12 #2
Sé que Sage viene aquí todos los días después del almuerzo porque tiene una hora libre. Me he tirado muchas tardes sentado en la última fila sin que se diera cuenta de mi presencia, solo para poder observarla en lo que yo creía que era su hábitat.
Me quedaba allí quieto, como un puto perrito faldero, espumando por la boca igual que si estuviera ante una diosa o un ángel. Me limitaba a contemplarla, pensando en todas las cosas que le diría y le haría después. Así lograba resistir día tras día las ganas de moler a palos a su novio.
Su recuerdo me bastaba para contenerme hasta que volviera a verla porque, si soy sincero, solo estando a su lado he podido sentir algo parecido a la felicidad.
No me refiero a la comodidad que me brindan mis amigos, sino a la auténtica felicidad.
Un sentimiento que llevaba sin experimentar desde que murió mi madre.
Joder, ¿cómo me he permitido caer en sus redes? ¿Cómo se me ha ocurrido siquiera pensar, aunque fuera por un segundo, que podía amarla?
Incluso después de haber escuchado a Rose y de haber visto el anillo, hay una parte de mí que insiste en defenderla, que se aferra a una esperanza vana y le suplica a mi mente que tenga fe porque tal vez solo se trate de un gran malentendido.
Quiero creer en ella.
Confiar en lo que sea que fuimos.
—Mierda, si es que soy patético —me maldigo a mí mismo mientras abro las puertas del teatro de un empujón.
Una vez dentro, me paso la mano por el pelo y me tiro de los mechones con fuerza, hasta hacerme daño.
A pesar de que no tengo motivos para creer en ella, la espero de todas formas.
Me apoyo contra la pared, sumido en las sombras, dispuesto a creerla.
Esa Sage que apareció aquella noche en el Cementerio parecía la auténtica.
No pudo haber fingido la forma en la que sus ojos imploraban mi ayuda.
Es imposible que se inventara todas esas conversaciones y risas a altas horas de la noche.
Me niego a pensar que nada de aquello fue real.
Permanezco allí de pie, observando cómo avanzan las manecillas del reloj, batallando conmigo mismo. Hasta este mismo instante, ni siquiera me había dado cuenta de que, por primera vez en mi vida, había empezado a anhelar algo bueno.
Algo que no implicara dolor.
Me había engañado a mí mismo pensando que me merecía más.
La puerta se abre de nuevo, trayendo consigo el bullicio de los estudiantes que se mueven por el pasillo, pero el ruido cesa en cuanto entra ella y la cierra a su espalda.
No voy a andarme con rodeos. Necesito respuestas.
Quiero la verdad.
—Lo reconozco, Sage, eres una actriz de puta madre —digo a modo de saludo, apartándome de la pared para acercarme más a ella y la supero en altura aun con esos tacones de tiras que lleva.
—Rook…
—¿Qué te parece si volvemos a lo de pirómano? Rook es para las personas que no me mienten flagrantemente a la cara.
Las palabras salen disparadas de mi boca antes de que pueda siquiera concederle a mi mente la oportunidad de escuchar sus excusas.
Clavo la mirada en esos ojos de fuego azul y trato de encontrar algo, lo que sea. Una chispa de emoción que avive mi esperanza y no permita que se extinga.
Tal vez furia, por dudar de ella, o tristeza, porque se ha metido en algún tipo de lío.
Me conformaría incluso con ver arrepentimiento. Aceptaría que me hubiera mentido con lo de Easton y luego sintiera pesar por haber llegado a quererme.
Sin embargo, me doy de bruces con la nada.
Ante mí solo hay un rostro impasible con una expresión inescrutable.
Levanto la vista al techo y tomo una bocanada de aire tan profunda que se me expande el pecho.
—¿Cuánto tiempo pensabas mantener esta farsa? ¿Ibas a seguir conmigo hasta después del convite o ibas a esperar hasta tener que averiguar quién era el padre del bebé?
Se limita a quedarse de pie, mirándome sin reaccionar. En otras circunstancias, me habría gritado, se habría enfrentado a mí, porque esa era su forma de ser conmigo.
Tengo tanta energía acumulada que mis manos se mueren de ganas por agarrarla y zarandearla. Quiero gritarle que me hable, que me responda de alguna forma.
—Dime que es mentira, Sage —suplico con dureza, aunque el dolor me oprime el corazón.
Me dijo que podía tenerla solo para mí y lo único que estoy haciendo es perderla. Nunca he sido capaz de conservar algo que me importara. Pero deseo con todas mis fuerzas salvar al menos lo nuestro.
—Por favor, dime que lo del matrimonio es una puta farsa, que ha sido idea de tus padres. Dime la verdad y te juro que arrasaré con el mundo entero para salvarte y protegerte. Dime que la chica que se aferra a mi sudadera cuando duerme es la verdadera. Dime que conmigo está la auténtica Sage.
Con la esperanza de convertirme en el detonante que la despierte de ese trance, me acerco a ella y le enmarco el rostro con ambas manos.
—Solo dime que es mentira, cielo —susurro.
Le bastan tres breves movimientos para hacer añicos toda la confianza que había depositado en ella. Da un paso hacia atrás y se aparta de mí.
—No quería que esto saliera así, pero supongo que es mejor arrancar la tirita de un tirón.
—Se coloca un mechón de pelo detrás de la oreja con naturalidad, como si yo no estuviera a punto de explotar—.
Es solo que… Necesitaba un poco de… —Deja la frase en suspenso mientras busca la palabra adecuada con un gesto frío y calculador—, peligro antes de la graduación.
Lo entiendes, ¿verdad? —pregunta con las cejas levantadas, aunque no aguarda respuesta alguna.
Su tono parece más robótico que humano. La actitud que impregna cada una de sus palabras me sacude por dentro.
Esa chica a la que había empezado a abrirme se ha esfumado. La que tengo delante es la antigua Sage, y esta vez ha regresado con las garras aún más afiladas si cabe. Lo más triste de todo es que creo que siempre ha estado ahí.
—Había estado tan centrada en mantener mi imagen, ser animadora y llevar al día las tareas que nunca había llegado a experimentar las típicas locuras de instituto de las que todo el mundo siempre está hablando, así que, cuando Easton me pidió matrimonio…
—Suspira mirando hacia el horizonte durante un segundo, como si se lo estuviera imaginando a él, y luego vuelve a fijar la vista en mí—.
Pues eso, quería tachar de mi lista todas esas experiencias vitales antes de casarme y tú parecías el indicado para ayudarme a hacerlo.
El pecho se me contrae al escucharla. Me siento como si me hubieran clavado un cuchillo enorme en la espalda y se me estuvieran llenando los pulmones de sangre.
—Ah, ¿sí? —logro articular a duras penas con los dientes apretados.
Asiente, enseñando los dientes con una sonrisa cargada de condescendencia.
—Confieso que tuve mis dudas cuando me lo propuso —dice, girando distraídamente el anillo que le adorna el dedo, como si no le bastara con echarle sal a la herida y necesitara rociarme de gasolina las muñecas abiertas—.
Pero creo que me has dejado muy claro que Easton Sinclair es todo lo que necesito en mi futuro.
O sea, estamos hechos el uno para el otro, ¿no crees?
«¿Está de puta coña?».
Acorto la distancia entre ambos con el ceño fruncido de rabia.
—No me lo creo. ¿Tu futuro se reduce a orgasmos fingidos y a un tío que te trata como a una muñeca hinchable? Y una mierda, Sage. ¿Me estás diciendo que todos los guiones, las lágrimas y tu sueño de ir a Los Ángeles solo eran puro teatro? ¿En serio?
Nunca había oído mi propia voz tan cargada de emociones.
Sé cómo hacer que suene amenazante, graciosa o sarcástica, por supuesto, pero esto es completamente diferente.
Cada palabra que sale de mis labios parece clavarse en las plantas de mis pies igual que si fueran cuchillas al ver que ni siquiera se inmuta ante ellas.
Como si no le importaran ni en lo más mínimo.
—Te dije lo que necesitabas escuchar, Rook —responde, ajustándose la correa de su mochila; por lo visto, ya se ha aburrido de la conversación—. Te puse delante a una chica que pensaste que podías salvar. Y tú no eras más que el socorrista del que quería aprovecharme. No me…
Se detiene y, por un breve instante, creo que va a quebrarse y a retractarse de todo, pero entonces su risa empieza a resonar por toda la estancia, atravesándome la piel como si me estuviera disparando a quemarropa, y no puedo hacer nada más que limitarme a recibir bala tras bala hasta quedarme como un colador. Vacío y agujereado.
—No me puedo creer que te lo hayas tragado —termina de decir, secándose las lágrimas que le han brotado de los ojos con ese ataque de risa.
Una oleada de odio resurge dentro de mí e impregna cada célula de mi ser como si fuera adrenalina, alimentando mis ansias de venganza.
Creía que todo el rencor que albergaba había mermado desde que estaba con ella, pero esto solo ha contribuido a azuzar a las bestias famélicas que habitan en mi interior.
Solo es una mentirosa. Una zorra manipuladora. Una traidora. El enemigo.
Ahora mismo no existe nadie sobre la faz de la tierra a quien odie más que a ella. Y pienso hacer que pague por todo. Quiero que sienta el mismo puto dolor que yo he permitido que me inflija.
Me muerdo el labio inferior y sonrío ante la hostilidad que va apoderándose de mí.
—Cuando acabes completamente sola porque has usado a todos los que te rodean, espero que recuerdes que te lo has buscado tú sola. Nadie siente compasión por una zorra desalmada.
Resopla con desdén y se da la vuelta para dirigirse hacia el escenario.
—Me importa tan poco la compasión de los demás como el numerito que estás montando, pirómano.
—Llevas tanto tiempo jugando a este juego que ya no eres capaz de distinguir si estás jugando tú o están jugando contigo, Sage —digo en un tono más elevado, pero ella solo me echa un vistazo por encima del hombro y esboza una sonrisa.
—No es mi culpa que tú tampoco hayas sabido verlo, Van Doren. Ya se te pasará el enfado. Al fin y al cabo, mañana cantarán los pájaros de nuevo.
Dejo que sus palabras me calen la piel y alimenten mi odio hacia ella, aunque todo esto haya sido en realidad culpa mía.
Recibirá su merecido. Pienso asegurarme de ello.
Abro las puertas como si quisiera arrancarlas de sus bisagras y salgo del instituto. Sé exactamente lo que tengo que hacer, pero primero hay un asunto del que debo encargarme, de modo que acudo a la única persona que haría cualquier cosa que le pidiera sin exigirme explicaciones.
Alguien que anhela infligir justo la clase de tormento que necesito en este instante.
Los puñetazos en el estómago de Alistair y los versículos bíblicos cargados de la malicia de mi padre no van a bastarme hoy para saciar mis ganas de dolor.
Necesito algo que me ayude a extraer el veneno que me está consumiendo.
Ya.
Con el cuerpo sacudido por un odio profundo hacia mí mismo, subo a duras penas los escalones de piedra que conducen hasta la puerta de su casa. La aldaba parece lanzarme una mirada asesina al verme estampar desesperadamente el puño contra la puerta.
Mi mente aúlla, gruñe y ruge ante el maldito órgano inútil que me palpita en el pecho.
No debería haber vuelto a latir nunca, y menos aún después de todo por lo que ha tenido que pasar.
Él mejor que nadie sabía que no debía esperar nada del mundo y, aun así, se atrevió a albergar la absurda esperanza de que Sage fuera diferente, de que no mintiera.
Sin embargo, la realidad es que no ha dejado de bombear lodo negro desde que ella le clavó sus garras y, a pesar de todo, sigue tratando de convencerse a sí mismo de que algún día volverá a funcionar como antes y a transportar sangre de verdad en lugar de este líquido ponzoñoso que me recorre todo el cuerpo.
La puerta pesada emite un chirrido al abrirse. La luz del sol baña la casa en penumbra e ilumina los zapatos Oxford negros de aquel que ahora se encuentra apoyado en el marco, mirándome con los ojos entrecerrados.
Aunque su voz está llena de vida y posee mordacidad, ingenio e incluso un cierto punto de gracia, su mirada revela que todas esas cualidades no son más que una farsa.
Por dentro, es un ser retorcido al que le da igual el mundo que lo rodea.
No porque él lo haya escogido, sino porque es físicamente incapaz de preocuparse por los demás.
Al menos, de la manera en la que lo hace el resto.
Es un amigo leal y me entiende, pero, aun así, no le importa nada.
Las emociones humanas le son completamente ajenas.
Por ejemplo, Silas comprende los sentimientos, cómo funcionan y cómo les afectan a otros, pero no le gusta sufrirlos en su propia piel. Thatcher Pierson, en cambio, no podría asimilar nunca su significado porque carece de la capacidad para experimentarlos. ¿Quién se atrevería a culparlo?
Sin embargo, es el único que puede darme lo que ansío ahora mismo.
—Necesito que me hagas daño de verdad —le pido, clavando el fuego de mis ojos en el hielo de los suyos.