6
En primera fila
Sage
—¡Putos anormales de mierda!
El sujeto al que escogí como novio se pone a gritar como un descosido mientras le propina una patada a la llanta de su Range Rover calcinado.
A decir verdad, nunca me ha gustado ese coche, así que me parece que ahora ha ganado bastante, pero se ve que mi novio no opina lo mismo.
Está que echa chispas, nunca mejor dicho.
El caos y la confusión se han apoderado de la bulliciosa multitud que se había reunido para ver a sus adorados estudiantes de instituto antes del gran partido de mañana contra el equipo rival. Los niños buscan a sus padres entre chillidos desesperados y los estudiantes salen pitando de aquí.
A pesar de que solo es un coche en llamas, todo el mundo sabe quiénes son los responsables y absolutamente nadie quiere quedarse a averiguar si tienen alguna sorpresa más preparada.
Mis amigos, por llamarlos de alguna forma, me han dejado tirada en cuanto han olido el peligro y, teniendo en cuenta que el vehículo que me ha traído hasta aquí ha sido el blanco de la ira del famoso grupito, voy a tener que buscarme otra forma de volver a casa.
Incluso con la gente que pasa corriendo como un rayo por mi lado y los espectadores que no paran de cuchichear sobre lo sucedido, me quedo aturdida por un segundo contemplando cómo las llamas anaranjadas engullen el coche. En el fondo, algo me dice que este incendio es una advertencia.
Un mensaje que no debería tomarse a la ligera.
—No uses ese lenguaje en público, hijo.
La voz de Stephen Sinclair suena autoritaria, como siempre. Siendo el decano de una de las universidades más prestigiosas que existen, donde, además, se han formado a algunos de los adultos más exitosos del mundo, no le queda más remedio que tener mano dura con su heredero.
Salir con Easton me ha brindado popularidad y estatus, pero, en realidad, nuestra relación es pura fachada. Solo parece esforzarse delante de los demás.
Siempre se acobarda en situaciones en las que debería dar la cara y, por si fuera poco, no hay nada que lo haga sobresalir por encima del resto. No me despierta ningún tipo de interés ni deseo.
Vale, sí, puede que físicamente sea un regalo para la vista, pero nunca ha hecho que se me acelere el corazón ni que sienta un cosquilleo entre los muslos, por lo que cortar con él después de la graduación será pan comido.
Hasta entonces, seguiré permitiendo que me pasee por todos lados como si fuera un pomerania dentro de un bolso de Prada.
—Papá, es que el pu… —empieza a decir Easton, pero se detiene en cuanto se percata de que Stephen lo está fulminando con la mirada.
Sus ojos albergan la promesa de acabar con él en ese mismo instante si se atreve a pronunciar una palabrota más.
La gente continúa revoloteando alrededor, observándolos desde una distancia prudente, pero lo suficientemente cerca como para enterarse de cualquier drama. Su padre es consciente de ello; siempre está pendiente de las miradas indiscretas y los oídos curiosos.
—¡Me ha destrozado el coche! Y no finjas que no sabes quién ha sido. Esta vez no pienso dejar que se vaya de rositas gracias a su padre —le espeta con furia.
El niño bueno que lleva corbata a los partidos de los domingos se ha esfumado.
Un silencio tan cortante como un cuchillo parece cernirse sobre el cuello de Easton durante un segundo.
Stephen se lleva el móvil a la oreja y lo sostiene contra ella con una sonrisa forzada, como si estuviera acostumbrado a hacerlo, mientras sacude el polvo de la chaqueta de su hijo con la otra mano y apoya los dedos sobre la tela.
—Deja que yo me encargue del coche y del responsable. Y ni se te ocurra tomarte la justicia por tu mano, ¿me has entendido? —le advierte con voz seria, apretándole el hombro bajo su agarre.
De pronto, su gesto se transforma en una sonrisa genuina, como si no hubiera pasado nada, y se vuelve hacia la multitud.
—Además, tenemos un partido de fútbol que ganar mañana por la noche, ¿o no? —continúa en un tono más alto.
La gente empieza a aplaudir y vitorear, relegando el incendio al olvido.
A este lugar se le da de lujo barrer la mierda debajo de la alfombra entre sonrisas falsas.
El equipo de fútbol se acerca a mi novio y lo alza en hombros como si fuera un cordero expiatorio, inflando aún más su ego y reavivando su ya de por sí enorme complejo de superioridad.
El sol ya casi se ha puesto por completo y el uniforme empieza a picarme. Me apetece un montón tumbarme con una tarrina de helado y reverme Dieciséis velas .
Saco mi móvil del bolso, decidida a llamar a mi padre, ya que no voy a poder convencer a Rose de que conduzca hasta aquí y mi madre está hoy en un balneario.
—Ey, ¿qué haces? —pregunta Easton, acercándose a mí entre risitas mientras sus amigos lo empujan en mi dirección.
—Pues, a ver, teniendo en cuenta que tu coche está más calcinado que los intentos de comida de mi madre, voy a necesitar que alguien me lleve a casa, así que estoy escribiéndole a mi padre para que me recoja —respondo, agitando el móvil frente a él y dedicándole una breve sonrisa.
—¿Puedes dejar de comportarte como una niñata malcriada? —contesta—. Creía que las novias estaban para consolar a sus novios. ¿No me dijiste que ibas a venir a la fiesta?
—Se te ha incendiado el coche, no se te ha muerto el perro —replico en un tono cortante; va listo si cree que voy a quedarme calladita aguantando sus tonterías—. No, Easton, te dije que no podía ir. Tengo deberes que hacer y estoy agotada.
—Venga ya, nena —insiste entre lloriqueos, agarrándome de la cintura para acercarme a él—. Vamos a pasárnoslo bien. ¿O es que piensas dejarme tirado en la última fiesta de bienvenida antes de que empecemos la universidad? —continúa, acariciándome el cuello de arriba abajo con la nariz.
—Te lo pasarás bien tú —matizo, poniéndole la mano en el pecho para alejarlo un poco—. A mí siempre me toca asegurarme de que llegas a tiempo al baño antes de potar por ahí y, encima, luego tengo que llevarte a casa. No me apetece el plan esta noche. Ya te escribiré más tarde.
De pronto, me agarra con más fuerza, como una pitón dispuesta a devorar a su presa, y el azul de sus ojos se oscurece unos cuantos tonos.
Esa es la realidad que esconden los lugares como este: todo el mundo lleva una máscara puesta, solo que algunas son más visibles que otras.
Lo que más odio de él y lo que más me cuesta soportar no es el hecho de que no pare de hablar de sí mismo ni que aguante tres minutos cuando lo hacemos, sino que los gritos de su padre saquen a relucir lo peor de él y se convierta automáticamente en el hombre que le han obligado a ser.
Hasta donde yo sé, Stephen nunca le ha pegado, pero es capaz de manejarlo a su antojo con una simple palabra, haciendo que su hijo se sienta débil e inferior a su lado.
Así que, como Easton se niega a plantarle cara, la toma con todos los que lo rodean cuando no puede salirse con la suya, y yo soy la que casi siempre se lleva la peor parte.
—¿Que no te apetece? —repite, bajando la voz para que el resto no se entere—.
A ver si te queda clara una cosa, Sage: soy el quarterback del equipo de fútbol, la joven promesa de Ponderosa Springs, el ojito derecho de todo el mundo en este pueblo.
Puedo hacer añicos esa imagen de niña buena a la que tanto te aferras en un abrir y cerrar de ojos.
Si a mí se me antoja que mi novia aparezca conmigo en la fiesta, entonces no hay nada más que discutir.
—Empiezo a rechinar las muelas mientras sigue hablando—.
¿Por qué no te limitas a hacer lo que mejor se te da?
Agárrate a mi brazo, sonríe y ponte guapa, ¿entendido?
Esas palabras desatan una serie de recuerdos que había enterrado en lo más profundo de mi ser.
«Siéntate recta, sonríe y ponte guapa, Sage». Las escucho en mi mente, deslizándose por mi cuello y arrastrándose por debajo de mi piel como si fueran gusanos. Estoy infestada de miles de momentos dolorosos que se reproducen sin cesar para impedir que me olvide del tormento de aquellos días.
Echo un vistazo a los ojos curiosos que nos rodean, consciente de que no puedo montar ningún numerito.
Si se me ocurriera hacerlo, no me cabe duda de que el rumor se extendería como la pólvora y, en menos de dos horas, todo el mundo estaría al tanto de nuestra discusión.
Incluso aprovecharían para montar un escándalo digno del titular de un periódico.
«¡Noticia de última hora! Easton Sinclair, el jugador estrella del equipo de fútbol, y la niña bonita de Ponderosa Springs han roto su relación».
Dado que no quiero que salten más chispas de las necesarias, hago lo que mejor se me da, como bien ha dicho Easton, y procedo a interpretar mi papel de novia ejemplar.
Esbozo la sonrisa más dulce y seductora que soy capaz de fingir e inclino mi cuerpo hacia el suyo, hasta que el aroma de su perfume me inunda las fosas nasales. Acto seguido, le deslizo los dedos con delicadeza por el torso y le dejo la mano apoyada en el pecho.
Entonces, me sirvo de mis zapatillas de deporte para ponerme cómodamente de puntillas y le acerco los labios a la oreja, envolviéndole el cuello con la calidez de mi aliento.
Desde fuera, parece un gesto sincero y lleno de ternura, de esos que son propios de dos adolescentes enamorados. Podría jurar que incluso he escuchado a una pareja pasar por nuestro lado murmurando lo adorables que somos.
—Te doy tres segundos para quitarme las manos de encima, Easton Sinclair; si no, vas a enterarte de lo que es que te arruinen la vida de verdad. No subestimes el daño que puedo hacerte con una sonrisa tan bonita como esta.
El tono amenazante de mi voz choca totalmente con la imagen inocente de dos tortolitos que perciben los demás. Mis palabras suenan frías y crueles. Solo rezuman resentimiento.
La sonrisa se me ensancha al ver que me suelta y deja caer los brazos a los lados ante mi advertencia.
Diría que es la decisión más sensata que ha tomado en todo el día.