Las verdades que quemamos (Hollow Boys 2) 7
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El jardín del Edén

Rook

Llevo un mes entero sin cruzarme con Sage Donahue.

He sembrado la semilla de la curiosidad en esa cabecita y sé que, cuando llegue el momento, cederá y vendrá corriendo en busca de la chispa que le falta a su vida.

No hay que ser muy listo para darse cuenta de que, debajo de toda esa fachada, se esconde una chica que se muere por salir a la luz.

La veo en la envidia que le rebosa por cada poro de la piel cada vez que habla con Rose.

Se nota que ansía la libertad que posee su hermana, pero, por alguna razón que no logro descifrar, le aterroriza luchar por ella.

Voy de camino a clase, con el labio palpitándome por el corte que me han hecho hoy de buena mañana, cuando oigo una voz retumbar en la zona de las taquillas. Todo el mundo se encuentra ya en sus respectivas aulas, así que los pasillos están desiertos. Solo quedamos esa voz y yo.

Normalmente, seguiría andando, entraría en clase, aguantaría las miradas curiosas de siempre y dejaría que transcurriera el día como si no hubiera pasado nada. Sin embargo, hay algo en ese tono, suave pero firme, que me resulta familiar y hace que agudice mis sentidos.

Sigo el sonido hasta el final del pasillo y apoyo la mano con cuidado sobre la puerta del auditorio para abrirla sin llamar mucho la atención; tiene tantos años que la hija de puta cruje solo con mirarla.

Dentro, varias filas de asientos vacíos tapizados en tela roja ocupan el teatro. Los focos que suelen encenderse cuando va a representarse alguna obra están todos apagados, salvo uno que proviene del balcón e ilumina la madera oscura del escenario, dejando el resto sumido en las sombras.

Y, de pie bajo la luz, se encuentra ella. Completamente sola. Lleva la típica falda de colegiala a cuadros que resalta esas piernas de vértigo.

Me deslizo con cautela en uno de los asientos de la última fila, me recuesto y me saco el porro que me acabo de liar de detrás de la oreja. Utilizo mi mechero para encenderlo, procurando que mis movimientos no molesten a la pequeña artista revelación que tengo delante.

—¡Por Dios! ¡Ya casi había olvidado lo fuerte que eres, John Proctor! —exclama, derrochando seguridad en sí misma, con los ojos bien abiertos y la mirada un tanto perdida, igual que la de una mujer desbordada por el deseo.

Decir que es buena actriz sería quedarme corto, porque jamás me habría imaginado a Sage Donahue tan enamorada. Se detiene un segundo, como si esperara la réplica de su compañero imaginario, y luego continúa con su parte.

—Nada, solo está medio tonta —responde, y, acto seguido, procede a soltar una puta risita nerviosa que parece tan real que me cuesta creer que esté brotando de su garganta.

El humo se me escapa de entre los labios mientras observo cómo se mueve por el escenario con la misma elegancia con la que un cisne se desliza sobre el agua, como si ese fuera su medio natural.

Me quedo tan embelesado contemplándola que casi se me olvida lo que me dijo la última vez que hablamos y lo poco que me faltó para enseñarle lo que pasa cuando alguien me toca los huevos de verdad.

—¡Bah, habladurías! —dice, agitando la mano en el aire al mismo tiempo que se acerca a un interlocutor ficticio; la picardía que destila su lenguaje corporal me saca una sonrisa—. Anoche estábamos bailando en el bosque y mi tío nos sorprendió. Ella se asustó. Eso es todo.

A continuación, murmura las partes que le tocan a ella y a su compañero, paseándose de un lado a otro bajo el haz de luz proveniente del foco, como si algo estuviera bullendo en su interior.

No suelo prestarle atención a aquello que no me interesa lo más mínimo, pero la autenticidad que rebosa sobre el escenario me ha descolocado por completo.

—¡Está ensuciando mi nombre en el pueblo! —escupe cada palabra como si fueran insultos—. ¡Anda diciendo mentiras de mí! ¡Es una mujer fría y llorona, y tú…! —Se interrumpe, con el ceño fruncido y la tristeza quebrándole la voz—. ¡Tú te sometes a ella!

Odio el teatro; de hecho, creo que es la segunda vez que piso este auditorio, pero ahora mismo no me movería de aquí por nada del mundo.

De pronto, sacude la cabeza con vehemencia, como si su compañero hubiera dicho algo intolerable. Me inclino hacia delante en mi asiento y entrecierro los ojos al captar las lágrimas que brillan sobre la palidez de su rostro.

—¡Quiero a John Proctor, el que interrumpió mi sueño y abrió los ojos de mi corazón!

Yo no sabía lo hipócrita que era Salem, ni me daba cuenta de las mentiras que me enseñaban todas esas mujeres beatas y sus aliados esposos —suelta con voz temblorosa, como si se sintiera realmente devastada por la traición—.

¡Me amaste, John Proctor! —prosigue tras dar unos pasos hacia el borde del escenario, con una súplica muda brillando en su mirada—. ¡Y, aunque sea un pecado, aún me amas!

Inhalo una bocanada de humo que amenaza con hacerme toser, pero me contengo. Sujeto el porro entre los labios y alzo las manos.

—¡Bravo! —grito, aplaudiendo despacio, y el sonido de mis palmas chocando rompe el silencio en el que se había sumido el auditorio—. Menuda actuación. Los pelos de punta.

Se queda de piedra al darse cuenta de que la única persona sobre la que no tiene ningún tipo de control la ha pillado abriéndose en canal y dejando a un lado su careta de abeja reina. Me levanto y bajo con pasos firmes y pesados los escalones del pasillo que conduce al escenario.

—¿Qué obra era esa? —pregunto, apoyando las manos en el suelo de madera del escenario para impulsarme hacia arriba, y una vez estoy a su altura, permanezco de pie entre las sombras mientras ella sigue mirándome boquiabierta bajo el foco de luz—. ¿Romeo y Julieta?

Tarda un momento en asimilar lo que está sucediendo.

La chica frágil que parecía estar disfrutando del escenario se esfuma de pronto y construye una coraza a su alrededor.

Todos sacamos nuestro lado más aterrador cuando sentimos la necesidad de proteger a nuestro verdadero yo o a aquellos que más nos importan.

Reconozco la máscara tras la que se esconde, y estoy harto de que la siga usando conmigo. Quiero ver el dolor que la atenaza, las cicatrices que oculta y los monstruos que la devoran por dentro. Necesito conocerla a ella de verdad; la vida es demasiado corta para centrarse en las apariencias.

—¿Qué estás haciendo aquí, Rook? —me increpa, cerrando el libro que sostiene entre las manos y agitándolo en el aire para disipar el humo—. ¡No puedes fumar en el auditorio! Es un peligro. Podría saltar una chispa y acabar incendiando algo.

—Venga, Sage, no lo niegues más. Sabes que la chispa soy yo —bromeo, aunque no le hace tanta gracia como esperaba.

Vaya, se ve que tengo un público difícil.

—Si alguien te pregunta, tú no me has visto aquí —murmura, metiéndose un mechón de pelo detrás de la oreja y poniendo rumbo a la salida.

—Ah, ah, ah —empiezo a decir—. ¿A dónde vas tan rápido? Primero quiero saber qué estabas haciendo —le ordeno, interponiéndome en su camino para impedir que se marche.

—Operando a corazón abierto, no te jode —contesta sin inmutarse—. ¿Tú qué crees, gilipollas?

Chasqueo la lengua, le doy otra calada al porro y procedo a apagarlo contra mis vaqueros.

—No te tenía por una friki del teatro.

—Cállate. Ni se te ocurra llamarme así —gruñe, apuntándome con sus uñas pintadas de rojo oscuro—. Como vayas contándolo por ahí, pienso hacer que te arrepientas toda la vida, pirómano de mierda.

Ese reto me provoca un subidón de testosterona. No quepo en mí de la emoción. ¿Acaba de amenazarme? ¿Acaso se piensa que puede manejarme a su antojo como al resto? ¿Que soy de los que se dejan intimidar con palabras?

Al parecer, no sabe con quién está hablando.

—Ah, ¿sí? ¿Y qué vas a hacerme, FT?

FT. Friki del teatro. No está nada mal. Me ha brindado en una bandeja de plata el anzuelo que me hacía falta para tenerla comiendo de mi mano.

Se queda en silencio, intentando dar con algo que me asuste lo suficiente para mantenerme callado. Me divierte observar cómo se devana los sesos buscando cualquier arma que pueda usar contra mí.

—Ese es el problema. No tienes ni rumores ni secretos con los que chantajearme. Y, en un lugar como este, sin ese poder no eres nadie.

Es cierto. ¿Cómo piensa asustar a un tío que no le teme a nada?

Le he arrebatado su única ventaja. Sage siempre controla la información que da de sí misma, pero conoce los secretos de los demás. Así es como los mantiene a raya.

Sin embargo, en este momento, soy yo quien maneja los hilos.

—Rook, escúchame…

—Anda, ¿ahora soy Rook? ¿Qué ha pasado con el pirómano de mierda?

Debajo de toda la frustración que se apodera de ella, distingo un ápice de miedo.

La ansiedad hace que se le enrojezca la piel y que sus pecas color canela parezcan aún más oscuras.

El mes pasado le puse una cerilla encendida cerca del cuello mientras le agarraba firmemente la garganta con la otra mano.

Podría haber ejercido la fuerza suficiente como para estrangularla, pero ni siquiera parpadeó.

Ese día, no mostró ni una pizca de miedo, sino emoción.

Son dos sentimientos muy distintos. Aquella vez, lo noté en la forma en la que le martilleaba el corazón bajo mi palma y en cómo abría los ojos de par en par. Sé distinguir el miedo de la excitación.

Por eso puedo afirmar que, en este preciso instante, teme que le cuente a la gente lo mucho que disfruta del teatro, algo que, hasta ahora, desconocía que fuese personal.

—Deja de comportarte como un imbécil. ¿Te crees que me gusta pedirte favores? —escupe, frotándose los ojos con los dedos, y deja escapar un suspiro—. Pero… —continúa—, por favor, no se lo digas a nadie, ¿vale? No quiero que se entere todo el mundo.

Guardo silencio por un momento y ladeo la cabeza, debatiéndome entre seguir presionándola o concederle una pequeña victoria.

Sus ojos se suavizan, tal y como lo hicieron mientras representaba la obra sobre el escenario, y su color pierde intensidad, aunque sigue ardiendo con fuerza, al igual que el fuego azul. El problema es que no sé distinguir si su expresión es sincera o solo forma parte de otro papel.

Sea como sea, no pienso irme sin sonsacarle algo que me sirva como moneda de cambio.

—Prometo mantener la boca cerrada con una condición —propongo, acercándome a ella.

La fragancia de su perfume mezclada con el olor de la marihuana que me impregna la ropa da lugar a un nuevo aroma febril que hace que el colocón sea todavía más intenso.

Al escucharme, se toca el labio superior con la lengua.

—¿Qué quieres?

Me inclino hasta que mi rostro queda a la altura del suyo y nos miramos fijamente.

—Dime la verdad. ¿Por qué te importa tanto?

—¿El qué? —contesta, evadiendo la pregunta.

—No te hagas la tonta, Sage, no te pega nada. ¿Por qué te importa tanto que la gente se entere de que te gusta el teatro? No es algo que cause rechazo ni que vaya a ensuciar tu reputación, así que no lo entiendo. ¿Por qué te importa tanto?

Mis ojos se posan en su cuerpo y en el blanco fantasmal que han adoptado sus nudillos de tanto apretar los puños. Aun así, se mantiene firme y no aparta la mirada ni un solo segundo, como si así pudiera evitar que atravesase su fachada.

—Porque cuando les muestras a los demás pedacitos de tu verdadero ser, utilizan esa información para destrozarte y hacer añicos cualquier esperanza que hayas tenido con la misma facilidad con la que aplastan a una mosca entre los dedos.

Una vez que Ponderosa Springs se entera de tus secretos, te mantiene cautiva para siempre y no hay forma de escapar de sus garras, por eso no pienso dejar que me atrape a mí también.

Mentiría si dijera que no me ha impresionado su respuesta.

Su confesión me hace preguntarme si Sage ya habrá experimentado en sus propias carnes la crueldad de este pueblo, si la niña bonita que todo el mundo conoce esconde un mundo interior mucho más complejo y oscuro de lo que aparenta.

—¿Qué te ha pasado? —suelto sin pensar en voz alta.

—Lo suficiente para saber lo que me conviene.

De pronto, suena el timbre y todo ese derroche de sinceridad del que he sido testigo desaparece en cuanto los estudiantes empiezan a llenar los pasillos. Recoge su mochila del suelo del escenario y, sin mediar palabra, pasa por mi lado para bajar los escalones.

Ahora entiendo por qué me sostuvo la mirada con desafío y no mostró ni un ápice de miedo cuando la amenacé aquel día a un lado de la carretera.

Solo hay dos tipos de personas que pueden asomarse a los abismos del infierno sin quebrarse: las que viven en él y las que ya han conseguido huir de sus entrañas.