14
Ruido blanco
El presente
Sage
—Abre la boca.
Obedezco para que la enfermera pueda examinarme bien con la minilinterna que lleva en la mano. Siguiendo sus indicaciones, muevo la lengua de izquierda a derecha y luego, de arriba abajo. Una vez me ha explorado todo el interior de la boca, asiente satisfecha.
Después de tres semanas en el Instituto de Salud Mental Monarch, dejé de negarme a tomar medicación. Los efectos secundarios, como la pérdida de apetito, el cansancio constante y las migrañas, son mejores que la alternativa.
Todo el mundo tiene la misma idea preconcebida de los centros psiquiátricos. El estigma que rodea a estos sitios es horrible, y la cultura pop y el cine no han hecho más que reforzarlo. Al fin y al cabo, quién no ha visto la segunda temporada de American Horror Story .
Estoy segura de que hay instituciones que se dedican a ayudar a los pacientes, tratar sus problemas y brindarles la esperanza de una recuperación que, con el tiempo, les permita reincorporarse al mundo real.
Pero esto es Ponderosa Springs. Y al destino le encanta arrojarme a los leones a la mínima oportunidad.
Este lugar parece la encarnación de una auténtica pesadilla. Es una prisión con rejas, habitaciones acolchadas y puertas sin picaportes.
Al ingresarte —ya sea de manera voluntaria o, como es mi caso, involuntaria— te dicen que todo lo que hacen es por tu bien. Que las correas con las que te sujetan en la camilla nada más llegar son para protegerte y que su labor es mantenerte a salvo, con sus batas blancas y sus portapapeles.
Aun cuando te arrastran a una celda de confinamiento solitario, donde tres hombres te sujetan y te inyectan antipsicóticos porque te has negado a tomarte la medicación, y te dejan allí encerrada durante tres días sin mediar palabra con nadie, siguen obligándote a sentarte en uno de sus sofás de plástico para decirte que este sitio se construyó con la idea de protegerte.
Que todo es para ayudarte. Mientras tanto, no dejan de preguntarte, una y otra vez sin cesar, por qué intentaste quitarte la vida o si tienes ganas de autolesionarte en ese instante.
Te lo repiten hasta la saciedad, como si pudieras cambiar de respuesta en cualquier momento, y más te vale no contestarles nunca que sí.
Desde el primer día en el que entré por estas puertas, incluso sin haber estado aquí antes, supe que jamás debía decir que sí a ninguna de esas preguntas.
No obstante, los doctores y las enfermeras tienen razón, por desgracia.
Están ahí para mantenernos a salvo.
No para atender de verdad nuestros problemas de salud mental ni para esforzarse más de la cuenta en mejorar nuestras vidas.
Un cuervo surca el cielo matutino y roza las nubes grisáceas con sus alas al bajar en picado hacia los árboles. La nariz me empieza a moquear por el aire gélido que me azota la piel. Enero es siempre el mes más frío aquí.
Más allá de las rejas de acero que custodian el recinto, hay un río que se puede ver desde el jardín…, si es que puede llamarse así, porque más bien parece un terreno repleto de malas hierbas secas y fuentes rotas, pero seguro que en algún momento hubo flores plantadas por ahí.
—Tienes visita esperándote en el comedor.
Una de las enfermeras del turno de día, Shonda creo que se llama, se queda de pie al lado de donde estoy sentada, sobre el suelo húmedo.
El rocío helado se adhiere a mi uniforme azul desteñido, pero me gusta la sensación que me deja en la piel. Dentro de aquellas paredes no se puede sentir nada. Ni siquiera el frío o el calor. Todo tiene un aire aséptico y adormecido.
Por las mañanas, salgo a sentarme aquí un rato y, durante esos breves instantes, vuelvo a sentirme como un ser humano. Escucho el graznido de los cuervos, el susurro perezoso del río y el aullido del viento que hace gemir a los árboles.
Dentro, en cambio, no existen días malos ni buenos.
Solo días, a secas. Sin ningún propósito.
El tiempo no significa nada. O se difumina o se pasa volando. Nunca sé cuándo estoy durmiendo o despierta, y lo peor es que, las veces que soy consciente de que me encuentro despierta, solo quiero volver a dormirme.
Si mi yo del último año de instituto pudiera verme ahora, le daría un infarto.
No sería de capaz de reconocerme con las uñas mordidas hasta la carne y las bolsas moradas que me adornan de forma permanente los ojos.
Ya no soy la misma de antes y, a decir verdad, nunca supe quién quería ser, así que ahora estoy atrapada en un limbo.
Sin rumbo.
Condenada al olvido.
He perdido toda noción de mi identidad.
Me he convertido en un pozo vacío, y las únicas monedas que caen dentro son pastillas que resuenan en lo más profundo de mi ser, recordándome que lo único que hay en mi interior es un gran vacío.
—¿Visita? ¿Yo?
Llevo aquí ocho meses. Doscientos cuarenta y tres días.
Treinta y cuatro semanas. Cinco mil ochocientas cuarenta horas.
Y ni una sola persona ha venido a visitarme en todo este tiempo.
Ni mi exprometido, ni mis amigas de pega, ni mi padre, que no habría puesto ni de coña un pie en un sitio como este. Y mi madre…, bueno, hasta donde sé, está a varios estados de distancia y se ha comprometido con un tipo con mucho dinero y poca esperanza de vida.
Nadie se ha tomado la molestia de pasarse a ver cómo estoy. Una vez que consiguieron encerrarme en este sitio, me abandonaron y se lavaron las manos.
Después de lo que descubrí, y sabiendo lo que sé ahora, me he preparado mentalmente para pasar el resto de mis días aquí. No van a dejarme salir nunca y, aunque lo lograra, me matarían antes de que tuviera la oportunidad de hacer algo con mi vida.
Lo triste es que, en el fondo, no me importa.
Al menos, aquí dentro puedo convencerme a mí misma de que Rose sigue viva.
La muerte había irrumpido en nuestras vidas, cortando de raíz el lazo que nos mantenía unidas. De un momento a otro, dejé de ser la hermana gemela de alguien y me quedé completamente sola.
Nadie te prepara para lo que se siente cuando la otra mitad de tu alma se desvanece. Cuando la persona que vino contigo a este mundo se va de él antes que tú.
Es difícil de explicar, pero es como si tuviera un teléfono llamando sin parar dentro del pecho y no hubiera nadie para cogerlo al otro lado de la línea.
Lo único que me queda es la culpa que me atormenta por las noches y me mantiene despierta. Una culpa incesante por seguir respirando mientras ella se pudre bajo tierra.
A mí me sirven todas las mañanas un cuenco de avena fría y juego a las damas conmigo misma; en cambio, ella se ha convertido en pasto de los gusanos.
—¿Sage? ¿Estás bien? —pregunta la enfermera, chasqueándome los dedos delante de la cara—. Te he dicho que sí. Tienes visita. Han venido tu padre y su amigo. Te han traído desayuno de fuera. Seguro que te alegra.
¿Mi padre? ¿Y su amigo?
Son dos conceptos casi contradictorios.
Mi padre no tiene amigos y nunca se dejaría caer por un sitio como este. Incluso si le hubiera dado por querer verme, sabe perfectamente que, si se asoma por aquí, pienso apuñalarlo.
Fue lo último que les prometí, a él y a Rose, aunque ella ya no estuviese viva para escucharlo. Si alguna vez se me presentaba la oportunidad, no dudaría en matarlo de la forma más salvaje que se me ocurriera.
He tenido mucho tiempo para pensar en cómo lo haría.
De hecho, esos pensamientos son lo único que me brinda algo de felicidad.
Por ejemplo, me imagino su rostro suplicando por su vida mientras le presiono un cuchillo contra la garganta o visualizo cómo se apaga la luz de sus ojos al ahorcarlo con mis propias manos.
Hay tantas formas de hacerlo que me es imposible decantarme por una, pero, en realidad, ninguna termina de convencerme; la muerte me parece un regalo demasiado benevolente para lo que le hizo a Rosie.
Aunque aquí tenemos prohibido el acceso a internet, sí se nos permite leer, así que he recurrido en incontables ocasiones a la biblioteca que hay para averiguar cuál es la forma más lenta de matar a alguien.
La más dolorosa, la más sangrienta, la más despiadada.
Y, a pesar de que cada respuesta que encontraba era más oscura y retorcida que la anterior, seguía pensando que no había ninguna a la altura.
Hasta dejar que unos perros lo devoraran vivo me parecía un acto de piedad.
—¿Estás segura de que es mi padre y no lo has confundido con otra persona?
—Solo hay un alcalde en Ponderosa Springs y su cara está plasmada en una valla publicitaria en mitad del pueblo. Creo que es muy difícil confundirlo. ¿No estás contenta?
«¿De ver al hombre que asesinó a mi hermana?».
—Contentísima —respondo con sarcasmo.
Me guía de vuelta al interior y noto cómo mi uniforme azul desgastado me va rozando los muslos a medida que avanzamos por el pasillo desangelado.
Aquí siempre huele a desinfectante, al punzante aroma de las toallitas con alcohol y a los guantes de látex. Me fastidia que, de entre todos los aspectos abominables de este sitio, ese sea el único al que no logro acostumbrarme.
Hoy reina dentro un ruido bastante caótico para un lugar que se supone que promueve la paz mental.
Casi todos los pacientes que me rodean suponen más peligro para sí mismos que para el resto.
La creencia de que una enfermedad mental implica necesariamente un trastorno psicótico se desmintió hace años.
Lo leí al llegar aquí. Desde que dejé el mundo exterior, he leído sobre muchas cosas que nunca imaginé que conocería de cerca.
No obstante, hay veces en las que los temblores o las alucinaciones pueden descontrolarse. Por lo general, siempre que alguien está teniendo un mal día, acaba alterando a todos los que lo rodean.
Oigo a Harry el Navideño en su habitación, cantando una y otra vez la misma cancioncita infantil del elefante que se balanceaba. Le pusieron ese mote por la misma razón por la que muchas mujeres se sientan a llorar en el sofá cuando llega diciembre: le encantan las pelis románticas de Navidad.