Las verdades que quemamos (Hollow Boys 2) 12
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Extracción

Rook

—¿Dónde está Thatcher?

Me acerco a la mesa que se encuentra apartada en un rincón de la cafetería y miro a Rose, que está sentada justo en la parte que da hacia el pasillo.

—¿Qué pasa, Rosie? —la saludo mientras le revuelvo el pelo.

Ella se limita a alzar la cabeza y dedicarme una sonrisa.

—Ey, RVD.

Cuanto más exploro el cuerpo de su hermana, más diferentes me parecen la una de la otra.

—Se ha puesto malo o alguna mierda de esas que se le ocurren a él y se ha encerrado en su casa. No está muy contento con la situación —dice Alistair y, acto seguido, procede a morder la manzana que tiene en la mano con tanta agresividad que da la impresión de estar vengándose personalmente de ella.

—Entonces es que le ha dado una de sus crisis de germofobia. Ya se le pasará —digo mientras me subo la capucha, me dejo caer en la silla, pongo los pies en la mesa y me entrelazo las manos en la nuca.

—Hablando del paradero de la gente, ¿dónde cojones te metes últimamente? No estabas en el Cementerio este fin de semana.

Sé que voy a tener que contarles pronto qué he estado haciendo y por qué no me he dejado ver tanto por ahí, y también soy consciente de que tendrá que ser antes de la graduación, lo que significa que ella todavía estará saliendo con Easton.

Se va a liar una gorda.

Aun así, no pienso decirles nada sin Thatcher presente, y tampoco me parece que el instituto sea el lugar más adecuado para hablar de ello. Ya se lo contaré a todos cuando estemos solos, así, si uno de ellos se lo toma peor de la cuenta, no pasará nada.

Como le dije a Sage, no temo sus reacciones. A pesar de que les sentará como una patada en los cojones el hecho de que se lo haya estado ocultando, solo se pondrán hechos una auténtica furia cuando se enteren del porqué.

—Iba a ir, pero me fumé una maría demasiado potente y me quedé sopa en la cama.

No tenía ganas de nada este finde, tío —le miento, cuando, en realidad, me estaba follando a la hermana de Rose en el asiento trasero de su coche enfrente de mi casa—.

Además, nos vemos casi todos los días, cabrones. Prácticamente vivo con Silas.

—Da gracias de que a mi padre se la sople verte en calzoncillos por la cocina todas las mañanas —interviene Silas, y no puedo evitar reírme.

—Solo me tolera porque tus hermanitos me adoran. Tu madre, en cambio… —Chasqueo la lengua—. Me odia.

—Mi padre te tolera porque eres mi amigo. Y mi madre no te odia a ti, lo que odia es tener que recoger las balas de espuma que se quedan tiradas por la casa cuando juegas a las batallas con Levi y Caleb.

Reconozco que, al principio, sentí celos de Silas.

Creo que fue precisamente eso lo que fortaleció nuestro vínculo cuando nos hicimos amigos.

A diferencia de la de Alistair, Thatch o la mía, su familia era increíble y estaba realmente unida.

Su vida me parecía envidiable porque lo tenía todo: un padre cariñoso que no se avergonzaba de su enfermedad mental y que se esforzaba por darle todo lo que necesitaba solo para hacerlo feliz, una madre que lo adoraba como si fuese el ser más perfecto del universo y dos hermanos que lo admiraban.

Por no hablar de que, encima, estaban forrados.

¿Cómo iba a encajar en nuestro grupo o a entender siquiera una mínima parte de todas las cosas por las que habíamos pasado?

Unos años más tarde, cuando le diagnosticaron oficialmente esquizofrenia, me di cuenta de que no se trataba de que él nos entendiera a nosotros, sino de que nosotros éramos los únicos que lo entendíamos a él.

Sabíamos lo que era convivir con demonios que te devoraban por dentro y se llevaban consigo todos tus sueños y esperanzas.

Comprendíamos lo reales que le parecían las alucinaciones porque nosotros las habíamos experimentado en nuestra propia piel.

Aunque los monstruos que lo atormentaban a él fueran criaturas ficticias que se adueñaban de su mente y los nuestros, seres de carne y hueso que se encargaban de destrozarnos la vida, seguíamos identificándonos con su dolor.

Y eso era algo que nadie más podía hacer.

Ni los médicos, ni los psicólogos, ni sus padres, por mucho que lo intentaran.

Jamás olvidaré el día que me contó cómo se le aparecían esas figuras intangibles hechas de niebla, sobre todo por las noches.

Cómo le tiraban de los pies y le susurraban al oído.

Cómo cerraba los ojos una y otra vez y trataba de calmarse a sí mismo diciéndose que solo era un sueño, pero seguían ahí cuando volvía a abrirlos.

No había luces ni cuentos que pudieran ahuyentar sus pesadillas. Siempre lo acompañaban.

Ese mismo día, le confesé la verdad acerca de mi madre. No se lo había contado a nadie hasta entonces. Ni siquiera había hablado de ella en voz alta.

A partir de ahí, nos hicimos inseparables.

—A veces me pregunto si se da cuenta de que parece un gilipollas o es que simplemente le da igual —comenta Alistair, mirando detrás de mí.

Silas alza las comisuras de los labios lo justo para que le cambie la expresión de la cara. Cuando me giro, veo a Easton entrando en la cafetería con el brazo apoyado sobre los hombros de Sage, abrazándola como si fuera suya por derecho.

—La próxima vez que tu viejo le haga una visita a su madre, dile que le recuerde que Easton ya es mayorcito para vestirse solo —añade Silas.

Me hace gracia que Easton no tenga ni idea de que somos conscientes de las actividades extracurriculares de su madre.

En más de una ocasión, me ha tentado la idea de usar esa información en su contra solo para presenciar cómo tiembla de miedo ante la posibilidad de que la reputación de su familia perfecta quede manchada para siempre.

Porque, si la verdad saliera a la luz, los únicos afectados serían los Sinclair, y a Alistair le suda la polla lo que haga su familia de mierda y a quién decidan follarse.

Aprieto la mandíbula con tanta fuerza que me da la impresión de que estoy a punto de romperme las muelas.

No importa cuánto tiempo llevemos juntos ni cuántas veces haya sido testigo de esta misma escena, no hay ni una sola vez que no sienta una punzada de rabia al verlos.

La posesividad que se apodera de mí no hace más que aumentar cada día que pasa, y ya le advertí a Sage que me había hartado de esperar.

Noto cómo empiezan a sudarme las palmas mientras fijo la vista en ella, en esa sonrisa falsa tan deslumbrante que atrae la mirada de todos los hombres y provoca la envidia de todas las mujeres de la sala.

La faldita a cuadros que lleva me está dando material de sobra para alimentar mis fantasías. Parece una colegiala rogando confesar más pecados.

Jugueteo con la lengua y muerdo la cerilla con más fuerza, imaginándome cómo su sabor me impregna la boca mientras le como el coño que esconde bajo esa tela fina.

El deseo que despierta en mí no es nada nuevo, lo que me extraña es esta necesidad que siento de tenerla solo para mí.

No puedo evitar preguntarme si Easton conoce todos sus secretos. Si con él también se pone a interpretar papeles en ropa interior o a comer Skittles hasta reventar. Si le ha confesado sus sueños y sus miedos.

Pese a lo que me dicta mi sentido común, me preocupo por ella.

La deseo. Y, como la vida se empeña en recordarme lo cruel que puede llegar a ser cuando te descuidas, todos mis temores se hacen realidad en este mismo momento.

Al seguir admirando a la chica en la que nunca debería haber confiado, me percato del anillo de diamantes que le adorna el dedo y que simboliza una promesa de amor eterno.

—Ojalá se diera cuenta de que se merece algo mucho mejor, pero cada vez que le saco el tema se pone hecha un basilisco. No puedo soportar la idea de que vaya a formar parte de mi familia, aunque sea política.

La voz de Rosie se transforma en un ruido blanco que me cruje dentro del oído como si tuviera millones de diminutas agujas perforándome el tímpano sin cesar.

—¿Cuánto tiempo llevan prometidos? —pregunto, con la esperanza de que mi tono parezca indiferente y calmado.

Se encoge de hombros mientras muerde un tallo de apio.

—Según mi madre, desde mucho antes de Navidad, pero querían mantenerlo en secreto hasta la graduación. Se ve que se han cansado de esperar.

Asiento ante su respuesta, pero también tomo nota mental para el futuro.

Yo llevaba razón. No debería haber tocado nunca aquella preciosa flor ni haber permitido que ella hincara sus dientes en la carne de mi fruta prohibida. Todos tildan de corruptor al diablo, pero nadie se pregunta si fue Eva la que provocó el desastre.

Había sido un dulce veneno durante todo este tiempo y me había impregnado de él hasta los huesos. Mi mente está plagada de recuerdos de ella, de la persona que creía que era, y mi cuerpo no puede quitarse de encima su tacto. La siento en todo mi ser, y la quiero fuera de mi vida de inmediato.

Sus palabras y sus acciones no habían sido más que mentiras sucias y baratas.

Todas y cada una de ellas.

El cuerpo me arde tanto que tengo la camiseta empapada de sudor y me tiemblan las manos como nunca. Seguro que por fuera también puede percibirse el humo que emana de mí.

Estoy perdiendo el control de mí mismo y he entrado en una espiral descendente hacia el caos. Necesito largarme de aquí. Tengo que pagar por haber confiado en alguien que sé que miente.

—Se me ha olvidado el trabajo de Química en casa. Voy a por él corriendo antes de que empiece la siguiente clase. Nos vemos luego.

Pongo los pies en el suelo, me aparto de la mesa en la que me había sentado hace tan solo unos instantes y me dirijo hacia la puerta.

«Voy a irme», me digo a mí mismo mientras mis pisadas retumban en el pasillo. Necesito que alguien me golpee o hacer que algo vuele por los aires antes de que estalle yo. Aun así, no puedo evitar detenerme al pasar junto a las puertas del auditorio.