8
Cuando la gota colma el vaso
Sage
Supe que algo iba mal en cuanto entré en la casa de los Sinclair. De hecho, creo que empecé a presentirlo en el instante en el que mis padres me dijeron que íbamos a cenar allí.
Nos invitaban siempre a las fiestas de Navidad y a los cumpleaños. Una vez, incluso nos ofrecieron su jardín para celebrar uno de los almuerzos de la campaña de mi padre. Pero nunca nos habían llamado solo para cenar.
Easton está sentado a mi izquierda, su padre preside la mesa y su madre se encuentra enfrente de su hijo, al lado de mis padres. No se oye nada más que el ligero rumor de los cubiertos golpeando los platos mientras todos comen en un silencio que consideran apacible.
En un momento dado, noto que Easton desliza la mano por debajo de la mesa y me apoya la mano en el muslo para darme un cariñoso apretón al mismo tiempo que se reclina en la silla de madera.
—Bueno, Sage, he oído que te han nominado otra vez como reina del baile de bienvenida, ¿no? ¿Cuántos van ya? ¿Cuatro años seguidos? —me pregunta Stephen directamente, provocando que se me tense la espalda al escuchar mi nombre en sus labios.
Da igual que esté manteniendo una conversación informal, su voz siempre guarda ese aire autoritario.
Asiento con cortesía.
—Sí, señor. Los cuatro años de instituto.
—Está siendo humilde, papá. La corona es suya. Sage ha salido elegida todos los años. No hay nadie que la supere —interviene Easton, chocando mi hombro con el suyo.
—Existen las personas modestas, hijo. No todo el mundo necesita presumir de sus logros. Ya se te podría pegar a ti algo de ella —le contesta con tono socarrón, alzando su copa de vino para dar un sorbo del líquido rojo oscuro.
A su padre se le da tan bien disfrazar de humor su condescendencia hacia los demás que todos a su alrededor acaban siempre riéndole las gracias.
Aunque mi novio no sea precisamente santo de mi devoción, sé lo que es sentirse como un prisionero en tu propia casa y que aquellos que más deberían mirar por ti no dejen de menospreciarte.
Me acerco a él y le coloco en su sitio con cariño un mechón de pelo rubio y liso que tenía suelto.
—Con todos mis respetos, discrepo con usted, señor Sinclair. Su hijo es el que me ha enseñado a mí más cosas de las que puede imaginarse a lo largo de los años. No sería quien soy hoy si no fuera por él.
No he dicho ninguna mentira: me enseñó a ver lo que podía ser y lo que no. De hecho, es culpa suya que sepa exactamente cómo tener a los demás comiendo de mi mano.
—Eres un encanto, cielo. Qué orgullosa estoy de mi niño —responde Lena.
Lena Sinclair, su madre, es una mujer de una belleza despampanante.
Los años la han tratado como a un buen vino.
El corte pixie que lleva hace que los mechones rubios le caigan sobre el rostro de un modo envidiable, resaltando las líneas angulosas de su estructura ósea.
A diferencia de ella, yo tengo el rostro más redondeado y nunca he logrado disimular la amplitud de mi frente ni aun habiendo aprendido a usar maquillaje para perfilarme los rasgos.
Tampoco es que yo sea la única que se ha dado cuenta de la belleza excepcional de Lena.
El secreto más deshonroso de la familia Sinclair es que Wayne Caldwell disfrutó a su antojo de esa belleza todos los sábados en el club de campo durante dos años enteros antes de que alguien se diera cuenta.
Easton me mataría si me atreviese a pronunciar una sola palabra relacionada con ese asunto porque, si Alistair Caldwell se enterase, armaría un escándalo y no descansaría hasta destruir por completo la reputación de Easton.
A pesar de que todo el mundo les pondría buena cara para mantener las apariencias, ambos se convertirían irremediablemente en la comidilla del pueblo durante años.
Yo me enteré porque Easton se pilló una buena borrachera en una fiesta que dieron el primer año de instituto y se le escapó cuando se puso a quejarse de lo repulsivos que le parecían los Hollow Boys.
Ese es uno de los secretos más inconfesables que guardo bajo la manga, y mi querido novio sabe de sobra que, si se pasa de la raya conmigo, no dudaré en ir ventilándoselo a todo el mundo.
—Ya no soy un niño, mamá.
—Lo sé, tesoro, es que…
—Hablando de ser un hombre, creo que ya va siendo hora, ¿no, Easton?
Sabía que había gato encerrado en cuanto crucé el umbral de esta casa, pero parece ser que ese mal presentimiento solo se debía a que yo era la única a la que no le habían contado lo que estaba a punto de pasar.
—¿Hora de qué? —pregunto en voz baja, dándole un sorbo a mi vaso de agua mientras observo cómo todas las miradas se clavan en mí.
La estancia se sume en un silencio tan incómodo que no puedo evitar moverme en la silla. Poniéndome en lo peor, dejo mi vaso sobre la mesa.
—¿Me he perdido algo o…? —insisto, riéndome para intentar rebajar la tensión que se ha apoderado del ambiente por culpa de sus miraditas descaradas.
Al oír el chirrido de la silla que hay junto a mí deslizándose sobre el suelo, me quedo petrificada en mi sitio, como cuando la víctima de una peli slasher es consciente de que el asesino se encuentra justo detrás de ella y, aun así, se niega a darse la vuelta.
Fijo la vista en mi padre, que intenta mirar a todos lados menos a mí.
—¿Sage? —dice Easton, carraspeando para llamarme la atención.
El brillo que ilumina los ojos de mi madre va apagándose poco a poco cuando ve que me resisto a volverme hacia él.
Los oídos se me llenan de líquido y un zumbido ahoga todos los sonidos a mi alrededor.
Me siento como si los pulmones se me estuvieran inundando de agua y apenas pudiera reprimir las ganas de toser para expulsar la presión que me comprime el pecho con tanta intensidad que parece que se me ha caído un camión encima.
Me doy la vuelta con una lentitud dolorosa, al igual que un reloj roto esforzándose por hacer girar sus manecillas una última vez, y me encuentro al novio con el que solo salgo para mantener mi imagen con una rodilla hincada en el suelo, sosteniendo un diamante colosal cuyos destellos van a acabar provocándome un ataque epiléptico.
Al verlo, noto cómo me arrolla una ola de agua tras otra, empujándome hacia lo más profundo del océano.
El agua oscura y turbia me engulle y va alejándome cada vez más de la luz. Estoy ahogándome delante de todos ellos, pero a ninguno parece importarle lo suficiente como para sacarme de nuevo a la superficie y permitirme coger una mísera bocanada de aire.
—¿Sage? —repite—. ¿Me has oído?
No sé qué es peor, si el silencio o la seguridad que destila. No percibo ni una sola gota de sudor perlándole la frente; ni siquiera le tiembla el pulso. No creo que se le haya pasado por la mente la posibilidad de que pueda decirle que no.
—¿Estás proponiéndome matrimonio? —pregunto con el escaso aire que me queda en los pulmones.
—Bueno, tengo el anillo y me he arrodillado, así que… —Asiente con la cabeza, esbozando una sonrisa.
Mis modales han sido impecables durante toda la noche. Me he esforzado por mantener la compostura y actuar tal y como se espera de alguien como yo para salir sana y salva de la cena, pero esto es demasiado hasta para mí.
—Tenemos dieciocho años, East. Ni siquiera hemos acabado el instituto. No creo que este sea… —aprieto los dientes y se me escapa una risita nerviosa— el momento idóneo para casarnos.
—Venga ya, nena —responde, haciendo caso omiso a mi visible incomodidad—. Llevamos juntos desde que empezamos el instituto. No es para tanto.
Entonces, me coge la mano y se la acerca al pecho para deslizarme el anillo en el dedo, pero la retiro de golpe, como si su tacto me quemara.
—Mamá, papá, no puedo.
Al fijarme en sus rostros, descubro la verdad brillando en sus semblantes igual que un letrero de neón.
—Vosotros sabíais que esto iba a pasar, ¿no? —digo, dirigiéndome a ellos, aunque desvío la mirada hacia los padres de Easton; su madre parece inquieta y su padre, molesto por mi falta de entusiasmo—. No puedo seguir con esto ahora mismo. No puedo. Lo siento.
Clavo las palmas en la mesa del comedor para empujar mi silla hacia atrás mientras noto cómo la bilis me trepa por la garganta. Las piernas me tiemblan tanto que casi me caigo al levantarme, pero no pienso quedarme aquí. Tengo que echar a andar.
Esto no puede estar pasando. ¿Me lo habré buscado yo solita por interpretar tan bien mi papel? Todavía queda un año entero de instituto. No contaba con que esto ocurriera tan pronto.
No me habría supuesto ningún problema decirle que no en la graduación, pero ahora mismo no tiene sentido que rechace su propuesta. ¿Por qué iba a hacerlo? Todo el mundo se piensa que estamos coladitos el uno por el otro, de modo que lo lógico sería alegrarme.
Mis tacones ahogan el ruido de las sillas moviéndose y las voces agitadas, pero no logran sobreponerse a las palabras que pronuncia Stephen, con las que termina de rematar la noche.
—Será mejor que averigües cómo resolver todo esto, Frank. Tenemos un trato, que no se te olvide. A ti te conviene mucho más que a mí.
Abro la puerta de la entrada, aliviada de haber venido hasta aquí en mi propio coche. El aire fresco de fuera hace que me sienta aún peor. Estoy desesperada por salir a la superficie, pero todo el mundo parece empeñarse en mantenerme bajo el agua.
—Sage, detente.
La voz de mi padre consigue clavarme en el sitio, como si estuviera agarrándome de la nuca y ahogándome él mismo con sus propias manos.
El crujido de la grava resuena bajo mis pies al darme la vuelta.
—¡Me lo habéis ocultado! Habíais planeado todo esto sin consultármelo —lo reprendo—. De mamá me lo esperaba, pero ¿de ti? ¡Tú siempre has ido con la verdad por delante conmigo!
Tampoco es que mantengamos una relación de padre e hija envidiable. Como mucho, hablamos de su trabajo y del instituto, pero el caso es que nunca me había mentido.
Ni una sola vez.
Me había dicho la verdad en todo momento, aunque doliese.