Las verdades que quemamos (Hollow Boys 2) 16
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El pasado llama a tu puerta

Sage

Hollow Heights.

La puerta al éxito. La universidad más prestigiosa de todas.

Si estudias aquí, tienes asegurado cualquier trabajo que se te venga a la mente. Da igual que tus competidores se hayan graduado con honores en la mismísima Harvard; siempre se te ofrecerá a ti primero el puesto, porque en estos círculos todo gira en torno al legado y, por supuesto, el dinero.

El simple hecho de entrar ya significa que vales más que la mayoría.

Mucha gente se pasa toda su vida soñando con ser admitida en esta infame universidad; para mí, en cambio, es una auténtica pesadilla haber acabado en este lugar.

Se me había olvidado lo fina que parece aquí la línea entre lo elegante y lo macabro.

El enorme campus es un laberinto de torres y edificios aislados y rodeados de pinos color verde oscuro. La niebla da la impresión de haberse asentado sobre cada rincón de este sitio como si formara parte de la propia universidad.

Se me hace raro llevar mi antigua ropa, que ahora me queda un poco más ancha por el peso que he perdido.

Noto que me roza partes del cuerpo de las que ni siquiera era consciente, a diferencia del uniforme que me han estado obligando a llevar durante todo este tiempo.

El repiqueteo de mis zapatos me retumba en los oídos con cada paso que doy mientras recorro los pasillos en busca del aula en la que se imparte la primera clase que me toca.

La cabeza me da vueltas al contemplar la imponente altura del techo y los patrones circulares que enmarcan los vitrales oscuros de estilo gótico por los que apenas logra penetrar la luz.

Odio estar aquí.

Pero no estoy nerviosa.

Tengo trabajo que hacer. Un plan que seguir. Un papel que interpretar.

No estoy aquí para llevar al día los deberes o recibir una educación de primera, sino para vengarme de los imbéciles que me han dejado salir del psiquiátrico. La idea de presenciar cómo se apagan los ojos de mi padre al perder la vida me da fuerzas para seguir adelante.

Es lo mínimo que puedo hacer por Rose. Después de lo mal que me porté con ella cuando aún estaba viva, se merece que su asesino reciba un castigo justo. Da igual cuánta sangre deba derramarse.

Su muerte y el hospital psiquiátrico me han cambiado por completo.

Antes, al mirarme al espejo, solía ver a una chica aguardando el momento de alzar el vuelo y comenzar a vivir de verdad; en cambio, ahora no veo nada más que la sombra de lo que fui.

No tengo ni idea de quién soy, qué me gusta o qué me hace feliz. Me limito a respirar y a moverme por inercia, como si mi existencia fuese igual de irrelevante que las diminutas ondas que se forman en un estanque tras lanzar una piedra.

Mis sueños se esfumaron tan rápido que he empezado a preguntarme si alguna vez los tuve en realidad. Me he perdido a mí misma, y me he acostumbrado a esa sensación.

Aunque, en este preciso instante, también me he perdido en el sentido más literal de la palabra. Justo cuando siento que los infinitos pasillos de Hollow Heights van a engullirme, acude en mi rescate el orientador de la universidad, Conner Godfrey.

A pesar de que nunca le he prestado demasiada atención, es una persona agradable.

—¿Puedo ayudarte en algo? —pregunta, y le echa un vistazo al horario que tengo entre las manos antes de señalar una puerta al final del pasillo—. Esa es el aula que estás buscando. Si necesitas ayuda con el horario o no sabes dónde está algo, pásate por mi despacho, ¿de acuerdo?

—Gracias —respondo, esbozando una pequeña sonrisa.

Cuando lo veo alejarse por el pasillo, procedo a fijarme en el número que se indica en las placas colocadas al lado de cada puerta y en el nombre del profesor que aparece debajo. Después de revisar por última vez mi horario, respiro hondo y me detengo enfrente del aula veinticuatro.

La asignatura que me toca es Latín I.

El cuello de la blusa blanca que llevo parece oprimirme la garganta y estoy empezando a arrepentirme de haberme puesto esta falda negra. El aire me pasa demasiado cerca de los muslos desnudos y provoca que el frío me cale todo el cuerpo, pese a la chaqueta roja que me cubre los hombros.

Me armo de valor para enfrentarme a todas las miradas curiosas que van a posarse sobre mí.

Sage Donahue ha vuelto. Y están a punto de darse de bruces con una versión mucho más despiadada de la que recuerdan. Porque ahora todo me importa una mierda.

Abro la puerta y el eco de mis zapatos llena el silencio que se ha apoderado de la clase en cuanto han reparado en mi presencia.

Todo el mundo tiene los ojos posados en mí.

La mayoría de los rostros que capto entre la multitud me suenan del instituto, pero también hay algunos desconocidos que preguntan en voz baja quién es la chica que acaba de petrificar al aula entera.

Incluso la profesora, que se supone que debe mantener una actitud profesional, ha dejado lo que estaba haciendo para mirarme, así que permito que todos me observen boquiabiertos y que se imaginen lo que quieran sobre mi paradero y lo ocurrido.

Seguro que nada de lo que sus minúsculas mentes puedan concebir es más atroz que la realidad.

—Señorita Donahue —dice la profesora, aclarándose la garganta—. Por favor, tome asiento y procure no llegar tarde la próxima vez para no interrumpir la clase.

Esas palabras parecen devolverlos a la realidad, como si de pronto fueran conscientes de dónde se encuentran y de qué están haciendo.

Cuando retoman sus conversaciones y bajan la vista a sus respectivas mesas, aprovecho para recorrer con la mirada las filas de asientos en busca de uno libre y, a ser posible, apartado del resto.

Sin embargo, me encuentro con unos ojos entrecerrados y abrasadores.

Los mismos que me quitan el sueño por la noche.

Sabía que tendría que verlo. Al fin y al cabo, me han encomendado precisamente que me ponga en su camino, así que creía que, una vez llegara el momento, estaría lista para comprobar cómo le habían sentado todos estos meses.

Me había imaginado un sinfín de posibilidades, pero ninguna podría haberme preparado para el efecto que tiene sobre mí.

Siempre consigue pillarme por sorpresa.

El tiempo lo ha tratado bien.

Ya no está tan delgado; ahora su figura es mucho más imponente.

Teniendo en cuenta lo ajustada que le queda la camiseta negra de manga larga, intuyo que el pecho se le ha ensanchado.

Los brazos también parecen más robustos, a juzgar por la forma en la que la tela se ciñe a su alrededor, y se ha adornado las manos con tatuajes.

El corazón me da un vuelco al fijarme en los mechones que le sobresalen por debajo de la gorra que lleva del revés.

Todavía no he visto a nadie a quien le siente tan bien como a él.

La luz se refleja en el diminuto pendiente de plata que le atraviesa la ceja y da la impresión de que tiene una raya que le separa el pelo.

Está colocado. Lo sé por la lentitud con la que sus ojos se deslizan sobre mi cuerpo. No hay interés ni deseo, sino repulsión.

Ni siquiera la maría ha conseguido atenuar el odio que siente hacia mí.

Y eso es lo que más me duele.

Puedo lidiar con el hecho de verlo o de que haya cambiado, pero no soporto que me mire con ese rencor tan visceral que parece rasgarme la piel, haciéndome revivir aquella despedida y la agonía de haber quebrado su confianza una y otra vez.

Sé que preferiría no haberme conocido nunca. Aun así, soy consciente de que, por mucho que me odie, se odia más a sí mismo por haberse permitido confiar en mí, y el dolor que me atraviesa el pecho solo de pensarlo me resulta insoportable.

Me llevo la mano a la clavícula de forma inconsciente y acaricio la cicatriz que se esconde bajo mi ropa. Lo he hecho muchas veces para buscar consuelo desde que nos separamos, con la esperanza de que la marca que compartimos pudiera invocar los recuerdos felices que habíamos vivido.

Se queda contemplando el gesto durante un segundo, pero, cuando vuelve a clavar sus ojos en los míos, me siento como si me hubieran lanzado un jarro de agua fría en el acto.

Están inquietantemente vacíos. No soy capaz de percibir ninguna emoción en ellos, ni siquiera la repulsión o el odio que destilaban antes.

Se me forma un nudo en el pecho al darme cuenta de que no siente absolutamente nada por mí.

El Rook que conocía, ese que quería tenerme a su lado desesperadamente y que llegué a creer que podía amarme… ha desaparecido para siempre.

Es increíble lo mucho que cambian las cosas cuando estás fuera.

Al parecer, el mundo sigue girando, aunque la gente muera o sea desterrada a un psiquiátrico, como es mi caso.

La clase de esta mañana estaba siendo bastante incómoda, pero, diez minutos después de que me sentara, Rook se excusó para ir al baño y no volvió. A partir de ahí, dejé de prestar atención y me perdí pensando en planes y estrategias.

Aun así, sigo sin saber cómo puñetas voy a conseguir que me crean cuando les diga que estoy de su lado y que quiero ayudarlos a vengar a mi hermana. Nunca me permitirán unirme a ellos si no confían en mí, pero igualmente no pierdo nada por intentarlo.

La única opción que tengo es recurrir a Silas.

Si lograra hablar con él lo suficiente, podría explicarle que solo quiero destruir a mi padre y aplastarlo como a un insecto hasta que su existencia quede reducida a la nada. Una vez acabemos con él, desapareceré de sus vidas y no volveré a molestarlos jamás.

Él debería entender mejor que nadie lo importante que es esto para mí.

Me he convertido en la comidilla del campus, tal y como sospechaba, pero he aprovechado que la gente de mi alrededor parecía tener la lengua suelta y me he puesto al día con todo lo que me he perdido durante estos meses.

Es alucinante la cantidad de cosas que se atreven a decir los demás cuando llevas auriculares puestos y se creen que estás escuchando música.