Las verdades que quemamos (Hollow Boys 2) 8 #4
20%

8 #4

—Ya, bueno, en las pelis se toman luego un vaso de agua —gruño mientras siento el culo junto a la botella que ha vuelto a dejar sobre la plataforma de madera—.

Y si ves a alguien bebiendo vodka de esa manera sin nada para suavizarlo, ten por seguro que lidia con heridas que queman más que el alcohol.

Contemplo todas las casas vacías, con sus ventanas sin vida y los porches traseros apagados que se hallan al otro lado del lago.

—Solíamos venir aquí a pasar las vacaciones de verano cuando era pequeña.

Rose y yo nos tumbábamos en este mismo muelle después de tirarnos el día remando en canoa y nos poníamos a adivinar las formas de las nubes.

Nos quedábamos aquí echadas durante tanto tiempo que siempre acabábamos con la piel achicharrada.

¿Quién iba a decirnos que el sol podía atravesar las nubes de esa manera?

—dice riéndose mientras agarra otra vez la botella por el cuello y se la sitúa entre las piernas.

Hacía mucho tiempo que no escuchaba a alguien hablar sobre momentos felices de su infancia. En mi caso, incluso se me ha olvidado lo que es tener buenos recuerdos; de hecho, no me reconozco en mi propia niñez.

A veces me acuerdo de mi madre podando los rosales, del sabor de la limonada que hacía después de haberme pasado todo el día correteando por el jardín o del olor del pan recién horneado que emanaba de la cocina y el sonido de las risas.

Me acuerdo de todos esos instantes, pero es como si los hubiera vivido otra persona y yo tan solo fuese un espíritu que rondaba por la casa, observando a una versión más pequeña de mí mismo sin poder experimentar esa felicidad de primera mano.

Ahora ni siquiera me parecen recuerdos reales, sino espejismos que mi mente ha creado a modo de defensa para poder soportar el infierno en el que se ha convertido mi casa.

—Un día, cuando entramos en casa riéndonos, embotadas por el sol y rebosantes de felicidad, mi madre se quedó mirándonos como si hubiéramos cometido un delito de los gordos.

—Extiende el brazo y señala la lúgubre masa de agua frente a ella con el ceño fruncido—.

Nos dijo: «Pero ¿qué habéis hecho, niñas?

¡Hay mujeres que pagan millones para quitarse las arrugas y la piel flácida que se les queda por culpa del sol!

Con lo tersa que tenéis la vuestra… Rosie estará bronceada mañana, pero, Sage, ¡tú mejor que nadie deberías saber que vas a parecer una gamba durante semanas! ».

—Entonces, yo tenía razón. Tu madre es una hija de puta.

—Pues sí. Siempre lo ha sido —responde entre risas, asintiendo—. Esa fue la primera vez que recuerdo haber sentido celos de mi hermana. Hasta ese momento, nunca había permitido que un sentimiento tan desagradable hiciera que me enfadara con alguien a quien siempre he admirado.

La dejo hablar con total libertad, atendiendo a cada una de sus palabras mientras se abre en canal y va ahogando sus penas en alcohol.

—Esos celos no hicieron más que aumentar con los años.

Después de lo que pasó aquí, de todo lo que consintieron que él me hiciera cada vez que se acababan las fiestas y la casa se quedaba a oscuras, me volví cruel y rencorosa.

Le puse a mi hermana chicle en el pelo cuando se fue a la cama.

Le llené las zapatillas de barro. Le dije cosas horribles mientras no dejaba de preguntarme por qué solo me tocaba a mí.

Por qué pasaba de largo por su habitación y se metía en la mía.

La voz se le quiebra por todas las lágrimas que se niega a derramar para no mostrarse tan vulnerable ante mí.

—Entré de lleno en un círculo vicioso que me llevó a odiarme a mí misma.

En vez de desear que nunca nos hubiera pasado nada de aquello a ninguna de las dos, me ponía furiosa la idea de que Rose no tuviera que sufrir igual que yo.

Me carcomía la envidia al verla tan feliz en su ignorancia.

Dios, ¿qué dice eso de mí? Soy una persona despreciable.

Agarro con fuerza el Zippo que llevo en el bolsillo de la sudadera solo de pensar en el hecho de que obligaron a una niña inocente a odiar a su otra mitad y, encima, abusaron de ella cuando ni siquiera tenía edad suficiente para comprender lo que estaba ocurriendo.

Aunque yo no soy el más indicado para hablar de buenas acciones o decencia humana, hasta a mí me parece repugnante todo lo que me está contando.

Sus padres son unos seres abominables por permitir que aquello sucediera y por no haber estrangulado a ese hijo de puta con sus propias manos.

Sage está completamente sola e indefensa.

—Quiero a mi hermana con todo mi corazón, Rook, y sé que me he portado fatal con ella. Ojalá pudiera volver al pasado y cambiar las cosas. Haría cualquier cosa con tal de protegerla de todo lo malo, de nuestros propios padres, de mí…

—No te compares con ellos —la interrumpo, dirigiendo la vista hacia ella—. Eras solo una niña.

Clava sus ojos en los míos, con el cabello alborotado y enredado tras el trayecto en moto.

—Pero ya no lo soy.

—Aun así, todavía estás a tiempo de alejarte de ellos y arreglar las cosas. Rose te quiere y te defiende con uñas y dientes. No todo está perdido —respondo.

Nunca las hemos visto pelearse en persona, excepto en la cafetería, pero cada vez que Alistair hace algún comentario mordaz sobre lo perra que es Sage, a Rose le falta tiempo para saltarle al cuello.

Al fin y al cabo, por más heridas sin sanar que compartan, siguen siendo gemelas.

—No sabría ser de otra forma. Al menos, no en Ponderosa. Aquí me siento como si me estuviera ahogando constantemente en este lago, sin dejar de pedir ayuda a gritos a ras de la superficie, pero todo el mundo a mi alrededor se limitara a sentarse en el muelle para disfrutar del espectáculo.

La tensión me corroe por dentro de las ganas de reducir a escombros esta puta casa junto con todos los recuerdos podridos que hay encerrados en su interior y así poder brindarle una mínima parte de la venganza que merece por todas las atrocidades que cometieron contra ella.

Tal vez entonces se vea capaz de nadar hasta la superficie.

Cuando se pone de pie tras soltar un suspiro, empieza a tambalearse en un intento por recuperar el equilibrio. Me levanto de mi sitio a toda prisa y la sujeto por la cintura para impedir que termine ahogándose de verdad en el lago.

—Ten cuidado. El alcohol no contribuye precisamente a convertirnos en los seres más habilidosos del planeta. Te lo recuerdo por si acaso.

La suavidad de su cuerpo contrasta de forma extraña con la firmeza de mi agarre. No se parece a nada que haya tocado antes. He tenido a otras mujeres en mis manos, por supuesto, pero todas me han usado como un trofeo, para ir diciendo por ahí que se han follado a un Hollow Boy.

Sin embargo, a Sage puedo sentirla de verdad bajo mis manos.

Percibo con facilidad el aroma a fresas que emana de su aliento y cuento las pecas que le adornan las mejillas.

Para ser una chica a la que todo el mundo considera tan artificial como una muñeca de plástico… Joder, a mí me parece bastante real.

—Llevo sin hablar tanto sobre mí misma o mi pasado desde… Bueno, en realidad, creo que no lo he hecho nunca —dice entre risas—. Me siento como si estuviera en un confesionario. Igual todavía estás a tiempo de recibir la llamada de Dios y convertirte en sacerdote, Van Doren.

—Pues tengo malas noticias para ti, friki del teatro. —De repente, comienzan a temblarme las manos, aunque por una razón completamente distinta, y la agarro con más fuerza—. Estás confesándole tus verdades a Lucifer. Quién sabe lo que haré con ellas.

Tiene los ojos tan azules que juraría que emiten luz propia. Me muerdo el labio inferior para silenciar las obscenidades que se me pasan por la mente al verla inclinar un poco la cabeza, dejando el cuello al descubierto, con el viento alborotándole el pelo.

Me encantaría llenarle ese trocito de piel de moratones, dejarle la huella de mi mano, sentir cómo le tiembla todo su interior al hacerla mía y solo mía. Haría que se corriera mientras me suplica que pare a gritos porque el placer es tan intenso que la está consumiendo.

—Crees a toda esa gente que te llama diablo, ¿verdad? —pregunta, intentando cambiar las tornas; buena jugada.

—Cuando te repiten algo tantas veces, aunque no sea verdad, acabas creyéndotelo. —Alzo la mano para ponerle un mechón de pelo detrás de la oreja—. No te equivoques, Sage. Yo no soy buena persona. Harías bien en recordarlo.

Si espera encontrarse un caballero de brillante armadura o un hombro sobre el que llorar, va a llevarse una gran decepción. Puedo ser su justiciero, su aliado en la venganza e incluso aquel que le enseñe el lado más placentero del dolor…, pero no seré el príncipe azul de su cuento de hadas.