Las verdades que quemamos (Hollow Boys 2) 14 #2
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Hay un paciente golpeando su puerta mientras exige a gritos una ducha; otro se ha puesto a discutir con una enfermera porque asegura que la CIA lo está vigilando a través de unas radios rotas que ni siquiera tienen antena.

Reagan, de la 3B, está muy callada esta mañana. Probablemente se haya quedado dormida después de todos los sedantes que le metieron anoche. Algunas personas nunca aprenden, y Reagan es una de ellas. Lleva aquí más tiempo que yo, pero la oigo todas las noches.

Sus gritos me hielan la sangre y hacen que se me estremezca todo el cuerpo.

Doy vueltas en la cama sin poder dormirme y me tapo los oídos con la delgada sábana, esperando a que aparezca la enfermera del turno de noche para dejarla inconsciente a base de sedantes.

Esos son los peores efectos secundarios de la medicación: el insomnio, las pesadillas y quedarme despierta escuchando los llantos y los gritos, sintiéndome fuera de lugar.

Al llegar al comedor, nos recibe un aroma a canela que proviene de la cocina. Me fijo en las mesas circulares, la decoración de tonos grisáceos y el hombre mayor en silla de ruedas que se encuentra al lado de la única ventana.

Se llama Edison y tiene esquizofrenia. No recibió tratamiento hasta pasados los treinta, y ahora le meten tantas drogas que ni siquiera es capaz de articular una frase completa.

A pesar de que en contadas ocasiones se comporta como el resto, la mayoría del tiempo suele sentarse en silencio, perdido en sus propios pensamientos.

Me gusta pensar que está mejor en su mundo, que allí es feliz y no se entera de que vive atrapado en este lugar, pero sé que no es verdad.

—Pip.

El trauma me atraviesa el corazón con sus garras.

Los ataques de pánico normalmente hacen que me sienta como si me estuviera hundiendo despacio en distintos cuerpos de agua: a veces es un lago; otras, un océano; últimamente casi siempre se trata de un lodo negro y espeso que va tragándome poco a poco hasta hacerme desaparecer por completo bajo su superficie.

Sin embargo, este ha irrumpido de golpe, sin previo aviso.

Noto sus manos pegajosas sobre mí y, acto seguido, me empuja bajo la superficie. La bocanada de agua que se me cuela de repente en los pulmones me descoloca tanto que se me empiezan a llenar los ojos de lágrimas.

Sentados el uno al lado del otro, en la otra punta del comedor, están dos de los hombres que más odio en este mundo.

Dos rostros que no quería volver a encontrarme jamás y que desearía borrar de la puta faz de la tierra.

Me pone furiosa el simple hecho de que sigan respirando.

Uno de ellos se pone de pie y se acerca a mí lo justo para extender la mano y enrollarse un mechón de mi pelo alrededor del dedo índice, donde lleva un anillo de graduación.

—¿Qué te has hecho en el pelo, Pip? —pregunta con una expresión cargada de tristeza que sé que es sincera porque recuerdo lo mucho que le gustaba mi pelo.

—Robé unas tijeras para vendajes de un carrito de medicamentos y me lo corté antes de que la enfermera me sedara —digo, mirando fijamente al vacío—. Y si no apartas esa mano de mi vista, pienso arrancarte el dedo de un mordisco.

Cain McKay es lo que algunos podrían considerar un hombre honorable.

Comenzó siendo policía del pequeño pueblo que es Ponderosa Springs y consiguió escalar hasta trabajar para el FBI.

Todo el mundo estaba muy orgulloso de él, pero el día que se marchó para empezar el entrenamiento en la academia, yo me sentí como si me hubiera despertado de una pesadilla en la que había estado sumida tres años.

Un sueño lúcido sobre el que no tenía ningún tipo de control.

Uno del que era completamente consciente y, aun así, no podía despertar.

—Has crecido —susurra, dejándome con una sensación asquerosa por dentro.

Seguramente crea que lo de arrancarle el dedo con los dientes ha sido una broma. Lo que no sabe es que por aquí he visto cosas mucho peores que esa. Es el pan de cada día en el pabellón psiquiátrico del Monarch.

Me paso la lengua por el interior de la mejilla y me fijo en que los años ya le han empezado a pasar factura en el rostro.

Cualquier mujer que no lo conozca lo consideraría atractivo con esa camisa de botones, esa corbata perfectamente anudada y esos pantalones de pinzas; sin embargo, lo que muchas ignoran es que, en realidad, no le atraen ni las mujeres ni los hombres.

Prefiere las niñas a las que puede manejar a su antojo.

Aquellas que no son capaces de contárselo a nadie porque se arriesgarían a perderlo todo.

—¿Desde que tenía trece años? —Me cruzo de brazos para protegerme; antes era demasiado joven para plantarle cara y me daba miedo hacerlo, pero ya no tengo nada que perder—.

Sí, fue más o menos por esa época cuando dejaste de meterte en mi cuarto, ¿no?

Creía que te habías cansado de mí, pero el problema fue que ya había llegado a la pubertad y no era lo suficiente menor para ti, ¿verdad?

Veo cómo le cambia la cara de pronto. Hace apenas un segundo estaba sereno y parecía un familiar cariñoso que venía a verme, pero ahora han comenzado a asomarse la podredumbre y las arañas que anidan bajo su piel.

He perdido la cuenta de todas las veces que he fantaseado con la alegría tan grande que me invadiría si lo castraran en público.

La máscara que lleva puesta es la que más odio de todas. Se hace pasar por tu protector, tu guardián, esa persona que se supone que debe mantenerte a salvo del monstruo que se esconde debajo de tu cama, pero, a decir verdad, él es el único hombre del saco que me he encontrado en toda mi vida.

—¿Así vas a comportarte? ¿Después de todo lo que he hecho por ti? De pequeña me querías muchísimo.

Inclino la cabeza hacia un lado.

—¿Te esperabas otra cosa?

—Sage, ¿puedes sentarte, por favor? Cain se ha pasado varias horas al volante para venir hasta aquí y tenemos mucho de qué hablar.

Mi padre acaba de abrir la boca por primera vez desde que llegaron, ignorando por completo las acusaciones que he lanzado contra Cain.

Es más, ni se ha inmutado al escucharme.

¿Por qué habría de hacerlo? Lo más probable es que ya lo supiera y no le importara.

Al fin y al cabo, vendió a una de sus hijas como esclava sexual sin pestañear siquiera.

No ha cambiado ni un ápice desde el día en que me ingresaron aquí. Sigue siendo capaz de sonreír igual que siempre frente a los habitantes de Ponderosa Springs, como si no sintiera ni una pizca de culpa o remordimientos.

Apuesto a que incluso ha sabido sacarle provecho a la situación y está ganándose el favor de la gente haciéndose el pobrecito porque su mujer se ha ido con otro y, encima, una de sus hijas ha muerto y la otra ha perdido la cabeza.

Qué patético.

—No voy a sentarme —sentencio, clavando los ojos en los suyos para que pueda contemplar el reflejo de lo que ha hecho; quiero que lo sienta en su propia carne, que sea consciente de lo que sus acciones han causado—. ¿Qué quieres?

No soy tan tonta como para pensar que ha venido a ver cómo me encuentro. Él es la razón por la que estoy encerrada aquí y la razón por la que nunca saldré.

No me metió aquí porque estuviera enferma o necesitara ayuda, sino para mantenerme callada y que no pudiera ir contando por ahí lo que había descubierto.

Lo que sabía que había hecho.

Frank Donahue me ha pintado como la hija loca que perdió la cordura tras la muerte accidental de su hermana gemela. Incluso si lograra salir algún día, nadie se creería ni una sola palabra de lo que dijera, y eso es justo lo que quiere.

—Por favor.

Un escalofrío me recorre la espalda y noto cómo se me eriza la piel de la rabia.

—¿Por favor? —escupo—. Debería pegarte una patada en los huevos por atreverte a usar esa palabra conmigo. ¿Por favor? No mereces pedir nada.

—Siempre has tenido un talento especial para el teatro —murmura Cain mientras pasa de largo junto a mí para volver a sentarse al lado de ese hombre que puso el esperma para crearme—. Toma asiento. Es por tu bien.

Si hay algo que me ha mostrado este lugar, o bueno, más bien algo de lo que me he dado cuenta estando aquí, es que ya no me importa una mierda nada. Me da igual lo que piensen los demás, cómo me miren o lo que esperen de mí. Solo me preocupo por mí misma.

Por eso no me molesto en ocultar mi ira o mi repulsión hacia ellos. No hay cámaras ante las que pueda actuar y, aunque las hubiera, mi actitud sería la misma.

Golpeo la mesa con las palmas, esforzándome por contener toda la ira que amenaza con desbordarse bajo mi fachada de tranquilidad.

Me sorprende que tanto uno, que abusó de mí cuando era una niña, como el otro, que mandó matar a mi gemela para saldar una deuda, se crean que tienen derecho a venir aquí a exigirme lo que quieran.

¿Cómo se les ha podido pasar siquiera por la cabeza que yo les haría algún favor?

No tienen nada con lo que amenazarme ni sobornarme.

—O me decís a qué habéis venido o cojo un tenedor de plástico y os apuñalo con él a ambos —les advierto, rechinando los dientes.

Soy más que capaz de hacerlo. No me estoy tirando ningún farol.

Mi padre fija la vista en mis brazos extendidos y, de repente, siento la necesidad de mirar hacia abajo para asegurarme de que la horrible sudadera naranja que llevo puesta me los cubra bien, aunque no entiendo por qué debería molestarme en ocultar las cicatrices que él mismo me ha hecho.

Rosemary murió el veintinueve de abril y, apenas un mes después, me ingresaron en el psiquiátrico de Monarch por un «ataque psicótico».

Le dijeron a todo el mundo que se había debido a la pérdida de Rose y al repentino divorcio de mis padres, dos acontecimientos demasiado difíciles de digerir para una chica de tan solo dieciocho años. El pueblo asumió que había estallado sin más.