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—Y se ha traído a sus amiguitos —canturrea.
Me saco el móvil del bolsillo para comprobar la hora.
—Anda, qué formalitos son cuando quieren. Esta noche la han traído antes del toque de queda.
Nunca falla. Siempre me toca la moral.
Su presencia es un recordatorio constante de todas las cosas a las que me he visto obligada a renunciar. Si Rosemary se mueve con total libertad por ahí es porque yo soy la hermana a la que miran con lupa. La única que tiene que esforzarse por mantenerse cuerda y no venirse abajo.
Liz se dirige a la ventana para colocarse junto a Mary y, como yo también soy una chismosa de cuidado por mucho que me pese admitirlo, la sigo.
Ojeo por encima de los hombros de ambas el patio delantero de mi casa, donde ahora hay aparcados en fila tres vehículos carísimos, justo enfrente de la fachada.
—Madre mía —susurra Mary cuando vemos a mi hermana salir del asiento del copiloto.
Acto seguido, Silas rodea el capó de su Dodge Challenger y le pasa un brazo por el hombro para acompañarla hasta la misma puerta—.
Debería ser ilegal que esté tan bueno —gimotea, admirando la piel dorada de Silas Hawthorne; suele llamar la atención a cualquier hora del día, pero ese tono bronceado con una camiseta blanca y, encima, a la luz de la luna, te deja sin aliento.
—A ese hombre lo que le hace falta es una señal de advertencia —comenta Lizzy, lanzándome una mirada furtiva, como si quisiera asegurarse de que no voy a airear su secreto.
—Más bien una camisa de fuerza —murmuro enfadada, echándome el pelo hacia atrás.
Esta escena se repite cada vez que vienen a soltar a Rosemary.
Siempre aparecen los cuatro, como una manada de perros hambrientos en busca de sobras.
Aun así, mis amigas no pueden evitar comerse con la mirada a los criminales buenorros y trastocados de Ponderosa Springs desde la seguridad de los cristales de mi balcón.
Por supuesto, no nos verían ni muertas hablando con ellos en persona, no solo por su comportamiento temerario, sino porque el hecho de que te pillen codeándote con ese grupito echa por tierra tu reputación para los restos.
Es una buena forma de cavar tu propia tumba y convertirte en un paria en cuestión de segundos.
No son los típicos chicos que les presentas a mami y papi, sino los que miras desde una distancia prudente y no tocas nunca, del mismo modo que contemplas con admiración a cualquier animal salvaje en su hábitat natural y luego lo dejas en paz. No te lo llevas a casa y lo adoptas como mascota.
Aun así, a mi gemela no parece importarle que a esos cuatro se les crucen los cables y lleguen a clavarle las garras. Todo el mundo, excepto ella, sabe que hay ciertas criaturas que no pueden ser domesticadas.
Apenas alcanzamos a oír la conversación que están manteniendo en la puerta, pero llevan unos diez minutos allí abajo y estoy empezando a aburrirme. Por mucho que Rose intente explicármelo, jamás entenderé por qué lo ha escogido a él.
Bueno, en realidad, sí que lo entiendo.
Es la clase de chico con el que se supone que no debe estar, y mi hermana siempre procura hacer lo contrario de lo que se espera de ella.
Por eso vivo en un infierno. Mis padres la dieron por perdida hace mucho tiempo, así que decidieron que no valía la pena tratar de convertirla en alguien de provecho y volcaron toda su atención en mí.
Yo soy su proyecto estrella.
El pitido de un claxon me saca de golpe de mis pensamientos, como si me hubieran azotado con un látigo. Incluso de lejos y a oscuras, distingo el pelo rubio platino de Thatcher. Cualquier chica mataría por tener ese color.
—Rosie, querida, si prometo traértelo sano y salvo, ¿nos devuelves a nuestro amigo para que podamos proseguir con los planes de esta noche? —Su voz, clara y nítida, corta el viento como un bisturí la carne.
Oigo la risa suave y sincera de mi hermana, idéntica a la mía, aunque el sonido me resulta extraño; lleva tanto tiempo sin brotar de mi garganta que ya casi he dejado de estar familiarizada con él.
—Vi en un documental de crímenes que la psicopatía es hereditaria —dice Lizzy mientras lo observamos.
—No existe ningún gen psicópata. La ciencia no ha podido demostrarlo. Todo depende del entorno en el que crezcas y de ciertos patrones mentales, pero no se transmite de padres a hijos —responde Mary.
—¿Y en qué entorno te crees que se ha criado? ¿En uno repleto de abrazos y noches de juegos de mesa? —suelto—. Todo el mundo sabe que Thatcher Pierson no tardará en seguir los pasos de su amado padre. Solo falta esperar a que alguien lo pille brillando bajo el sol.
Ambas se ríen a carcajadas con mi comentario porque saben que tengo razón.
Más allá del trauma, no creo que los asesinos en serie les transmitan nada a sus hijos.
Aun así, sé lo que se siente al crecer en un ambiente en el que se te considera poco más que un monstruo.
Al final, te rindes y te acabas convirtiendo en uno.
Alguien baja la ventanilla del coche que se encuentra justo detrás del de Silas y entonces veo a Alistair Caldwell en el asiento del conductor.
—Es una pena que odie tanto el mundo que lo rodea. Habría sido un novio florero espectacular —comento sacudiendo la cabeza.
Quiero decir, su familia es dueña de la mayor parte del pueblo. Habríamos hecho muy buena pareja si no estuviera tan jodido de la cabeza.
—¿Es que Easton Sinclair no te parece suficiente? ¿No te has dado cuenta de la cantidad de chicas que lo rondan como moscas con la esperanza de poder quitártelo?
—¿Hablas por ti, Mary? —Alzo una ceja bien perfilada en su dirección y ella aparta la cara de inmediato, sonrojada, intentando dar con alguna forma de recular y negarlo.
No se me escapa el hecho de que lleva babeando por Easton desde preescolar. En cuanto cortemos, sé que estará ahí para recoger las migajas con las piernas abiertas, pero tampoco es que me importe; Easton ocupa el mismo puesto que ellas.
Solo me sirven para mantener cierta imagen hasta que me gradúe.
—Es broma —añado con una sonrisita.
Entonces, como el torbellino que es, Rook Van Doren desliza su delgado cuerpo por la ventanilla del copiloto del coche de Alistair y se sienta en el marco con una sonrisa de oreja a oreja, sosteniendo una cerilla entre sus labios rosados.
—¡Oh, Romeo, Romeo! ¿Dónde está mi Romeo? —recita a modo de queja—. Ya os veréis mañana. Esta noche tenemos unos asuntos turbios de los que encargarnos.
Su voz burlona resuena en el aire mientras tamborilea con los dedos en el techo del coche. Pongo los ojos en blanco al escucharlo; ni siquiera ha citado bien a Shakespeare. Y la frase no viene a cuento. Es incapaz de tomarse algo en serio.
—Eso, gilipollas. Así seguro que la dejas mucho más tranquila —responde Silas.
—Lo siento, ¿prefieres que le mienta? No vamos a hornear pastelitos precisamente.
El resplandor anaranjado de las farolas se refleja sobre su pálida piel y le brinda calidez a su rostro, como si estuviera rodeado de vibrantes llamas artificiales.
Aunque pueda parecer modesto por esa cara de niño bueno, su pelo alborotado y su mirada pícara me recuerdan a los caballos de espíritu salvaje y carácter indomable.
He oído de pasada al menos a cinco chicas suspirando de envidia por las largas pestañas que enmarcan el fuego infernal de sus ojos.
Nunca los he visto de cerca, pero así los define todo el mundo.
Si fueran los de cualquier otro, serían simplemente de color avellana; en cambio, los suyos te abrasan por dentro.
Algo que siempre he admirado de Rook, y que al mismo tiempo me saca de quicio, es su capacidad para ser tan impredecible.
Nunca sabes qué esperarte de él: una sonrisa, un cóctel molotov, una puñalada en la espalda…
Por mucho que intentes anticiparte a sus actos, es el único del grupo que siempre logra descolocarte.
Todos saben que Thatcher tiene una mente brillante, pero también un aire siniestro; de hecho, a nadie le sorprendería que un día lo pillasen haciendo de Hannibal en el sótano de su casa.
Y quien no se haya dado cuenta todavía de los problemas de ira de Alistair, solo tiene que salir de la puta cueva en la que esté viviendo y echarle un vistazo. Rezuma ira por cada poro de su piel.
Ah, y, por supuesto, todos son conscientes de que Silas es el calladito. El esquizofrénico que no habla mucho porque ya tiene bastante con las voces de su cabeza. El único cuya coraza mi hermana ha sido capaz de atravesar.
Sin embargo, Rook es la viva imagen de ese elemento de la naturaleza con el que tanto le gusta identificarse. Se deja llevar por impulsos y hace lo que le parece correcto en ese momento. Actúa siempre sin pensar.
Admiro que tenga los cojones de hacerlo, pero también me parece una estupidez. Esa locura solo es disfrutable si cuentas con el dinero y el poder suficientes para librarte de las consecuencias; de lo contrario, solo acabará costándote la vida.
El psicópata.
El vengativo.
El esquizofrénico.
Y el diablo.
Los Hollow Boys.
Me alejo de la ventana, enfadada y harta del fisgoneo.
—Voy a por algo de beber. Intentad no mojaros mucho las bragas en mi ausencia.
Tras bajar las escaleras y pasar por el salón, oigo el eco de la voz refinada de mi madre, así que empiezo a caminar despacio para que no se percate de mi presencia y me detengo justo antes de llegar al marco de la puerta de la cocina.
—Ya no sé qué hacer con ella, Sherry. ¡Es que no tiene remedio!
Siempre ha sido muy rebelde desde que era una niña, pero ¿acostarse con Silas Hawthorne?
Era lo que le faltaba. Dios mío, no me puedo ni imaginar lo que pensará la gente al vernos aparecer por la iglesia.
Sale con un chico al que llaman el anticristo. —La escucho lloriquear por teléfono.
Empiezo a notarme un zumbido en los oídos a medida que sigue hablando.
—Hemos intentado castigarla, pero se escapa. Uf, y el peso… ¡Deberías ver lo gorda que se ha puesto desde que lo conoció! Es horrible.
De pronto, siento una perturbación en el aire, como si se aproximara una tormenta.
En el fondo, ya sé qué rumbo va a tomar esta conversación.
Si me hubiera hecho caso y se hubiera alejado de él, no estaría pasando todo esto.
Nuestra madre no estaría hablando de esa forma de su propia hija y yo podría respirar con total normalidad en vez de temblar como si el agua estuviera a punto de llegarme al cuello.
—Sage ha salido bien. A ver, por lo menos tenemos una hija que se preocupa por la imagen de esta familia. Espero que no meta la pata.
Oigo sus pasos alejarse, lo que me indica que se dirige al otro lado de la casa, hacia el estudio.
El corazón me martillea en el pecho. Tengo los puños tan apretados que me estoy clavando las uñas en las palmas de las manos. Cada vez que Rose la caga y se pasa las normas por el arco del triunfo, me siento como si me hundieran poco a poco la cabeza en el agua.
Me falta poco para ahogarme. Lo sé.
Cuando pasan cosas terribles, algunas personas se convierten en flores delicadas y se limitan a esperar a que un príncipe azul las rescate. Otras, en cambio, sacan la espada y se enfrentan a las adversidades.
Se forjan a sí mismas en hierro y construyen capas de armadura a su alrededor para proteger lo que les queda. Se vuelven frías.
Crueles.
La rabia se apodera de ellas.
Envidian a quienes son capaces de reconstruirse a sí mismos sin recurrir a las esquirlas amargas de su pasado.
Cuando la puerta principal se abre, veo aparecer su pelo caoba teñido varios tonos más oscuro que el mío, echado hacia atrás por el viento. Sería capaz de iluminar una habitación entera con su sonrisa, y aunque eso debería alegrarme, en realidad consigue el efecto contrario.
—Vaya, qué sorpresa —la saludo, cruzándome de brazos—. Creía que el basurero solo pasaba por aquí los martes.
Rosemary alza la vista hasta que sus ojos se encuentran con los míos. La enorme sudadera de su novio cubre casi por completo su diminuta figura. La sonrisa se le borra de la cara de inmediato y suelta un suspiro.
—Guárdate el veneno de víbora para tus amigas —responde, y se sube la capucha dirigiéndose a la cocina para evitarme, pero la sigo.
Sé que debería irme antes de decir algo que empeore las cosas, pero no puedo evitarlo.
—Anda, ¿el esquizofrénico te está enseñando a sacar las garras o te has levantado hoy peleona?
—No lo llames así —contesta, cerrando de golpe la puerta del frigorífico—. ¿Por qué les tienes tanta manía? No te han hecho nada nunca.
Mi lengua se convierte en una daga rápida, afilada y letal en cuestión de segundos.
¿Que por qué les tengo manía? ¿Yo?
—Son escoria, Rose. ¡Están mancillando el nombre de esta familia! —grito en respuesta.
—¿Tanto te ha metido mamá la mano por el culo que ahora eres su marioneta o qué te pasa? Si no te conociera mejor, hasta pensaría que estás celosa.
—¿Celosa? ¿De qué? ¿De tu pandilla de imbéciles mentalmente inestables? Por favor —digo, riéndome con sarcasmo.
¿De qué voy a estar celosa yo? Si no me falta de nada.
—De unos amigos fieles y una relación de verdad. Tú te pasas el día con novios de mentirijilla y gente falsa que no dudaría en apuñalarte por la espalda. Y todo porque tienes demasiado miedo de decepcionar a mamá —me suelta, negando con la cabeza.
—¿Sabes qué? A lo mejor no les tendría tanta manía si dejaras de abrirte de piernas por los bichos raros de Ponderosa Springs. Por Dios, ¿no te das cuenta de cómo te mira la gente? ¡Pareces un circo andante! —respondo con desprecio.
Se estremece y da un paso hacia atrás como si la hubiera abofeteado, con los ojos cargados de tristeza.
Me digo a mí misma que se merece sufrir un poco, porque mientras yo lucho cada día por no ahogarme en esta miserable vida, ella no parece tener ni una sola preocupación, así que no le va a pasar nada por que no le regale los oídos.
De pronto, Rose acorta la distancia que nos separa.
—No, Sage. A lo mejor si tú dejaras de darle tanta importancia a lo que la gente piensa de ti, no tendrías esa cara de zorra amargada.
Dicho eso, pasa por mi lado golpeándome el hombro y me deja sola en la cocina, con el corazón a punto de estallar mientras voy recuperando la calma tras perder los estribos. Me apoyo contra la pared; las piernas me flaquean, pero me niego a caerme.
Ahora mismo me siento como si un torrente de agua helada me cubriera hasta la nariz y tuviera que impedir que me entrase en la boca. No voy a dejar que esto me supere.
Inhalo y exhalo profundamente por la nariz hasta que mi pulso se ralentiza y el nivel del agua comienza a descender.
«Soy Sage Donahue».
«No me falta de nada».
«No pienso ahogarme».
«Saldré de esta».
Me repito una y otra vez.