17 #2
Sé que lo quieren, sobre todo su padre, pero no le hace falta irse.
Ni siquiera necesita apoyo, solo que comprendan que, ahora mismo, no va a moverse de aquí y que respeten su decisión.
El hecho de que lo estén presionando constantemente para que se vaya a otro estado o cambie de universidad solo contribuye a empeorar las cosas y causarle más dolor.
Él es consciente de que, tarde o temprano, tendrá que irse de Ponderosa Springs, pero, en este momento, dejar este lugar sería como dejarla a ella y, dado que, por más que lo intente, no puede llevarse su tumba a cuestas, le es imposible soportar la idea de que ella se quede aquí mientras él continúa con su vida en otro sitio.
No está preparado aún. Nadie lo está.
—Bueno, dios del fuego, bríndanos un poco de luz —dice Thatcher, que ha aprovechado que los ánimos se han calmado para acomodarse de nuevo en su silla.
Asiento y respiro hondo. Me encamino hacia los montones de leña que he apilado y me sirvo del líquido para encendedores y la cerilla que llevo en la boca para encender el fuego.
Aunque solo sea por unos instantes, ver cómo las llamas van elevándose cada vez más hacia el cielo apacigua el ardor de las heridas que me atraviesan el alma.
Echo la cabeza hacia atrás y dejo que el fuego me caliente la piel mientras inhalo el denso humo de la madera que comienza a quemarse.
A esta distancia, puedo sentir las brasas crepitando sobre mí, como si me depositaran diminutos besos ardientes en el pecho, y se me eriza todo el vello del cuerpo bajo su tacto.
Los cuatro tomamos asiento y permanecemos en silencio. No necesitamos hablar. Nunca ha sido lo nuestro. No quedamos en este sitio para contarnos cómo nos ha ido el día ni para intercambiar chismorreos como hacen en la peluquería.
Venimos aquí a existir.
Es el único lugar de este pueblo en el que podemos limitarnos a ser nosotros mismos.
Un pequeño anticipo de lo que nos depara el mundo más allá de este pozo.
Cuando nos vayamos, la gente no se parará en la calle a mirarnos y cuchichear.
Los padres no agarrarán a sus hijos con fuerza de la mano al vernos.
Pasaremos desapercibidos para los demás porque no nos conocerán.
Solo seremos unos tíos cualquiera viviendo su vida.
Aquí, por el contrario, estamos condenados a no ser nada más que las manzanas podridas que contaminan al resto, cuando, en realidad, lo único que anhelamos es existir en un mundo en el que no se nos pinte como los malos.
La luz de unos faros se cuela entre los árboles y baña con su resplandor la figura de Thatcher, que está sentado frente a mí. Me giro en la silla, como si así pudiera ser capaz de distinguir a la persona que se ha bajado del coche y procede a caminar hacia nosotros en medio de la oscuridad.
—¿Has invitado a tu mascota? —le pregunta Thatcher a Alistair.
—Te dije que como siguieras llamándola así iba a partirte el cráneo, Thatch. Para de una puta vez —ladra el aludido en respuesta—. Y no, esta noche está estudiando con Lyra en la residencia.
Me pongo de pie de un salto y me coloco frente al bosque que conduce hacia nuestro paradero, dispuesto a atacar si es necesario.
Es imposible llegar a este sitio por azar; tienes que saber de su existencia para dar con él, lo que significa que quien sea que está avanzando en nuestra dirección es consciente de que nos encontramos aquí.
Aprieto el puño mientras esperamos en silencio. El crepitar del fuego es el único sonido que llena el aire, hasta que, de pronto, percibimos el crujido de unas pisadas sobre la nieve. Entonces, la persona que ha osado venir a buscarnos se adentra en la luz y deja atrás las sombras del bosque.
—Vaya, esto sí que no me lo esperaba —comenta Thatcher, probablemente igual de sorprendido que los demás.
Un cabello rojizo emerge de entre los árboles.
Los mechones que componen su elegante corte estilo bob se le mecen justo debajo de la barbilla al andar.
Con las manos hundidas en los bolsillos de su chaqueta, se acerca hacia el borde donde estábamos sentados, aunque su aparición nos ha dejado tan aturdidos que somos incapaces de articular palabra.
La sorpresa no tarda en dar paso a la irritación en cuanto proceso a quién tenemos delante.
—¿Cómo coño has llegado aquí?
Sage ni siquiera se inmuta ante la voz de Alistair. Mantiene la cabeza erguida y continúa caminando hacia nosotros.
Después de todo por lo que ha pasado, el psiquiátrico no ha logrado quebrar ese espíritu combativo que no le permite dejarse intimidar por nadie.
Bien. Me alegra que aún conserve su carácter. Así será más satisfactorio verla caer frente a mí cuando la destroce por completo y no quede ni una chispa de fuego en sus ojos.
—Necesito hablar con Silas —dice.
—Eso no responde a mi pregunta.
—Tu novia, Briar, me ha dicho que estabais aquí. Aunque no sabe que he venido. ¿Te sirve esa respuesta, Alistair?
Al ver que nadie le contesta, se vuelve hacia Silas, que sigue sentado, mirándola. Sus ojos vidriosos dan la impresión de haberse quedado atrapados en una especie de trance.
—Sé lo que estáis tramando —añade, y suelta un suspiro, como si le aliviara poder pronunciarlo por fin en voz alta—. Y quiero ayudaros.
Abro la boca para objetar o lanzar algún comentario hiriente con la intención de dejarle claro que no tiene ni puta idea de lo que está hablando, pero no llego a tiempo.
—Ni de coña —murmura Silas, sacudiendo la cabeza con determinación para subrayar su negativa—. Vete, Sage.
—No —se opone con firmeza—. Sé lo de la red de trata. Sé lo que le pasó a Rosemary y sé que los cuatro estáis descuartizando los cuerpos de los responsables. Sé que mi padre estuvo involucrado, y merezco hacerle pagar por ello.
Aprieto los dientes con tanta fuerza que casi me los rompo.
—Para el carro, Jessica Jones. ¿Que te lo mereces? —escupe Alistair, y se le escapa un resoplido áspero—. Siempre has tratado a Rose como una mierda, cuando lo único que ella hacía era preocuparse por ti. No tienes derecho a merecerte nada por sentirte culpable.
—¿Y crees que eso no me corroe por dentro?
—Gira la cabeza bruscamente hacia él y lo fulmina con esas llamas azules que tiene por ojos y que una vez me abrasaron la piel—.
Por supuesto que me siento culpable, pero eso no significa que supieras cómo era mi relación con mi hermana.
No tienes ni idea de lo mucho que me importaba. Era mi puta gemela.
—Perdona, se te ha olvidado mencionar un pequeño detalle: ¿cómo te has enterado de todo eso? —Thatcher estudia cada uno de sus movimientos con ojos inquisitivos, esperando a que le mienta.
—Vi el vídeo —susurra—. Lo tenía abierto en su ordenador. Supongo que se lo enviarían para chantajearlo. Lo vi sin querer y… y… —Se le quiebra la voz y se lleva los dedos a la clavícula para frotarse con nerviosismo la zona en la que se encuentra su cicatriz, a juego con la mía.
—¿Y qué? Venga. No tengo todo el día.
—Lo amenacé con contárselo a la policía y al día siguiente mandó que me ataran de manos y pies para internarme en un psiquiátrico.
Frank es un cobarde, pero es muy listo. Sabía que, si la gente se pensaba que estaba loca, aunque lograra salir de allí, nadie se creería ni una palabra de lo que dijera.
—Sus ojos se posan de nuevo en Silas y se suavizan, como si le implorara—.
Por favor, puedo ayudaros. Puedo llevaros hasta mi padre sin llamar la atención de la poli.
Es lo que necesitáis ahora mismo, ¿no? Acercaros a él sin levantar sospechas.
Puedo ayudaros si vosotros estáis dispuestos a ayudarme a mí.
Permanezco de pie con la mandíbula tensa.
Ya me engañó una vez. Esta no es más que otra de sus interpretaciones.
Otra máscara que se ha colocado para conseguir lo que quiere, pero no hay ninguna verdad tras sus palabras.
Ha dicho tantas mentiras a lo largo de su vida que ni siquiera ella misma sabe quién es en realidad.
Por más que intente que Silas y los demás caigamos en sus redes, yo ya he aprendido la lección y, diga lo que diga Silas, no pienso dejar que se acerque a los chicos ni a mí nunca más.
—No nos interesa tu ayuda y a ti no te interesa meterte en todo esto —responde, mirándola con dureza.
—Pero…
—He dicho que no, Sage.
—¿Por qué? —grita, manteniéndose firme.
Aunque parece que los ojos se le han humedecido, se niega a dejar caer ni una sola lágrima. Ambos se quedan en silencio durante unos instantes. Silas se pone de pie, levanta la vista al cielo y luego la baja de nuevo.
—Porque no es lo que Rose habría querido.
Nadie dice nada más. En ese instante, Sage comprende que no va a hacerlo cambiar de opinión y se vuelve hacia los demás, suplicando sin palabras; sin embargo, todos niegan a ceder a sus deseos.
Entonces, me mira a mí por primera vez.
Ha estado evitándome hasta ahora, y con razón. Debería haber intervenido, pero la voz me habría salido demasiado fría y brusca y los chicos se habrían dado cuenta enseguida de que había pasado algo entre nosotros.
Me guardé para mí lo que Sage me había hecho. No quería que nadie supiera que me la había jugado. Que me había traicionado de la manera más dolorosa posible.
—¿Rook? —dice con dulzura, provocando que se me revuelva el estómago.
Tiene los labios entreabiertos y el viento le alborota el pelo. Por un segundo, juraría que puedo incluso olerla. Da la impresión de ser la misma chica que aquella de la casa del lago.
Una chica con sueños a la que este pueblo le había cortado las alas.
Pero soy consciente de lo que se esconde debajo de toda esa fachada. De lo podrida que está en realidad.
—¿Por qué sigues aquí? Solo estás haciendo el ridículo.
Intento mantener un tono de voz neutro para no dejar traslucir ninguna emoción.
A diferencia de las de Silas o Alistair, mis palabras parecen abrir una grieta en su coraza. Observo cómo le cambia la expresión por completo y el rostro se le inunda de dolor. Han causado justo el efecto que pretendía: le han hecho daño.
Quiero que una oleada de emoción me arrase por dentro. Que la adrenalina me recorra todo el cuerpo. Quiero sentirme bien por devolverle una pequeña parte de lo que me hizo.
Sin embargo, solo siento vacío y un dolor insoportable. Lo mismo que cuando vi arder la casa del lago.
Pero ya me he cansado de toda esta mierda. Sé que oculta algo, como siempre, y no pienso permitir que eche a perder todo lo que hemos conseguido.
—Lárgate de una puta vez y vuelve al infierno del que nunca deberías haber salido. Aquí no eres bienvenida.