Las verdades que quemamos (Hollow Boys 2) 14 #3
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Sin embargo, lo que sucedió en realidad fue mucho más siniestro.

Había entrado inocentemente al despacho de mi padre con la intención de imprimir un trabajo para clase, algo que había hecho un millón de veces antes.

Encendí el ordenador, esperando que me recibiera en la pantalla la misma foto ampliada de siempre en la que salíamos los cuatro como una familia feliz, pero en esa ocasión me encontré con otra cosa muy diferente.

Cuando inicié sesión, había un vídeo abierto a la mitad, y recuerdo que pensé que parecía una película de Jason Statham.

Mi padre estaba sentado en una silla, con el pelo despeinado y la ropa sucia, mientras Greg West, un profesor de Hollow Heights, le preguntaba por el dinero que le debía a su jefe.

Dinero que, al parecer, había tomado prestado de una red de tráfico sexual, por lo que en ese momento andaban escasos de «producto».

Al ver que no había forma de que mi padre pudiera pagarles, le ofreció una alternativa.

«O te matamos o entregas a una de tus hijas como compensación».

Ni siquiera me sorprendió. Sabía que mi padre era capaz de corromperse de esa manera con tal de guardar las apariencias y mantenerse en la cima.

Escogió a Rose sin dudarlo. Como si no fuera un ser humano, sangre de su sangre, sino un simple nombre.

Ojalá me hubiera elegido a mí.

La drogaron y estuvieron a punto de entregarla a una red de trata antes de asesinarla solo para saldar la deuda de mi padre. Nunca me había inundado el paladar una ira tan amarga ni había sentido una sed de venganza tan insaciable.

Haría lo que fuera por hacérselo pagar.

—Necesitamos un favor, Sage —dice Frank con suavidad, como si unas palabras amables bastaran para conseguir mi perdón.

Lo miro con desprecio.

—Iros a tomar por culo.

—Quería ser civilizado, Pip, pero no me dejas más opción —interviene Cain, entrelazando las manos con tranquilidad—. Tu padre te lo ha pedido por las buenas. Yo no pienso hacerlo. Si no cooperas, te meteré en un sitio mucho peor que un psiquiátrico.

«Pip».

Odio ese nombre.

—¿Dónde? ¿En una red de trata? —Suelto una carcajada, sin molestarme en ocultarles lo que sé—.

No me extraña nada que tú también estés en el ajo, Cain.

—Me acerco a él y, al inclinarme en su dirección, el olor de la espuma que utiliza después del afeitado me revuelve el estómago; es la misma fragancia que se quedaba impregnada en mis sábanas en la casa del lago—.

¿Les compras niñas? ¿También hay un vídeo tuyo circulando por ahí en el que se ve cómo te chantajean?

¿Así es como han conseguido tener al temible agente del FBI comiendo de su mano?

Tensa la mandíbula y clava los pozos vacíos de sus ojos en los míos mientras contemplo cómo su fachada empieza a resquebrajarse poco a poco.

—Nunca te he hecho daño. Yo te quería, Sage.

—¿Eso es lo que te cuentas a ti mismo para poder mirarte al espejo?

Se me revuelve el estómago de pensar en lo jodida de la cabeza que tiene que estar una persona para justificar lo que él me hizo.

—Da igual lo que haya ocurrido en el pasado. O nos ayudas o vas a arrepentirte para el resto de tu vida. Ahí fuera hay gente capaz de hacer cosas mucho peores que yo, te lo aseguro —me advierte en un tono desdeñoso, probablemente el mismo que emplea con los delincuentes con los que trata a diario.

Se piensa que así va a conseguir intimidarme para que ceda.

—Largaos de aquí. —Les lanzo una mirada asesina a ambos—. No puedo hacer nada para ayudaros y no voy a cambiar de opinión, digáis lo que di…

—Rook Van Doren —me interrumpe.

Un bolígrafo se cae en la esquina del comedor. Y todas las palabras que quería pronunciar se me quedan atascadas en la garganta. Mi inquietud aviva los recuerdos que guardo de él.

Al estar encerrada entre cuatro paredes acolchadas, sin ningún vestigio de tu vida pasada, tu mente se convierte en tu mejor amiga y, a la vez, como es mi caso, en tu peor enemiga.

Siempre que pienso en su nombre y en su rostro o aparece en alguna de mis pesadillas, me siento como si me arrojaran al interior de un horno crematorio. La piel me hierve y las llamas envuelven cada rincón de mi cuerpo hasta calcinarme los huesos y reducirlos a cenizas una y otra vez.

Lo más irónico es que él es el único alivio que encuentro en medio de ese infierno.

El que alimenta las llamas y, al mismo tiempo, las sofoca.

—¿Qué voy a saber yo de un Hollow Boy? —pregunto de forma desinteresada, intentando ocultar la curiosidad que me carcome.

—Easton ha tenido la amabilidad de ponernos al corriente de la… relación que tuvisteis el año pasado. Sabemos que estabais juntos.

«Puto imbécil».

—Aunque eso fuera verdad —empiezo a decir, metiéndome las manos en el bolsillo de la sudadera—, no sé qué coño os importa a vosotros ni qué tiene que ver con vuestra mierda de visita.

Si se han enterado de lo mío con Rook, he de andarme con pies de plomo. No pueden descubrir cuánto me importaba o acabarán usándolo en mi contra.

Es la única persona por la que todavía siento algo de aprecio en este mundo.

—Algunos miembros de la Aureola…

—¿La Aureola? Estás de coña, ¿no? ¿Le habéis puesto a una organización de trata el puto nombre del círculo luminoso que llevan en la cabeza los santos?

Ninguno de los dos muestra reacción alguna ante mi sorpresa.

Hay un montón de chicas desaparecidas a las que nadie está buscando y que han visto sus vidas truncadas por culpa del dinero, mientras que estos gilipollas se pasean por ahí haciéndose llamar Aureola, como si fueran una organización sagrada que da de comer a los pobres y reza por las almas perdidas.

—El nombre es lo de menos, Sage. Algunos miembros han desaparecido.

Acabamos de encontrar el cadáver de uno de ellos.

—Se aclara la garganta y desliza en mi dirección una carpeta de color crema para que le eche un vistazo—.

Greg West. Tenía el cuerpo desmembrado y empapado en lejía.

Lo dejaron en el mismo sitio donde hallaron a tu hermana.

Quienquiera que haya sido está intentando enviarnos un mensaje.

Tardo unos segundos en procesar lo que quiere decirme.

No entiendo por qué están contándome todo esto ni qué tiene que ver conmigo. Una parte de mí se alegra de que ese hombre haya muerto; era lo mínimo que se merecía.

Abro la carpeta y me estremezco un poco al ojear las fotos. Crees que estás lo suficientemente insensibilizada como para que la muerte no te afecte hasta que ves de lo que son capaces ciertas personas.

El cuerpo de Greg yace perfectamente colocado sobre el suelo de madera podrida, a pesar de que sus extremidades no están unidas al torso. Tiene la cabeza, los brazos y la parte superior e inferior de las piernas seccionados.

Un escalofrío me recorre la espalda al fijarme en los ojos, que no son más que dos huecos con manchas rojas oscuras, como si se los hubieran arrancado de las cuencas de cuajo.

Aunque, más que el estado macabro del cuerpo, lo que me llama la atención es la meticulosidad con la que lo han preparado todo.

Cada parte está amputada con una precisión quirúrgica.

No lo han despedazado brutalmente con un hacha, sino que se han tomado su tiempo.

De hecho, el cadáver está casi blanco y no hay apenas rastros de sangre.

La única lesión que muestra violencia es la de los ojos.

En ese momento, todo cobra sentido.

Dirijo la mirada hacia mi padre.

—Lo han averiguado, ¿no?

No me responde. Se limita a mirarme con unos ojos rebosantes de terror. Cuanto más los abre, más me recuerdan a los de un cervatillo acorralado a punto de ser cazado por su depredador. Al imaginármelo, se me hace la boca agua y soy incapaz de contener la sonrisa que se me dibuja en la cara.

Seguro que lleva desde entonces mirando hacia atrás a cada segundo, con el corazón desbocado y las manos sudorosas, preguntándose sin cesar cuándo irán a por él para cobrarse su libra de carne.

No hay nada más placentero que ver a un hombre que siempre se creyó un lobo convertirse en el cordero asustado que se esconde de los auténticos lobos que vienen a darle caza.

—Pues sí que estáis jodidos —comento, riéndome con un deje de alegría.

—Sí, creemos que tus amigos han descubierto la organización, y eso nos está planteando un problema —contesta Cain, preparándose para entrar en los detalles de lo que necesita de mí.

—No —lo interrumpo antes de que pueda continuar, negando con la cabeza mientras suelto una risita—.

Han averiguado lo que le hicisteis a Rose.

Ya no puedo hacer nada por vosotros. Silas Hawthorne no es un novio dolido como otro cualquiera.

No va a darse por satisfecho hasta acabar con todos los que hayan estado mínimamente implicados.

Y sus amigos lo ayudarán en todo lo que él les pida sin dudarlo.

—Me paso la lengua por el labio superior y miro a mi padre—. Mataste a la gemela equivocada, papá.

Una chispa de esperanza se prende en mi interior al darme cuenta de que, aunque yo esté atada de pies y manos en este lugar, hay alguien fuera vengando la muerte de mi hermana.

Silas conocía a Rosie. Sabe que es imposible que le hubiera dado una sobredosis y puede demostrarlo.

—Nadie habría movido un solo dedo si me hubieras escogido a mí.

Easton se habría casado con Rose, tú seguirías contando con el dinero de los Sinclair y a mamá no le habrías parecido tan patético como para irse con otro.

No te habrías visto nunca en esta situación si me hubieras entregado a mí —añado, con un tono de voz cada vez más furioso.

Me carcome la envidia por no poder ayudarlos a hacerle pagar. Por no poder ser yo la que termine con la vida del hombre que me la dio a mí.

—Ahora tienes a los sabuesos del infierno dispuestos a desgarrarte el cuello, papá. Da igual lo que hagas. —Desplazo la vista hacia Cain para recalcar mi mensaje—. No van a parar hasta que todos los que hirieron a Rose estén muertos.

Ambos se quedan mirándome: uno, aterrorizado por la muerte que se le avecina, y el otro, con recelo, como si intentara adivinar si mis palabras son ciertas o me estoy tirando un farol.

—Buena suerte —concluyo.

Como no tengo nada más que decirles, me aparto de la mesa para pedirle a la enfermera que me lleve de vuelta a mi habitación y me deje allí el resto del día.

—No tan rápido, Sage —interviene Cain—. No van a matar a nadie más. Porque tú vas a ayudarnos a meterlos entre rejas.

Niego con la cabeza.

—¿En serio?

Deben de ser más imbéciles de lo que creía si se piensan que voy a impedir que hagan lo mismo que desearía estar haciendo yo.

—Si quieres salir de aquí, tendrás que volver a Hollow Heights y trabajar para nosotros.

Harás que confíen en ti y averiguarás lo que están tramando.

Nos entregarás las pruebas que necesitamos para condenarlos y luego serás libre de hacer lo que te apetezca con tu vida.

Podemos ayudarnos mutuamente —propone, tratando de sobornarme con una libertad que ya ni siquiera anhelo.

—No pienso ayudaros. Ya me he hecho a la idea de quedarme aquí para siempre.

Al ver que no puede convencerme, estalla y se levanta de golpe, haciendo chirriar la silla en el proceso. Las enfermeras vuelven la cabeza en su dirección, extrañadas, y él trata de sonreírles, pero está demasiado enfadado como para disimular.

Se acerca a mí, me envuelve los hombros con un brazo y me estrecha contra su pecho, dándome una especie de abrazo lateral que provoca que me entren ganas de potarle en la camisa.

—Entonces te sacaremos de aquí y te subastaremos —dice entre dientes en un tono bajo y amenazante—.

De un modo u otro, vas a tener que cooperar.

O nos ayudas con nuestra investigación o te vendo a un precio irrisorio a hombres a los que no les importa la apariencia de las chicas que compran porque solo buscan infligirles dolor. Tú eliges.

Podría ser una buena forma de vengar a Rose.

Solo tendría que interpretar un papel para hacerles creer que los estoy ayudando, cuando, en realidad, me han brindado la oportunidad perfecta de aliarme con cuatro personas con tanta sed de venganza como yo.

El único problema es que…

—Él no va a confiar en mí. Nunca.

—Eres una chica lista, Sage. Ya te las apañarás.