19
Heridas autoinfligidas
Rook
De niño, me bautizaron con gasolina.
Nací para ver el mundo arder. Para vivir y consumirme entre las llamas.
Crecí en la casa del Señor, pero me ungieron con la chispa de la rebeldía.
Las habladurías sobre mi parentesco con el rey del infierno surgieron un día como otro cualquiera en la escuela dominical. Tenía la edad suficiente para comprender lo que significaba, pero no para entender que un rumor así acabaría definiéndome de por vida.
Nos habían pedido que compartiéramos algo con el resto de la clase, como, por ejemplo, un dato curioso sobre nosotros, un talento especial o una combinación extraña de sabores que nos gustara. La idea era presentarnos ante los demás para que nos conocieran y pudiéramos hacer amigos.
Había un niño que tenía un pez llamado Flipper al que le faltaba una aleta. Otro nos contó que era daltónico y una chica confesó que le encantaban los sándwiches de crema de cacahuete con mayonesa, lo cual me pareció mucho más atroz que cualquier cosa que yo hubiera podido decir.
Cuando llegó mi turno, me puse de pie y me levanté la camiseta para enseñarles la marca de nacimiento que me adornaba un costado de la parte baja de la espalda. Con el tiempo se volvió más pequeña, pero, en aquel entonces, con mi diminuto cuerpo, daba la impresión de ser enorme.
Formaba una especie de X o, al menos, eso es lo que a mí me parecía. Estaba muy orgulloso de ella porque me recordaba a las señales que marcan dónde se encuentra el tesoro en los mapas y, como fan de Piratas del Caribe que era, pensé que mis compañeros también sabrían apreciarla.
Sin embargo, no vieron la marca de un tesoro enterrado ni la vigésimo cuarta letra del alfabeto, sino una cruz invertida.
El símbolo del anticristo.
La marca de la bestia.
Aunque la maestra intentó acallar los cuchicheos y las risitas de los niños, el daño ya estaba hecho. En cuanto terminó la clase, todos corrieron a contárselo a sus padres y el rumor fue propagándose hasta moldear al monstruo que soy ahora.
De ser una simple pigmentación en la piel pasó a convertirse en la prueba fehaciente de que mi madre le había rezado al dios equivocado. Hablaban de ello como si fuera una leyenda o una historia de miedo de las que se cuentan alrededor de la hoguera.
Por eso, cuando cedí al caos y me transformé justo en lo que esperaban de mí, todos actuaron como si lo hubieran visto venir desde hacía tiempo. Al fin y al cabo, estaba marcado por el diablo; tenía sentido que actuara como él.
Al igual que les pasó a mis amigos, llegó un punto en mi vida en el que me cansé de intentar luchar contra las habladurías. Acepté la fama que me habían impuesto y acabé siendo algo mucho peor de lo que jamás podrían haberse imaginado.
Me negué a volver a arrodillarme ante nadie. Querían hacer pedazos lo poco que quedaba de un muchacho desesperado y forjar a su costa un monstruo sobre el que pudieran volcar todo su odio. Ansiaban maldad, así que no solo me convertí en el hijo del diablo, sino en el rey de todo mal.
En el propio Lucifer.
Desaté el fuego del infierno y decidí vivir en pecado.
—Tío, cambia la puta música. Es peor que el screamo que pone Alistair —me quejo, agarrando el respaldo de la silla de madera sobre la que estoy sentado a horcajadas, con tanta fuerza que le clavo las uñas, a pesar de que las llevo cortas.
Thatcher ejerce aún más presión y hunde ligeramente la hoja en la carne para rajarme la espalda. El dolor punzante provoca que me rechinen los dientes. Puedo sentir cómo se me abre la piel y empieza a resbalar la sangre. Su calidez contrasta con todo lo demás.
—Mi sótano. Mis reglas. Mi música —sentencia.
Respiro hondo por la nariz y cierro los ojos. La oleada de éxtasis que experimento con la tortura hace que me estremezca de satisfacción y alcance por fin el clímax del castigo.
Cada nuevo corte es como un pago. La sangre que brota de ellos arrastra consigo el arrepentimiento y la culpa que me consumen por dentro. El estrés, mis fracasos, Sage. Todo se desliza por mi columna vertebral y abandona mi cuerpo.
Llevaba años pensando en hacerme esto. Cortarme. Autolesionarme. O como sea que lo llamen los terapeutas.
Podría haberme limitado a coger una cuchilla y rajarme yo mismo los muslos o las muñecas, pero sabía que Thatcher necesitaba cortar.
El impulso que me lleva a mí a incendiarlo todo es el mismo que lo incita a él a usar sus cuchillos con esa mierda de música clásica de fondo en un sótano que parece sacado de American Psycho y que huele a hospital, así que habría sido un gesto tremendamente egoísta por mi parte no haber compartido estos momentos con él.
Los cuatro tenemos nuestras propias razones para recurrir a este tipo de cosas que nos ayudan a lidiar con la vida. No tratamos de descubrir las razones que hay detrás de nuestro comportamiento ni de entenderlas. Simplemente estamos ahí los unos para los otros.
Cuando éramos pequeños, hicimos un pacto. Nos comprometimos a apoyarnos en lo que fuera necesario, sin importar hasta dónde nos viéramos obligados a llegar ni el precio que tuviéramos que pagar.
El resto del mundo nos había tratado como si fuéramos basura y nos había relegado al olvido.
Solo nos teníamos los unos a los otros, y eso nos pareció más que suficiente.
—Listo. Con ese hacen diez —anuncia, levantando la hoja que hace un segundo estaba en mi carne, y oigo cómo rueda la silla para alejarse de mí.
—Dos más.
—Voy a tener que bajar un poco. Los que te hice arriba en nuestra anterior sesión todavía no se han curado.
—Pues baja, pero necesito más.
Empecé a entregarme al dolor y a la agonía cuando le pedí a Alistair que entrenara conmigo.
Sin embargo, el año pasado dejó de parecerme suficiente y, aquel día, después de lo de Sage, acudí a Thatcher con la esperanza de que el castigo que él pudiera infligirme sirviera para grabarme en la memoria que jamás debía volver a confiar en nadie de esa forma.
Los puñetazos de Alistair no me habrían dado lo que buscaba. Solo impactaban en la superficie, como los de mi padre. Me dejaban moratones, pero no me permitían liberar lo que me atormentaba de verdad por dentro, y necesitaba asegurarme de expulsarlo todo.
Mi cuerpo estaba desesperado por borrar todas y cada una de las huellas que Sage Donahue le había dejado y, conociendo a Thatcher, tenía la certeza de que era la persona indicada para hacerlo.
Es el único capaz de abrirse paso entre mi carne y arrancar todo rastro de ella de cuajo, como un cirujano habilidoso que le extirpa a su paciente con un bisturí el tumor que amenaza con mermarle la vida.
El problema es que, cada vez que consigue sacarme un pedazo, vuelve a propagarse por todo mi organismo con el doble de fuerza, al igual que una hidra a la que le cortan la cabeza.
—Me quedé con la curiosidad de saber por qué te presentaste en mi puerta aquel día, Van Doren —comenta de repente mientras comienza a trazarme otra línea en un costado—. Y creo que ya he averiguado la razón. ¿Quieres que la comparta contigo? ¿O prefieres contármela tú mismo?
Giro la cabeza lo justo para mirar hacia atrás por encima del hombro.
—No he venido aquí a hablar, Thatcher. De esto no. Dijimos que nada de preguntas.
—Ah, no es una pregunta. Es una afirmación. —En ese momento, comienza a sonar otra melodía de piano sombría y melancólica—. Solo te estoy dando la oportunidad de que lo admitas tú primero.
—¿Qué estás insinuando, tío?
—Bueno —dice, presionando un punto especialmente sensible que me arranca un siseo de dolor—, no me cuadraba que hubieras acudido a mí.
No tenías ningún motivo para estar tan desesperado.
Parecías satisfecho con ser el saco de boxeo de Alistair y tu padre, así que, ¿cuál pudo haber sido la gota que colmó el vaso y te condujo directo aquí?
El regusto del vodka sabor fresa mezclado con la traición.
Apoyo la cabeza sobre mis antebrazos y fijo la vista en el suelo de cemento.
Los últimos resquicios de fe que me quedaban en la humanidad se habían consumido en las llamas provocadas por esos ojos azul neón y esa boca tan bonita como venenosa.
—Las piezas no encajaban. Al menos, no hasta la otra noche.
El cuerpo se me petrifica por completo. No puede haberse dado cuenta. Es imposible.
Detrás de mí, oigo cómo deja caer el bisturí en un recipiente metálico. Ha terminado de cortar, de modo que ahora comenzará con la limpieza de las heridas. El sonido del papel al rasgarse inunda la habitación como parte del ritual que precede al vendaje.
—La niña bonita de Ponderosa Springs. Sage Donahue —dice, con esos aires de arrogancia de los que siempre hace gala, sobre todo cuando sabe que lleva razón en algo—. ¿Cuánto tiempo pensabas que nos lo ibas a ocultar?
Me pongo pálido de pronto, y no solo por la sangre que he perdido.
Al notar el paño húmedo que me pasa por la espalda, aspiro el aire entre los dientes. Arqueo ligeramente la columna y echo la cabeza hacia atrás mientras me desinfecta la herida con alcohol.
—No sé de qué estás hablando —digo con frialdad, esperando que mi serenidad lo desconcierte.
—Rook, no insultes mi inteligencia ni mi instinto.
Vi cómo la miraste cuando apareció en el acantilado y me di cuenta del dolor que se le reflejó a ella en el rostro en cuanto interviniste tú.
Habría seguido insistiéndonos, sin importarle su orgullo ni nuestra hostilidad, pero tus palabras bastaron para hacerla pedazos.
Thatcher conoce el cuerpo humano y sus reacciones mejor que la mayoría de la gente. Se sabe de memoria los nombres de las arterias y las venas que recorren cada extremidad, los órganos y sus funciones, pero también es el único incapaz de comprenderlo más allá de la química.