Las verdades que quemamos (Hollow Boys 2) 9 #3
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Soy una puta egoísta por entregarme al momento y olvidarme de todo lo demás, pero me siento tan… bien.

Se separa de mis labios con determinación y clava en mí unos ojos cargados de deseo. El brillo de sus labios rosados no hace más que aumentar mi apetito.

—¿Quieres que sigamos?

Y esa es precisamente la razón por la que no puedo mantener mi corazón a salvo de él y por la que no soy capaz de separar lo físico de lo emocional.

Podría hacerme a la idea de que solo se trata de sexo, pero me lo pone muy difícil cuando me pregunta cosas como esa.

¿Por qué Rook es el único hombre que me ha hecho esa pregunta?

A pesar de que es más que consciente de lo mucho que lo deseo por cómo reacciona mi cuerpo a su tacto, sigue necesitando escucharlo de mi boca.

¿Cómo puede ser que a él se le considere un villano pero ni un solo hombre de los que se retratan a sí mismos como héroes me haya pedido permiso nunca? Solo se han dedicado a robar cada vez más y más pedacitos de mi ser, hasta no dejar ni rastro de la antigua Sage.

Aunque Rook no se da cuenta, con cada comentario sarcástico me devuelve una de esas partes de mí que pensé que jamás recuperaría.

—Dios, sí, por favor —contesto con un hilo de voz sin pensármelo.

—Siempre supe que tenías un lado oscuro, Sage, pero nunca me habría imaginado que no llevaras bragas —murmura contra mis labios—. ¿Quién me iba a decir que eras tan puta?

Todo rastro de feminismo desaparece de mi cuerpo en cuanto gruñe ese apelativo tan obsceno, provocando que los muslos me tiemblen de la expectación.

Llevo mucho tiempo familiarizada con la represión sexual, pero esto no se le parece en nada; se asemeja más a un despertar.

Separo un poco las piernas para que pueda ver bien lo húmeda que estoy.

—No quería que se me marcaran en el vestido —respondo.

—Mmm —susurra a la vez que va dejando una estela de besos a lo largo del valle de mis pechos.

Luego, desliza brevemente la lengua bajo el cuero a modo de advertencia, envuelve uno de mis pezones endurecidos con la boca y siento un mordisco punzante a través de la tela.

—Admítelo. Estabas deseando que alguien te encontrara aquí, sola, con ese coñito rosado al aire, y viera lo desprotegida que estás. Te gusta, ¿verdad?

La habitación empieza a darme vueltas; todos mis sentidos están concentrados en él. Me agarra el culo con fuerza y lo usa como punto de apoyo para frotar contra mi sexo la erección que esconde bajo los pantalones. La fricción me va consumiendo mientras las mariposas se apoderan de mi estómago.

Dios, nunca me había sentido así de bien.

Bajo las manos hasta su entrepierna, hambrienta de algo más que simples preliminares, y le desabrocho el botón y la cremallera con dedos ágiles.

Acto seguido, me cuelo entre la tela y noto su dureza.

Sé que lo desea tanto como yo, pero se niega a ayudarme a quitárselos, o al menos a bajarlos lo suficiente para quedarse igual de expuesto que yo.

—Rook, ¿una ayudita? —le pido en un gemido.

Odio que mi voz suene tan desesperada.

—No pienso hacer una mierda hasta que me digas lo que quiero escuchar.

En vez de ceder a mis ruegos, sigue devorándome el cuello y el pecho con la boca. El aire frío me pone los vellos de punta al acariciar los lugares que su lengua mojada ha impregnado con su calor.

—¿Quieres que te diga…?

—Confiesa —me interrumpe, agarrándome unos cuantos mechones de pelo con fuerza—. Quiero que me digas la verdad. Estabas deseando que te encontrara así, ¿verdad? Te gusta ser mi pequeño y oscuro secreto, mi puta. Confiésale todos tus pecados a tu diablo.

Otra vez esa palabra, despertando fantasías de las que ni siquiera era consciente.

Ansío que me humille y me someta a su dominio metafórico.

Sé que no debería buscar su aprobación ni morirme de ganas por obedecer sus órdenes, pero no puedo evitar querer que me desee con la misma desesperación con la que yo lo deseo.

Tengo la mente hecha un puto lío.

Diría cualquier cosa con tal de sentirlo dentro de mí.

Se me corta la respiración cuando alzo la vista de su cintura y me sumerjo de lleno en el fuego infernal de sus ojos, que chispean y crepitan en la penumbra, con un tono de avellana tan particular que una no puede evitar preguntarse si su madre no lo concibió en realidad con un ser de otro mundo.

—Quiero ser tu puta, Rook —susurro, fundiendo mi boca con la suya en un beso que me encoge el estómago igual que si me hubiera arrojado al vacío; el corazón me martillea contra las costillas sin cesar—. Me gusta.

El sonido de una tela desgarrándose inunda la sala y, cuando miro hacia abajo, se me escapa un grito ahogado al percatarme de que mis medias ahora cuentan con una raja justo en el centro.

—La polla no me cabe por esos agujeritos —gruñe, levantando las caderas para bajarse un poco los pantalones ajustados y poder sacarla.

Abro los ojos de par en par al verle el miembro apoyado en todo su esplendor contra el abdomen.

Lo que me impacta no es su evidente tamaño ni las venas que lo recorren, sino las cuatro bolas metálicas que brillan alrededor del glande.

Tiene dos piercings de barra que le atraviesan la punta: uno en vertical y otro en horizontal.

—¿Duele? —pregunto, mirándolo a la cara brevemente.

Solo he mantenido relaciones con una persona en toda mi vida, pero no estaba perforada.

—A ti no te va a doler nada —responde, y me guiña un ojo con una sonrisa pícara.

Le envuelvo el miembro con la mano y comienzo a moverla lentamente de arriba abajo, imaginándome el abanico de sensaciones que estoy a punto de experimentar.

—Dime que no tienes nada contagioso.

Aunque sea irresponsable, deseo con todas mis fuerzas que me dé luz verde para poder informarle de que me tomo la píldora. Nunca lo he hecho a pelo, pero necesito sentirlo.

A él, entero.

—Si lo tuviera, no habría colocado la polla tan cerca de tu coño sin ningún tipo de protección, Sage.

Eso es todo cuanto necesito escuchar. Me he cansado ya de ser paciente.

Sin más dilación, elevo las caderas para guiar su polla hacia mi entrada y voy dejándome caer sobre él poco a poco, notando cada centímetro que se introduce en mí al ritmo que yo misma marco.

Al sentir cómo se abre paso entre la estrechez de mis paredes empapadas, se me escapa un gemido y no puedo evitar echar la vista hacia abajo para contemplar lo increíblemente bien que encajamos.

El placer que me recorre al sentarme por completo en su regazo es casi insoportable. Me la ha metido tan hasta el fondo que puedo sentirla en el estómago.

El sexo siempre ha sido un medio para un fin. Un acto en el que me limito a dejar la mente en blanco y esperar a que se acabe; sin embargo, esto que estamos haciendo me parece más que sexo. No quiero que termine nunca.

El sonido de sus gemidos hace que vuelva a centrar mi atención en él. Ojalá tuviera una cámara para capturar este momento y poder volver a verlo años después, cuando ya me haya borrado de su memoria. Esto supera con creces al porno.

Ha echado la cabeza y los brazos hacia atrás sobre el respaldo del asiento, y tiene la mandíbula tan apretada que las venas le sobresalen de la piel bronceada del cuello.

—Hostia puta —gruñe.

Un torrente de sensaciones se apodera de mí y me entrego a él por completo. Estoy segura de que no podría experimentar un momento como este con nadie más. Ansiosa por complacerlo y desesperada por alcanzar el clímax, empiezo a subir y bajar las caderas.

Es entonces cuando empiezo a percibir de verdad los efectos de su piercing .

Se frota con cada rincón de mi interior, estimulando la zona más sensible y todas las demás. Lo noto en tantas partes al mismo tiempo que me resulta abrumador. Muevo las caderas contra él, sintiendo mis extremidades ligeras y pesadas a la vez, y le envuelvo el miembro entero en mi humedad.

Coge el porro del portavasos, se lo coloca entre los dedos con destreza, como si estuviera acostumbrado a hacerlo, y le da otra calada mientras sigo cabalgándolo. El gruñido que le brota del pecho termina de confirmarme que está disfrutando de esto tanto como yo.

—Qué bien te sienta cabalgarme la polla como una buena zorra —dice en un susurro áspero, observándome con los ojos entornados a través del humo.

Mi parte más racional está horrorizada por la forma en la que está traicionándola mi cuerpo. La humillación que conlleva ese nuevo apodo me arrasa por dentro como un río de lava.

Me muevo al compás constante del R agarra uno de mis pezones entre los dientes sin pensárselo y se pone a trazar círculos sobre él con la lengua.

—Ay, Dios, Rook —murmuro entre jadeos, con el sudor perlándome la frente.

Nos movemos al unísono, meciéndonos el uno contra el otro sin descanso. Dejo caer la cabeza hacia atrás y le hundo los dedos en la espalda, disfrutando de cada arremetida.

—Más fuerte —ordena con un gruñido mientras acelera el ritmo de sus embestidas, incitado por mi agarre.

Un calor intenso y cegador me nubla la mente de tal modo que no me queda más remedio que seguir sus órdenes. Le clavo las uñas en la piel con tanta fuerza que seguro que no falta mucho para que le haga sangre…, si es que no se la he hecho ya.

—Voy a correrme. Haz que me corra, por favor —grito desesperadamente, sin importarme que alguien irrumpa de pronto en la sala o nos escuche desde fuera.

—Suplícamelo. Ruégamelo como tú sabes, zorra.

Asiento con impaciencia.

—Por favor, por favor, Rook. Dios, por favor te lo pido.

—Aquí no hay Dios que valga. Solo estoy yo —sentencia, agarrándome del cuello y apretándome con fuerza.

Me arde el cuerpo entero, como si me hubieran inyectado fuego líquido en las venas y cada célula de mi ser se hubiera convertido en un infierno que lo arrasa todo a su paso a medida que me acerco al orgasmo. Una miríada de estrellas comienza a danzar en los márgenes de mi visión.

Me estremezco, sin aliento, cuando siento cómo el éxtasis me recorre las venas.

Lo único que sale de mi boca son gemidos agudos y entrecortados mientras él se hunde en mí, provocando que me tiemble todo el cuerpo.

El placer me atraviesa de pies a cabeza y me eriza la piel al dejarme llevar por el orgasmo más intenso de mi vida.

—Preciosa —susurra con voz ronca.

Ni siquiera sé si lo he escuchado bien. Estoy tan aturdida que no soy capaz de procesarlo.

Me noto los brazos y las piernas débiles.

Mantengo los ojos cerrados con fuerza mientras sigue follándome sin piedad para alcanzar el clímax, arrancándome espasmos de placer con cada embestida.

Me muero de sed, pero no tengo la voluntad suficiente para frenarme.

Rook desliza los dedos entre mis piernas, encuentra el clítoris y lo presiona con decisión.

—Espera, espera, no puedo. E-está demasiado sensible —gimoteo, bajando la mano hasta su muñeca para detenerlo e impedir que haga que todo mi cuerpo entre en combustión.

La intensidad es tan abrumadora que siento que se me empiezan a humedecer los ojos; sin embargo, no se detiene. Continúa meciendo los dedos y las caderas.

—Una vez más. Sé una buena putita, cielo. Venga, una vez más —me exige entre quejidos de placer, moviendo el pulgar más rápido para acompasarse al ritmo de sus embestidas.

La misma tensión de antes me sacude por dentro, provocando que un largo gemido se me escape de los labios.

—Joder, no puedo —replico con dificultad, pero mi cuerpo está empeñado en llevarme la contraria y mi coño empieza a ceñirse de nuevo a su alrededor.

—Sí puedes. Porque te lo ordeno yo.

Y no se equivoca.

Me corro otra vez, absorbiéndole el miembro con tanta fuerza que apenas logra sacarlo para volver a hundirse en mí.

Mis gritos quedan ahogados por la oleada de euforia que me arrasa por segunda vez. Rook deja escapar un gruñido tembloroso y un gemido de lo más profundo de su pecho mientras me penetra hasta vaciarse por completo en mi interior.

He perdido todas las fuerzas. Le apoyo la cabeza en el hombro y siento su aliento sobre mi piel húmeda y enrojecida, con la mente aún nublada por el orgasmo. Sus largas pestañas me hacen cosquillas en la cara.

Apenas percibo el roce de sus dedos cuando comienza a enredarlos entre los mechones de mi pelo para juguetear con los rizos. Cada bocanada de aire me envuelve en su aroma y me ancla a este instante.

Ojalá pudiéramos permanecer en este estado de euforia solo un poco más y encerrarnos aquí dentro para siempre, a salvo de Ponderosa Springs y sus monstruos.

Sin embargo, lo único que queda en su lugar es una sensación abrumadora de terror al pensar en ese detalle tan importante que tendré que ocultarle a Rook: nunca podremos estar juntos.

Y, cuando descubra por qué, nuestro secreto terminará en un desastre absoluto.