Las verdades que quemamos (Hollow Boys 2) 9
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El fuego que nunca se apaga

Sage

No puedo sacármelo de la cabeza.

Me he quemado el dedo con la tostadora por andar pensando en su tacto mientras preparaba el desayuno.

Cada vez que cierro los ojos en la ducha veo su rostro; sobre todo, esa mandíbula cuadrada y esa mirada lánguida y vidriosa que para el resto carece de vida pero que, en mi opinión, esconde mucho más.

Cuando Easton me deslizó aquel anillo de diamantes en el dedo, me lo imaginé a él arrancándomelo con una mueca de asco.

Debería estar ideando un plan para librarme de este matrimonio concertado del que ni siquiera se me había informado y sobre el que no tengo ni voz ni voto porque no puedo permitir que se lo endosen a Rose.

El único favor que me han concedido Easton y su familia es mantener nuestro compromiso en secreto hasta después de la graduación, de modo que, aunque hemos sellado el acuerdo, esperaremos para anunciarlo y así podré ganar algo de tiempo.

Hace dos noches, me picaban los dedos por las ganas de tocarle el pelo a Rook, clavar mis uñas entre esos irresistibles mechones castaños y tirar un poco de ellos, solo para ver si le gustaba.

No debería estar pensando en él de esta forma, y menos cuando no puedo prometerle un futuro conmigo. Joder, nunca voy a poder prometerle nada con este pedrusco en el dedo.

Pensar en él no va a traerme nada bueno, lo sé, pero es lo único que me queda.

Soñar despierta es todo cuanto puedo permitirme.

En la vida real, debo seguir ignorándolo, lo cual no es muy difícil, teniendo en cuenta que no le he dado mi número, pero en el instituto…

Dios, me resulta imposible esquivarlo. Cada vez que siento su presencia en los pasillos, me meto a toda prisa en el aula más cercana, echo a correr en dirección contraria o me escondo detrás de las puertas.

Intento evitar a toda costa que me vea porque no quiero decirle la verdad.

Los gritos de alegría resuenan al otro lado de la puerta cerrada de la sala de cine que tenemos en casa. Dejo caer la cabeza sobre uno de los asientos reclinables y la presiono con fuerza contra el cuero negro con la esperanza de poder fundirme con él.

Lo último que me apetece esta noche es ser la anfitriona de una fiesta de Halloween.

Por suerte, Lizzie y Mary se bastan solas para hacer que nadie se percate de mi ausencia. Yo ni siquiera tenía ganas de organizar esta fiesta, pero, cuando mis amigas se enteraron de que mis padres estarían fuera con Easton y su padre, me rogaron que la celebráramos en mi casa.

He permanecido entre la multitud el tiempo justo para salir en los montones de fotos que acabarán inundando tanto Facebook como Instagram y luego me he refugiado en esta sala que se encuentra en la parte trasera de la casa.

Aquí apenas se escucha el ruido de la fiesta; además, si me buscan, sé que nadie va a adivinar dónde estoy.

Mi guion maltrecho de Sueño de una noche de verano pide socorro a gritos, pero he hojeado sus páginas tantas veces que, a estas alturas, no puedo hacer gran cosa para salvarlas.

Esta sí que es una buena forma de pasar Halloween.

De pronto, las luces de la sala empiezan a parpadear y percibo los chasquidos del interruptor resonando por toda la estancia, como si alguien estuviera jugueteando con él. Desconcertada, miro hacia la puerta con los ojos entrecerrados, preguntándome quién habrá venido hasta aquí.

—Me has estado evitando, FT.

Casi se me escapa un grito al escuchar su voz. Por un momento, una parte de mí se plantea la posibilidad de que solo sea producto de mi imaginación, alimentada por el deseo que despierta en mí, hasta que lo veo apoyado en el marco de la puerta.

No estoy segura de cuándo empecé a sentirme atraída por las gorras puestas del revés y las camisetas de Thrasher, pero, al parecer, ahora me ponen. Aunque creo que, más que la ropa, lo que me gusta es la actitud con la que él la lleva.

Unos cuantos mechones de pelo le asoman por debajo de la gorra y sus brazos expuestos lucen unas venas tan impresionantes que harían suspirar a cualquier enfermera.

—¿Qué estás haciendo aquí? —susurro, levantándome de un salto para asegurarme de que nadie lo ha visto entrar en esta sala.

Casi se me olvida que voy disfrazada, pero entonces me fijo en que me está comiendo con los ojos y vuelvo a ser consciente de mi atuendo.

—Silas se ha ido por ahí a follarse a tu hermana y no he quedado con Thatch y Alistair hasta dentro de un par de horas, de modo que aún me queda tiempo libre. No quería perderme tu fiesta. Me sentí un poco dolido al no haber recibido ninguna invitación —responde, ladeando la cabeza a modo de burla.

—No puedes estar aquí. No pueden vernos juntos —insisto, con la esperanza de que pille la indirecta y no me lo ponga difícil.

«Vete, vete, vete», ruego en silencio. «Vete antes de que sea demasiado tarde».

—Ah, ¿no? ¿Por qué?

Me resulta imposible no fijarme en cómo se desliza la cerilla entre el rojo oscuro de sus labios.

—Ya sabes por qué, Rook. Mira. —Me quito el tocado de la cabeza—. La otra noche estaba muy mal y me pasé con la bebida. Dije cosas que no…

—Nop —me interrumpe, despegándose del marco de la puerta—. No tires por ahí.

—¿Por dónde? ¿Por el camino de la verdad? ¿No era eso lo que querías? No puedo dejar que me vean contigo… No tienes ni idea del daño que causaría. Lo echaría todo a perder.

—Ni se te ocurra sentarte ahí tan tranquila y hacer como que no acudiste a mí llorando y destrozada la otra noche.

No fuiste a tu novio ni a tus amigas ni a tu puta hermana: viniste a buscarme a mí.

No tienes derecho a fingir que no me prometiste todas tus verdades.

No puedes volver a ponerte la máscara después de haberme mostrado lo que se esconde debajo.

Noto cómo el corazón se me sube a la garganta y me obstruye las vías respiratorias con sus violentos latidos. Sé que tiene razón, pero… Dios, si Easton o su padre se enteraran serían capaces de desatar el infierno en la tierra.

—Eso da igual. ¡Soy consciente de lo que he hecho! Y te aseguro que no va a volver a pasar. Si alguien lo descubriera y se lo contara a Easton… Las cosas podrían acabar muy mal.

Esboza una sonrisa de oreja a oreja, como si lo estuviera retando a poner a prueba a Easton. No me cabe duda de que se enfrentaría a él sin pensárselo dos veces, solo por el mero placer de hacerlo.

—¿En serio crees que le tengo miedo a tu juguetito con esos náuticos que me lleva?

—¡Ese no es el tema, Rook!

—Si tan claro tienes que no va a volver a pasar, entonces dime por qué no me dejaste reducir a cenizas la casa del lago. ¿Por qué te echaste atrás? Venga, FT. Repíteme eso que me dijiste antes de que nos fuéramos.

Jaque mate.

Me ha pillado. Ya sabe la respuesta. Y yo sé perfectamente que se acuerda de lo que le dije. De hecho, en aquel momento me miró como si no fuese a olvidarlo nunca.

—N-no me acuerdo. Estaba borracha.

Nunca nadie había descubierto una mentira mía, pero todas las habilidades que he ido adquiriendo a lo largo de estos años parecen esfumarse cuando estoy frente a él.

—Sí que te acuerdas. —Se acerca a mí sin apartarme la vista de encima y me coge unos mechones de pelo—. ¿Cómo era? Algo de que no podías hacerlo porque ahora nos pertenecía a ambos. Ah, sí, y que era tu confesionario. Al menos, eso fue lo que dijiste justo antes de potarme en los zapatos.

Las mejillas empiezan a arderme de la vergüenza. Cada vez que estoy a su lado, resurge en mi interior una oleada de emociones que creía enterradas desde hace años, y odio que él lo sepa.

—Te quedas ensayando en las sombras incluso en una fiesta. No te pareces en nada a la niñita ricachona y aburrida por la que te tenía. Ya he visto quién eres de verdad, Sage.

«Y tú eres el chico que se piensa que es el diablo y que no merece ni una pizca de felicidad», pienso, pero no lo digo en voz alta. Aunque no me lo haya confesado con esas mismas palabras, puedo leerlas en su rostro.

Me paso una mano por el pelo, frustrada y molesta con la situación.

—Cierra la puñetera puerta por lo menos —murmuro, haciéndome a un lado para cerrarla yo misma, envolviéndonos en la tenue luz de la sala.

Se desploma en el asiento donde yo me había sentado antes, como si estuviera en su casa, y se pone a hojear mi guion.

—Bueno, ¿y de qué se supone que vas? ¿De la mujer de Hugh Hefner?

Echo un vistazo a mi disfraz. Si bien admito que el vestido de cuero negro ajustado y las medias de rejilla a juego me dan un inconfundible aire de conejita Playboy , el crucifijo que llevo en el cuello y el tocado que me acabo de quitar dejan bastante claro de qué voy.

—De monja. Liz va de demonio y Mary, de ángel.

—¿Y no hay ningún sacerdote cerca para mantenerte a raya? —pregunta, con una ceja arqueada y una media sonrisa dibujada en los labios, desviando la mirada del guion.

—Iba a ser Easton, pero está de viaje con su padre —contesto, y procedo a pasar frente a él para sentarme en el sillón de al lado, asegurándome de dejar suficiente espacio entre ambos.

—¿Por qué no me sorprende que le tocara a él hacer de alguien que se cree moralmente superior?

Suelto un resoplido, intentando aguantarme la risa, aunque ese gesto basta para darle a entender que estoy de acuerdo sin necesidad de pronunciar palabra.

—Déjame adivinar… Tú vas de gilipollas, ¿a que sí? —le suelto, alzando la ceja como él, y me detengo un segundo a observar su atuendo de arriba abajo.

Se pasa la lengua por los dientes de arriba con picardía. Entonces, levanta el dedo índice de ambas manos, se los lleva a la cabeza y los mueve en el aire.

—Nací con cuernos, FT, que no se te olvide.

Intento no quedarme mirándolo demasiado cuando se saca la cerilla de la boca y coge el porro que guarda detrás de la oreja.

Como por arte de magia, enciende la punta roja de la cerilla con los dedos, una técnica que seguro que ha practicado sin cesar durante años entre las paredes de su habitación hasta dominarla.