Las verdades que quemamos (Hollow Boys 2) 4
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Terrores nocturnos

Sage

En el instituto, solía cabrearme cuando la gente me preguntaba gilipolleces sobre eso de tener una hermana gemela. Por increíble que parezca, no, nunca he podido leerle la mente.

No dejaban de referirse a nosotras como «las gemelas», incluso cuando no estábamos juntas, en cuyo caso, además, siempre nos preguntaban: «¿Dónde está la otra?».

No empezaron a tratarnos como dos personas independientes hasta que llegamos al instituto.

Entonces, ella siguió su propio camino y yo me propuse escalar hasta la cima de la jerarquía social.

Nos distanciamos tanto que, de cara a los demás, pasamos de ser «las gemelas» a convertirnos en Rosemary y Sage, a secas.

Sin embargo, en momentos como este, en los que la luna se alza en lo alto del cielo y la oscuridad se apodera de cada rincón de mi cuarto, echo de menos su cercanía, pasearnos juntas en público y que parezcamos las dos mitades de un todo a ojos del resto.

Los suaves gimoteos de Rose me han vuelto a despertar, puntuales como un reloj.

Le pasa casi todas las noches, así que no me sorprende ver que son las tres y treinta y cuatro de la madrugada en el resplandor verde de mi reloj.

Dejo escapar un suspiro y me incorporo en la cama, estirando los brazos.

Al ponerme de pie, se cae al suelo el guion de El crisol .

Cruzo mi habitación sin encender la luz, guiándome únicamente por la memoria muscular, abro la puerta y me dirijo a la habitación que se encuentra justo al lado de la mía.

Una vez oí a alguien decir que las habitaciones son el reflejo del alma de quien vive en ellas y, si eso es cierto, la gente no se equivoca al pensar que mi hermana y yo somos como el día y la noche: la suya está repleta de pósteres de grupos de música, tiestos con plantas, montones de ropa negra y una luz que proyecta estrellas en el techo, mientras que la mía es completamente rosa, está ordenada e iluminada con luz natural y tiene una alfombra mullidita de color blanco en el suelo.

Esa parte de mí que intento mantener enterrada en lo más profundo de mi ser se niega a aceptar que nos hayamos distanciado tanto la una de la otra.

Su voz me recuerda de golpe la razón por la que he entrado en su habitación.

Camino hacia su cama despacio y me deslizo dentro junto a ella. La suavidad de sus sábanas de algodón me envuelve de inmediato, junto con el olor a tabaco y a colonia que impregna la cama y que proviene de la sudadera de Silas que lleva puesta.

Le paso la yema de los dedos por el ceño fruncido, intentando relajarle los músculos de la frente, y los deslizo hasta su nariz para despertarla con delicadeza y hacerle saber que los monstruos que la atormentan no son reales.

Se mueve bajo mi tacto, entre el sueño y la vigilia.

—Es solo una pesadilla, Ro, no pasa nada —susurro, esperando a que se dé cuenta de que puede salir de ella cuando quiera.

Tras varios minutos acariciándole la cara con el dedo, abre los ojos y vuelve a la realidad poco a poco.

—¿Te he…? —empieza a decir, pero se detiene para bostezar—. ¿Te he despertado?

Niego con la cabeza.

—No, estaba yendo al baño y te he escuchado dando vueltas en la cama —miento.

Agarra la parte superior del edredón y lo sube hasta cubrirnos a ambas la cabeza.

A cobijo bajo la oscuridad de sus mantas, me transporto de inmediato a un tiempo en el que éramos más pequeñas y nos negábamos a dormir en camas separadas.

Cuando aún creía en un mundo lleno de posibilidades; un mundo que sigue existiendo, solo que no aquí, en este pueblo.

Por la noche, en cuanto nuestros padres se quedaban dormidos, nos metíamos debajo de las mantas y nos contábamos historias o hablábamos de nuestros sueños.

Debajo de estas mantas, puedo quitarme la máscara y permitirme ser esa niña otra vez, sin mirar constantemente hacia atrás para comprobar quién me está observando, sin insultar a los demás para quedar por encima de ellos. Ahora mismo no tengo nada que temer.

—¿Con qué estabas soñando?

—Era lo mismo de siempre. Había pasillos oscuros y voces extrañas.

A veces me da envidia lo amable y comunicativa que es Rose, pero en otras ocasiones me odio a mí misma por dejarme llevar por los celos que me carcomen e intentar arrebatarle esa parte de sí misma.

Porque ella aún es capaz de preocuparse por las personas que la rodean y verles el lado bueno a todas, mientras que a mí me ha tocado cargar con la peor parte y me hundo en un pozo sin fondo.

—Siento haber sido tan cruel el otro día en la cocina y en la cafetería —susurro, metiéndome las manos debajo de la cabeza y mirándola.

El brillo de las estrellas de su habitación se cuela a través de los agujeritos de las mantas, brindándonos una luz tenue.

Rose esboza una sonrisa y siento un leve pinchazo en el pecho al reafirmar el gran corazón que tiene mi hermana.

Me ha perdonado, así sin más. Eso es lo que más me preocupa de su relación con Silas.

¿Y si él o uno de sus amiguitos le hace daño?

¿Y si ella se lo permite? Porque cuando Rosemary quiere a alguien, lo hace con tal intensidad que no le importa cómo la traten.

Nuestros padres son el ejemplo perfecto de ello.

—No pasa nada, Sage —responde—. Sé que es porque sientes que tienes que ser cruel para poder salir sana y salva de este sitio. Es solo que… No lo entiendo. Antes eras feliz y libre, pero cambiaste de la noche a la mañana. ¿Por qué no quieres contarme qué te ha pasado?

—¿Podemos dejar el tema? No hay palabras para expresar lo poco que me apetece hablar de mí ahora mismo.

—Echo de menos hablar de ti. De tu antigua tú. Ya sabes, esa a la que no le importaba que no la nombraran reina del baile ni lo que pensaran los demás. Esa que iba paseándose por todos lados con guiones desgastados y fingía ser Meryl Streep recibiendo un Óscar. ¿Te acuerdas de ella?

Me acuerdo, y, algún día, volveré a ser esa chica.

En cuanto me vaya de este lugar, recuperaré a mi antigua yo y todo será de nuevo como antes.

Lo que mi hermana no entiende es que, si me permito ser ella aquí, en este desecho tóxico convertido en pueblo, acabaré muerta en vida; me ahogaré en el pozo de miseria del que beben todos los rincones de este sitio.

—No queda nada de ella, ¿vale? Déjalo ya, joder, Rose —respondo, con una agresividad innecesaria y que, en realidad, no va dirigida a ella, sino a aquellos que me convirtieron en lo que soy.

En estos instantes en los que la rabia me desborda, me odio aún más por desear que hubiera sido ella la que lo pasara mal y así poder ser yo la que viva sin preocupaciones y con la ilusión intacta.

Esos pensamientos me impiden pegar ojo por la noche y hacen que me dé más asco todavía a mí misma, porque no podría soportar la idea de que mi hermana aguantara lo que tuve que aguantar yo.

—Hablemos mejor de ti. ¿Cómo estás? ¿Qué tal te va? He visto que tu obra por fin va cobrando forma.

Y cuando digo «cobrar forma» en realidad me refiero a «no tengo ni idea de lo que estás intentando crear, pero cuenta con mi apoyo de todas formas».

Rosemary siente debilidad por las esculturas hechas de vidrio roto.

En realidad, con que haya cristales le basta para crear cualquier cosa; el problema es que la mayoría de las veces no logro descifrar qué leches se supone que está haciendo.

—Pues… —empieza a decir—. No me va mal. Las esculturas avanzan bien. Aunque últimamente no dejo de discutir con Silas.

Levanto las cejas, alarmada.

—¿Por qué? ¿Qué ha hecho?

—Tranquila. No ha hecho nada malo —responde, soltando un suspiro—. De verdad, parece que solo buscas excusas para odiarlo.

—Bueno, tampoco es que él me lo ponga difícil.

—Nos hemos peleado porque no quiero que vaya a Hollow Heights.

Sus amigos se marchan a la costa este y no veo justo que él se quede aquí solo por mí.

Ya sabes que a mamá y a papá les daría un infarto si se me ocurriera ir a otra universidad, pero él no tiene por qué vivir con las mismas limitaciones que yo.

Soy muy consciente de cómo reaccionarían nuestros padres. De hecho, van a terminar de perder la cabeza cuando se enteren de que no pienso ir a esa porquería de universidad, ni aunque me paguen ellos la matrícula. Estoy dispuesta a vivir debajo de un puente con tal de no poner un pie en ese sitio.

—¿No os habéis planteado mantener una relación a distancia? —pregunto, intentando reprimir el impulso de decirle: «Mándalo a la mierda», porque sé lo enamorada que está de él y no quiero verla sufrir, nunca, ni siquiera cuando soy yo la que le hace daño.

—Teniendo la posibilidad de quedarse aquí y estar juntos sin más, no quiere ni intentarlo, pero me da miedo que acabe odiándome con los años.

¿Y si cortamos? Entonces pensará que perdió la oportunidad de irse por nada —contesta, con la voz quebrada de dolor, y a pesar de la poca luz, distingo claramente las lágrimas que se le deslizan por las mejillas—.

Lo amo, Sage. Lo amo tanto que me duele hasta respirar. No podría soportar que me odiara.

Sin pensármelo dos veces, extiendo la mano para secarle las lágrimas con el pulgar.

—Venga, anímate. Somos demasiado guapas para llorar por un chico.

Deja escapar una risa teñida de melancolía.

—No tiene gracia. Me sorprende que no me digas que lo deje.

Me muerdo el labio inferior.

—Bueeeeno… —respondo, arrastrando cada sílaba.

—¡Sage! —me reprende, riéndose aún más fuerte—. Aunque no te lo creas, soy muy feliz con Silas.

Me aguanto las ganas de poner los ojos en blanco.

Lleva repitiéndome lo mismo desde que lo conoció en el instituto; no se cansa nunca de intentar convencerme de lo inofensivo que es y de lo dulce que puede llegar a ser.

De hecho, está tan cegada por sus supuestas virtudes que pasa por alto todos los destrozos que causan él y sus amiguitos.

—No me preocupa tu felicidad, sino tu seguridad.

—¿Seguro que no es por mi reputación?

Chasqueo la lengua.

—Tu reputación va ligada a tu seguridad. ¿Qué vas a hacer cuando Silas se meta con la persona equivocada? ¿O cuando el bocazas de Rook consiga sacar de sus casillas a alguien?

En mi mente veo destellos de la cara de Rook fulminando a Easton con una mirada tan cargada de furia que, por un segundo, tuve miedo de que se prendiera fuego a sí mismo.

Sus ojos verdes se habían convertido en un incendio forestal, como si reflejaran las copas de unos imponentes pinos siendo devoradas por la ferocidad de las llamas.

Nunca había presenciado nada parecido.

A Rosemary se le dibuja una sonrisita en los labios.

—Creo que le gustas.

Me echo hacia atrás, sorprendida ante su declaración.

—Pero si he estado a punto de clavarle una uña en el ojo. Casi echo a perder una manicura preciosa por culpa de uno de los Hollow Boys. Nos ha faltado tirarnos de los pelos, Ro. ¿Estás ciega o has decidido olvidarte de esa parte?

No sé a qué viene este calor que me sube por las mejillas, y me molesta.

Rook Van Doren no tiene derecho a hacer que me ruborice ni que me enfade. No pienso permitir que vea más allá de lo que yo decida mostrarle. No va a traspasar mi coraza.

—Para él es lo mismo. RVD no distingue entre peleas y coqueteos.

No debería importarme. Paso de ese tío.

Si sigo escuchando a Rose hablar de él es solo porque me parece la oportunidad perfecta para reunir más secretos y descubrir los trapos sucios de unos chicos que resultan un misterio para todo el mundo.

Son esa clase de personas sobre las que conviene guardar información comprometedora con el fin de tener algún poder sobre ellas.

—Voy a pasar por alto que acabas de referirte a él por sus iniciales. En cuanto a lo otro: no tiene ningún sentido. Ya no estamos en la guardería para ir por ahí con la cancioncita de «los que se pelean se desean».

Se gira para ponerse bocarriba y suelta un suspiro.

—Es el que menos conozco de los cuatro. Sé que su madre murió y que se lleva fatal con su padre.

Pero lo que sí te puedo asegurar, por lo que he visto todos estos años, es que le gusta prender fuego a las cosas y que sus emociones brillan igual que los incendios que tanto disfruta provocando.

Rook Van Doren no gasta energía en lo que no le interesa.

Si le llamas la atención, te lo hace saber a toda costa.

—Se detiene brevemente para mirarme—. Y yo diría que tú le has llamado la atención.

—Bueno, pues más le vale ir buscándose otra fuente de entretenimiento, porque no pienso volver a hablar con él en la vida.

Un silencio cómodo se instala entre nosotras, el simple hecho de estar juntas nos brinda calma a ambas por igual. Debajo de esta manta, no pasa nada por permitirme pensar en cómo será mi futuro después de que me gradúe este año.

«Último curso, Sage. Aguanta esta farsa un curso más y podrás ponerle el broche de oro a la mejor interpretación de tu vida».