Las verdades que quemamos (Hollow Boys 2) 8 #3
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Dios, me dan ganas de estrangularlo con mis propias manos solo para borrarle esa sonrisita de suficiencia de la cara. Pero, por mucho que deteste esa mirada de «sabía que vendrías a buscarme», como si nunca hubiera dudado de que acabaría acudiendo a él, detesto aún más esta sensación de asfixia.

—¿Qué cojones estás haciendo aquí…? —Se interrumpe de golpe para bajarse de la moto y encontrarse conmigo a mitad de camino.

Noto su mirada clavada en mí, fijándose en el rastro de rímel que me recorre las mejillas y en mis ojos vidriosos. Entonces, su lenguaje corporal cambia de inmediato; la arrogancia y seguridad que destilaba se transforman en pura tensión contenida.

—¿Qué te ha hecho?

Cuando se acerca más a mí para examinarme el rostro, puedo apreciar con detalle esos ojos que tanto miedo infunden en los demás.

Hay algo casi poético en la forma en la que reluce el verde puro en los bordes de sus iris, similar al de la hierba recién brotada, pero, según se va acercando al centro, estalla en un remolino ardiente de ámbar que lo devora todo hasta fundirse en una pupila de un negro impenetrable.

Eso fue lo que vio Lucifer cuando lo expulsaron del reino de los cielos: el verde de la vida lo condujo hacia las llamas del infierno. La historia que dio origen al catastrófico apodo de Rook parece estar cada vez más entrelazada con él.

Sé que se refiere a Easton, pero lo último que me apetece ahora mismo es hablar de él, de modo que intento quitarle hierro al asunto con una sonrisa forzada mientras me seco la cara.

—No, no, no es lo que estás pensando, es que…

—¿Por qué coño has venido entonces?

La dureza de su voz me pilla desprevenida. Con apenas unas palabras, ha logrado echar por tierra mi intento de ocultar el dolor y ha roto en mil pedazos mi fachada.

¿Qué he hecho? ¿Por qué parece estar enfadado conmigo? ¿Habrá sido un error acudir a él?

Suelto un suspiro y me encojo de hombros.

—Supongo que quería un cambio de aires, no sé —respondo con una sonrisita amistosa, esperando que se dé por satisfecho y no siga indagando en las razones que me han traído hasta aquí.

No me apetece tener que explicarle por qué, de entre todas las personas que hay en este pueblo, he decidido refugiarme en su compañía.

—Dime la verdad —exige, tal y como hizo en el teatro, cuando se negó a dejar que me fuera sin entregarle antes una parte de mí que nadie más conocía.

—¿La verdad? Creo que hace demasiado tiempo que no se la digo a nadie —confieso, sabiendo que no cederá hasta que sea sincera con él.

Mi corazón golpea con fuerza los barrotes de su jaula, como un animal salvaje cansado de estar atrapado entre los muros de mi propio pecho, dispuesto a sacar las garras para enseñarle al mundo su verdadera naturaleza.

Rook se limita a mirarme como si esperara una respuesta y le da otra calada a su cigarro en silencio, así que opto por decirle lo que tanto ansía escuchar.

La verdad.

—Porque te necesito. —Mis palabras se pierden en una ráfaga de viento, ahogadas por el rugido de los motores a mi espalda, pero mi cuerpo parece impulsarse hacia la superficie y emerger del agua en busca de aire mientras continúo—: Necesito que me ayudes a quitarme la máscara.

Eres la única persona que conozco que no teme mostrarse tal y como es ante el resto del mundo y que sabe verlo todo con una pasión que es fuego puro.

Este lugar me está matando en vida y convirtiéndome en una persona que no reconozco.

Enséñame lo que es el caos y la violencia.

—Sacudo la cabeza, ansiosa por sentir esa liberación—.

Muéstrame todas tus verdades, Rook. Y yo te mostraré las mías.

De pronto, sus ojos empiezan a brillar con la misma intensidad que las llamas del infierno, resaltando el hipnotizante verde de sus iris.

—¿Quieres quitarte la máscara? —contesta, cogiendo su casco y acercándomelo hasta que su tacto frío me presiona el abdomen—. Pues llévame al lugar que más odies en este mundo y te enseñaré a hacer que se ahogue en las cenizas de la chica a la que dejaron arder viva.

Rook

He visto muchas mierdas estando colocado, pero la imagen de Sage Donahue saliendo de una licorería con una botella de vodka sabor fresa en la mano se lleva la palma.

Se ha desmaquillado en el baño de una gasolinera, así que ya no queda ni rastro de los ojos de mapache con los que se había presentado ante mí y puedo apreciar cada una de sus pecas de color canela.

El resplandor de las luces artificiales se le refleja en la piel, revelando una Sage completamente nueva.

Una que nunca había visto en todo el tiempo que llevo viviendo en Ponderosa Springs.

«Un dulce veneno, Rook».

Es una criatura concebida para embaucar y conducir al resto a una muerte segura. Eso explicaría cómo ha conseguido comprar alcohol sin haber cumplido aún la edad legal. No creo que le hayan pedido el carné siquiera. Se habrá metido al tío en el bolsillo con esos preciosos labios rosados.

«Cuidado», me recuerdo a mí mismo.

Teniendo en cuenta que se ha pegado a mi oreja y que no para de rogarme en voz baja que acelere cada vez más, no tardaremos mucho en llegar a la casa del lago de su familia.

Aun así, dado que no logro concentrarme en nada más que en la carretera y en la forma en la que ha colocado sus brazos a mi alrededor, el tiempo parece avanzar muy despacio.

Va sentada en la parte trasera de mi moto, agarrándose a mí con tanta fuerza que noto sus uñas clavándose en mi sudadera.

La presión que está ejerciendo contra mi abdomen tonificado me hace salivar ante la idea de todo el dolor que podría infligirme.

Cuando nos adentramos por el sendero privado que conduce a la casa del lago, presiento lo que está a punto de suceder. Me ha traído hasta aquí por algo, pero lo que de verdad me interesa saber es por qué ha escogido este lugar y qué significado tiene para ella.

Sage se baja de la moto de un salto, me pide que vaya preparando las cosas y menciona no sé qué del baño. Acto seguido, desaparece en el interior, dejando la puerta abierta para que yo pueda entrar detrás de ella.

Activo el piloto automático y comienzo a seguir los mismos pasos de siempre; la emoción hace que me tiemblen las manos.

Con precisión quirúrgica, abro mi mochila y procedo a sacar la garrafa de gasolina, el líquido para encendedores y las cerillas de marca blanca.

Nunca se me ocurriría malgastar mis Lucky Strikes en estas incursiones.

El casoplón de dos plantas parece ideal para unas vacaciones familiares. La verdad es que es una pena que todos los muebles caros, la vajilla y las fotos meticulosamente colocadas vayan a fundirse entre las llamas dentro de media hora.

Siento debilidad por los lugares repletos de fantasmas del pasado. Me encanta ver cómo todos esos recuerdos que impregnan el ambiente se alzan hacia el cielo en una bruma anaranjada hasta acabar reducidos a cenizas que se hunden en la tierra.

La mejor forma de enterrar tu pasado es prenderle fuego.

El móvil me vibra en el bolsillo de la sudadera justo cuando estoy a punto de rociar el suelo de la cocina con combustible.

¿Dónde estás?

El mensaje es de Alistair. Mi primer impulso es responderle algo gracioso, como: «Haciendo que una niña rica pase la mejor noche de su vida», pero me detengo antes de escribir nada y dejo los dedos suspendidos sobre el teclado.

Supongo que habrá tenido un día de mierda en casa y necesitará un poco de terapia. En cualquier otra ocasión, habría aceptado sin dudarlo y habría acudido a su sótano, donde suele entrenar, para que se desquitara conmigo a golpes.

La mayoría de grupos de amigos comparten alguna afición que los une, pero la nuestra se rige por otras reglas.

Alistair necesita estrellarle el puño a alguien de vez en cuando para liberarse por un instante de toda la ira que lo corroe por dentro, alimentada por una familia que siempre lo ha tratado como «el otro».

Él necesita infligir dolor, y yo sentirlo. Esa es nuestra dinámica. Nuestro modo de relacionarnos. Entendemos nuestras necesidades, sin cuestionar la oscuridad y el tormento que se esconden en ellas. Haríamos lo que fuera el uno por el otro.

Así que decido responderle que he salido a dar una vuelta con la moto y no volveré hasta tarde, que ya nos veremos mañana.

Nunca le he mentido, ni a él ni a ninguno de los chicos, pero quiero tantear la situación antes de contarles nada.

La verdad es que no me fío de esta chica, pero sí me fío de la versión de ella que se ha presentado ante mí en la pista, esa que parecía abatida y desconsolada, y de la que vi sobre el escenario, de modo que, hasta que consiga averiguar cuál es la verdadera Sage Donahue, este será mi secreto.

Encima, no estamos empezando con muy buen pie que digamos, teniendo en cuenta que me había dicho que iba al baño y la he pillado lanzando los zapatos en el jardín y bajando hacia el muelle que se adentra en el lago.

Ya está faltando a la verdad que me prometió con tanta desesperación.

Dejo la garrafa sobre la encimera y salgo por la puerta corredera de cristal para seguirla.

Me la encuentro sentada justo en el borde de la pasarela de madera, con los pies colgando y la botella de vodka abierta junto a ella.

Salvo por el brillo de la luna que ilumina las aguas opacas del lago en calma, el resto del paisaje se encuentra sumido en la negrura de la noche.

—La gracia de todo esto era que tú prendieras el fuego. Lo sabes, ¿no? Yo solo soy el artífice en las sombras.

Se lleva la botella a los labios y le da un trago al líquido maloliente que contiene. Sonrío al ver que suelta una ligera tos y le tiembla todo el cuerpo ante la quemazón del alcohol.

—En las pelis se lo pimplan de un trago como si nada —dice entre toses, limpiándose la boca con el dorso de la mano.