palo que tienes metido por el culo no te va a servir de nada esta noche, princesa. Si no puedes soportar un empujoncito como ese, más te vale irte antes de que tú y las pijas de tus amiguitas os hagáis daño.
Entrecierro los ojos.
—Es una pena que hayáis venido hasta aquí solo para perder. Otra vez.
Al escucharme, el chico suelta una carcajada cargada de malicia.
—Cuidado. Yo que tú no iría cantando victoria tan rápido, no vaya a ser que la suerte se vuelva en tu contra.
Acto seguido, continúa avanzando con sus amigos hasta que los veo desaparecer entre las sombras, pero sus palabras siguen resonando en mi cabeza.
Pese a que todo esto pueda parecer un juego, no deja de ser una batalla de las que se libran con sangre, violencia y el rencor acumulado que ha alimentado una rivalidad centenaria.
La de ricos contra pobres.
Los que sobreviven en los páramos contra los que nadan en el dinero de papá.
—No soporto a los capullos engreídos —comenta Briar con un resoplido mientras salta por encima de los barrotes.
—Pues tú estás saliendo con uno —bromeo, dedicándole una ligera sonrisa.
Lyra se ríe con ganas ante mi comentario, aliviando la tensión del momento.
No me gusta que Briar se haya visto obligada a mentirle a Alistair.
Sé lo mucho que le ha dolido hacerlo, pero también es cierto que no la habría dejado venir si le hubiera contado la verdad. Y creo que ella opina lo mismo que yo.
Esto es especial.
Diferente.
Una forma particular de fortalecer nuestro vínculo. Algo que nos pertenece solo a nosotras.
—Tienen razón. —Una voz tan estridente como el sonido de unas uñas arañando una pizarra me retumba en los oídos sin previo aviso—. No deberías estar aquí.
Llevo escuchando ese mismo tono arrogante desde la guardería. No hace falta que me dé la vuelta para saber quién es y a quién va dirigida esa frase. Una de las pocas ventajas de haber estado encerrada en un hospital psiquiátrico es que no he tenido que aguantar a Easton en todo ese tiempo.
Lo único que siento hacia él es una rabia pura y dura. No hay nada que desee más que verlo desmoronarse ante mí. En la lista de personas a las que pienso destruir antes de irme de Ponderosa Springs, el corrupto de mi exnovio se encuentra justo debajo de mi padre.
—Pues lo siento mucho por ti, porque aquí estoy —digo, girándome para encarar a Easton por primera vez después de casi un año—. Y planeo quedarme.
Ya no tiene ningún poder sobre mí. Cedí a sus deseos y a los de su padre para salvar a mi hermana y para proteger a Rook, pero, ahora que ya no necesito hacerlo, me niego a inclinarme ante un imbécil que nunca me ha llegado ni a la suela de los zapatos.
—Me alegro de volver a verte, Sage —responde, examinándome con cautela, y me entran ganas de vomitar solo de pensar en que le había permitido profanar mi cuerpo en el pasado.
—No puedo decir que sea mutuo —suelto.
Casi me río de él. Incluso con unos vaqueros y una camiseta cualquiera, sigue emanando esa arrogancia tan refinada que tanto lo enorgullecía. Su reducido grupo de amigos lo sigue de cerca y, por un instante, me odio a mí misma al reconocerme en su reflejo.
Yo también solía seguirlo a todas partes, como ellos.
«Pero no pienso hacerlo nunca más», pienso. «Nunca».
—Veo que has hecho nuevas amigas. ¿Sabe tu papi con quién andas? —Levanta una ceja demasiado perfilada como para ser natural—. Aunque supongo que ya da igual, ¿no? Ahora que estás chalada, puedes juntarte con gente de tu calaña.
—No pensabas lo mismo cuando intentabas acostarte con esta «chalada» el semestre pasado —interviene Briar mientras se coloca a mi lado con firmeza.
Lyra se acerca también tras ella, tensando la mandíbula y fulminándolo con la mirada.
Al parecer, no soy la única que guarda un regusto amargo después de tratar con Easton Sinclair.
Una sensación de calidez me recorre por dentro al darme cuenta de que tengo personas que me respaldan, a pesar de que solo se trata de un encontronazo sin importancia.
Podría apañármelas sola, pero, igualmente, me tranquiliza saber que están ahí. Que hay alguien que me apoya.
—¿Y tu padre está al tanto de que acabas de colarte en una propiedad privada y vas a quebrantar vete a saber cuántas leyes esta noche? Con lo bien controlado que le gusta tenerte, no creo que le haga mucha gracia.
Aprieta los dientes.
—Cuidado con lo que dices.
—¿Qué pasa, East? ¿He tocado un tema sensible? —pregunto, frunciendo los labios con fingida inocencia.
Se acerca a mí con paso firme y se queda mirándome fijamente con aires de superioridad, como si quisiera intimidarme, pero permanezco en mi sitio y alzo la barbilla. Nunca le he tenido miedo y no voy a empezar ahora.
Los hombres poderosos de verdad no necesitan demostrarlo; los débiles, en cambio, no dudan en atacar en cuanto alguien cuestiona su autoridad. Easton siempre ha sido de esos: deja que su padre dicte cada uno de sus movimientos y le saque las castañas del fuego.
—No deberías haber vuelto —sisea—. ¿Voy a tener que asegurarme de que acabes muerta como tu hermana para poder librarme de ti?
No puedo evitar pensar en cruzarle la cara por haberse atrevido a mencionarla. Estoy hasta las narices de que la gente hable de ella con tanta ligereza y use su muerte como un arma contra mí. Daría lo que fuera por arrancarles su nombre de la boca y hacerlos pedazos a todos.
Ojalá los chicos se dieran cuenta de una vez de que estamos en el mismo barco. Alistair, Thatcher, Silas y Rook.
Hace años habría jurado que éramos de especies completamente diferentes; sin embargo, ahora no podríamos parecernos más, aunque ellos nunca van a verlo de la misma forma.
Hago acopio de toda la ira y el rencor que le he ido guardando a lo largo de todos estos años y le lanzo un escupitajo a los zapatos. Mi saliva impacta de lleno en el costoso material de su calzado de diseño.
—¿Quieres deshacerte de mí? Adelante, cobarde —lo reto—, pero será mejor que te asegures de matarme primero, Sinclair, porque pienso arrancarte la puta cabeza.
Llevo años deseando poder gritar a los cuatro vientos lo mucho que odio al niño mimado de Ponderosa Springs. Quiero que todo el mundo se entere de que aquel al que tanto idolatran no es más que un chicle bajo la suela de mis zapatos. Un peón en el tablero de su padre.
La gente sigue agolpándose en la entrada, provocando un alboroto a nuestro alrededor, pero, aun así, nos mantenemos firmes en el sitio, desafiándonos con la mirada. Mi amenaza se queda flotando en el aire como un péndulo que oscila de un lado a otro.
Entonces, Briar me sujeta suavemente del antebrazo.
—No merece la pena. No dejes que te fastidie la noche. Vámonos.
Le sostengo la mirada durante unos instantes más y luego permito que Briar me aparte de él, no porque me haya rendido, sino porque tiene razón. No va a arruinarnos la experiencia.
—Dios, no lo soporto. Me encantaría echárselo de comer a una colonia de hormigas de fuego —comenta Lyra, negando con la cabeza.
—Lyra, te lo digo como un cumplido —le contesto con amabilidad—, pero a veces me das miedo.
Alza ligeramente la comisura de los labios y me dedica una sonrisa de medio lado.
—Gracias.