10 #3
—Puedes confiar en mí, Rook —repite con más suavidad, como si tratara de hacer salir a un animal salvaje de un rincón sin que la muerda.
Nadie, ni una sola persona, me había tratado así. Nunca me habían obligado a abrirme de esta manera. Mis amigos no necesitan preguntar nada; lo entienden sin necesidad de palabras. Y los demás no se han atrevido nunca porque no les importa.
Se me revuelve el estómago de pensar en mi padre, en por qué soy como soy.
—Estoy seguro de que has oído los rumores. —Alzo las manos y le rodeo las muñecas para apartarlas de mi rostro—. Sabes perfectamente de dónde vienen los moratones y por qué siempre voy por ahí con alguna mancha de sangre.
De pronto, su mirada se torna triste y las lágrimas comienzan a empañarle los ojos. Ni siquiera soy capaz de fijar la vista en ella mientras hablo.
—Entonces, ¿es cierto que tu padre te pega?
—Me da golpes, palizas… A veces le gusta usar el látigo los fines de semana. Sí, Sage, mi padre me pega. Tampoco es para tanto. Hay niños muriéndose de hambre en otras partes del mundo.
Típico de mí. Servirme del humor para lidiar con lo que le he hecho a mi propia familia. Y con lo que podría hacerle a Sage si insiste en acercarse más de la cuenta.
—¿Y las cicatrices que tienes en el pecho? ¿También son obra suya?
Asiento con la cabeza, incapaz de decirlo en voz alta.
—Pero… Si siempre va a misa los domingos… Y parece tan…
—¿Tan qué? ¿Amable? —Arqueo una ceja—. ¿Un hombre devoto cuya esposa falleció trágicamente? Claro, eso es lo que muestra de puertas para afuera, pero en casa me hace pagar muy caro el simple hecho de haber nacido. Las máscaras no dejan de ser máscaras, da igual lo bien pegadas que estén al rostro.
Ella mejor que nadie debería saberlo. Por mucho que creas conocer a alguien, es imposible saber lo podrido que puede estar por dentro o lo que es capaz de hacer en realidad.
Mi padre, sin ir más lejos, es capaz de cualquier cosa, menos de matarme. Aun así, espero pacientemente el día en que esté dispuesto a cruzar ese límite y le ponga fin a nuestro sufrimiento de una vez por todas.
Las lágrimas le acaban resbalando por las mejillas y, al parpadear, le empapan las oscuras pestañas que le bordean los ojos. Niego con la cabeza y le aprieto las muñecas con más fuerza.
—No sientas lástima por mí. No la necesito.
—¿P-por qué no se lo has contado a nadie? —susurra, inmóvil como una estatua ante mí, tratando de comprender desesperadamente qué puede llevar a un padre a odiar tanto a su hijo.
He ahí el quid de la cuestión que conduce a la verdad oculta.
¿Por qué no le devuelvo los golpes? ¿Por qué no busco ayuda?
Cualquier otra persona en mi situación se daría a la fuga si tuviera un padre como Theodore Van Doren.
Sin embargo, nadie lo conoce igual que yo. Nadie sabe lo que le hice.
—Porque me lo merezco. —Le suelto las muñecas y clavo la mirada en sus ojos cargados de tristeza—.
Ya te lo he dicho. No soy buena persona.
Mi padre antes era amable y bondadoso. Fui yo quien lo convirtió en un monstruo, de modo que ahora tengo que asumir las consecuencias de mis propios actos.
Solo me está castigando por todo el daño que le he causado. Es el único que puede hacerlo.
Sé que está confundida y que no termina de entender lo que le estoy diciendo.
Pero eso no la frena a la hora de darme su opinión al respecto.
—No me puedo creer que no te des cuenta de lo que te ha hecho.
Es imposible que pienses de verdad que tiene todo el derecho del mundo a agredirte.
Da igual la gravedad del error que hayas cometido, nadie se merece que lo traten así.
No te conformes con llevar una vida llena de rabia contenida ni ser el saco personal de boxeo de tu padre o la oveja negra de un pueblo que ni siquiera se ha tomado la molestia de ponerse en tu lugar.
Puedes aspirar a algo mucho mejor —me implora, como si unas cuantas palabras de cariño pudieran borrar tantos años de manipulación y malos tratos.
Aun así, valoro el esfuerzo, porque ya es más de lo que ha hecho el resto.
—Te mereces algo mejor, Rook.
—No me hace falta. — Le coloco la mano en la mejilla y le acaricio la cara mientras le seco con el pulgar las lágrimas que no debería estar derramando por mí.
Algún día, recordará este momento y se dará cuenta de que lloró por un chico por el que no valía la pena hacerlo.
—El error que cometí fue horrible, deshonroso y ya no puedo enmendarlo. Nunca voy a ser capaz de olvidarlo. Yo mismo me he condenado a llevar una vida miserable por mis actos. Hay cosas que no merecen ser perdonadas, Sage.
Nunca va a hacerme cambiar de parecer, porque la única persona que puede perdonarme está muerta. Mi alma no hallará salvación alguna hasta que me encuentre a dos metros bajo tierra.
—No me lo creo, Rook.
Me agarra de la camiseta y se abalanza sobre mí para abrazarme con fuerza, como si así pudiera exprimir todo el sufrimiento que guardo dentro.
Entonces, bajo la mirada hacia su cabeza y mi corazón reacciona de pronto de un modo extraño: empieza a latir más deprisa, amenazando dolorosamente con salirse de mi pecho.
—Me niego a creerlo. Aún te queda algo de bondad. Puedo sentirla. Sé que está ahí.
Nadie que me haya conocido después del accidente me había dicho nunca algo así. Esas palabras me sacuden por dentro, despertando una oleada de sentimientos que creía enterrados.
«Aún te queda algo de bondad».
Todos los demás se han limitado siempre a cuchichear, a inventarse rumores sobre mi nacimiento y a referirse a mí como el anticristo, el demonio, el diablo. Se aprovecharon de una tragedia que me carcomía por dentro como si fuera un veneno para crear un monstruo aún peor.
Hicieron que un niño que ya se odiaba a sí mismo comenzara a odiar a todo el mundo que lo rodeaba.
Quiero creerla. Tal vez una parte de mí, una de esas que quedaron sepultadas hace tiempo, aún crea que hay algo de bondad en el fondo de mi ser. Que puedo permitirme tener esperanzas y sueños. Que quizá incluso pueda estar con Sage para siempre. Que acabaremos juntos al final.
Pero, cuando matas a tu propia madre, es inevitable que toda la bondad que alguna vez albergaste muera con ella.