Las verdades que quemamos (Hollow Boys 2) 13
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Éxodo

Sage

Los ácidos del estómago me trepan por la garganta e impactan contra el inodoro que se encuentra justo delante de mí.

Me aferro a lo que sea que tengo al lado para intentar soportar el dolor.

No me queda nada más que echar por la boca.

Cada vez que tomo aire, se me contraen todos los órganos y acabo expulsando solo unos charcos de bilis amarilla verdosa.

Tras salir del instituto, vine directamente aquí y me acomodé en el suelo del baño, decidida a evitar cualquier contacto con otro ser humano.

No hay suficiente maquillaje en el mundo ni sarcasmo capaz de ocultar cómo me estoy desmoronando por dentro.

He gastado toda mi energía en mantener el rostro impasible ante Rook, en ocultar mis sentimientos en lo más profundo de mi ser, pero ahora están volviendo a abrirse paso hacia la superficie a la fuerza y mi cuerpo está castigándome por lo que le he hecho.

Una nueva oleada de náuseas me sacude de arriba abajo mientras siento la calidez de las lágrimas que me surcan el rostro. Solo puedo pensar en sus ojos. En cómo rebosaban un dolor y un odio inconmensurables. Fui testigo de cómo reducía a cenizas hasta el último rastro de aprecio que me tenía.

Todas las cosas buenas que tanto me había esforzado por sacar a la luz se fueron desvaneciendo con cada mentira que salía de mis labios. Me ha bastado una sola conversación para hacer trizas lo que teníamos y enterrarlo a dos metros bajo tierra.

Lo nuestro ha muerto, al igual que yo he muerto para él.

Estoy condenada a pudrirme en vida, contemplando cómo mi propio arrepentimiento compite con los gusanos para darse un festín con mis restos, sin ni siquiera una lápida que señale mi tumba. De todas formas, sé que jamás volverá, así que no hay necesidad de que sepa dónde yace mi cuerpo.

Le he confirmado que todas sus creencias eran ciertas. Que la vida no tiene nada que ofrecerle más que sufrimiento.

—¿Lo has hecho ya?

Levanto la cabeza a duras penas para echar un breve vistazo a la puerta e intento fingir que no he visto a Easton ahí de pie, con la esperanza de que, si lo ignoro el tiempo suficiente, acabe desapareciendo de la faz de la tierra.

—Sí —digo entre toses, negándome a mirarlo—. Ya puedes irte de mi puta casa.

Oigo unos pasos acercándose y luego percibo su presencia junto a mi figura encorvada. Con valor, me aparta unos mechones de la cara y me los echa sobre el hombro, aunque, ahora que ya están empapados de vómito, tampoco es que su ayuda me sirva de mucho.

—No me estarás mintiendo, ¿no, Sage? —pregunta en un tono de voz calmado y embaucador, a pesar de que el ansia con el que me coloca la mano en la nuca me indica todo lo contrario.

Me agarra unos cuantos mechones de pelo y tira de ellos con fuerza para obligarme a alzar la vista hacia él.

—Por tu bien, más te vale que no me estés mintiendo.

—¡Suéltame! —grito, hundiéndole las manos en el pecho para alejarlo de mí, lo que provoca que pierda el equilibrio y se caiga de culo, pero no pierde esa sonrisita perturbadora de la cara—. Te he dicho que ya lo he hecho, así que déjame en paz, engreído de mierda.

—Vaya, vaya… —Chasquea la lengua y sacude la cabeza—. Siempre me has parecido un poquito mojigata. Creo que esta experiencia va a venirnos bien en el futuro para darle un poco de vidilla a lo nuestro, nena.

—Lo único que me das es asco —escupo, con una mueca de repulsión.

Una nueva oleada de emociones me sacude por dentro. Solo me apetece hacerme un ovillo en el suelo y llorar, pero Easton ya me ha arrebatado suficientes cosas, así que no pienso darle el gusto de verme peor de lo que ya estoy.

—¿Sabes lo que me da asco a mí? —Se levanta del suelo y se sacude los pantalones—. Que hayas dejado que esa puta escoria te toque. Has caído muy bajo. Deberías dar gracias de que haya decidido seguir adelante con este matrimonio cuando lo más fácil habría sido quedarme con Ro…

—Ni se te ocurra, imbécil —lo interrumpo, adoptando su misma postura porque, a pesar de que es más alto que yo, su necesidad de medirse la polla con todo el mundo hace que me sienta por encima de él—. Teníamos un trato, y yo ya he cumplido mi parte.

Unos días después de la rave , Easton me robó el móvil. Me quedé de piedra al enterarme de que el muy psicópata se había colado en mi casa mientras dormía para hacerlo. Según él, solo estaba actuando como un novio considerado.

No le costó mucho encontrar los mensajes que nos habíamos enviado Rook y yo ni averiguar quién se escondía tras el nombre con el que lo había guardado en mis contactos.

Cuando me pidió explicaciones, fui lo suficientemente estúpida como para alegrarme porque pensé que podría mandarlo a la mierda de inmediato y que Rook y yo no tendríamos que esconder más lo nuestro hasta la graduación.

Vendí la piel antes de cazar el oso. Me dejé llevar por la emoción del futuro que nos aguardaba en vez de centrarme en lo que teníamos entre manos en ese instante.

Creí que no podrían forzarnos ni a Rose ni a mí porque, al fin y al cabo, es ilegal y ya tenemos los dieciocho, de modo que nada nos habría impedido marcharnos de este lugar.

Silas lo habría hecho por ella sin dudarlo y yo confiaba plenamente en que Rook estuviera también conmigo y que, en cuanto le contara todo lo que había pasado, se negara a dejarme sola. Que luchara por mí.

Easton asiente con la cabeza mientras se frota la barbilla y echa un vistazo a su alrededor.

—Tengo curiosidad: ¿de verdad pensabas que podías salirte con la tuya? ¿Que no me iba a enterar de que te lo estabas follando?

—Te has enterado porque estás pirado y me has robado el móvil —respondo.

Acto seguido, paso junto a él sin mirarlo, me adentro en el caos de mi habitación y voy apartando los montones de ropa que hay tirada en el suelo, en busca de una cosa en particular.

—No te atribuyas el mérito de haberlo descubierto tú solito. No eres tan listo —continúo.

Quiero marcharme. Necesito dar por terminada esta conversación para poder preparar una mochila, irme a la casa del lago y quedarme allí unos cuantos días fingiendo que nada de esto ha pasado.

Tal vez, si cierro los ojos con fuerza y me acurruco en su sudadera, pueda sentir que él está ahí también conmigo.

Ojalá hubiera sabido que la última vez que lo toqué no volvería a hacerlo jamás.

Que aquel lunes después de la rave sería la última vez que sentiría su cuerpo contra el mío, sus caderas entre mis piernas, el humo de su porro en mis labios y nuestras respiraciones agitadas fundiéndose como si fueran una sola.

Me llevo la mano al corazón y arrugo la tela de mi camiseta en un puño, intentando consolar al órgano que late dentro.

El nivel del agua me llega hasta el pecho y espera con ansias a que la presa ceda para poder hundirme por completo.

Llevo todo el día esforzándome por mantener la cabeza a flote por encima de las olas, pero ya me he quedado sin fuerzas para seguir luchando.

Y la presa que contenía el dolor de los recuerdos acaba de ceder.

Todavía puedo sentir cómo me recorrió la clavícula con sus dedos aquel día mientras reposaba su cabeza sobre mi pecho. Sus largos mechones me hacían cosquillas, pero no me importaba. Me gustaba notar su calidez contra mí, aunque estuviera pegajoso por lo mucho que ambos habíamos sudado.

«¿Cómo te hiciste esta cicatriz?». La suavidad de su voz se deslizaba sobre mi piel como si fuera terciopelo mientras me acariciaba con las yemas de los dedos.

Le hablé de aquel día en que me caí de un tiovivo cuando era niña y mi madre me prohibió volver a jugar en el parque por miedo a que se me quedaran marcas en la cara y me la arruinase para siempre. No podía permitirme ni un rasguño.

«Rosie está convencida de que me servirá para encontrar a mi alma gemela», añadí para terminar la anécdota. «Pero yo creo que solo me lo dice para que no me avergüence de tenerla».

«¿Por qué está tan convencida?».

«Silas tiene una cicatriz en el meñique, justo en el mismo lugar donde ella tiene su marca de nacimiento. Le gusta pensar que en realidad es la marca de las almas gemelas. Al menos, así es como las llama».

Le pasé los dedos por el pelo, me enrollé unos cuantos mechones alrededor y le clavé las uñas suavemente sobre el cuero cabelludo porque sabía que le encantaba que lo hiciera.

De pronto, se inclinó un poco hacia atrás para dejar algo de espacio entre nosotros.

Con movimientos deliberados, giró el extremo encendido del porro hacia sí mismo y me lo llevó a los labios para que le diera una calada.

Me llené los pulmones y, cuando terminé, se presionó la brasa contra la piel.

El chisporroteo de la carne hizo que un escalofrío me recorriera la espalda.

Aunque estuviera colocada, sabía que todo aquello era real.

Por el amor de Dios, ni siquiera parpadeó. Apenas se movió.

Abrí los ojos de par en par al verlo.

«¿Qué coño estás haciendo?», grité, y me apresuré a cogerle la muñeca para apartarle el cigarro del cuerpo, atónita ante la posibilidad de que una persona fuera capaz de resistir tanto dolor de golpe.

No se lo pensó ni por un segundo; lo hizo sin más.

Le quedó una desagradable quemadura carmesí justo sobre la clavícula. Estaba inflamada y salpicada de cenizas, por lo que era imposible que no le doliera, pero, aun así, no reaccionó de ninguna forma.

Siguió mirándome fijamente, con los ojos brillando a través del humo.

«Demostrarte que Rose tiene razón».

Por más hondo que respiro, no logro calmarme. El nivel del agua continúa subiendo a un ritmo demasiado rápido. Estoy jodida.

Lo revuelvo todo en busca de la sudadera, con la esperanza de que el simple hecho de olerla, aunque solo sea por un instante, alivie un poco la presión que me atenaza el pecho. Me siento como si me hubieran rajado la piel y todas las terminaciones nerviosas de mi cuerpo estuvieran al aire.

Nadie te avisa de lo dolorosos que pueden ser los ataques de pánico.