Las verdades que quemamos (Hollow Boys 2) 13 #2
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Al rascarme el cuello, noto que tengo la piel de la zona ardiendo. Paso la mano por la cicatriz que lo adorna, consciente de que nunca podré volver a mirarla en el espejo igual que antes.

—¿Me has escuchado? —pregunta Easton con urgencia mientras me agarra del brazo, a lo que reacciono tratando de soltarme de un tirón.

—Quítame las manos de encima, Sinclair. Ya te he dicho que he cumplido con mi parte. Ahora déjame en paz.

—Puedes faltarme al respeto todo lo que quieras, Sage —dice, apretando aún más su agarre para tirar de mí hacia su cuerpo, provocando que el pánico se me dispare—.

Me da igual. En unos meses serás mía y pienso convertirte en una esposa trofeo y sumisa, aunque tenga que callar esa boca insolente a golpes para conseguirlo.

Un escupitajo sale directo de su boca y me impacta en la cara.

Aprieto los dientes y lo miro con furia a la vez que sigo forcejeando contra él, pero lo único que logro es que me retuerza el brazo con fuerza.

Un gemido amenaza con escapar de mis labios ante el creciente dolor por la presión que está ejerciendo.

—No podrías doblegarme ni en tus mejores sueños, pero, adelante, quiero ver cómo lo intentas —escupo entre dientes, haciendo todo lo posible por mantener la compostura.

Entre el desconsuelo, la ira y la sensación de ahogo, siento que voy a perder la cabeza.

—Más te vale haberle hecho trizas el corazón —me advierte Easton, apoyando su frente contra la mía con agresividad—.

Si no, me aseguraré de que mi padre se encargue de Rose.

Solo tendría que mover unos cuantos hilos y…

¡puf! —Mueve en el aire los dedos de la mano que le queda libre como si acabara de hacer un truco de magia—.

Desaparecería por completo de la faz de la tierra sin dejar ni rastro.

Me trago la bilis que me sube por la garganta.

Esa fue precisamente la razón que me llevó a hacer el trato con él.

Sigo sin saber si Easton se estará marcando un farol, pero jamás me atrevería a poner la vida de Rose en peligro para comprobarlo, y menos aún sabiendo la fortuna que amasa Stephen Sinclair y lo poderoso que es.

No pienso permitir que le hagan daño, o peor, que acabe muerta por culpa de mi egoísmo.

Ya he sido suficiente egoísta durante toda mi vida.

Lo mejor para todos es que cierre el pico y obedezca. Así no le amargaré la vida a Rook y mi hermana podrá ser feliz. Eso es lo importante.

—No tienes huevos de hacerlo —gruño.

—Ponme a prueba, zorra.

Le estrello la palma de la mano contra la mejilla sin pensármelo, con tanta fuerza que le giro la cara.

—Da igual lo que me hagas, Easton —digo, riéndome en su cara del mismo modo que me he reído en la de Rook hoy, solo que esta vez no estoy fingiendo la risa amarga y ácida que brota de mí como un veneno—.

Por mucho que recurras a las montañas de dinero de tu papaíto y a sus influencias, nunca serás Rook.

Nunca me tendrás como me tuvo él. Así que, adelante, intenta doblegarme y yo me encargaré de convertir tu vida en un infierno.

Mi pecho sube y baja cada vez más rápido con cada segundo que transcurre.

Easton ha cambiado, y yo también, pero, aunque siempre supe que tenía un lado turbio, antes era un ser humano decente.

Fueron el instituto, las expectativas y su padre los que lo convirtieron en una persona completamente diferente.

A mí me pasó lo mismo.

En el fondo, Easton y yo no nos diferenciamos tanto. Solo somos un par de egocéntricos, falsos y calculadores sin consideración por los demás. Quizá ha sido cosa del destino que acabáramos juntos de esta forma.

He conseguido sacarlo de sus casillas con mis palabras, así que no esperaba que actuara de otro modo, pero igualmente trago saliva con fuerza al verlo levantar el brazo, dispuesto a pegarme.

El cuerpo se me tensa y me preparo para recibir el golpe; sin embargo, lo que me llega en su lugar es el sonido de la puerta abriéndose, seguido de la voz de mi padre.

—Sage, ¿dónde tienes las llaves del coche…? —Se detiene en seco—. ¿Interrumpo algo?

Easton se aclara la garganta y baja el brazo.

—No, señor.

Ahora que está aquí mi padre, aprovecho para apartarme de él y me envuelvo el cuerpo con los brazos.

—¿Para qué necesitas mis llaves?

Suelta un suspiro y se pasa una mano por la cara.

—Tengo que ir a Portland y tu madre no deja que me lleve el mío.

Al parecer, alguien le ha prendido fuego a la casa del lago.

Los bomberos están esperando a que llegue para que puedan presentar un informe policial.

Está claro que quien sea que lo haya hecho quería que supiéramos que no ha sido un accidente.

Entonces, el mundo se me cae encima y el alma entera se me parte en mil pedazos. Incapaz de contenerme más, dejo que las lágrimas me resbalen por las pestañas y me cubran las mejillas con su calor. Me lo ha arrebatado todo. Este es el precio que he tenido que pagar por haberle roto el corazón.

La casa del lago me pertenecía solo a mí antes de que la consideráramos nuestra. En todo caso, debería haber sido yo quien le prendiera fuego.

Sé que no tengo derecho a enfadarme; le dije cosas horribles con tal de que me creyera y se alejara de mí…, pero creía que podría quedarme al menos con aquel lugar. Que podría refugiarme allí cada vez que necesitara recordarlo a él, como si fuera nuestra cápsula del tiempo.

Ya ni siquiera me queda ese consuelo.

Los últimos vestigios de lo que fuimos se han consumido en el fuego dentro de aquella casa.

Odio que se haya atrevido a reducir a cenizas todas las risas y los recuerdos que compartimos, como si nunca hubieran existido.

Lo odio a él. Con todas mis fuerzas.

Y, aun así, sé que mi odio no se acerca ni por asomo al suyo.