Las verdades que quemamos (Hollow Boys 2) 6 #2
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—Sage, perdóname —murmura, no porque lo sienta de verdad, sino porque sabe que no me estoy tirando ningún farol.

Inclino el rostro hacia él y le planto un beso casto y fugaz en la mejilla para dar por terminada la conversación.

Aunque mi padre todavía no me ha contestado, decido poner tierra de por medio.

—¡Te escribo después, cariño!

Necesito alejarme de aquí, de él y de toda esta farsa. A pesar de que mi casa se encuentra a bastantes kilómetros de la calle principal del pueblo, me apetece caminar y empaparme del aire fresco, el silencio y la soledad.

Me abro paso entre la gente, saludando con la mano a quienes se cruzan con mi mirada, y observo lo poco que queda de la fiesta, los adornos caídos y la basura que habrán recogido cuando amanezca.

Tras celebraciones como esta, hay veces que, si pasas por la calle principal en el momento adecuado, te sientes como si estuvieras en algún lugar postapocalíptico.

Desierto. Aislado. Sepultado en el olvido.

Hace años que este pueblo dejó de ser un hogar y se fue convirtiendo poco a poco en lo que es ahora: el fantasma solitario y afligido de todo lo que pudo ser y nunca fue.

Lo peor es que no se trata del típico espíritu que te atormenta, como uno pensaría. No se esconde entre las sombras debajo de tu cama ni escribe mensajes en los espejos empañados, sino que está más vivo que nunca porque nos negamos a soltarlo, a seguir adelante y a olvidarnos de él.

De pronto, me retumba en los oídos un sonido que se asemeja al de un cortacésped.

El rugido va haciéndose cada vez más y más fuerte, hasta que mi curiosidad me impulsa a girarme justo a tiempo para presenciar cómo una moto gris pasa zumbando por mi lado.

El conductor aparta la vista de la carretera y posa la mirada en mí con descaro mientras permanezco de pie en el arcén.

Aunque el casco mate me impide verle los ojos, sé perfectamente de quién es el rostro que se oculta debajo. Estoy a punto de hacerle una peineta, pero me detengo al percatarme de que sus luces de freno empiezan a brillar de un rojo tan intenso como el de las brasas.

Nunca he sido devota de ninguna religión, a pesar de que voy a misa todos los domingos, pero en este preciso instante le rezaría a cualquier dios con tal de que Rook Van Doren siguiese conduciendo y pasase de largo.

Por desgracia, parece que no hay ninguna divinidad dispuesta a mostrarme ni un ápice de misericordia.

—Me he enterado de lo que le ha pasado al coche de tu novio —dice en un tono arrogante a la vez que se quita el casco y unos mechones de pelo liso le caen sobre la cara—. Una pena, la verdad. Nadie debería atreverse a tocar el vehículo de un hombre.

La sonrisilla de suficiencia que se le dibuja en la cara me despierta una furia irracional que me revuelve las entrañas y me irrita igual que una mosca que no deja de revolotear por encima de la comida.

Intento no fijarme en la forma en la que se le tensan los muslos así, sentado a horcajadas, ni en lo grandes y fuertes que parecen al aferrarse a la moto.

Sé que estoy sucumbiendo a la tentación, pero la carne es débil y es difícil ignorar lo bueno que está cuando ni siquiera la sudadera gruesa que lleva puesta es capaz de ocultar sus atributos.

—¿Que te has enterado? —replico, cruzándome de brazos—. Por favor, córtate un poco.

Si se cree que me voy a tragar que es inocente, está muy equivocado. Tengo un radar infalible para detectar las mentiras de la gente.

—Ha debido de cabrear mucho a alguien. Aunque tampoco es que me sorprenda, con esa bocaza que tiene. Seguro que se ha metido con la persona equivocada.

—Déjate de mierdas, Van Doren. Ambos sabemos que tú y los chalados de tus amigos habéis tenido algo que ver en todo esto. No hace falta que te inventes historias.

La cerilla se le mueve entre los labios, acompañando su sonrisa pícara.

—No sé de qué estás hablando. Ni siquiera sabía que hoy era el desfile de bienvenida.

Me muerdo el interior de la mejilla y me echo los rizos por detrás del hombro mientras me acerco a su moto.

—¿Os pone cachondos? ¿Por eso lo hacéis?

—suelto con la intención de pincharlo y comprobar cuánto tarda en estallar, me muero por ver qué límite tengo que cruzar para entrar en la lista negra de uno de los infames Hollow Boys—.

Una vez leí que los psicópatas solo consiguen excitarse infligiéndoles daño a los demás.

Tengo curiosidad: ¿os vais todos juntitos a una de vuestras mansiones tenebrosas y os la cascáis los unos a los otros pensando en todas las mierdas retorcidas que hacéis?

Por un momento, su fachada se quiebra y percibo un sutil espasmo que le sacude la mano con cada palabra que sale de mi boca. También se le tensa brevemente la mandíbula, lo que me indica que he metido el dedo justo en la llaga.

Si antes no me aguantaba, a partir de ahora está claro que me he colocado en su punto de mira.

Sigo con los ojos cómo su lengua se desliza por la fila delantera de sus dientes. Entonces, pasa la pierna por encima de la moto con agilidad y se pone de pie.

—Cuidado, princesa —dice, levantando el casco y apuntando en mi dirección antes de volver a bajarlo para acercarse a mí—. No veo a tus amiguitos ni a tu novio por aquí para defenderte. Estás completamente sola, de noche y cerca del bosque. No me parece que sea el lugar ideal para alguien como tú.

Por la forma en la que sus ojos entrecerrados se clavan en mí, atento a cada uno de mis movimientos mientras la tierra cruje bajo sus pisadas, sé que, si intentara salir corriendo, me atraparía antes de que pudiera siquiera darme la vuelta.

De todos modos, no pienso huir.

Ni de él, ni de nadie.

—No necesito que me protejan. Puedo enfrentarme a ti yo solita.

—Ah, ¿sí? —responde, inclinando la cabeza hacia un lado con condescendencia—.

¿Crees que una niña buena como tú puede enfrentarse a mí?

—Su mirada va bajando lentamente por mi cuerpo con cada palabra—.

Apuesto a que nunca le has hecho daño ni a una mosca ni te has salido del camino que te han trazado.

¿Cómo vas a defenderte de alguien tan perturbado como yo?

Trago saliva cuando se detiene en seco delante de mí.

Si diese un paso más, nuestras rodillas se rozarían; sin embargo, aunque ha alzado un dedo y se dispone a acariciarme, me niego a retroceder.

Pero el tacto áspero de su piel al deslizarme la punta de ese dedo por la mandíbula es la que hace que me aparte de golpe.

—No me toques.

Hace caso omiso a mis palabras, pero no me sorprende.

—A ver, tú eres la profesional, ¿no? Dices que has leído sobre mí —sigue hablando, tratando de herirme con sus palabras, aunque es su tacto el que parece quemarme como si tuviera brasas ardientes por dedos—.

Cuéntame, ¿qué has aprendido sobre los pirómanos sádicos y malhumorados a los que la gente suele llamar diablos?

¿Te han enseñado esos libros que lees lo que soy capaz de hacerte? ¿Lo que me gusta?

Con las yemas de los dedos, traza un camino desde mi mandíbula hasta mi cuello, recorriendo las venas y los músculos que conforman mi garganta.

Se detiene justo encima de mi clavícula y parece tomarme el pulso con el pulgar.

Su olor me consume lentamente por dentro, como si le prendiera fuego a cada célula de mi ser.

Es la primera vez que estoy tan cerca de uno de ellos, y ahora entiendo por qué todo el mundo prefiere mantener las distancias: en cuanto te tocan, ya no hay vuelta atrás. Se apoderan de tu mente, tu alma, tu cuerpo. Todo en ti les pertenece.

—¿Me estás amenazando? —contraataco, con una firmeza de la que me enorgullezco, teniendo en cuenta que me cuesta respirar con normalidad.

Aun así, he reunido el valor necesario para rozarme el labio superior con la lengua mientras clavo mis ojos en los suyos. Eso suele intimidar a los demás lo suficiente como para que se aparten de mi camino; sin embargo, él permanece quieto en su sitio, negándose a ceder.

Se saca la cerilla de la boca, me da un golpecito en el labio inferior con la punta escarlata y, a continuación, la enciende entre el pulgar y el índice. La llama se alza con furia justo delante de mí, tan cerca que puedo sentir el calor que emana.

Su rostro centellea en la oscuridad, luciendo con orgullo el resplandor naranja que le adorna la piel.

—No, sería una pérdida de tiempo.

De pronto, noto cómo Rook me enrosca los dedos alrededor del cuello con fuerza, como si fueran enredaderas aferrándose a la base de un árbol, y me doy cuenta de la gravedad del asunto.

No es esa clase de estrangulamiento fetichista que busca excitar al otro como parte de un juego erótico consensuado; me está apretando la tráquea con la clara intención de ahogarme.

Si otro hombre se atreviera a tocarme de esta manera, ya estaría muerto; sin embargo, la sensación que me produce su tacto me parece distinta a cualquiera que haya experimentado, como si con su agarre estuviera reduciendo a cenizas todas y cada una de las huellas que otros dejaron antes de él y despertando algo completamente nuevo en mí.

Entonces, me acerca la cerilla a la cara, con una mirada abrasadora y rebosante de hostilidad.

—Pero si sigues hablando de cosas de las que no sabes una mierda, puede que lo haga.

La boca se me queda seca mientras intento zafarme de su agarre, pero solo consigo que cierre los dedos aún más en torno a mi garganta, dejándome sin aire a medida que va apretando poco a poco.

No pensará prenderme fuego de verdad, ¿no?

—Y te aseguro, princesa, que nadie se enfrenta a mí sin quemarse.

Dicho eso, me suelta y da unos pasos atrás con una sonrisa en los labios. Luego, sin mostrar ni un ápice de miedo, saca la lengua y la presiona contra la cerilla encendida. El chisporroteo de la llama apagándose contra la carne me saca de mi ensimismamiento.

Me aterroriza y me fascina a partes iguales el hecho de que ni siquiera se inmute, como si se apagara las cerillas en la boca todos los días.

Justo en ese momento, me percato del coche que se dirige hacia nosotros, aunque estoy segura de que él lo había oído mucho antes de que apareciera en nuestro camino y por eso no ha continuado con sus planes homicidas.

—Ya sabes dónde encontrarme cuando te aburras de tu burbuja de cristal, Sage —pronuncia en un tono de burla mientras vuelve a montarse en la moto.

—Que te den, gilipollas —logro escupir por encima del rugido del motor al arrancar.

Sin mediar más palabra, me da la espalda y comienza a alejarse hasta fundirse con la oscuridad de la carretera, de modo que no puedo evitar preguntarme si me lo habré imaginado todo.

Me llevo los dedos al cuello y presiono las zonas que acaba de tocar, sintiendo aún su rastro sobre mi piel.

No voy a negar que me he asustado, pero no era solo miedo, también algo parecido a la libertad.

Como si existiera un espacio que separa a la persona que se espera que sea y aquella que quiero ser y él me hubiera empujado a ese lugar incierto e impredecible donde no tengo que cumplir con las expectativas de los demás, ofreciéndome una vía de escape.

Un hormigueo me recorre el cuerpo de la cabeza hasta los pies.

Lo sigo notando en todas partes.

Y, tal y como sucede con el fuego, su huella perdura hasta mucho después de haberse ido.