Las verdades que quemamos (Hollow Boys 2) 17
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Punto de ebullición

Rook

—¿Hay alguna razón por la que estés hoy de peor humor que de costumbre, Rook?

El filo del hacha atraviesa la madera justo por el centro, haciendo que los dos trozos salgan disparados en direcciones opuestas.

El sudor me resbala por la piel descubierta de la espalda mientras alzo la vista hacia Thatcher, que me observa desde su asiento, vestido de una manera exageradamente elegante.

Dejo caer el hacha al suelo y me seco las manos húmedas en los vaqueros. He estado un buen rato cortando leña como un condenado para la maldita hoguera que vamos a encender. Luego nos sentaremos alrededor y fingiremos que todo va bien.

Como si hubiéramos vuelto al instituto y este fuera un fin de semana más. Como si nuestras vidas no hubieran cambiado drásticamente desde entonces.

—No estoy de mal humor —gruño, recogiendo los troncos y arrojándolos al hoyo—. Solo necesito liberar un poco de tensión. Parece que soy el único al que le molesta sentarse a esperar de brazos cruzados.

—Eso no es verdad, y lo sabes —interviene Alistair, poniéndose de pie—. Queremos su cabeza en una pica tanto como tú. Deja de comportarte como si no estuviéramos en el mismo bando.

Me paso la mano por el pelo mojado y sacudo la cabeza en señal de desacuerdo.

—Entonces, ¿por qué no hemos hablado de ello? ¿O ideado un plan? Han pasado dos meses desde que Thatcher cortó a Greg en pedacitos. Dos putos meses, Alistair. Ya va siendo hora de que hagamos algo.

Siento que he alcanzado mi límite y estoy a punto de estallar contra el que tenga la mala suerte de encontrarse más cerca. Últimamente me he guardado demasiadas cosas que me han arrastrado a una espiral descendente de rabia.

—¿O es que has tenido la cabeza tan metida entre las piernas de Briar que ni siquiera te has dado cuenta?

Tres segundos.

Eso es lo que tarda uno de mis mejores amigos en plantarse justo delante de mi cara, con tanto ímpetu que nuestros pechos acaban chocándose. Los escasos centímetros de altura que me saca probablemente hacen que se sienta superior.

Me he pasado de la raya. Sabía exactamente cómo iba a reaccionar ante mis palabras, y por eso las he dicho. Quiero que me pegue un puñetazo o me lance un derechazo a la nariz. Lo que sea. Necesito desesperadamente que me inflija dolor.

—Ten cuidado con lo que sueltas por esa puta boca, Rook.

Te estoy avisando —brama, y contemplo cómo el marrón de sus ojos adopta un tono de negro más profundo que el de la propia noche—.

No te reviento a golpes porque todos estamos demasiado tensos, aunque apuesto a que me estás provocando aposta para que lo haga, pero ni se te ocurra pensar que a ti te importa más que a mí vengar a Rose.

Aprieto la mandíbula, le coloco las manos en el pecho y lo empujo con la suficiente determinación como para hacer que se tambalee.

—Deja de intentar controlarlo todo al detalle. Estoy empezando a hartarme de seguir tus órdenes, Caldwell.

Un torbellino de emociones se desata en mi interior y se apodera de mí por completo. No se me da bien contenerme. Suelo explotar y actuar por impulsos, pero no puedo seguir así. Toda esta mierda me está superando.

—¿Seguro que todo ese enfado es por mi culpa? ¿O tiene algo que ver con que tu padre no pare de pisotearte?

Ese comentario basta para que mi dique emocional se quiebre por la mitad y deje que toda la ira que había estado conteniendo salga disparada y arrase con todo a su paso.

Me lanzo hacia él, le rodeo la cintura con los brazos y le hundo el hombro en el estómago. Se le escapa un jadeo cuando lo aplasto contra el suelo y ambos caemos sobre la nieve helada.

Alistair utiliza su cuerpo para hacernos rodar y el frío me atraviesa la piel desnuda al quedarme bocarriba.

Los cortes que tengo en la espalda y que aún no han sanado del todo comienzan a arderme en cuanto me presiona contra el suelo.

Nuestras respiraciones se convierten en nubes de vaho visibles que flotan en el aire mientras nos revolcamos por la nieve.

Sin embargo, aún no me ha propinado ni un solo golpe, lo que provoca que me desespere aún más. Quiero que me haga daño. Lo necesito de inmediato.

—Rook —gruñe.

Pero no me detengo. Continúo empujándolo y le asesto un puñetazo contundente en un lado de las costillas.

Le fallé a mi madre, igual que ahora les estoy fallando a Rosie y a Silas. ¿Por qué nunca puedo ayudar a las personas que más me importan? ¿Por qué no puedo mantenerlas a mi lado?

Silas se aleja un poco más con cada día que pasa, y lo único que puedo hacer es limitarme a observar cómo se distancia. Por mucho que le insista en que se tome la medicación, sigue apartándome, y me mata por dentro verlo así.

Todo el mundo me está… abandonando.

—¡Rook! —grita más alto esta vez.

Me agarra de los hombros con ambas manos, me levanta y me estrella de nuevo contra la nieve. El cuerpo se me sacude entero, los huesos me crujen y la cabeza me rebota contra el suelo duro.

No puedo evitar toser de dolor al sentir cómo se me abren los cortes de la espalda. Los hilos de sangre que brotan de ellos se mezclan con la nieve derretida y me empapan la piel. Me los hice hace unos días y ya estaban empezando a cicatrizar, pero ahora tardarán aún más en cerrarse.

Una mano enorme me sujeta por la nuca y tira de mí hacia delante hasta que mi cabeza choca con su pecho. Entonces, me inmoviliza en esa posición. El cuerpo se me pone rígido y trato de zafarme de su agarre, pero lo único que consigo es que apriete con más fuerza.

—¡Joder! —bramo.

Antes de llegar a la Cima, me pasé por la gasolinera para comprar líquido para encendedores, y el cabrón de Frank Donahue tuvo los cojones de hablarme en la cola para preguntarme por la universidad. Incluso pronunció el nombre de Silas para saber cómo le iba a él.

Lo único en lo que podía pensar mientras lo veía abrir esa sucia boca era en arrancarle la lengua de cuajo por haberse atrevido a pensar en Silas o en Rose. Jamás he tenido que contenerme de esa manera, y me costó horrores irme de allí sin prenderle fuego a aquella gasolinera con él dentro.

Esa ha sido la gota que ha colmado el puto vaso de mierda.

Ya no aguanto más.

No puedo seguir esperando.

—Lo entiendo. Sé cómo te sientes —murmura—. Yo también la echo de menos. Sé que parece que no estamos haciendo nada y que estamos dejando que ese hijo de puta se pasee por ahí como si nada, pero te prometo que le llegará su hora, Rook. Tendrá lo que se merece.

En todos los años que llevo conociendo a Alistair, nunca ha roto ni una sola promesa de las que me ha hecho.

Ni siquiera cuando fui a pedirle que no se contuviera conmigo en el ring durante nuestras sesiones de entrenamiento tras darme cuenta de que las primeras veces no estaba empleándose a fondo, y lo último que yo necesitaba era que me tratara como a una flor delicada.

Él fue el primero en ser consciente de ello.

El único que entendió que el dolor y el castigo me ayudaban a sobrevivir el día a día.

Sobre todo, ahora que, por muchos golpes que reciba, la culpa sigue impregnando cada fibra de mi ser por el simple hecho de estar vivo mientras ella se encuentra bajo tierra.

Alistair siempre parece saber qué necesita el resto.

Pero lo que él no sabe es que, para colmo, alguien que jamás debería haber regresado de entre los muertos ha irrumpido en mi clase de latín con su pelo de color fresa, esas pecas que le salpican el rostro como si le hubieran espolvoreado canela y un aspecto mucho más delgado, pero el doble de letal.

Aquí no le queda nada, así que no tengo ni puta idea de por qué coño ha vuelto.

Sabía que la habían ingresado en el Instituto de Salud Mental Monarch, no porque me importara, sino porque la gente no dejaba de hablar de ello.

Pero, si ya le han dado el alta, ¿qué cojones hace aquí?

¿No debería estar en Los Ángeles a estas alturas?

¿Por qué leches no podía mantenerse lejos?

—¿Vosotros dos os lleváis bien alguna vez? —interviene Thatcher.

Le coloco las manos en el pecho y lo empujo hasta apartarlo de mí. Entonces, me ofrece el brazo para ayudarme a levantarme y se lo acepto. Solemos desafiarnos el uno al otro con frecuencia, más que con los otros chicos. Nuestras emociones nos sobrepasan a menudo y tenemos la sangre caliente.

Silas y Thatcher, en cambio, pueden ocultar lo que sienten sin esfuerzo. Bueno, Thatcher directamente no siente nada, joder. Sin embargo, Alistair y yo nos alimentamos de la ira. La usamos como combustible.

—La verdad es que no, pero nos sirve —contesto—. Lo siento —añado, dirigiéndome a Ali.

Me da en la cabeza con la palma de la mano.

—No vuelvas a hablar así de Briar. Estás empezando a caerle bien de verdad.

—¿Y de mí qué? ¿No dice nada?

Ambos miramos a Thatcher, que tiene la osadía de hacerse el tonto cuando sabe de sobra que Briar Lowell no lo aguanta, aunque, por algún motivo que no alcanzo a comprender, se esfuerza por que siga siendo así.

A mi espalda, comienzo a percibir unos pasos que avanzan hacia nosotros. Reconozco enseguida quién se está acercando antes de que aparezca en mi visión periférica.

Silas se queda de pie, con las manos en los bolsillos y la mirada perdida, contemplando la silla que se encuentra en el lado derecho del fogón, esa en la que solía sentarse con Rosemary en su regazo. Daría cualquier cosa por saber en qué piensa.

Pero todos sabemos que siempre está pensando en ella.

—Ey, tío —lo saludo—. ¿Vienes de ver a tus padres?

Entonces, parece reparar en nuestra presencia y se quita la capucha, dejando al descubierto su cabeza rapada.

—Sí.

—¿Siguen intentando sobornarte para que te vayas?

—No paran de insistirme. Y desde que pasó lo de Rose, se han puesto todavía más pesados.