8 #2
—Estamos en bancarrota —confiesa, pasándose una mano por las canas y deslizándola hasta la cara en señal de frustración—. No nos queda nada. Absolutamente nada.
Frunzo el ceño.
—¿Y eso qué tiene que ver con que me forcéis a comprometerme con dieciocho años como si se me fuera a pasar el arroz?
—¡Nos hemos quedado sin dinero, Sage! —grita más alto de la cuenta, pero procede a bajar el tono al darse cuenta de que podrían estar escuchándolo desde dentro de la casa—.
No tenemos nada. Si no fuera por Stephen, ni siquiera podríamos seguir pagando la hipoteca.
Lleva años financiando mi carrera como alcalde, pero ahora estamos usando ese dinero para sobrevivir.
Accedió a continuar sufragando todos nuestros gastos con la única condición de que te casaras con Easton.
—¿Qué? ¿Por qué? No lo entiendo. Si yo dijera que no, a Easton le saldrían pretendientes hasta debajo de las piedras.
—Stephen sabe lo que le conviene a Easton y quiere que esté con alguien… —responde, alargando la frase como si estuviera intentando encontrar las palabras adecuadas.
—Con alguien que crea que puede controlar —termino por él, sacudiendo la cabeza sin dar crédito a lo que está sucediendo.
—No, no es eso…
—¿Cuánto tiempo lleva cerrado este trato? —lo interrumpo.
He sido yo la que ha salido perdiendo. Todas las personas que había dentro de esa casa lo sabían de antemano y, aun así, decidieron dejarme de lado, indefensa y sin voz. Lo habían planeado todo a mis espaldas sin importarles lo que yo tuviera que decir al respecto.
—¡¿Cuánto tiempo?! —repito, elevando el tono de voz al no obtener ninguna respuesta por su parte.
—Cuatro… Cuatro años. ¡Tu madre y yo pensamos que el destino había querido que vosotros dos acabaseis juntos y que no habría ningún problema, Sage! Sois jóvenes y estáis enamorados. ¿Qué tiene de malo prometerse y casarse con alguien a quien amas?
Clavo los ojos en los suyos, en ese mismo tono de azul que se arremolina alrededor de mis propios iris.
Cuanto más lo miro, más me cuesta creer que me haya engendrado alguien como él.
Esas dos personas a las que llamo padres han sido las mismas que me han traído a este mundo para venderme al mejor postor.
Incluso yo, siendo tan joven, tengo claro que jamás le haría algo así a mis hijos.
Por más que intenten justificar o enmascarar sus actos, esta no es más que otra de las puñaladas traperas que me han asestado a lo largo de mi vida.
—¡¿Pero a ti qué te pasa en la cabeza?! —grito—. ¡Tengo derecho a decidir por mí misma! ¿Y si Easton me pegara? ¿Y si no quisiera casarme con él? ¿Y si no estuviera enamorada? Aun así, me obligarías a caminar hasta el altar, ¿no?
Siento el rímel corriéndome por las mejillas junto con las lágrimas que me rebosan de los ojos. Me estoy derrumbando ante ellos, y lo peor de todo es que les da igual.
Mi padre permanece de pie ante mí, mirándome sin mostrar ni un ápice de arrepentimiento o dolor. Lo único que veo en su rostro es frustración porque he dejado de regalarle los oídos y de interpretar mi papel de hija perfecta.
—No te importa lo que yo quiera, ¿verdad? —digo entre toses, alejándome de él con pasos torpes para llegar hasta mi coche.
—Sí que me importa, Sage. Mi único deseo es que tengas una buena vida. Easton puede dártela, pero…
Las olas se alzan cada vez más y siento cómo las criaturas de las profundidades me roen las piernas hasta saciarse y empiezan a avanzar hacia arriba.
Cuando te estás ahogando, lo más normal es que tu instinto te impulse a patalear, a saltar, a hacer cualquier cosa por alcanzar la superficie cuanto antes; sin embargo, en esta ocasión, yo me quedo quieta, dejando que todo a mi alrededor me consuma.
—Si dices que no, obligaré a Rose, y sabes que no se negará.
Ella es mucho más compasiva y menos calculadora que tú, así que cederá con tal de no verte infeliz porque te quiere.
Y si tú la quisieras del mismo modo, no dejarías que tu hermana pasara por esto.
Ambos somos conscientes de que Rose no lograría adaptarse a ese estilo de vida, pero tú prosperarías en él, Sage —comenta, de una forma tan calmada que da la impresión de haber ensayado este mismo discurso delante del espejo, como si ese hubiera sido su plan desde el principio.
Me arde todo el cuerpo.
Los oídos, los pulmones, la piel.
A pesar de encontrarme al aire libre, siento que me falta el oxígeno.
Me apresuro a agarrar el tirador de mi coche. No tengo ni idea de a dónde ir, pero está claro que necesito salir de aquí. Abro la puerta, me meto dentro e introduzco la llave en el contacto. Acto seguido, le lanzo una última mirada a mi padre y cierro de un portazo.
—¡Te odio! —grito—. Te odio por atreverte a usar contra mí lo único que me importa de verdad en este maldito pueblo de mierda. Te odio con todas mis fuerzas —escupo, furiosa.
Piso a fondo el acelerador y el velocímetro va subiendo mientras dejo una nube de polvo y grava a mi paso, sin importarme si acabo volcando o estrellándome contra un árbol.
La muerte no me parece tan indeseable en este momento.
Me tiro del cuello de la camisa, me desabrocho unos cuantos botones y me araño la garganta mientras intento recuperar el aliento.
Me siento como si la realidad me hubiera atravesado el pecho como un puñal con la punta roma.
Los pinchazos que noto en los pies casi logran distraerme de los latidos que se han apoderado de mi cabeza.
Llevo sufriendo crisis como estas desde que empecé el instituto. Una vez incluso busqué los síntomas en el ordenador de clase porque creía que estaba embarazada, pero resultó que eran ataques de pánico.
Al principio pensé que no podía ser eso ni de coña.
Sin embargo, seguí experimentándolos a menudo y no me quedó más remedio que aceptar la realidad.
A estas alturas, ya estoy acostumbrada a ellos, pero nunca me había dado uno tan fuerte.
Esta vez es como si hubiera algo dentro de mí destrozándome para poder salir y dejando solo jirones de piel rota y tripas esparcidas en el proceso, como un animal atropellado a un lado de la puñetera carretera.
Estoy volviéndome loca. No hay otra explicación.
¿Por qué si no he conducido hasta este sitio? Si me encontrara en mis cabales, no me habría metido por el camino oculto ni habría acabado aparcando en un campo abierto donde hay al menos otros sesenta coches.
Se me ha ido la olla por completo. Por eso me he presentado aquí buscándolo.
«Ya sabes dónde encontrarme cuando te aburras de tu burbuja de cristal, Sage».
Cuando empiezo a subir por la colina de césped, hundiendo los tacones en el barro con cada paso, me queda muy claro que mi cordura en este momento brilla por su ausencia.
Puedo sentir las miradas de la gente posándose en mí y sus murmullos retumbándome en la cabeza con la misma intensidad que el rugido de los motores.
Todos se estarán preguntando qué coño hago yo en el Cementerio.
El Cementerio es una pista de carreras abandonada en las afueras de Ponderosa Springs, un lugar en el que no tienen cabida las chicas como yo.
Todo lo que ocurre aquí es ilegal, clandestino y turbio.
En el centro de la pista, la gente echa carreras sobre el asfalto roto y se enzarzan en peleas hasta acabar hechos trizas y ensangrentados.
Las drogas se venden como caramelos y el humo de los cigarros sustituye al oxígeno.
Si buscas meterte en líos, este es el sitio ideal para hacerlo.
El viento me azota la piel al atravesar la desvencijada valla metálica que impide a los espectadores colarse en la pista.
Recorro con la mirada los boxes donde los coches y las motos esperan a que llegue su turno para empezar a correr.
Sé que tiene que estar por aquí. Viene todos los fines de semana.
Nunca falta a una carrera y nunca pierde.
Solo un sordo podría ignorar los rumores que circulan sobre su reputación en la pista.
Lo localizo sin esfuerzo. Lleva la capucha subida y el humo se le escapa de los labios. Está completamente solo y perdido en su mundo. La gente parece observarlo incluso cuando trata de pasar desapercibido. Es difícil no fijarse en él.
Sin importarme las reglas ni dónde se supone que debo estar, cruzo la pista en línea recta hacia donde se encuentra él, a pesar de que hay un grupo de coches tomando una curva a toda velocidad y se dirigen en mi dirección.
—¡No puedes estar aquí, niña! —me grita alguien, pero hago caso omiso a todas las advertencias y mantengo toda mi atención centrada en él.
Continúo andando sin miedo y con la certeza de que, en cuanto ponga un pie en el reino de los condenados de Rook Van Doren, no habrá vuelta atrás.
Ahora mismo, solo soy un ángel buscando a Lucifer para alcanzar la libertad.
—¡Van Doren! —lo llamo a voces por encima del rugido de los motores mientras me aparto de la pista para esquivar el tráfico que viene directo hacia mí.
Rook tenía razón cuando me dijo que me aburriría de mi burbuja de cristal.
Estoy a dos telediarios de morirme por la falta de emoción que hay en mi vida.
Me cansa estar siempre rodeada de los mismos hombres, con sus trajes impecables y sus conversaciones de negocios; los mismos cotilleos en los almuerzos, las mismas caras, las mismas mentiras.
Todo me parece la misma mierda reciclada.
Estoy harta.
Y me da miedo porque esa será precisamente mi vida. No solo durante lo que queda de año, sino para siempre. Me quedaré atrapada en el círculo vicioso de Ponderosa Springs, y todo porque mis padres están en bancarrota y no soporto la idea de que mi hermana se vea obligada a pagar por ello.
Pero, en este instante, aún tengo las riendas.
Y Rook es de todo menos aburrido.
Sus ojos siguen el rastro de la voz que grita su nombre hasta posarse en su objetivo. En mí.