Las verdades que quemamos (Hollow Boys 2) 2
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Y… ¡acción!

Sage

—Te has enterado de lo que ha hecho, ¿no?

Por eso tenemos otro director este año. ¡Se lo estaba follando para conseguir todo lo que quería!

—dice Mary, alzando los brazos en el aire con un puchero en los labios y dejando caer sobre el suelo de mi habitación la barra de pegamento que sostenía en las manos—.

Y yo tengo que estar aquí hincando mis preciosos codos, cursando todas las asignaturas avanzadas que me dejan y dirigiendo dos clubes, por no hablar de que también estoy en el equipo de animadoras.

¡Debería ser la puñetera presidenta del cuerpo estudiantil!

Llevo dos semanas seguidas escuchándola quejarse de que Stacy amañó los votos del año pasado y se acostó con el director (aunque ayer me pareció escuchar que mencionaba a un profesor).

Su voz está empezando a volverse tan insoportable como el sonido de las uñas arañando una pizarra y, si no voy con cuidado, pronto me reventará los tímpanos.

—No es para tanto, Mary —responde Liz, con la coleta balanceándose tras ella mientras centra toda su atención en el partido de fútbol que están emitiendo en la tele, en mitad de la crisis existencial de nuestra amiga—. No se va a acabar el mundo porque no seas la presidenta del cuerpo estudiantil.

—Madre mía, no me puedo creer que me digas eso precisamente tú, Lizzy, la chica que se pasó tres días llorando después de ganar un campeonato estatal porque no había marcado ningún gol.

La eterna competición por ver quién es más inmadura de las dos. Esta conversación va de culo, cuesta abajo y sin frenos. Estoy harta de que repita lo mismo una y otra vez. Si sigue así de obsesionada con el tema, va a convertirlo en toda su personalidad este año.

—¿Puedes calmarte un segundo? —intervengo, mirándolas a ambas al mismo tiempo que estallo la pompa de mi chicle con sabor afrutado—. Eres una puta Turgid, por el amor de Dios. Te limpias ese culo bronceado que tienes con billetes de cien dólares. Deja de quejarte.

Las verdades incómodas no le gustan a nadie, pero te preparan para la vida que te espera en un pueblo como este. A estas alturas, ya deberían saber cómo van las cosas.

Soy consciente de que Mary ahora mismo está haciendo girar los engranajes de su cabeza a toda velocidad para responderme con algún comentario sarcástico, pero al final mantendrá el pico cerrado, aunque se muera por abrirlo. Porque, por muy cruel que sea ella, sabe que yo puedo ser mil veces peor.

Al fin y al cabo, soy Sage Donahue. Nací destinada a convertirme en la zorra forrada de dinero, la capitana del equipo y la niña bonita.

La devorahombres.

Una mujer desalmada.

He encarnado todos los roles necesarios para sobrevivir tranquilamente a las exigencias de Ponderosa Springs.

Lizzy Flannigan y Mary Turgid son el par de amigas ideal para el mundo en el que vivo. Superficiales hasta la médula, sí, pero perfectas para proyectar cierta imagen de cara a los demás.

La mayoría de niñas buscan amigas que tengan gustos similares para jugar con las mismas muñecas o compartir vestiditos, pero cuando te educan para prestar atención a la forma en la que te perciben los demás, te arrimas a aquellas que tienen más que perder.

Mi madre me enseñó desde pequeña que la imagen es lo más importante. La reputación que te labres es la que conseguirá llevarte lejos o estrellarte por el camino, así que debes hacer lo que estimes necesario para triunfar, sin importar las consecuencias.

Debes sonreír pase lo que pase. Da igual cuánto te duela; a nadie le interesa.

Ni siquiera a la mujer que te trajo al mundo.

Con el tiempo, he perfeccionado el arte de esconder mi verdadero yo a todas las personas que me rodean.

Solo les permito ver lo que yo quiero que vean, pero me gano su confianza lo suficiente para que se sientan seguras conmigo y me confiesen sus trapos sucios.

Conozco los secretos y las vergüenzas más deshonrosas de casi todos los que habitan este pueblo.

Saben que, si me traicionan, no dudaría en sacar a la luz aquello que tanto se empeñan en ocultar.

En el primer año de instituto, Lizzy acudió a mí llorando a moco tendido y me soltó que su padre era un borracho empedernido que pasaba más tiempo del normal en sus viajes de negocios porque se aseguraba de parar en todos los clubes de mala muerte que se encontraba en el camino de vuelta a casa.

Tenía la cara roja cuando me lo dijo y estaba enfadadísima con su madre por quedarse sentada esperándolo sin mediar palabra, a pesar de que era más que consciente de las indiscreciones de su marido.

Esa noche, juró que no permitiría jamás que un hombre le faltara el respeto y que no se casaría con alguien que la pisoteara de esa manera.

En mi opinión, no creo que le cueste cumplir esa promesa, porque, además, da la casualidad de que también sé que a Lizzy no le van los hombres para nada.

Durante una fiesta de pijamas en la que nos habíamos pasado con la bebida, mientras Mary estaba sopa, Liz se vio con ganas de compartir más secretos conmigo y fue entonces cuando me enteré.

La respetaba por ser capaz de admitirlo, pero odiaba que tuviera que ocultarlo para evitar que la crucificaran en el pueblo.

Y en cuanto a Mary… Ay, Mary.

Es tan inteligente que probablemente llegue a ser neurocientífica algún día. Eso si consigue pasar el control de drogas, claro, porque, hasta donde tengo entendido, está mal visto consumir anfetaminas sin receta.

Lleva toda la vida preocupándose por sus notas y valora más su inteligencia que cualquier otro atributo de sí misma.

Pobre de aquel que se atreva a cuestionarla.

El primer año de instituto sacó un notable en un examen de matemáticas y, aunque algunos considerarían esa calificación como un regalo, para ella y sus padres era casi como una expulsión.

Por eso, cuando le empezó a costar mantener los párpados abiertos tras las largas sesiones de estudio, recurrió a los estimulantes. Ahora, en los ratos libres, desaparece para ir al encuentro de los camellos sospechosos que negocian bajo las gradas del campo de fútbol americano.

Todos llevamos nuestra propia carga y tenemos una hoja afilada suspendida sobre nuestra cabeza que va descendiendo poco a poco cada vez que damos un paso en falso.

Esa es la razón por la que nunca intentarían destronarme: les aterroriza que cuente lo que sé.

Porque la Sage con la que están familiarizadas es despiadada y haría lo que fuera con tal de obtener lo que desea.

Saber los secretos y verdades de todo el mundo me da cierto poder. Sobre todo, si ninguna de esas personas conoce los míos. Cuantos más secretos guardo de los demás, menos probable es que indaguen en aquellos que pienso llevarme conmigo a la tumba.

—Sí, tienes razón —contesta al fin con un suspiro, seguido de una sonrisa forzada—.

Me he puesto un poco nerviosa. No hay que darle más importancia.

—Recoge la barra de pegamento del suelo y sigue pegando letras de plástico sobre un fino trozo de cartón blanco mientras idea en silencio algún plan para matarme—.

Total, qué más da si no entro en Hollow Heights.

No puedo evitar reírme ante su dramatismo.

—Pues te aceptarán en otra universidad de la Ivy League. No es la única del mundo, Mary.

—Tú sabes tan bien como yo que es la única universidad en la que podrías estudiar para barrendera y aun así salir ganando un sueldo de seis cifras. Entrar allí determina el éxito que tendrás en la vida.

Una fuerza superior a mí me empuja a poner los ojos en blanco al escuchar su respuesta. Todo se reduce al dinero, dinero y más dinero.

Ese es el pasatiempo favorito de la gente de por aquí. Lo único que les importa.

Comen, cagan y respiran dinero.

Es la solución a todos sus problemas; la moneda que les permite comprar el silencio.

—Ya, ya. No hay quien os quite Hollow Heights de la boca.

¿Es que nadie quiere un poquito de sol? No entiendo cómo podéis pelearos por vivir en un sitio tan gris y lluvioso —digo en un tono evidente de queja a la vez que me levanto rodando de mi cama para dirigirme al cuarto de baño que tengo justo al lado.

Me enrollo unos cuantos rizos sueltos alrededor del dedo y luego abro el cajón, saco mi bálsamo favorito y me lo aplico a toquecitos sobre los labios.

Aunque falta poco para que se haga de noche, mi maquillaje sigue intacto.

El rabillo negro intenso del ojo me da ese aire adormilado y sensual tan característico de Marilyn Monroe y el pintalabios rojo mate le brinda una pizca de calidez a mi tono de piel.

Todo forma parte de la pulida máscara con la que me enfrento al resto del mundo.

Para las chicas, que me mire al espejo es solo un acto más de vanidad, pero, en realidad, lo hago para asegurarme de que no haya ninguna grieta en mi máscara.

—No me seas zorra. A ti se te quemaría ese culo pálido que tienes nada más poner un pie fuera de Oregón —bromea Lizzy, sacándome una sonrisa que se refleja a mi lado en el espejo.

—¿Y qué pasa? —respondo, volviéndome hacia ellas con una mano en la cintura—. Al fin y al cabo, el rojo es mi color —termino de decir, añadiendo un guiño por si acaso.

Las tres proferimos al mismo tiempo una carcajada falsa y claramente forzada, cuyo sonido retumba en lo más profundo de mi ser de un modo que me hace preguntarme si de verdad estaré tan vacía por dentro como la gente cree.

De repente, nos llega desde fuera el fuerte rugido de los motores de unos coches deportivos de alta gama. El ruido se cuela por las puertas francesas del balcón de mi cuarto con tal intensidad que hasta Liz aparta la vista de la pantalla de plasma de la pared.

A Mary se le iluminan los ojos.

—Ya ha llegado tu gemela malvada —sentencia entre risitas.

Acto seguido, se levanta y sale escopeteada hacia el balcón. Abre las puertas lo justo para enterarse de lo que está pasando abajo a la vez que echa un vistazo a través de los cristales.