3
El club de los inadaptados
Rook
—Tienes una puntería de mierda —comenta Silas, mirando cómo humea mi puro Swisher Sweets con sabor tropical.
Me lo coloco en la boca y lo sostengo ahí mientras apunto al marcador de los partidos de fútbol americano con la pistola de paintball. Nos encontramos a unos metros de distancia, tumbados sobre un césped artificial que me está pinchando el culo a través de la tela de los vaqueros.
—Yo he dicho que contaras conmigo para vandalizar lo que fuera, no que se me diera bien —respondo.
Le doy una calada al puro y dejo que el fétido humo de la maría que lleva dentro me inunde los pulmones, aportándome ese subidón de felicidad que necesito de vez en cuando.
No trato de anestesiarme, sino de controlar mis impulsos. Así consigo apaciguar durante unas horas esa inquietud que me incita a hacer volar a los demás por los aires.
Siempre que veo a un tío siendo un capullo o simplemente andando por la calle con una sonrisita de superioridad en la cara, me lo imagino empapado de gasolina y en llamas. Para mí, es algo normal. Lo que me resulta raro es que nadie más piense como yo.
La maría me ayuda a refrenar esos instintos homicidas.
Además, por un momento, el humo logra llenar el vacío que siento en el pecho.
Disparo las bolas de pintura verde lima para darle unas últimas pinceladas al marcador, que ya está completamente empapado. Apenas se ve lo que hay debajo de las capas de pintura verde y amarilla. Con la pretemporada de fútbol empezada, no les va a hacer nada de gracia.
—Es como un rito de paso, ¿no? La última broma que le gastamos al equipo de fútbol —digo entre toses.
A pesar de que me noto la cabeza ligera, soy plenamente consciente de cada rincón de mi cuerpo. El aire cálido del verano va enfriándose cada vez más a medida que se acerca el otoño.
—Odio este lugar, tío, pero es el último año que estaremos todos juntos. El fin de una era.
Silas se mantiene distante, sin mostrar sus emociones; no porque no las tenga, sino porque no le gusta exteriorizarlas.
No suele reaccionar a las cosas del mismo modo que los demás y, aunque sé de sobra que quiere a Rose y se preocupa por nosotros, también sé que le cuesta relacionarse con otras personas y entenderlas.
Él es diferente; ve el mundo desde un prisma distinto al del resto del mundo.
Se muestra siempre tan frío y serio que a veces da la impresión de que todo le da igual, incluso cuando está con Rose y ella le dedica una sonrisa.
Como mucho, alza levemente las comisuras en respuesta, pero nunca parece realmente feliz. A menos que te fijes en sus ojos.
Creo que así fue cómo consiguió Rosemary abrirse paso en su corazón. Ella pudo leer en sus ojos lo que su rostro jamás expresaría. Vio su verdadera esencia y trató de comprenderla.
La verdad es que es imposible saber las batallas que libra Silas en su mente, pero, aunque nunca podamos identificarnos con lo que le pasa, siempre intentaré protegerlo. Por mucho que me odie por ir tras él recordándole que tiene que tomarse las pastillas.
Porque él siempre me protege a mí.
Al menos, eso es lo que yo creo.
—Existen los coches —dice mientras el sonido de los disparos me resuena en los oídos y contemplo la pintura explotando contra el cartel—.
Los aviones, los trenes, los metros… Hay muchas formas de viajar, Rook.
No vamos a dejar de vernos; lo único que cambiará es que tendremos que buscarnos un trabajo y tú ya no podrás prenderle fuego a ningún edificio.
Suelto una carcajada y siento cómo va intensificándose el sonido en mi estómago a medida que la maría empieza a hacerme efecto. Tiene razón. Estoy dándole demasiadas vueltas por culpa del porro, pero, aun así, la idea no deja de inquietarme.
La palabra «familia» perdió todo su significado el día que murió mi madre. Y volvió a cobrar sentido en un club de campo mientras intentaba encender unos petardos.
Siempre he tenido claro que quería largarme de Ponderosa Springs; sin embargo, alejarme de ellos es harina de otro costal.
—¿Y sigues con la idea de quedarte? ¿No puedo convencerte de lo contrario? —pregunto, aunque sé que, a diferencia de mí, él no tiene motivos para irse.
—No. Rose quiere ir a Hollow Heights, así que estaré aquí con ella hasta que se gradúe —responde con firmeza; su voz irradia tal serenidad que hasta un desconocido que pasara por nuestro lado sabría que va totalmente en serio al escucharlo.
—¿A tus padres les parece bien que te quedes?
—Llevan intentando que me vaya desde que me diagnosticaron esquizofrenia —dice con un suspiro—.
Lo hacen por mi bien. No quieren ver cómo me ridiculizan aquí, pero no pienso abandonar a Rose, así que saben que es imposible que cambie de idea.
Además, así me será más fácil hacer las prácticas en la empresa de mi padre en Portland.
Es el único de nosotros que puede estar orgulloso de contar con unos buenos padres. Me atrevería a decir incluso que son excelentes. Scott y Zoe tienen éxito, felicidad y tres hijos a los que quieren como se esperaría de cualquier progenitor.
Es curioso cómo alguien puede anhelar la destrucción y el caos aun estando rodeado de un entorno estable, ¿no?
Le doy otra calada al puro para acabármelo y tiro la colilla sobre el césped artificial con la esperanza de que lo deje bien chamuscado.
—¿Hemos acabado ya de ponernos nostálgicos? Me duele la cabeza y tengo que ir a recoger a Rose.
—¿Dónde está? —pregunto, asintiendo con la cabeza para darle a entender que podemos irnos.
—En la cafetería de Tilly estudiando, pero ha aparecido por allí el novio de su hermana con su grupito de amigos y no me gusta que esté cerca de ellos.
—¿Que voy a tener la oportunidad de reventarle la cara a Easton y encima comerme una hamburguesa? ¿Dónde firmo? —contesto a la vez que me pongo de pie y estiro los brazos por encima de la cabeza.
—Recogemos a Rose y nos vamos. Nada de peleas —gruñe, acompasando su paso al mío.
—Nada de peleas. Entendido —suelto con una sonrisita mientras hurgo en mi bolsillo trasero.
Acto seguido, saco uno de mis cigarrillos Lucky Strike y me lo coloco entre los dientes.
No iba a ser yo quien empezara. Nunca era yo.
Pero, si me provocaban, no pensaba quedarme de brazos cruzados.
La cafetería de Tilly está a pocos minutos en coche del instituto. Cuando voy en moto tardo unos seis minutos a lo sumo en pisar el asfalto del aparcamiento, iluminado por las luces de neón del letrero.
Tras quitarme el casco, me retiro el pelo de los ojos y paso la pierna por encima de la moto para ponerme de pie en el suelo mientras Silas aparca junto a mí.
La cafetería está a reventar, aunque no me extraña, teniendo en cuenta que es sábado y que aquí es donde se reúnen todos los tíos que se bañan en Axe y las chicas que necesitan un buen chismorreo tanto como el respirar.
Siento lástima por Rose. Nadie se merece una hermana gemela tan ególatra y odiosa. Y como Rose odia conducir, la mayoría de veces tiene que ir con ella, aunque no quiera.
Supongo que sus padres creen que, si la obligan a rodearse de la gente «adecuada», acabará dándose cuenta ella sola de la mala influencia que somos y se cansará de salir con nosotros al ver cómo podría ser su vida si se juntara con personas íntegras en vez de con unos chicos que tan solo ensucian el buen nombre de Ponderosa Springs.
En todos nuestros años de vida lo único que hemos hecho es dañar la imagen de este pueblo y su gente. Nos hemos apoderado de su jerarquía y la hemos derruido hasta los cimientos.
Los Donahue temen que su preciosa niñita se haya entregado por completo al lado oscuro. Y no les faltan razones para alarmarse, porque no van a recuperarla.
Silas abre la puerta de cristal y pone un pie en el suelo de cuadros blancos y negros. En cuanto cruzamos el umbral, todas las voces enmudecen y la cafetería abarrotada se sume de pronto en un silencio sepulcral.
Somos como repudiados entrando en un lugar donde no nos quieren. Todo el mundo nos mira igual que si acabásemos de irrumpir en una iglesia o en algún otro lugar de culto y estuvieran esperando a ver cómo nuestros pies descarriados arden al pisar suelo sagrado.
Agarro a Silas del hombro.
—¿Qué pasa? ¿Tengo algo en la cara?
Mi voz resuena en el espacio y les crepita en los oídos.
Algunos se quedan mirándonos claramente impactados; otros apartan la mirada por miedo a que podamos absorberles el alma o algo peor.
Las mujeres se aferran a sus bolsos, los hombres entrecierran los ojos, las chicas aprietan los muslos y los chicos intentan hacerse los duros.
Silas empieza a caminar con determinación hacia su chica, que se encuentra apretujada en una pequeña mesa, sin compañía.
No bromeaba cuando dijo que quería recogerla y largarse; odia estar rodeado de tanta gente.
Aunque nunca lo haya expresado en voz alta, lo noto en su forma de desenvolverse en este tipo de sitios.
Lo sigo y contemplo cómo Rose alza su dulce mirada hasta encontrarse con los ojos de su novio. En ese instante, todo el mundo parece desvanecerse para ambos: ella relaja los hombros y él se deja llevar por la oleada de alivio que le recorre el cuerpo.
No son celos lo que siento al verlos. Rose no me atrae de esa manera y no me cuesta admitir cuándo un tío me resulta atractivo, pero Silas no es precisamente mi tipo.
Aun así, muy de vez en cuando, me pregunto qué se sentiría al tener a alguien que me mirase así. Como si no fuera una carga, un error andante, un monstruo o el mismísimo Lucifer, sino un simple ser humano.
Rose recoge sus cosas a toda prisa y, cuando se levanta, me fijo en la gente que hay alrededor. Los miembros del equipo de fútbol están apiñados en las mesas de al lado, algunos sentados sobre el respaldo de los asientos acolchados, con el brazo por encima de sus ligues de turno.
Lo único que tenemos en común es el dinero. Por lo demás, somos polos completamente opuestos.