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Recoges lo que siembras
Rook
El desfile de bienvenida, ese maravilloso evento en el que el pueblo entero sale a la calle para ver cómo los estudiantes del instituto se pasean en carrozas excesivamente recargadas.
Cualquiera que forme parte del instituto o de sus actividades tiene un sitio reservado encima de las carrozas: equipos enteros de distintos deportes, dueños y trabajadores de negocios locales, integrantes de clubes escolares o asistentes al desfile sin más.
Todos saludan desde sus posiciones al pasar.
Me pregunto si serán conscientes de lo ridículos que parecen.
No le veo la gracia a quedarme sentadito a un lado de la calle viendo cómo un grupo de adolescentes saluda con la mano y sonríe.
No hace falta salir de casa para dejarles claro a los demás que ya has alcanzado tu máxima meta en la vida y que después del instituto vas a ser un mierdas.
Lo único que consiguen estos desfiles es inflar aún más los egos ya de por sí colosales de mis compañeros y alimentar su obsesión por su propia imagen, pero bueno, quién soy yo para juzgar.
La canción que estoy escuchando ahora mismo me rebota con fuerza en los tímpanos a través de los auriculares y me cala hasta los huesos. Aprieto los dedos alrededor del acelerador y la moto sale disparada hacia delante, acompañada por el quejido agudo del motor.
El viento me levanta la sudadera negra mientras contemplo el mundo exterior teñido de un marrón claro debido a la visera de color negro mate que llevo puesta, cuyo uso, en teoría, está prohibido en la carretera, pero dudo que haya algún coche de policía capaz de alcanzarme a esta velocidad.
En moto, me siento más libre que nunca. Ni siquiera cuando estoy drogado puedo dejar la mente en blanco; sin embargo, en la carretera, no existen las preocupaciones. Es la experiencia más cercana a volar con alas propias.
La aguja del velocímetro marca más de ochenta y cinco, y va subiendo a medida que avanzo. Un cosquilleo me recorre el cuerpo al ser consciente de que el más mínimo giro en la dirección equivocada podría hacer que me fundiese con el asfalto.
Lo curioso del miedo es que, en el fondo, solo se le teme a la muerte.
En realidad, no te asusta la experiencia en sí, sino lo que viene después.
Así que el miedo no me detiene, ni a mí ni a los míos, porque ya estamos muertos por dentro.
Llevamos toda la vida desafiando a la Parca y no podría importarnos menos que el mundo se olvidara de nuestra existencia.
Somos unos yonquis de la adrenalina en su máxima expresión.
En mi caso, no dudaría ni un segundo en hacerme daño o en exponerme ante cualquier situación que provoque que se me disparen los niveles de epinefrina en la sangre. Ese subidón me enciende por dentro, como si todo mi cuerpo estuviera en llamas, y no hay nada que me haga sentir así.
Al tomar una curva, me inclino hacia un lado y emerjo entre los pinos elevados que conducen a Ponderosa Springs. El pueblo entero se encuentra ahora en la zona oriental de este pantano de mierda.
El desfile acaba justo al anochecer, lo que significa que todavía nos queda media hora para llevar a cabo lo que tenemos planeado y largarnos antes de que alguien se percate de nuestra presencia.
En ese sentido, nos asemejamos bastante a los fantasmas: aunque sientas nuestra presencia, no hay nada que demuestre que realmente estamos ahí. Incluso podría decirse que nos parecemos a los demonios que se esconden dentro de tu armario y solo dan la cara cuando les conviene ser vistos.
Atravieso las calles vacías en dirección al ayuntamiento, conduciendo por encima de los restos de confeti, globos y envoltorios de caramelo tirados sobre el asfalto, por lo que intuyo que el desfile ya ha pasado por aquí.
La moto derrapa en cuanto freno delante del edificio que antes era una iglesia católica y que ahora sirve de ayuntamiento. Ha existido desde siempre, pero lo han remodelado para resistir el paso de los años. Aquí era donde mi padre se pasaba la mitad del tiempo trabajando.
Apago el motor, bajo la pata de cabra con la punta del pie y piso el suelo con cuidado. Tras quitarme el casco y apoyarlo en el asiento de la moto, saco un cigarrillo y me siento en los escalones de cemento que bajan desde la fuente que se encuentra enfrente del edificio.
Al coger el móvil del bolsillo, veo un mensaje de Silas.
Voy por la farmacia.
Es de hace tres minutos, así que tenemos unos veinte antes de que el pueblo entero vuelva a reunirse donde estoy sentado. El desfile empieza y termina en el mismo lugar todos los años.
Casi me he acabado el cigarro cuando distingo las luces de un Range Rover avanzando en mi dirección. Sin poder evitarlo, empiezo a mover la pierna y a tamborilear los dedos ante la expectación.
Bienvenidos a las puertas del infierno. El espectáculo está a punto de comenzar.
—Odio los desfiles de bienvenida —dice Alistair, saliendo del asiento delantero de un coche que no es el suyo.
El maniático del control que lleva dentro no ha querido dejarnos a Silas y a mí al mando. Además, funcionamos como una manada: lo que le pasa a uno, nos afecta a todos.
No puedo evitar reírme de lo ridículas que me parecen las palabras escritas en blanco sobre las ventanas: « Quarterback 1», «¡Al campeonato estatal!», «Sinclair ٧».
Nunca he entendido por qué la gente se obsesiona tanto con los deportes del instituto.
—¿Hay algo que no odies? —responde Thatcher, emergiendo del asiento del copiloto.
Lo conozco desde hace mucho tiempo y sé que es cruel, gracioso, que toca el piano y que le encanta sacar de quicio a los demás.
Aun así, hay partes de él, mucho más oscuras que las mías, que siguen siendo un misterio.
Cada vez que guarda silencio, la tierra tiembla a su alrededor.
El día que abrace la sangre que le corre por las venas, el mundo sufrirá las consecuencias de haberlo obligado a convertirse en aquello que más temían.
Hasta a mí me dan escalofríos solo de pensarlo.
—Pegarle a la gente —le suelta Alistair con una sonrisita de suficiencia, chocando el hombro con el de Thatch a la vez que ambos se encaminan hacia mí.
Su misión era robarle el coche a Easton y reunirse conmigo aquí mientras Silas vigila el tráfico.
—Mentira —intervengo yo, tirando la colilla al suelo—. Odias los desfiles de bienvenida del pueblo; los nuestros son otra cosa.
—¿Tienes tabaco?
Me llevo la mano al bolsillo y le lanzo el paquete a Alistair; la chaqueta de cuero se le levanta cuando lo atrapa en el aire.
Ahora es cuando yo entro en acción: abro la mochila negra, provista de todo lo necesario para que te metan en la cárcel por un delito de incendio intencionado, y saco las dos botellas de whisky que he rescatado del contenedor de basura de mi propia casa.
—¿Y el mechero?
Levanto la cabeza para mirar a mi querido amigo pelinegro, Alistair.
—¿Quieres que me lo fume yo también por ti? —bromeo, arrojándole el Zippo—. Ni se te ocurra robármelo. Es mi favorito.
Examina la parte delantera del mechero con una ceja arqueada, se enciende el cigarro y me lo lanza de vuelta.
—De toda tu gigantesca colección de Zippos, ¿tu favorito es justo el que tiene tus iniciales grabadas? ¿En serio? Joder, no te hace falta abuela.
Pongo los ojos en blanco y procedo a verter alcohol isopropílico dentro de las botellas de whisky .
—Mira quién habla, el que va por ahí estampando sus iniciales en la cara de los demás.
Nos reímos a la vez mientras yo sigo con mis labores de pirómano: empapo unos trapos en alcohol y los meto en las botellas, dejando que sobresalgan un par de centímetros.
—Qué orgulloso estoy de nuestro pequeño friki de la química —dice Thatcher, alborotándome el pelo, y tengo que reprimir con todas mis fuerzas las ganas de molerlo a palos.
—Esto no tiene nada que ver con la química, pedazo de gilipollas. Está todo en Google. Hasta un niño de cuatro años podría hacerlo.
—Pues hay que darse prisa. Ya mismo estarán de vuelta y no quiero perderme la cara de Easton cuando aparezca por aquí.
Asiento con la cabeza y acato sus órdenes.
Cojo ambas botellas, saco las cerillas, enciendo una y observo cómo el brillo naranja va apoderándose de la cabeza del fósforo, avanzando hacia el palillo.
La sangre empieza a hervirme en las venas a medida que acerco la llama a los trapos que asoman por el cuello de las botellas.
Me fijo en cómo comienzan a arder, con la esperanza de que, al ver su coche, Sinclair se acuerde de cada palabra que se atrevió a escupirme en la cafetería.
La próxima vez, se lo pensará dos veces antes de abrir la boca y meterse con mis amigos o con Rose.
Esto es solo una advertencia.
De momento, me conformaré con prenderle fuego a algo suyo, pero si no aprende la lección, el siguiente será él.
Con movimientos ágiles, impulso el brazo hacia atrás y lanzo una botella tras otra por las ventanas del Range Rover. La primera aterriza en el asiento trasero y la segunda, en el delantero. En cuestión de segundos, comenzará el verdadero espectáculo.
De pronto, dos estallidos secos cortan el aire, como si fueran un par de latigazos impactando sobre piel mojada, y las botellas de cristal revientan dentro del coche, sumergiéndolo en un fuego devastador.
—Ahora es cuando empieza lo bueno, chicos.
La boca se me hace agua conforme vamos subiendo por la colina que hay pasando el ayuntamiento, un pequeño montículo desde donde podemos contemplar sin ser descubiertos el caos que está a punto de desatarse.
Muevo el pie con impaciencia mientras saco otro cigarro del bolsillo y lo enciendo sin apartar la vista de la escena del crimen. Entonces, observamos cómo el pueblo entero pasa desfilando por delante del coche en llamas de su jugador estrella.
Todo el vehículo está cubierto por una densa nube de humo.
Se me eriza la piel al ver las llamas girar y retorcerse en una danza hipnótica. En su reflejo distingo todos los pecados que he cometido; las brasas que flotan en el aire me recuerdan a los pequeños fragmentos que quedan de mi alma.
De pequeño, a veces oía las sirenas de los camiones de bomberos pasando al lado de mi casa y salía corriendo tras ellos como alma que lleva el diablo para poder ver qué fuego intentaban apagar con tanta prisa.
Solo conseguí alcanzarlos en tres ocasiones, pero siempre me reconcomía la envidia por no haber sido yo el causante de aquellos incendios.
Era un sentimiento superior a mí. Una enfermedad que me recorría las venas e infectaba cada célula de mi ser, pero me aferraba a ella como si fuese una parte más de mí.
Esbozo una sonrisita desde nuestra posición privilegiada en las alturas, con el corazón martilleándome en el pecho y las palmas empapadas de sudor, al fijarme en el miedo que se apodera de sus rostros. A Easton se le ha ido la olla por completo y la gente trata de apagar el fuego desesperadamente.
Todo el mundo ha sucumbido a la locura.
Los padres van corriendo a por sus hijos; los estudiantes estallan en gritos; los jugadores del equipo de fútbol agitan sus chaquetas para tratar de sofocar las llamas.
Y, entre todo el tumulto, está ella.
Una belleza letal enfundada en un ajustado uniforme de animadora que le envuelve el cuerpo de una forma tan natural que parece fundirse con su propia piel.
La camiseta de manga larga que lleva puesta le aprieta sus pechos firmes y deja al descubierto el piercing del ombligo, cuyo diamante capta los últimos destellos del atardecer.
Su atuendo verde bosque contrasta con el rojo vibrante de sus rizos, haciendo que destaque aún más en la distancia.
Me muerdo el labio inferior, muriéndome de ganas por saber qué se esconde bajo esa falda.
Su aparente perfección es solo una trampa de la naturaleza.
Todos saben que hay que mantenerse alejado de la belleza que habita en los entornos salvajes: desde las ranas de colores llamativos y las medusas bioluminiscentes, hasta las orugas exóticas que parecen tan amigables que te dan ganas de acariciarlas.
Todos los seres extravagantes de la naturaleza están diseñados para llamarte la atención y avisarte así del peligro que esconden.
Otras criaturas saben mantenerse alejadas de las bellezas letales de este mundo. Los humanos, en cambio, sentimos la necesidad de ignorar tales advertencias y de tocar todo aquello a lo que no deberíamos ni acercarnos.
Siempre dicen que hay ciertas cosas que es mejor admirar desde una distancia prudente, como el fuego; sin embargo, a mí nunca se me ha dado bien hacerles caso a los demás.