19 #2
Es un observador nato; no se le escapa nada.
Capta el lenguaje corporal, los cambios en el tono y los gestos que varían de una persona a otra.
Observa hasta el más mínimo detalle y lo imita casi a la perfección, pero, aunque puede fingir que es como los demás e incluso hacer que otros lo crean, en realidad Thatcher no tiene empatía.
No siente absolutamente nada y no entiende las emociones.
Podría pasarse horas hablando en detalle sobre los procesos biológicos que permiten que el cuerpo humano se mantenga con vida y, aun así, nunca sabría lo que significa desvivirse por alguien.
Nunca llegaría a comprender la fuerza devastadora de la traición o de un corazón roto.
Por eso creo que, a pesar de que valoraba a Rose como ser humano, igual que a nosotros, lo único que lo mueve es la lealtad.
No le cuesta mantener la mente fría porque carece de apego emocional.
Para él, es una mera transacción de negocios.
Como si otra empresa le hubiera arrebatado a Rose y ahora tuviera que hacer todo lo posible para reemplazarla o, al menos, cubrir su ausencia.
Así que es la última persona con la que me apetece tener esta conversación y, sin embargo, de algún modo, intuía que sería la primera en sacarme el tema.
—No pienso volver a preguntártelo, Van Doren —me advierte, en un tono seco y distante—. ¿Qué tiene que ver Sage con todo esto? ¿Por qué motivo te estás castigando esta vez?
—Vete a la mierda, tío. —Me aparto de él y me levanto de un salto, provocando que la silla se caiga hacia delante—. No sabes de lo que estás hablando, y no tengo por qué aguantar todo ese rollo de psicología barata.
Cojo la camiseta que descansa sobre la mesa de acero reluciente en medio de la estancia y, al colocármela sobre los hombros, el vendaje me tira de la piel y siento cómo las heridas que se ocultan debajo me palpitan con un dolor sordo.
—Si va a suponernos un problema, tanto a nosotros como a ti, o va a ponernos en peligro, entonces me corresponde saberlo. No voy a permitir que lo fastidies todo porque no puedas mantener a raya las hormonas.
Me doy la vuelta y avanzo unos pasos hasta quedarme frente a él, pero se limita a desenrollarse las mangas blancas de la camisa sin apenas parpadear. Es tan metódico y preciso que no tiene ni una mancha de sangre encima.
—Ni se te ocurra seguir por ahí, pretencioso de mierda —escupo con rabia—. Nunca me atrevería a poneros en peligro por ella. No es nadie para mí.
El ácido me quema las entrañas. Mi cuerpo parece estar haciendo uso de todos los medios de los que dispone para acusarme de haberle mentido a alguien a quien considero uno de mis mejores amigos.
Quiero creerme mis propias palabras. Joder, daría cualquier cosa por que fueran ciertas, pero su esencia sigue impregnando cada fibra de mi ser y consumiéndome como si fuera un parásito.
La calma de sus movimientos y la lentitud con la que eleva la mirada hasta clavar sus ojos en los míos solo consigue que me enfurezca aún más.
—No digo que vayas a hacerlo, Rook. —Hace una breve pausa—. Al menos, no a propósito.
—¿Qué se supone que significa eso?
—Que eres impetuoso. Actúas de manera apresurada y te dejas guiar por tus antojos. Confío en ti, pero no en tus emociones.
Me paso la lengua por los dientes y asiento con la cabeza mientras se me forma una sonrisita sarcástica en los labios.
—Ve a meterte otro diccionario por el culo, capullo —gruño—. No me hace falta ser un robot para saber controlarme.
Dicho eso, doy por terminada la conversación y este encuentro.
Me alejo de él y pongo rumbo a las escaleras que conducen a la parte superior de la casa, donde reina una calidez acogedora, a diferencia del sótano frío y desprovisto de emociones en el que habita Thatcher.
—Si yo lo he averiguado, los otros tampoco tardarán en darse cuenta. No permitas que se enteren por terceros, Rook. Si no podemos confiar los unos en los otros, no nos queda nada —dice a mi espalda, obligándome a detenerme en lo alto de las escaleras.
Giro la cabeza lo justo para echar un vistazo al hombre bien vestido que se encuentra al pie.
—Thatcher, ¿a ti qué coño te importa? —pregunto—. Seamos sinceros: te da igual todo. Para ti es solo cuestión de lealtad, así que no lo entiendo. ¿Por qué coño te preocupas tanto por mis mierdas?
Ya me he hartado de que me trate como si fuera el único que esconde secretos. Probablemente él tenga incluso más que Alistair y Silas. Una vez se abrió con nosotros y nos contó cómo descubrió lo de su padre y lo que vio de niño en su garaje.
Henry Pierson era un hombre astuto, de modo que, al sorprenderlo allí, dio con la manera perfecta de perpetuar su legado: convertir a su inocente hijo en un prodigioso asesino en serie.
Thatch nunca entró en detalles sobre lo que su padre lo obligaba a hacer o presenciar, pero está claro que no empleaban su tiempo juntos en ver dibujitos en la tele.
De pronto, su voz, serena e imperturbable, rompe el silencio en el que nos habíamos sumido tras mi pregunta.
—Yo puedo hacerte daño. Alistair también. E incluso Silas. Pero nadie más. —Se detiene un momento y luego prosigue—. Nadie más puede hacerte daño. ¿Me has entendido, Van Doren? Nadie.