Las verdades que quemamos (Hollow Boys 2) 16 #2
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En una de mis clases, me he enterado de que Jason Ellis organizó la fiesta de bienvenida del año pasado y, por lo visto, su casa acabó tan destrozada que sus padres le quitaron la tarjeta de crédito negra como castigo.

También he escuchado algo de que hubo disparos en el juego que organizan todos los años para los estudiantes de primer año y que uno de los Hollow Boys ya no está en el mercado, dato que parece haberles impactado más que si las ranas criasen pelo.

Hace años, me habría reído al enterarme de algo así. No me habría cabido en la cabeza que alguien fuera capaz de salir con unos tíos que están tan mal de la cabeza y tienen tan mala fama, pero ahora no me cuesta creerlo.

Si se parecen mínimamente en algo a Rook, imagino que todos esconden secretos tras esa fachada repleta de caos y, una vez captas los destellos de ese lado que ocultan y empiezas a comprenderlos, es difícil no encariñarse con ellos y la oscuridad que traen consigo.

Lo más triste de todo es que Rook no llegó a mostrarme ni la mitad de las heridas y los secretos que guardaba y, aun así, me enamoré de él.

Me da miedo pensar que la única persona en Ponderosa Springs que sabe algo sobre mí y que podría usarlo en mi contra es Rook Van Doren, un Hollow Boy conocido por su crueldad. No solo me destrozaría si decidiera contárselo a alguien, sino que me partiría el corazón en mil pedazos una vez más.

Me envuelvo bien en mi abrigo largo y me dispongo a cruzar de un edificio a otro a toda prisa.

Enero en Oregón siempre trae nieve, así que el campus está cubierto de un manto blanco que le brinda un aspecto aún más inquietante, a pesar de que los demás estudiantes ya han vuelto de las vacaciones de Navidad.

Es imposible no estremecerse ante las gárgolas que te persiguen con la mirada y que algunos creen que, en realidad, son cámaras; las fuentes de agua congelada que se encuentran frente a algunos edificios; la nieve que corona las afiladas puntas de las torres y el viento salado que te azota la piel como un látigo cada vez que cruzas un espacio abierto y que proviene de la costa sobre la que se erige el campus.

Consigo llegar al Comedor Salvatore antes de que se me congelen los pezones.

Apoyo las manos en las puertas y, en cuanto empujo para abrirlas, siento de inmediato el calor del interior en las mejillas.

Ahueco las manos delante de la boca y echo el aliento sobre ellas mientras paso junto a algunos estudiantes que no conozco.

Ya debería estar más que acostumbrada a los edificios extravagantes y a lo que albergan, pero cada sitio al que entro en Hollow Heights me recuerda por qué es una universidad tan codiciada.

El comedor es gigantesco y cuenta con un techo altísimo del que cuelgan varias lámparas de araña circulares de dos niveles repletos de bombillas transparentes que se asemejan a las velas.

Al bajar la mirada, me encuentro con un sinfín de filas de mesas de seis sillas apiñadas en la estancia.

Tras tomarme un momento para admirar la pintura del techo, que rinde homenaje a la Capilla Sixtina, me pongo a la cola para coger el almuerzo.

Aunque antes me habría resultado impensable poner tanto empeño en mimetizarme con el resto, ahora siento que es justo lo que debo hacer si quiero sobrevivir.

Agacho la cabeza y me toco el oído derecho para que mis AirPods reproduzcan música y ahoguen el murmullo animado de las conversaciones que me rodean. Entonces, empiezan a sonar The Righteous Brothers y dejo que sus voces calienten lo poco que queda de mi alma desgastada.

Cuando ya tengo la bandeja lista, localizo enseguida una mesa vacía en una esquina, apartada de miradas curiosas, y me acomodo en ella, pero, antes de proceder a hincarle el diente a mi almuerzo, me pongo a dividirlo todo en diferentes secciones.

Estoy tan acostumbrada a los separadores del psiquiátrico que la simple idea de que la comida se toque me da ganas de vomitar.

Me he pasado tanto tiempo fuera que aquella institución mental me resulta más acogedora que este lugar.

Solo espero que todo esto acabe pronto y pueda largarme de una vez por todas.

A pesar de que no tengo claro a dónde ir todavía, sé que necesito alejarme de este rincón del mundo y no volver jamás.

Antes soñaba con Hollywood o Los Ángeles, pero ahora me invade un vacío asolador al imaginarme viviendo allí.

Ya no siento que pertenezca a ningún sitio. Todo ha dejado de tener sentido.

—¿Sage?

«Me cago en mi puta suerte».

—He oído que habías vuelto, pero pensaba que era broma. ¡Qué fuerte que estés aquí! Te hemos echado de menos.

Levanto la vista hacia Mary mientras pincho una uva con el tenedor; a continuación, me la meto en la boca y me recuesto en la silla. Lizzy se encuentra de pie junto a ella, saludándome con un gesto torpe de la mano.

Las palabras de Mary no coinciden con la expresión de su rostro. Irradia una satisfacción triunfal, como si hubiera conseguido ocupar mi puesto en Ponderosa Springs. Aunque, en cierto modo, es lo que ha hecho.

—Ay, qué mona —contesto, masticando la fruta—. Lo mismo digo. No he dejado de pensar en mis dos mejores amigas en todo el tiempo que he estado encerrada en el psiquiátrico.

Sonrío con una ternura fingida, parpadeando más veces de la cuenta.

—Quería ir a visitarte —empieza a excusarse Liz, pero cuando Mary le da un toquecito con la cadera, como si no fuera a darme cuenta, suelta un suspiro de frustración en respuesta y, acto seguido, se corrige—: Queríamos ir a visitarte, pero tu padre insistió en que te recuperarías antes si te dejábamos tranquila.

Creo que Lizzy podría haber sido una buena amiga si le hubiera dado la oportunidad; sin embargo, como se limitaba a seguirme sin rechistar, ahora obedece las órdenes de su nueva jefa.

Se me escapa la risa.

—Qué considerado por su parte. Me alegra que le hayáis hecho caso. Desde luego, me ha servido para ponerme mejor —les espeto con sarcasmo—. Además, seguro que estabais muy ocupadas con la graduación.

—Oye, Sage —dice Mary, echándose los mechones perfectamente rizados de su melena por detrás del hombro, lo que provoca que me den ganas de arrancarle la diadema de la cabeza y pegarle con ella—.

Quería hablar contigo sobre East. Todo lo que pasó fue muy duro y nos apoyamos el uno en el otro. Te echábamos de menos. Fue…

Lo que más me gusta de esta nueva versión de mí misma es no tener que esconder lo que siento de verdad.

—Me importa una mierda que te estés tirando a mi ex —interrumpo su disculpa; no me hace falta escucharla—. Me alegra que te hayas quedado con mis sobras, Mary. Así me dejará tranquila de una puta vez.

No podría darme más igual a quién se esté follando Easton Sinclair, siempre y cuando no sea a mí.

—Al fin y al cabo, es lo que siempre has querido, ¿no? Por eso te hiciste mi amiga. Para poder tener lo mismo que yo —añado.

Sabía que Mary ansiaba la atención que yo recibía con tanta facilidad en el instituto.

Llevaba todo este tiempo esperando a que me estrellara para poder ocupar mi puesto.

Y no la culpo. Este lugar te enseña a ser un buitre, de modo que haces lo que sea para sobrevivir, pero resulta mucho más sencillo cuando te encuentras en lo más alto de la cadena alimentaria.

—No te pongas así por haber dejado de ser la más popular. Nadie quiere estar cerca de alguien que necesita una camisa de fuerza.

—Ay, no. ¿Qué va a ser de mí ahora que no cuento con la aprobación de los fracasados de este pueblo? —respondo con dramatismo, llevándome el dorso de la mano a la frente como si me estuviera tomando la temperatura—. Me temo que no voy a poder soportarlo.

No sé qué le molesta más, si mi sarcasmo o que no me importen una mierda sus ataques.

—¿Sabes qué? Me das lástima —dice con una sonrisa amarga—. No solo has perdido a tu madre y a tu hermana, sino también la cabeza. Por eso crees que puedes tratarme tan mal, porque total, ¿qué más puedes perder? Ya no te queda nada.

Aprieto los dientes con tanta fuerza que oigo cómo me chirrían.

—Tienes razón. No me queda nada más que perder.

Parece satisfecha consigo misma, como si hubiera conseguido ponerme en mi sitio y mostrarme que ahora es ella la que manda.

—Todo el mundo se ha enterado ya de mis trapos sucios, así que no tienes nada con qué atacarme —añado, y me paso la lengua por el labio inferior a la vez que inclino la cabeza hacia un lado—.

Los tuyos, en cambio, todavía no se han aireado, y me sé todos y cada uno de los secretos que guardáis las dos.

Si vuelves a hablar de mi hermana, pienso acabar con vosotras.

¿Te ha quedado claro, princesita? —remato con una falsa dulzura.

Mi amenaza permanece flotando en el aire mientras ambas repasan mentalmente la lista de secretos que puedo usar contra ellas. Y saben que no me estoy tirando ningún farol: nada me impide exponerlas a ambas.

Los ojos se le abren lo suficiente para darme a entender que le han impactado mis palabras.

A pesar de que tengo asuntos mucho más importantes de los que ocuparme, si se interponen en mi camino y Mary empieza a hablar de lo que no entiende, no dudaré en ir a por ellas.

Mary abre la boca, dispuesta a seguir cavando su propia tumba, pero alguien la interrumpe antes de que pueda cagarla aún más.

—¿Va todo bien por aquí?

Al fijarme en la persona que acaba de meterse en nuestra conversación, me doy cuenta de que no la reconozco ni a ella ni a la chica que la acompaña.

Lizzy agarra a Mary del brazo e intenta llevársela.

—Venga, vámonos —murmura.

Sin embargo, Mary hace caso omiso a los ruegos de su amiga.

—Perfecto. —Se ríe con sorna—. Vas a sustituirnos por la friki de los bichos y la nueva puta de los Hollow Boys. Deberías andarte con cuidado, Briar. La última chica que se juntó con ellos acabó muerta. ¿Verdad, Sage?

Apoyo las manos sobre la mesa y arrastro la silla hacia atrás con un chirrido para levantarme.