Las verdades que quemamos (Hollow Boys 2) 15 #2
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—Lo… Lo siento. Mi jefe odia el olor. Yo no tengo nada en contra, me-me da igual —responde tartamudeando, como si su supervivencia dependiera de esas palabras.

—Dile a tu jefe que venga él la próxima vez si tanto le molesta, ¿entendido?

Me pongo de pie, me meto la mano en el bolsillo trasero para sacar algo de dinero y lanzo un billete de cincuenta sobre la mesa como propina para ella.

Esto no es más que un recordatorio cruel de lo desolador y monótono que ha sido este año.

No puedo aferrarme a nada. Al parecer, no soy capaz de mantener a mi lado a las personas que me importan; siempre que dejo que una mujer entre en mi vida, o muere o me la juega. No pienso volver a permitirlo jamás.

He tenido de sobra con la muerte de Rose, el desastre de Sage y el asesinato de aquellos cerdos.

No sé si será solo cosa mía, pero cuanta más sangre derramamos, más vacío me siento por dentro. No porque me importen esos tíos, sino porque ni siquiera matarlos ha servido para aliviar el dolor de haber perdido a Rose.

Cada vez que miro a Silas me siento como si me pegaran un puñetazo en el estómago.

Por muchas gargantas que cortemos o cuerpos que descuarticemos, no vamos a poder traerla de vuelta. Y odio admitir lo mucho que me duele pensarlo.

Era demasiado buena para este mundo, demasiado pura, y la vida nos la arrebató de golpe con sus sucias garras.

Necesito una hierba más potente.

Algo que me permita dejar la mente en blanco.

Que me haga olvidar.

Me abro paso entre las mesas y el humo y, cuando salgo por la puerta principal, me doy de bruces con una lluvia fría y densa.

—De puta madre —maldigo, consciente de que las gotas van a atravesarme la ropa como si fueran balas de camino a casa.

Me subo la capucha y cruzo la calle a trote para dirigirme a donde he aparcado.

Al poner un pie en la acera, miro a mi izquierda un segundo y empiezo a caminar en la dirección opuesta. Entonces, me choco con alguien que venía justo por ese lado y el golpe me saca de mis pensamientos.

—Mierda —gruño.

Cuando echo un vistazo hacia abajo, me percato de que se le han caído algunas cosas del bolso. Me agacho para ayudarla entre risas por culpa de la maría. Tengo la amabilidad justa para ser cortés con la gente y un asesino al mismo tiempo. Ironías de la vida.

Extiendo la mano para coger un par de objetos al azar: un bálsamo labial, un bote de pastillas de ibuprofeno y una piedra roja. Pero la desconocida choca sus botas marrones empapadas de agua y alza una mano hacia mí para que me detenga.

—¿Hasta cuándo vas a seguir adentrándote en la oscuridad antes de comprender que no queda nada bueno en ella?

Doy un paso atrás y frunzo el ceño.

—¿Qué?

—El Diablo —dice un poco más alto, recogiendo tres cartas que hay tiradas sobre el cemento mojado junto al resto de sus pertenencias—.

Has permitido que el mundo cargue sobre tus hombros toda su maldad, cielo, y te has convertido en lo que los demás esperaban de ti, pero ¿quién eres en realidad? ¿Te sientes identificado con él?

Acto seguido, me tiende una carta con detalles en negros y dorados, en cuyo centro se ve la ilustración de un hombre con cuernos sentado sobre un trono que se cae a pedazos.

Por un segundo, creo estar alucinando, pero todo empieza a cobrar sentido cuando le echo un vistazo a la tienda de la que ha salido y leo el letrero de neón que reza: « Trinity Spiritually. Quiromancia, tarot y otras necesidades espirituales ».

Vuelvo a fijarme en los definidos rizos rubios que le sobresalen por debajo del gorro y esos ojos vivaces que parecen saber con exactitud cómo voy a reaccionar a sus palabras.

—No pienso pagar para que me leas las cartas —mascullo mientras sigo recogiendo el resto de sus cosas.

Una vez he acabado, me aparto y me dispongo a dejarla sola con sus rollos de chiflada.

—Yo no controlo a quién o de qué hablan las cartas. No te están pidiendo nada, solo quieren advertirte.

«Se ve que tengo pinta de ser el típico panoli que se traga todas estas chorradas místicas».

—Pues diles que no me interesa nada de lo que tengan que decirme, así que guárdate para ti lo que te cuenten, ¿vale?

No me apetece seguir perdiendo el tiempo con esto.

Bajo la vista y la veo ahí de pie bajo la lluvia, envuelta en un chal que se le ciñe a los hombros, como si no le importara ni lo más mínimo que el agua le calara hasta los huesos.

—Qué muchacho tan terco. —Levanta una ceja—.

Te estoy diciendo que la Suma Sacerdotisa —le da un golpecito con el dedo a la carta del medio— viene a por ti.

No podrás seguir huyendo por mucho más tiempo de tu pasado.

Vas a tener que enfrentarte a ella, al dolor, a tu corazón roto.

Y será pronto. Si la sigues esquivando, solo cavarás más hondo tu propia tumba; en cambio, si la miras de frente, obtendrás la redención que tanto necesitas.

¿Cómo coño he acabado aquí? ¿Por qué parezco tener un imán para estas mierdas?

Se me revuelven hasta las entrañas del cabreo. Ya me taladran suficiente la cabeza en casa con este tipo de discursos, solo que en otro formato.

La espiritualidad y la religión no se diferencian tanto. Al fin y al cabo, ambas recurren a sus profecías autocumplidas.

No sirven para hacer el bien ni para ayudar al prójimo, sino para manipular y mantener a la gente a raya.

Se inventaron con el único fin de asustar a los demás y obligarlos a cumplir unas normas que jamás habrían acatado si no se les hubiera infundido ese temor al hombre omnipresente y vengativo que habita el cielo.

Lo único que me faltaba esta noche es que me amenazaran diciéndome que una sacerdotisa viene a por mí.

—Ya está bien —la corto.

Aparto la mirada, voy hacia mi moto y paso la pierna por encima del asiento. Aun así, se ve que no capta la indirecta, porque me sigue y se coloca a mi lado.

—No me hacen falta tus gilipolleces de bruja. No me las trago —repito con firmeza para dejar clara mi postura mientras me pongo el casco y forcejeo con la correa para abrochármelo.

—No es mi intención que te las creas. —Con un gesto sereno, me extiende la última carta junto con una tarjeta de visita y deja caer ambas sobre mi regazo—.

El diez de espadas, chico. Si no te replanteas el camino que has tomado, te aguarda un final amargo.

Uno lleno de pérdidas y traiciones, tan brutal y despiadado que no lograrás salir sano y salvo.

Cuida estas cartas y, si algún día logras sanar las heridas que te ha causado la religión, pásate por aquí y déjame leerte la mano.

Presiento que tienes una gran historia que contar.

Dicho eso, se da media vuelta y se aleja caminando bajo la lluvia con el repiqueteo de sus botas, como si no acabara de soltarme todo un discursito de pseudopsicología barata.

Bajo la vista hacia mi regazo. La tarjeta rectangular de color blanco tiene su nombre impreso seguido de un número de teléfono. « Bliss St. James ».

La carta que se encuentra a su lado sigue el mismo patrón de negros y dorados que las otras, pero en esta aparece un hombre cabizbajo con múltiples espadas clavadas en la espalda que dan la impresión de hundirlo cada vez más.

Tiene los brazos extendidos, como si suplicara ayuda, pese a ser consciente de que no va a serle concedida.

El viento se levanta de pronto y la lluvia comienza a caer con más fuerza. Un escalofrío me recorre los brazos al notar el agua helada que me empapa la ropa.

A la gente como ella se le da muy bien leer el lenguaje corporal de los demás y percatarse hasta del más mínimo detalle. Esa es la única razón por la que ha podido adivinar mi postura ante la religión. Al fin y al cabo, así es como se ganan el pan.

Pero yo no pienso caer en esas tonterías.

Lanzo las dos cartas al suelo con total indiferencia para que el agua de la lluvia las destroce.

A continuación, giro la llave y dejo que el motor ruja entre mis muslos.

La fuerza que me atraviesa con cada vibración hace que se me caliente el cuerpo.

Por último, me bajo la visera del casco y todo a mi alrededor se sume en una oscuridad aún mayor.

Que le den por culo a la intervención divina. No necesito redención.

Si Dios tiene algún problema conmigo, ya sabe dónde buscarme. Hasta entonces, seguiré arrancando cabezas para asegurarme de que todos los responsables de la muerte de Rose ardan vivos en las llamas del infierno.