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El humo se escapa lentamente de la punta encendida mientras le da una larga calada. Me fijo en el resplandor anaranjado que resalta en la penumbra y en cómo se le expande el pecho a medida que se le van llenando los pulmones.
El intenso olor a maría me inunda los sentidos por completo. Siempre me han advertido de lo mal que huele, pero a mí me parece justo lo contrario. Tiene un perfume floral con notas cítricas que me provoca un cosquilleo en la nariz y me hace salivar ante la expectativa de un manjar imaginario.
Unas nubes densas de humo se derraman de su boca al exhalar, y la neblina blanca que conforman va elevándose lentamente hasta el techo de la sala.
—¿Has fumado alguna vez? ¿O te limitas a beber vodka de fresa? —Su voz suena más grave y áspera; sin embargo, se desliza con suavidad sobre mi piel.
—Nunca lo he probado, pero no me opongo a hacerlo. Es solo que no se me ha presentado la oportunidad.
Se gira despacio hacia mí, con el porro entre los labios, y dobla un dedo para llamarme.
—Ven aquí.
Estoy a punto de cometer el mayor pecado de mi vida. Me siento como Eva cuando la serpiente la tentó a comer del fruto prohibido en el jardín del Edén, aunque no sabría decir si Rook es la serpiente o la fruta… O tal vez ambos.
Tenía mis razones para evitarlo. Sabía que no nos convenía estar cerca el uno del otro.
He bajado la guardia y he dejado caer todos mis muros, así que ahora no puedo defenderme ni de él ni de esos ojos vidriosos que parecen atraerme irremediablemente.
Sabía que estar a su lado me haría sentir igual de bien que en la casa del lago y provocaría que no quisiera ser la Sage que todos ven, sino simplemente yo misma.
Culpo a mis hormonas, a mi curiosidad y a la deidad que se haya atrevido a bendecir a Rook Van Doren con la cara de un ángel y el cuerpo de un dios.
El cuero chirría cuando me deslizo en mi asiento hacia él, hasta que nuestras rodillas chocan.
No podía haber estado más equivocada al pensar que la distancia que había interpuesto entre nosotros era suficiente; en cuanto me encuentro a su alcance, me rodea desde atrás con un brazo, me alza y me sienta en su regazo.
—¿Qué coño haces? —me quejo, apoyándole las manos contra el pecho con la clara intención de separarme de su cuerpo, pero sigue aferrándose firmemente a mi cintura y tirando de mí hacia abajo para que no pueda apartar el culo de su regazo.
—Siéntate —me ordena—. Cuando sople, abre esos labios tan bonitos que tienes, ¿entendido, muñeca?
Las caderas se me relajan al darme cuenta de que ha aflojado su agarre.
Entonces, empieza a recorrerme el cuerpo con la mano y siento las puntas de sus dedos raspándome las medias de red a medida que van deslizándose hacia arriba.
Luego, los noto acariciándome el costado y subiendo sigilosamente.
Mantengo la mirada fija en la suya mientras se abre camino entre mi pelo para agarrarme la nuca.
Da una calada, retiene el humo en el pecho y aprovecha su posición para acercarme más a su rostro. Me muevo lentamente hacia él, como si fuera un fragmento de polvo suspendido en un reloj de arena.
Capto un destello de la cicatriz que le adorna el labio superior y no puedo evitar pasarme la lengua por el mismo sitio al verla.
Cuando frunce los labios para expulsar un hilo de humo, mi boca se abre sola por instinto, tal y como ha pedido.
Nos quedamos flotando el uno sobre el otro, tan cerca que casi puedo imaginarme cómo sería un beso suyo.
Soy plenamente consciente de su calidez y de la anchura de su cuerpo bajo mis caderas.
Mientras tanto, no dejamos de mirarnos el uno al otro.
Con cada movimiento y cada estremecimiento, nos respiramos mutuamente.
A pesar de que el humo empieza a llenarme la boca y a quemarme los pulmones, sigo inhalando hasta que ya no queda más. Lo retengo todo dentro y, cuando noto que he llegado a mi límite, libero una nube que se arremolina alrededor de su rostro como un velo.
Siento el impulso casi incontrolable de apartarme y toser, pero los labios de Rook continúan pegados a los míos y su mano me mantiene firme en el sitio, como si supiera que intentaría alejarme de él. Espera unos segundos antes de llevarse el porro a los labios otra vez con movimientos perezosos.
Había visto cómo se pasaban el humo al fumar en las películas y también una vez en una fiesta, pero nunca me habría imaginado que un acto tan simple y que suele verse como algo asqueroso pudiera estar cargado de tanta tensión y ser así de electrizante.
Permanecemos sentados, repitiendo el mismo proceso una y otra vez.
No recuerdo haber experimentado nunca una paz similar a esta. Solo puedo concentrarme en su tacto, su aroma, su físico. He abrazado su mundo, y lo último que me apetece es volver al mío.
He estado toda mi vida rodeada de personas con las que me he obligado a relacionarme y que nunca han llegado a conocerme de verdad. Mi existencia se había reducido a un mundo superficial, como si fuera una Barbie atrapada en su caja de plástico.
Hasta que él se interpuso en mi camino y llegamos a este instante.
No lograría encontrar las palabras para describir esta sensación, ni aunque dedicara una década entera a buscarlas.
A pesar de todo el caos que desata y de lo que la gente ha dicho y seguirá diciendo de él, Rook Van Doren representa la verdadera esencia de la vida. Esa fuerza sustancial y nebulosa que no puede neutralizarse ni extinguirse jamás.
—El fuego que nunca se apaga —susurro, casi sin darme cuenta.
Me noto la cabeza ligera, como si vibrara en otra onda. Todo se ha amplificado: la música de la fiesta, la forma en la que se mueven los muslos de Rook debajo de mí y el olor de la maría.
Coloca el porro a medio fumar de pie sobre el portavasos, con la brasa aún encendida.
—¿Eres de esas personas que se ponen filosóficas cuando se colocan? —dice mientras eleva una comisura del labio, regalándome una sonrisa mordaz.
—No, no —respondo, sacudiendo la cabeza y viendo cómo el pelo se me desliza hacia delante con el movimiento—.
Es una frase de Homero. En La Ilíada escribió sobre los gases naturales que brotan de las grietas de piedra caliza en las montañas cercanas al Olimpo.
Los llamó «el fuego que nunca se apaga». Creo que te define.
Me aparto de él, echo la cabeza hacia atrás y empiezo a balancearme con las manos aún apoyadas sobre su pecho, sumergiéndome en una experiencia que escapa a mi control. Me siento como si estuviera surcando el cielo por encima de las nubes.
La piel me hormiguea igual que si se encontrara empapada en picapica. De pronto, noto una presión en las caderas y bajo los ojos hasta las manos de Rook, que tiran de mí y me mantienen clavada en el sitio. Desde donde estoy, puedo apreciar el efecto que tiene en él esta postura.
Un latido punzante se propaga hasta lo más profundo de mi ser al percibir el calor de su erección presionada contra mí. Siento el aleteo de las mariposas revoloteando en mi estómago y el corazón latiéndome desbocado en el pecho.
El deseo que se ha apoderado de mí se va intensificando y ansía más placer, de modo que, pese a su firme agarre, comienzo a mecer las caderas hacia delante y hacia atrás.
Lo hago una vez. Y otra.
—Sage —gruñe entre dientes—, o paras de moverte o vamos a tener problemas.
En una situación normal, habría parado. Me habría obligado a poner los pies en la tierra porque estaba claro que solo íbamos a empeorar las cosas.
Pero el poder que ejerce sobre mí no tiene nada de normal, así que vuelvo a frotarme contra él y trazo el contorno de sus labios con la punta de la lengua. Ese mínimo roce basta para que se me acelere el pulso ante la idea de saborearlos.
—Me muero por besarte ahora mismo —murmuro en un tono grave y cargado de deseo; sin pensarlo, le agarro la camiseta con unos dedos ágiles y veloces.
—Pues bésame.
—No estamos hechos el uno para el otro. Lo nuestro solo puede acabar en tragedia. No tendremos un final feliz —respondo, aferrándome a la poca fuerza de voluntad que me queda.
Me estremezco al notar la aspereza de sus palmas deslizándose por mis muslos y su dedo índice rozando el borde de mi vestido. Ni siquiera me había dado cuenta de lo mucho que se me había subido el vestido, dejándome el culo prácticamente al aire.
—Puedo demostrarte lo bien que encajamos.
—No podemos… ¡Ah! —suelto un grito ahogado cuando él se da cuenta de lo expuesta que me encuentro.
No quería que se me marcaran las bragas en el vestido, así que no me las puse, y ahora estoy sintiendo cómo me restriega el pulgar de arriba abajo por la zona, esparciendo mi humedad.
—No podemos decírselo a nadie —termino la frase, clavándole las uñas en la camiseta y alzando las caderas en busca de su tacto.
—Pues será nuestro pequeño y oscuro secreto —susurra contra mí mientras me muerde el labio inferior con sus dientes.
Me dejo llevar sin resistirme. El calor me va recorriendo todo el cuerpo, alimentado por la necesidad de sentir algo más que sus hábiles dedos.
La garganta se me cierra en cuanto noto cómo presiona con el pulgar mi punto más sensible, trazando círculos perezosos que hacen que se me erice la piel de placer.
Deslizo las manos firmemente por sus hombros hasta rodearle el cuello.
—¿Y tú serás capaz? ¿De mantener la boca cerrada y ser mi pequeño y oscuro secreto?
Me sujeta con fuerza por la nuca y funde sus labios con los míos para sellar nuestro trato, sin importar cuánto dure.
La sensación de su lengua aterciopelada enredándose con la mía me arranca un gemido.
El calor que me invade es tan intenso que me da la impresión de estar pegada a una estufa.
Me esfuerzo por mover la boca al ritmo de la suya y corresponder a su hambre con la misma ferocidad.
«Mal, mal, mal. Vas a hacerte daño a ti misma y vas a herirlo a él. Sabes que no hay luz al final de este túnel. No puedes escapar del control de tus padres sin que te arrebaten a Rose».