3 #2
Si Ponderosa Springs tuviera un barrio marginal donde reubicar a los que no encajan con sus estándares, nos habrían desterrado allí sin dudarlo.
Mientras tanto, nos miran desde sus lujosos balcones y sus jardines recién podados, como si nuestra ropa no costara lo mismo o nuestras familias no fueran igual de ricas.
No les importa de dónde provenimos porque nuestra fortuna está manchada por el peligro, el alboroto y la violencia.
Somos esa clase de personas sobre la que te advierten tus padres cuando creces; el hombre del saco que se esconde debajo de tu cama; meras abominaciones en un pueblo estancado en la tradición, donde todo el mundo interpreta un papel.
Y nadie encarna su rol tan bien como el príncipe de los prepotentes y la princesita que se sienta a su lado.
—Hola, chicos, ¿nos vamos? —murmura Rose, colgándose la mochila al hombro mientras Silas la atrae hacia su pecho, aferrándose a ella con fuerza.
—Hola, querida Rosie —la saludo, extendiendo la mano para alborotarle el pelo—. ¿Te apuntas a armar un poco de jaleo por ahí?
Es coña, por supuesto. Las bromas son solo un mecanismo más para ocultar ese vacío que siento en el pecho. Estoy tan hueco por dentro que el sonido de las risas retumba en las paredes de mi interior, pero nadie es consciente de ello.
De pronto, se oye una ligera tos, seguida de una simple palabra.
—Escoria.
Es una voz baja y amortiguada que le arranca unas cuantas risitas al grupo.
Muevo de un lado a otro la cerilla que sostengo entre los dientes al mismo tiempo que le dedico una sonrisa.
—Perdón, no te he escuchado bien con esa polla que tienes metida en la boca, ¿puedes repetirlo un poco más alto, Sinclair? —digo, dejando atrás a mis amigos para acercarme a su lado de la mesa.
Easton es igual de pretencioso que unas chanclas de Gucci.
Llevo odiándolo desde que lo conocí. Y los chicos también. Se cree superior a todos y se regodea en la admiración que le profesa el resto, como si fuera un ser de luz.
Lo único que le falta es multiplicar los panes y los peces.
Su padre es el decano de una universidad carísima que se hunde cada vez más en la miseria, al igual que el terreno blando y húmedo sobre el que está construida. No tiene mucho de lo que presumir, pero, como la mayoría de la gente por aquí, Easton sabe cómo ganarse la confianza de su público.
Sonríe a los periódicos, gana todos los partidos de fútbol que juega y actúa como si fuera el puto amo; sin embargo, ni siquiera las siete maravillas del mundo se libran de las grietas con el paso del tiempo. Esa fachada de perfección está más que resquebrajada.
—Rook —dice Rose, agarrándome del brazo y haciendo lo que mejor se le da: calmar las aguas.
Me río para restarle importancia.
—No, Rosie, no pasa nada —respondo, colocando las manos en la mesa y mirando a Easton desde arriba—. Solo estoy charlando tranquilamente con mi colega Sinclair. ¿A que sí?
Clavo los ojos en él, retándolo a devolverme la mirada para que sea testigo de lo que ve todo el mundo reflejado en mis iris: las entrañas del infierno donde lo asaré vivo si se mete conmigo o con mi familia de nuevo.
Pero, como el buen cobarde que es, mira a todos lados menos a mí.
—He dicho… —Se aclara la garganta y sonríe, a pesar de lo incómodo de la situación—. Que os lo paséis bien —termina de decir como si nada.
Ambos sabemos lo que ha dicho.
Ha tenido la valentía de atreverse a abrir la boca, pero admito que demuestra más inteligencia de la que esperaba al no repetírmelo a la cara.
—Así me gusta, campeón. —Le doy una palmada en la espalda con la suficiente fuerza como para provocar que se incline ligeramente hacia delante y, al ver que no contesta, decido hacerle caso a Rose y dejarlo.
—Qué vergüenza —comenta una voz más suave y elegante—. ¿Cómo se te ocurre pasearte en público con esta panda de chalados? En serio, Rose, no puedes ser más patética.
Al oírla, tenso la mandíbula, apretando con fuerza la cerilla que tengo en la boca.
—Te refieres a ti misma y a tu catálogo de Zara-pastrosos, ¿no?
La llama azul de sus iris se enzarza en una batalla silenciosa con los míos. Permanece imperturbable, sin apartarme la mirada ni por un segundo.
Sage Donahue.
«Qué bien me lo pasaría jugando contigo a mi antojo».
Suelta una risita sarcástica ante mis palabras.
—Já, esa es buena, sobre todo viniendo de un tío que parece tener la misma comprensión lectora que un niño de primaria —responde, haciendo danzar sus uñas pintadas de azul claro alrededor de un vaso alto lleno hasta los topes de batido de fresa—.
No entiendo por qué mi hermana insiste tanto en defenderos a los cuatro.
¿Es pura ingenuidad o es que simplemente os gusta arruinarle la vida?
Rose y Sage son gemelas y, por lo tanto, comparten rasgos, como el color del pelo o las pecas.
Aun así, Rose las tiene concentradas alrededor de la nariz, mientras que las de Sage le salpican el rostro de manera desordenada.
Una intenta pasar desapercibida a toda costa y la otra hace todo lo posible por destacar.
No suelo enfrentarme cara a cara con la niña bonita de Ponderosa Springs, la chica que consigue todo lo que quiere con su piquito de oro. Ya nos conocíamos, por supuesto; es un pueblo demasiado pequeño y, además, mi mejor amigo sale con su hermana.
Pero siempre intentamos evitarnos.
—A lo mejor a ella no le da tanto miedo salir de su burbuja y disfrutar de la vida. Puede que no le guste fingir como a ti. El lado oscuro te permite cruzar límites que jamás te plantearías a la luz del día.
Sigo con la mirada sus labios pintados de rojo y me fijo en cómo envuelven la pajita de su vaso, manchando el color blanco. Da un par de sorbos y luego se echa hacia atrás para contestarme.
—¿Pretendes ofenderme?
—No —digo mientras me encojo de hombros, con una sonrisita torcida y la voz cargada de sarcasmo—. Todos los gemelos tienen una oveja. No hay por qué avergonzarse. Me alegra que lo lleves con tanto orgullo, Sage.
—¿Una oveja?
—Sí, ya sabes, ese que cumple con las expectativas de los demás. El sumiso. El débil —pronuncio cada palabra despacio, ladeando la cabeza ligeramente para estudiar su reacción—. La versión descafeinada de su mitad.
Sage Donahue es capaz de fulminar a cualquiera articulando una sola frase con esos labios rojos. No hay nadie que la cuestione; todos los que la rodean se postran a sus pies y la siguen como borregos.
Easton Sinclair cree que lleva la voz cantante, pero en realidad es ella la que mueve los hilos.
Se me ensancha la sonrisa al ver cómo la ira le enciende los ojos.
Está echando chispas por lo que acabo de decirle y luchando con todas sus fuerzas por mantener intacta su apariencia tranquila e imperturbable, pero su piel blanca como la nieve no puede evitar fundirse bajo el fuego hiriente de mis palabras.
La misma energía incontrolable que siento al provocar un incendio me recorre todo el cuerpo, pero esta vez la oleada de poder que me arrasa es aún mayor porque soy consciente de que he hecho que le ardan las entrañas.
—¿Y esa soy yo? ¿La oveja? —inquiere, arqueando una ceja y echándose esa cortina de pelo rubio fresa por detrás de los hombros.
—El que se pica, ajos come, princesa.
Su máscara empieza a resquebrajarse ante mi comentario. Siento las llamas de su interior retorciéndose hasta propagarse de manera descontrolada por cada fibra de su ser. Entonces, abre la boca, dispuesta a soltar todas y cada una de las palabras crueles que se le ocurran.
Me preparo para presenciar cómo estalla el volcán y vuelca toda su lava sobre mí, pero su novio decide arruinarme la diversión interviniendo para hacerse el héroe.
—Bueno, ya está bien, imbécil —dice Easton poniéndose de pie para enfrentarse a mí, aunque yo sigo apoyado sobre la mesa; no me molesto ni siquiera en enderezarme.
Me limito a echar un vistazo hacia atrás por encima del hombro y a recorrer su figura con los ojos de arriba abajo mientras me paso la lengua por el interior de la mejilla.
—Ah, ¿sí? ¿Y qué vas a hacer al respecto, soplapollas?
Puede que intente contratar a alguien con el dinero de papi para que me pegue una paliza, pero él nunca se ensuciará las manos por miedo a dañar su reputación. Es un cobarde de mierda y, además, sabe que lo mandaría al otro barrio.
—Rook, delante de Rose no —me advierte Silas a mi espalda.
—Eso, ya lo has oído, perrito faldero. Vete con tu líder y su puta —suelta Easton, provocando que a Sage se le escape un grito ahogado y lo agarre del antebrazo para atraerlo de nuevo hacia su asiento.
Esta vez no soy yo el que se mueve, sino Silas, que avanza hasta colocarse de pie a mi lado. Hay ciertos temas que es mejor no sacar cuando hablas conmigo o mis amigos. A cada uno le molesta una cosa distinta, pero todos reaccionamos de una forma parecida cuando nos tocan los cojones.
—Ten cuidado con lo que dices.
Al parecer, Easton tiene hoy los huevos llenos de testosterona, porque, lejos de callarse, se atreve a abrir la boca de nuevo.
— Tin quididi quin li qui dicis —lo imita, poniendo los ojos en blanco—. ¿Te crees que eres un tipo duro porque te paseas por ahí con tu música de emo a todo volumen y vestido de negro? Lo único que dais es pena. No sois más que una panda de bichos raros. Nadie os tiene miedo.
—Chicos, por favor, solo quiero irme —susurra Rose, tirándonos del brazo a ambos.
La cerilla que tengo en la boca se parte cuando me percato de que Easton sigue dispuesto a cavarse su propia tumba.
—El hijo de un asesino en serie, el mocoso malcriado, el esquizofrénico y el tío con una madre muerta que, por lo visto, le rezaba a Satanás. Enhorabuena, os habéis montado vosotros solos el circo de los horrores de Ponderosa Springs.
Nunca se me ha dado bien controlar el hambre, la lujuria, la rabia o los impulsos.
Siento unas uñas que se me clavan en la piel del brazo y me empujan hacia atrás, pero solo puedo pensar en la imagen de Easton Sinclair achicharrándose vivo y rogándome que apague las llamas que lo envuelven.
—Aquí no —me murmura Silas en el oído—. Más tarde.
Lo último que me apetece es hacer la vista gorda. No quiero dar mi brazo a torcer ni largarme de aquí dejándolo con esa asquerosa mueca de superioridad en la cara.
Pero sé lo que va a pasarle, porque siempre devolvemos el golpe, así que oculto mi ira tras una sonrisa.
—Si alguna vez quieres comprobar las cositas que sueltas por esa boca de gallito, ya sabes dónde encontrarme, Easton.
Acto seguido, me vuelvo hacia Sage, ignorando por completo al saco de mierda que tiene por novio.
—En cuanto a ti —empiezo a decir—. No ha estado mal, muñeca. A ver si repetimos.
Le guiño un ojo por si acaso. A continuación, arrojo a un lado la cerilla que sostenía entre los dientes, le saco la cereza del batido y me la meto en la boca.
Mastico la dulce fruta mientras observo cómo su mandíbula afilada se tensa al mirarme.
La he llevado tan al límite que casi consigo hacer añicos su máscara, y mentiría si dijera que no me muero de ganas de ver qué ocurre cuando eso pase.
Sus ojos se deslizan durante un instante hacia mis labios y contemplan el jugo que se me resbala por las comisuras.
Se me pasan por la mente un montón de ideas impulsivas, problemáticas e imprudentes. Sé que debería olvidarme de ella y dejarla en paz. Es la única chica con la que no debería tener nada, pero eso solo hace que me atraiga aún más.
Sage es como una manzana envenenada. Por muy irresistible que parezca, es capaz de matarte con un solo bocado. Aun así, me muero de ganas de hincarle el diente.
Nunca he sido de los que les dan muchas vueltas a las cosas. Me rijo únicamente por impulsos y, ahora mismo, lo único que me apetece es demostrarle todo lo que se está perdiendo.
—Espero ansioso el día en el que vengas a mí en busca de un poco de acción, princesa. Vamos a pasarlo muy bien tú y yo juntos.
El impacto de su piel contra la mía resuena en toda la estancia, dejándome la mejilla en carne viva por la bofetada que acaba de darme. Un hambre voraz me invade el pecho al notar el rastro de sus uñas grabado sobre mi piel dolorida.
Me paso la lengua por el interior de la mejilla, sonriendo con arrogancia.
—Por encima de mi cadáver, pirómano de mierda —escupe.
Sip, voy a disfrutar de lo lindo viendo a su noviecito arder de rabia a mis pies mientras le quito a su chica en las putas narices.