Las verdades que quemamos (Hollow Boys 2) 10 #2
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Se libera de mi agarre para ponerse de pie, agarra el bol vacío que antes estaba lleno de palomitas y se dirige a la cocina.

Aprieto la mandíbula, intentando contener la tensión que me inunda el pecho.

La sigo con la mirada al mismo tiempo que cojo mi Zippo y me entretengo haciendo girar la llama entre mis dedos.

—¿Qué quería? —pregunto, porque ha tenido que ser él.

Un sabor amargo y repulsivo me invade la boca. Me dan ganas de fumar solo para que el humo ahogue la irritación que está apoderándose de mi cuerpo.

—Saber dónde me he metido. Se supone que hemos quedado para cenar esta noche con mis padres.

Fijo los ojos en la pantalla blanca mientras el ruido de la cámara de cine empieza a taladrarme la cabeza.

—¿Vas a ir?

Al mirarla de nuevo, la tenue luz que sale del frigorífico desvela la culpa que refleja su expresión. No hace falta que diga nada. Ya sé la respuesta. Las tripas se me revuelven de la rabia.

—Por supuesto. Cómo no.

Me levanto del suelo, cojo la sudadera y el gorro que están en el sofá, me los pongo y me encamino hacia la puerta para calzarme los zapatos.

Cuando Sage y yo compartimos estos momentos, parece que el mundo exterior deja de girar.

A veces salimos de Ponderosa Springs, venimos aquí y nos refugiamos entre las paredes de esta casa, donde ella puede permitirse ser tal y como es y yo, alguien que aún alberga esperanza.

Pero siempre hay algo que nos arrastra de vuelta al fango tóxico del que intentamos escapar y que nos recuerda la cruda realidad de nuestro inevitable destino.

—No es justo —murmura, cerrando el frigorífico.

Acto seguido, escucho sus pies descalzos atravesando la cocina y acercándose a mí por detrás.

—¿El qué? —replico, girándome para encararla mientras se aproxima, aunque mi movimiento repentino provoca que se sobresalte—.

¿Que sea yo el que se sienta aquí contigo para leer guiones, ver películas todos los días y hacer que te corras en mi polla, mientras él puede pasearte por el instituto como si fueras un trozo de carne?

Mi voz desprende una furia tan ardiente que siento cómo quema su delicada piel.

Cuando estamos bien, somos como el fuego acogedor que se enciende en Navidad y que te invita a acurrucarte a su alrededor; en cambio, cuando estamos mal y discutimos, casi siempre por culpa de Easton, nos transformamos en una tormenta de humo y llamas, en un incendio incontrolable que arrasa con todo a su paso.

Yo no la trato con delicadeza y ella no se deja amedrentar por mi ira.

—¡Sabes que todavía no puedo cortar con él! Ya te lo he dicho, tengo que esperar hasta la graduación, Rook. No te puedes ni imaginar lo que serían capaces de hacer mis padres si me atrevo a dejarlo antes. Tenemos que esperar.

—Haz lo que quieras. Yo me largo.

Extiendo la mano hacia la puerta, pero me agarra para intentar detenerme, impidiendo que actúe con responsabilidad y ponga fin a esta pelea ahora que aún estamos a tiempo.

—¡Siempre igual! No puedes irte así sin más —contesta en un tono cada vez más elevado—.

Te enfadas y, en lugar de hablar sobre el tema, ¡te cierras en banda y te vas!

Hiciste exactamente lo mismo la semana pasada con las solicitudes de la universidad.

¿Cómo quieres que entienda lo que te pasa si nunca te abres conmigo?

De pronto, se me tensa todo el cuerpo. Mi habitual calma se esfuma y me quedo completamente inmóvil como una piedra.

—No tienes por qué comprenderme. Nunca te he pedido que hagas nada por mí, Sage. Eres tú la que vino a buscarme.

Tiro del pomo con la clara intención de dar por finalizada nuestra conversación, pero coloca las manos en la puerta y la cierra de un portazo que retumba por toda la casa vacía.

El corazón me late con fuerza en los oídos y la rabia provoca que se me erice la piel. Nunca le he pedido nada. Ni que enviara las puñeteras solicitudes ni que se preocupara por mi puto futuro. Nada.

No tiene derecho a darme falsas esperanzas ni a creer en una persona que ya ha renunciado a todo.

Siempre he sabido que me iría de Ponderosa Springs después de graduarme, aunque jamás me había parado a pensar en lo que sería de mí una vez me fuera.

Y, entonces, llegó ella con sus planes, hablando de las oportunidades que tendría en los departamentos de química, aportando ideas, metiendo las narices en cosas que ni siquiera le corresponden y tratando de ilusionarme con un futuro que sé de sobra que nunca podrá ser mío.

Por eso evito las relaciones a toda costa y no confío en nadie más que en mis amigos, porque ellos entienden que las falsas esperanzas solo sirven para impedirte avanzar y, al igual que yo, son conscientes de que las cosas buenas no le pasan a la gente como nosotros.

—O sea, ¿que ahora soy yo la mala? ¿Tú nunca te has equivocado? Si tan despreciable te parezco por no haber dejado a Easton todavía, ¿qué me dices de ti, Rook? ¿Les has contado a tus mejores amigos que estás con la hija del alcalde? ¿O sigues mintiéndoles?

Se ha enfadado, así que está intentando darme donde más me duele, y sabe perfectamente dónde hurgar para provocarme.

Me giro hasta quedar frente a ella y doy un paso en su dirección.

—No se lo he contado porque aún eres el puto enemigo, Sage, y si se enteran de lo nuestro, si descubren que no has cortado con él y que eso me cabrea, no dudarán en matarlo —contesto en un tono escalofriante cargado de sinceridad—. No cuestiones jamás mi lealtad hacia mis amigos.

Me detengo un momento, rechinando los dientes y respirando con furia por la nariz. Si le parece espantoso lo que serían capaces de hacer sus padres, no tiene ni idea de lo que podría ocurrir si los chicos lo supieran.

No les importaría que follemos o lo que sea que estemos haciendo. Les daría igual quién es ella, a diferencia de la mayoría de gente de por aquí.

—¡Te he dicho que no me he acostado con él desde antes de Halloween!

—Ya. —Me paso la lengua por el labio inferior—. ¿Y sigue besándote? —pregunto para irritarla, avanzando hacia ella a la vez que retrocede, como si se tratara de una especie de baile—. ¿Te toca? ¿Te coge de la puta mano como si le pertenecieras?

Su culo choca contra el respaldo del sofá y se queda atrapada frente a mí, sin forma alguna de huir ni lugar donde esconderse.

Mi mente se convierte en mi peor enemiga y no para de mostrarme destellos de todo lo que he tenido que soportar estos últimos dos meses: encontrármelos juntos en los pasillos, verlo a él posando sus manos sobre ella y dejarme consumir por la impotencia de no poder quitárselas de encima.

—A mis amigos les da lo mismo que seas la hija del alcalde.

Si no les he contado lo nuestro no es por eso ni por mí, sino para protegerte a ti —recalco a la vez que le clavo un dedo en el pecho—, de lo que son capaces de hacer ellos.

Porque lo único que les preocupa soy yo.

Aunque les dijera que no me molesta, les soltara una puta mentira y les asegurara que al verte con él no me dan ganas de…

—El sabor metálico de la sangre me hierve en la garganta con solo pensar en pronunciar las palabras—, reducir a cenizas el puto instituto entero después de haberle arrancado las manos de cuajo, se lo olerían igualmente y no saldrías bien parada.

Hemos atravesado juntos los momentos más oscuros de nuestras vidas, nos hemos visto enfrentarnos a horrores que nadie debería conocer, hemos presenciado el mismísimo infierno en la tierra.

Siempre nos protegemos del resto del mundo, cueste lo que cueste.

No hay nada que no haríamos los unos por los otros.

No existe ningún límite que no estemos dispuestos a cruzar.

Por eso sé que, como mínimo, acabarían despellejando vivo al pijo de mierda de su novio.

—O sea, que solo teníamos que hablar de lo celoso que te pone Easton para conseguir que te abrieras por fin conmigo, ¿no? ¿Te das cuenta de que ni siquiera me habías mencionado a tus amigos hasta ahora?

Lo último que me hace falta es que siga metiéndome el dedo en la llaga para intentar entenderme. No necesito que nadie me comprenda ni me salve.

Me giro por última vez con la intención de marcharme. No tengo nada más que aportar a esta conversación, pero ella se niega a rendirse.

—¡Yo te lo he contado todo sobre mí! Me conoces, Rook, he confiado en ti, ¡y tú ni siquiera me dices a dónde vas cuando no estamos juntos! ¿Por qué no confías en mí?

—Deberías haberlo pensado mejor antes de empezar a confesarle tus pecados a alguien como yo. No juego limpio, Sage, ya te lo advertí.

—No pienso dejar que te vayas. —Se coloca delante de mí para impedir que avance hacia la puerta, aunque sabe que no tendría ningún problema en apartarla de mi camino—.

No voy a moverme de aquí hasta que me des una respuesta.

¿Por qué siempre apareces con moratones?

¿Por qué tienes el labio partido? —insiste.

Cada vez que me presiona para que le diga algo, alimenta las llamas de un fuego arrollador que se extiende por mi pecho y me quema hasta los huesos.

—¡Quítate de en medio, Sage! —grito con los dientes apretados.

—¡No!

Alzo la mano y la estampo contra la puerta justo detrás de su cabeza, con tanta fuerza que uno de los marcos se suelta y cae al suelo con un estrépito.

—Deja de intentar meterte en mi cabeza. ¡No es asunto tuyo! —la reprendo a voces mientras siento cómo me arde el pecho.

Sage apenas parpadea, como si supiera que no voy a hacerle daño. Al menos, no físicamente.

Confía en mí. No está asustada.

En el fondo, siempre he sido consciente de que no me tiene miedo. De hecho, creo que eso fue precisamente lo que más me llamó la atención de ella.

—¡Puedes contármelo! —grita con la misma vehemencia que yo le he mostrado, colocándome las manos a ambos lados de la cara para obligarme a mirarla a los ojos.

¿Cómo puede tenerlos tan bonitos? Su expresión me suplica que le entregue un pedacito de mí, lo que sea.