Las verdades que quemamos (Hollow Boys 2) 18
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Respira

Sage

Siempre me ha gustado la nieve.

Es fría y acogedora al mismo tiempo, aunque a la gente le cuesta asimilar que dos cualidades tan dispares puedan coexistir.

Lo frío nunca se considera acogedor; más bien se percibe como algo cruel y amargo, en un eterno contraste con el sol, que es símbolo de alegría y calidez.

El frío se te clava en la piel como un millar de diminutas agujas y provoca que te sientas vacío por dentro, pero, aun así, también me gusta esa sensación.

Me fascina su capacidad para congelarlo todo, incluso los buenos momentos, y lograr que un recuerdo permanezca intacto en la memoria.

Cuando era pequeña, solía levantarme antes que nadie. Justo antes de que el sol se elevara por encima de las nubes, entraba de puntillas en el cuarto de Rosemary y la despertaba suavemente para suplicarle que fuéramos a jugar en la nieve.

Me sentaba en secreto junto a mi ventana, esperando con desesperación a que el primer copo de nieve descendiera flotando del cielo y se deshiciera en la tierra para poder salir corriendo de la casa y lanzarme al frío.

Cada año aguardaba con ansia ese viento helado que parecía dejarme las mejillas en carne viva y me entumecía los dedos cuando se colaba a través de los guantes…

, aunque quizá solo se debiera a Rose. Ella sabía cómo hacer que todo fuera más especial.

Era la que convertía esos pequeños momentos en grandes recuerdos.

Ahora que no está a mi lado, la nieve ya no es lo mismo.

Contemplo cómo los copos aterrizan sobre el parabrisas de mi coche y se derriten casi de inmediato al entrar en contacto con la calidez que desprende la calefacción del interior.

El resplandor de las luces de neón atraviesa los densos copos que caen junto a la ventana trasera.

Por el espejo retrovisor, capto el reflejo de la cafetería de Tilly, que da la impresión de haberse transformado en un auténtico paraíso invernal.

A pesar de que estamos en febrero, apuesto a que todavía tienen colgadas las guirnaldas de luces y siguen poniendo villancicos de fondo. El dueño cree que la Navidad dura desde el uno de noviembre hasta que los clientes empiezan a quejarse de toda esa parafernalia festiva.

—¿Has escuchado lo que te acabo de preguntar, Pip?

Asiento con la cabeza, sin apartar la vista del espejo.

El simple hecho de estar en el mismo coche que este hombre ya me revuelve el estómago lo suficiente; si encima tengo que mirarlo, no sé si voy a poder contener las arcadas.

Me esperan unas cuantas horas limpiando el coche solo para deshacerme del hedor de su loción para después del afeitado.

—Sí, pero no he visto la necesidad de responderte. Te he dicho que solo llevo un mes aquí. No he oído nada. Ni un puto murmullo.

«Y, si lo hubiera hecho, tampoco iba a contártelo, gilipollas».

Quiero que deje de llamarme Pip. Odio ese puñetero apodo desde la primera vez que lo escuché salir de su boca y me lo puso con el asqueroso pretexto de que era pequeña. Llevaba sin saber de él desde que tenía trece años, y ahora lo he visto dos veces en menos de dos meses.

—¿Me estás mintiendo? ¿Seguro que nadie ha mencionado haberlos visto merodeando alrededor de Greg West antes de su muerte? ¿O de Chris Crawford, que sigue desaparecido? Es un pueblo muy pequeño y los rumores se extienden como la pólvora, Sage, yo también me he criado aquí. Me cuesta creer que…

—Nadie ha hablado del tema, Cain. No pienso repetírtelo más. Me da igual que me creas o no —lo interrumpo, con la esperanza de dar por terminada esta conversación.

Me había enviado un mensaje pidiéndome que quedáramos aquí para que lo pusiera al día, pero, tal y como acabo de decirle, no ha habido ningún progreso.

Después de que Silas me echara de allí como a un perro y Rook me mandara a la mierda, no pude hacer mucho más.

Me pregunto si sus amigos se extrañaron ante la hostilidad y la dureza de sus palabras, como si brotaran de algo enraizado en lo más profundo de su ser.

Fue el primer destello de emoción que me ofreció desde que volví.

Los ojos le ardían y crepitaban. Había logrado despertar los sentimientos que aún guardaba hacia mí y, aunque no fueran nada buenos, me pareció mucho mejor encontrarme con la llama diminuta de una cerilla que una fría indiferencia.

Me siento débil y patética por aferrarme a su rencor, pero no puedo engañarme a mí misma: prefiero su ira y su odio antes que la nada más absoluta, porque eso significa que al menos una mínima parte de mí todavía tiene un hueco reservado en su corazón.

No se me ha vuelto a presentar la oportunidad de hablar con ninguno de ellos tras aquella noche. Silas siempre va acompañado de alguno de los chicos y sé que los otros tres ni siquiera van a molestarse en dirigirme la palabra, así que acercarme a Lyra y Briar tampoco tiene mucho sentido.

Pero, aun así, no me he alejado de ellas.

He empezado a disfrutar de su compañía, a pesar de que Lyra es un poco…

rara. Cuenta con una colección de insectos que abarca desde mariposas hasta escarabajos, todos clavados dentro de cajas de cristal colgadas en la pared o en cúpulas del mismo material dispuestas a lo largo de las estanterías.

También tiene fotos de saltamontes y mantis religiosas repartidas por el escritorio.

Respeto que cada persona emplee su tiempo libre en lo que más le apetezca, pero, a decir verdad, tanto bicho me pone la piel de gallina.

No obstante, estar encerrada en un psiquiátrico me ha servido para comprender mejor a la gente: todo el mundo se refugia en algo que les ayuda a lidiar con el daño que la vida les ha infligido.

Además, me gusta que sea rara y no se avergüence de sus diferencias.

En realidad, las dos se aceptan a sí mismas con orgullo y, a veces, no puedo evitar sentir envidia de esa seguridad que destilan.

Cuando hablan de las cosas que les gustan o lo que quieren hacer en la vida y me preguntan a mí por lo mismo, siempre se me queda la mente en blanco.

No sé qué me gusta ni qué es lo que quiero.

Creo que ni siquiera recuerdo lo que se siente al disfrutar de las pequeñas cosas o sentir pasión por algo.

La voz de Cain me devuelve de golpe al presente.

—Voy a pasártelo por esta vez, Sage. Pero más te vale haber logrado algún avance cuando nos veamos de nuevo, ¿me has entendido? Que no se te olvide que soy yo quien está al mando. No tú.

Percibo movimiento a mi lado y, entonces, noto cómo extiende la mano en mi dirección para coger un mechón suelto de pelo.

—Es una pena que te lo hayas cortado. Estabas preciosa cuando lo tenías largo.

Me aparto bruscamente.

—Sal de mi puto coche antes de que te mate —digo, negándome a volver la mirada hacia él—. Y deja de llamarme Pip o te arranco los cojones de cuajo.

Se ríe con malicia ante mi amenaza.

—Eres una florecilla delicada, Sage. Una muñeca de porcelana. Ladras mucho pero nunca muerdes. No serías capaz de hacerle daño ni a una mosca, por más que trates de convencerte de lo contrario.

Ahí acaba la conversación. Se baja, cierra la puerta tras de sí y cruza el aparcamiento para montarse en su coche, el único que tiene los cristales tintados.

Cuando lo veo arrancar y desaparecer por la carretera, suelto todo el aire contenido. Acto seguido, me aprieto el cuero cabelludo con las manos, me dejo caer contra el mullido reposacabezas y empiezo a sentir la gelidez de las lágrimas que se me resbalan por el rostro.

Cada vez que se va, me quedo temblando. Jamás permitiría que ni él ni el resto del mundo se percatara de mis debilidades, pero tiene razón.

Aunque he aprendido a gruñir y defenderme, en el fondo, soy demasiado blanda.

Por eso me mantengo alejada de todo el mundo.

Porque sé lo fácil que les resultaría herirme.

Su presencia siempre me transporta directamente a esos tiempos en los que no había nadie que me defendiera.

A esas noches desgarradoras en las que miraba fijamente la puerta con la esperanza de que alguien, quien fuera, entrara y lo detuviera, pese a ser consciente de que ni una sola alma atendería mis súplicas.

Intento recoger desesperadamente los pedazos astillados que quedan de mí misma mientras me corto los dedos en el proceso.

No hay cantidad suficiente de pegamento o cinta adhesiva que pueda ayudarme a pegarlos, así que me limito a sujetarlos todos en mis manos y presionármelos contra el pecho.

Tal vez parezcan inútiles a ojos de los demás, pero yo sigo aferrándome con todas mis fuerzas a cualquier fragmento que encuentro porque, sin esos pedazos rotos, siento que estoy perdida.

Dicen que, cuando tocas fondo, al menos tienes una base sólida sobre la que reconstruir tus cimientos; sin embargo, me pregunto qué pasa si nunca llegas al fondo.

Si no dejas de sumergirte en un abismo interminable y te ahogas en las aguas de un mar infinito sin ni siquiera una porción de tierra a la vista.

¿Qué se supone que debes hacer entonces?

De pronto, escucho unos golpecitos que me sacan de mis pensamientos.

Giro la cabeza para mirar a través del cristal del lado del conductor y veo una mano ataviada con un guante sin dedos saludándome. Al bajar la ventanilla, una ráfaga de viento helado me roba el aliento.

—¡Feliz San Valentín! ¿Ese era tu enamorado? —me saluda Briar con una sonrisita, alzando las cejas de un modo que inspira amabilidad y ternura—. Aunque no sé si se sigue llevando lo de pasar este día en pareja.