Las verdades que quemamos (Hollow Boys 2) 10
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Lo que el diablo merece

Rook

—No, no, tienes que llegar al final. ¡Es la mejor parte! —insiste, agarrándome del antebrazo para atraerme de nuevo hacia el colchón que hemos improvisado en el suelo y que ha insistido en cubrir con una pila de mantas porque, según ella, eran muy necesarias.

—Me van a empezar a sangrar los ojos si sigo mirando —gruño, con la esperanza de que no me haya mentido al decirme que le quedaba poco.

La mafia no tiene ni puta idea. Podrían ahorrarse las ratas y los cuchillos para torturar a la gente. Con una peli muda en blanco y negro harían cantar a cualquiera.

En apenas dos meses, me he tragado más películas que en toda mi vida. Estoy a punto de proponerle a Sage que veamos Dieciséis velas por tercera vez con tal de que quite a Chaplin.

—Atento, atento —dice, clavándome cada vez más las uñas de la emoción—. Mañana cantarán los pájaros. Sea valiente. Enfréntese a la vida. —Lee las palabras a medida que van apareciendo en la pantalla parpadeante.

Parece que la vieja cámara va a desarmarse en cualquier momento y, por lo visto, es incapaz de enfocar. Me siento como si estuviera delante de un televisor mal sintonizado.

—¿Para eso tenía que estar atento? —pregunto con una ceja alzada, poniendo cara de fastidio para hacerla rabiar.

Se ríe y me propina un manotazo en el pecho con más fuerza de la que esperaba.

—¡Qué tonto eres! Esta peli es una joya. Si solo se pudiera conservar una de entre todas las de Chaplin, la humanidad entera escogería Luces de la ciudad sin dudarlo.

—Igual Quentin Tarantino sí que dudaría un poco.

—Puaj, qué asco de hombres y de sus películas sangrientas con coches explosivos —responde, poniendo los ojos en blanco.

Acto seguido, se gira para encararme y, cuando cruza las piernas, me preparo para el sermón que se aproxima. Es algo que hace a menudo. La verdad es que no me molestan las películas; lo que me jode es el hecho de que no me molesten.

Encima, me he sentado a verlas todas, sin prestarles la más mínima atención, solo para poder ser testigo de lo que está a punto de hacer.

He permitido que me importe.

—Esta es una sátira de las buenas, tiene la capacidad de conmover a la gente sin una sola palabra, Rook.

Las películas de época no necesitaban depender del impacto emocional del color para despertar sentimientos y cautivar al público.

No les hacía falta usar sangre carmesí ni joyas doradas; se bastaban con la luz tenue de las velas reflejándose sobre sedas brillantes y vestidos de satén.

Te aseguro que en las películas del viejo oeste puedes saborear el polvo arenoso que arrastra el viento, el sol refulgiendo sobre las espuelas, el humo de los cigarrillos a través del filtro sepia y los abrazos apasionados.

La gente se quedaba embelesada con la imagen en movimiento, las emociones…

Sage guarda silencio, esperando a que le venga a la mente otra idea mientras mueve las manos en diminutos círculos, como si intentara enseñarle a su cerebro a pensar más rápido.

—Entonces, ¿me estás diciendo que prefieres ver esas pelis antes que Rebeldes o aquella en la que castigan a unos en el instituto? —pregunto para que siga divagando.

El moño improvisado en el que se había recogido el pelo se le está cayendo poco a poco, y los mechones sueltos se le balancean al hablar.

— El club de los cinco . Una pensaría que a estas alturas ya te sabrías el título —me reprende—.

No quiero elegir, me encantan las dos. Pero el cine era completamente distinto por aquel entonces.

Es una auténtica tragedia que no hubieras visto ninguna antes de conocerme, de verdad.

El Viejo Hollywood sentó las bases de todo el cine actual.

Las películas pueden cambiar vidas y moldear sociedades.

Mira, por ejemplo, Tiburón hizo que una generación entera le tuviera pánico al agua para toda la vida.

Es más, una película de terror de bajo presupuesto le brindó la fama mundial a uno de los mejores directores de todos los tiempos.

Y, hablando de presupuestos bajos, Rocky , una franquicia monumental para todo aquel que no viva debajo de una piedra, se rodó con solo un millón de dólares y acabó ganando el Óscar a mejor película.

¿Te das cuenta del poder de una buena historia? ¿De una gran obra cinematográfica?

Se detiene y espera ansiosa mi respuesta, sin darse cuenta de lo mucho que está desviándose del tema principal. No creo que haya hablado nunca tanto de las cosas que la apasionan como lo hace en este rincón detrás de la casa del lago.

Me muerdo el labio, saboreando la sangre seca que se me ha quedado ahí después del encontronazo con mi padre, y la miro, vestida con mi camiseta y unas mallas a rayas.

No hay ni rastro de sus habituales faldas a la moda con blusas a juego.

En su lugar, se coloca cualquier camiseta que yo haya llevado ese día, pero me encanta poder desvestirla por completo y darme de bruces con su ropa interior perfectamente conjuntada.

Me he pasado todo este tiempo fijándome en esos pequeños detalles que la definen, conociéndola, aunque aún no entiendo la razón que la impulsa a ponerse un color de uñas y no cambiárselo durante un mes entero.

—Conque eso es lo tuyo, ¿eh? Las pelis, los guiones… ¿Irte a Los Ángeles y triunfar en Hollywood?

Deja escapar un suspiro, con la vista fija en los créditos que se deslizan por la pantalla.

—Los guiones que tengo son de teatro, que, para mí, es una pasión completamente distinta.

Adoro subirme al escenario, meterme en la piel de un personaje, adaptarme a lo que me pida la obra.

Me encantaría seguir haciéndolo en la universidad, probar tal vez a dar el salto a la gran pantalla después de graduarme y, con el tiempo, llegar a hacer mis propias películas o, al menos, dirigir alguna.

Percibo en su voz un tono de tristeza cada vez que habla sobre su futuro, como si nunca fuera a lograrlo o dudara de sí misma.

Este lugar la tiene prisionera y le ha cortado las alas antes de que aprendiera siquiera a usarlas.

—Sí, podría mudarme a Nueva York, dejarme conquistar por Broadway y labrarme un camino como directora en aquella jungla de cemento, pero, por mucho que se empeñen en defender lo contrario, Nueva York no le llega a Hollywood ni a la suela de los zapatos.

No tiene ningún paseo de la fama ni el legado de las épocas doradas del cine clásico.

Todos allí son actores o cineastas y, aun así, no dejan de soñar con tener éxito de verdad.

Llevo dos meses sentándome aquí con ella, observándola, escuchándola. Odiándome por disfrutar de cada segundo que pasamos juntos. No me merezco disfrutar de nada. Y menos de la compañía de alguien como Sage.

Cuando la conocí, me dio la impresión de que era tan cruel por dentro como lo parecía por fuera. Creí que sería un reto divertido, una chica con la que revolcarme entre las sábanas y que me odiaría tanto como yo me detesto a mí mismo.

En cambio, me encontré con una chica que había sido sepultada bajo el peso de las expectativas del resto y, con cada día que compartimos, va desenterrando un poco más de su verdadero ser.

Se está convirtiendo justo en lo que menos necesitaba, haciéndome sentir cosas que no tengo derecho a sentir.

No he hecho nada bueno en la vida para merecerme verla así: feliz, divagando, vulnerable. No me parece justo apropiarme de una felicidad que no me he ganado. Algo dentro de mí me dice que no es lo correcto.

Pero, si renunciara a ella, estaría cometiendo el peor error de mi puta vida.

—¿Qué pasa? ¿Qué miras? —pregunta, haciéndome consciente de que llevo un rato contemplándola.

—Nada. —Niego con la cabeza—. Solo estoy disfrutando de ser la única persona que te ha visto así, por muy egoísta que suene.

Alza una ceja, provocando que se le muevan los cientos de pecas que le adornan la cara.

Una vez intenté contarlas cuando se quedó dormida sobre mi regazo, después de comerse una pizza entera ella sola.

Es de esas personas a las que les gusta la piña en la pizza , lo cual me resulta asqueroso, pero se ve que le fascina ese contraste entre dulce y salado.

—Ah, ¿sí? ¿Por qué?

Me inclino hacia delante, la agarro de la nuca y le lamo el labio superior, donde tiene una mancha de chocolate de la que no se ha percatado. Lo succiono hasta dejárselo limpio, arrancándole un gemido de la garganta.

—Porque sería capaz de asesinar a medio mundo con tal de espantar a todos los tíos que se enamoren de ti.

La llama azul de sus ojos brilla con tal intensidad que podría calentar a todo un pueblo. Se queda mirándome con la boca entreabierta, como si no supiera qué contestar.

La verdad es que habría que ser un tonto para no enamorarse de esta versión de ella, y me siento como una mierda porque haya decidido entregármela a mí.

Nunca podré corresponderla. No merezco amar a los demás.

Sin embargo, me hierve la sangre solo de pensar en otra persona intentando darle el amor que yo no puedo.

Esto que compartimos es solo mío. Sus verdades. Sus manías.

Toda ella me pertenece. Sea capaz de amarla o no.

—Joder, ¿cómo te las apañas para estar siempre tan fría? —me quejo entre dientes al notar sus dedos hundiéndose en mi piel.

—Es para que me des calor. Yo tengo frío y tú estás calentito. ¿Ves? Somos la combinación perfecta.

Justo cuando me dispongo a besarla de nuevo, le vibra el móvil y desvía la mirada hacia la pantalla. Toda la vitalidad que desprende estando conmigo se le desvanece del rostro en cuanto lee la notificación, por lo que intuyo de inmediato que se trata de Easton o de sus padres.

—Es solo una tontería de las que leo en internet, nada importante.