15
Diez de espadas
Rook
Dicen que la paciencia es una virtud, pero yo no la conozco.
Aunque, a decir verdad, tampoco es que tenga muchas virtudes. Tiendo más a identificarme con aquello que suele considerarse un pecado, como la lujuria, la ira o el orgullo.
Odio esperar. Soy un animal que se guía por el instinto y la adrenalina. No me detengo a pensar antes de actuar; me limito a dejarme llevar por el impulso primitivo de destruir cosas.
Sin embargo, a pesar de que en este primer semestre en la universidad no he aprendido apenas nada sobre fórmulas químicas, todo este tiempo me ha servido para darme cuenta de que la paciencia es fundamental a la hora de planear una serie de asesinatos y ataques…
Sobre todo ahora.
Todos sabíamos que, una vez que nos pusiéramos en marcha, no nos detendríamos hasta que cada uno de los implicados en la muerte de Rosie acabara desangrado o despedazado. También éramos conscientes del peligro y de las consecuencias a las que tendríamos que hacer frente.
El FBI lleva un tiempo husmeando, haciendo preguntas y recabando información.
Todavía no nos han interrogado ni citado directamente a nosotros, pero no somos tontos.
Sabemos de sobra lo que opina la gente de este pueblo.
Si les piden que señalen a algún sospechoso, no dudarán en dar nuestros nombres.
La reputación que nos hemos forjado a lo largo de todos estos años es un arma de doble filo que nos protege y nos perjudica a partes iguales.
Aun así, no me importa lo más mínimo que tengamos a la poli encima.
Me he pasado casi un año entero viendo cómo mi mejor amigo se convertía poco a poco en una sombra de sí mismo. Silas nunca había sido una persona especialmente alegre, pero todos intuíamos que dentro de él había mucho más de lo que dejaba traslucir.
Y ahora no le queda nada. Su luz se ha apagado.
Le han arrancado el alma y la han hecho añicos.
Me muerdo el interior de la mejilla, intentando no pensar en aquellos primeros meses en los que se negaba a salir de su cuarto y yo me tiraba días tumbado en el suelo al otro lado de la puerta, escuchando a su madre llorar porque le aterraba la idea de que su hijo mayor se quitara la vida.
Ni siquiera tuve tiempo de llorar a Rose.
Al menos, no como yo hubiera querido.
Estaba tan ocupado intentando que Silas no hiciera ninguna locura que no llegué a aceptar del todo que nos había dejado. Que se la habían arrebatado a él, al igual que a todos nosotros.
Ya no había nadie que me llamase RVD y que me dejase alborotarle el pelo. El día que ella murió, perdí a una hermana pequeña y a un hermano.
La furia que me recorre todo el cuerpo en este instante es mucho más abrasadora que cuando empezamos a investigar su muerte, porque ahora sabemos quiénes son los culpables.
En cuanto Alistair nos contó lo que se veía en el vídeo que había encontrado con Briar, quise actuar de inmediato.
Me entraron ganas de destriparlo como a un pez, echarles de comer sus restos a los perros y luego pasarme un día entero pensando en la forma más dolorosa de torturar a alguien antes de poner a prueba mis ideas con Frank Donahue.
Nunca dejará de atormentarme lo poco que le costó elegir a Rose y lo egoísta que fue al elegir entre dos seres humanos a los que él mismo había dado la vida y había visto crecer.
Greg ha recibido su merecido. Admitió haberle inyectado la droga que le causó el choque anafiláctico que acabó llevándola a la muerte, así que nos encargamos de que pagara por ello.
Pero Frank sigue vivito y coleando, paseándose por ahí con una sonrisa, como si sus decisiones no hubieran provocado que asesinaran a su hija. Él es el principal motivo por el que toda esa escoria que lo rodea debe morir.
Empiezan a temblarme las manos por culpa de los impulsos irracionales que trato de controlar con todas mis fuerzas para no quitarme a Frank de en medio yo solo en un ataque de ira.
Todavía no puedo hacerlo. Como nos indicó Alistair, tenemos que ser pacientes y mantenernos a salvo.
A veces siento la tentación de contestarle que se meta sus órdenes por el culo porque a mí me importa una mierda mi propia seguridad. Además, no me da miedo la cárcel. Al fin y al cabo, ¿qué van a hacerme allí que no haya vivido ya fuera?
Pero siempre me contengo por los chicos. No quiero que terminen entre rejas por mi culpa, así que intento seguir siendo paciente por ellos.
Me inclino hacia delante, cojo la manguera de la cachimba que hay sobre la mesa y me llevo la boquilla a los labios.
Estoy en Vervain, un bar de cachimbas en West Trinity Falls que parece igual de turbio que el pueblo en el que se encuentra. Nadie desprecia tanto Ponderosa Springs como la gente de estos páramos. Eso es algo que tenemos en común.
Le doy una larga calada a la cachimba y dejo que el humo me llene los pulmones. Exhalo una densa nube por la boca y aspiro una vez más antes de soltar la manguera en la mesa.
La verdad es que habría preferido nacer en esta parte del mundo.
Cuando creces entre ricos, piensas que todo se basa en quién corrompe a quién; sin embargo, en West Trinity rige la ley del más fuerte. Aquí la gente se forja a base de sacar las garras con la esperanza de tener un futuro mejor, como perros salvajes peleándose por unas migajas.
Vervain es la representación de ese estilo de vida: un sitio mugriento y descarnado, pero que me permite desconectar un rato del puto elitismo, la pulcritud sin alma y la moda de turno.
El sonido que sale de los viejos altavoces es una mezcla de música cortavenas y rap.
Justo lo que a mí me gusta.
A través de la neblina de humo con olor a melón que desprende la cachimba, vislumbro a mi camarera.
Me recuesto en el banco de la mesa en la que estoy, me hundo aún más en el asiento y estiro los brazos sobre el respaldo.
Una vez me he puesto cómodo, sigo su figura con los ojos entrecerrados mientras limpia las mesas y un par de viejos babosos le miran el culo.
Al sentir que toda la sangre se me ha agolpado en el mismo sitio, aprieto la mandíbula.
Su rostro permanece oculto en la penumbra, pero, de vez en cuando, cruza una franja de luz tenue que me permite apreciar el color de su pelo.
Sé que no es natural porque con el tiempo se le va apagando y se le notan las raíces, pero esta noche se lo acaba de retocar y luce un tono entre champán y cobre en los mechones que se le deslizan por la espalda y se balancean al compás de sus pasos, como si fueran las llamas de un fuego rubio fresa.
Nunca me he fijado en ningún rasgo de esta chica. Creo que ni siquiera he leído la etiqueta con su nombre. No sé de qué color tiene los ojos ni si le falta algún diente. Todos esos detalles me parecen irrelevantes. Lo único que me interesa es el pelo.
La cremallera me aprieta la polla con tanta fuerza que me duele. De hecho, se me revuelven las tripas cada vez que siento cómo me palpita por debajo de los pantalones, como si me estuviera rogando que la liberara. La tengo tan dura que algunos hombres se quedarían boquiabiertos al verla.
Llevo meses sin metérsela a nadie por ningún agujero. Es más, apenas la he rozado con mi propia mano. Tras tanto tiempo sin darme ningún tipo de placer, incluso me pesan los huevos de lo cargados que están.
Si algo me ha inculcado mi padre es la necesidad de expiar las culpas.
Salirse del camino siempre conlleva un castigo.
Por ejemplo, él me pega y me recita pasajes bíblicos por lo que le hice a mi madre, y yo recurro a este sitio para castigarme por haberme atrevido a creer que el mundo no era un pozo negro cuando estaba con Sage. No merezco menos.
Por eso me siento aquí, en un rincón oscuro de este bar tan turbio y lleno de humo, y contemplo a la camarera de pelo rubio fresa mientras pienso en ella.
Es el único lugar en el que me permito recordar la calidez de su frágil cuerpo contra el mío, la forma en la que me envolvía la polla con su boca y sus estrechas paredes, y el aroma azucarado que se me quedaba impregnado en la ropa después de cada encuentro.
Dulce como el sirope.
Siempre me decía que tenía la sensación de estar constantemente ahogándose, y ahora soy yo el que se afana en sumergirla en el limbo de mi memoria.
Intento no pensar en ello cuando estoy planeando algún asesinato o deambulando por el campus con los chicos porque prefiero reservarme esta tortura para mí solo.
Vengo a este sitio, siendo consciente de que la pelirroja estará trabajando, y la observo desde las sombras como un depredador al acecho.
Me dejo llevar por mi imaginación hasta que la excitación me impide respirar y, entonces, me limito a quedarme sentado allí, sufriendo, hasta que considero que ya he tenido suficiente y mi cuerpo se cansa de participar en los retorcidos juegos de mi mente.
—Aquí no puedes fumar maría —me informa, con los brazos en la espalda mientras se balancea sobre los talones visiblemente incómoda, como si lo último que quisiera fuera darme órdenes.
Señala con un gesto la cachimba que he aderezado con un poco de hierba, a pesar de que no debería llevar nada más que tabaco aromatizado. Por lo visto, se han hartado de que me salte las reglas y han enviado al cordero a meterse en la boca del lobo.
Me inclino hacia delante y enarco una ceja a modo de desafío.
—Mmm, ¿y qué vas a hacer al respecto…? —Me fijo en la etiqueta que le adorna el pecho—. Emma.
Ahora que me ha obligado a mirarle algo más que el pelo, siento que me ha fastidiado el castigo. Aunque tiene una cara bonita, no es lo que busco ni lo que necesito.
Mantiene sus ojos clavados en los míos durante un par de segundos y, por un momento, pienso que quizá se atreva a enfrentarse a mí.
Me pregunto si va a llamarme la atención por no dejar de acecharla o si va a decirme que, en el fondo, le gusta que lo haga.
Sin embargo, acaba apartando la mirada, como todo el mundo.
—Es que… Eh… Lo…
—Suéltalo ya —le ordeno.